Me da gusto que Audrey Watters ha vuelto a escribir. Para quienes no la conocen, Audrey Watters, la “Cassandra de la tecnología educativa”, es una académica independiente que escribe sobre educación, particularmente sobre la historia del futuro de la tecnología educativa en su blog Hack Education. Su más reciente libro, Teaching Machines (MIT Press, 2021), analiza la prehistoria del aprendizaje personalizado. Un libro que, por cierto, tengo pendiente de leer y que me encantaría incluirlo en el Círculo de Lectura del Observatorio IFE.
Pero mencionaba que ha vuelto a escribir porque después de una larga ausencia (más de dos años), la semana pasada Audrey volvió a aparecer en mi RSS Feed con un ensayo sobre la historia del uso de la campana (o el timbre) en las escuelas. Es muy interesante el análisis que hace pues va más allá de la idea trillada de que el uso de la campana se implementó en las escuelas para condicionar a los estudiantes y convertirlos en “dóciles trabajadores”. Si bien no descarta por completo la historia de la escuela como “modelo de fábrica” y el hecho de que la campana es una tecnología asociada con Pavlov y el condicionamiento conductual, Watters hace un recuento sobre la historia del cómo y por qué la campana fue introducida en las escuelas, haciendo énfasis en la arquitectura de los edificios escolares y la tecnología usada en ellos.
“La arquitectura del edificio escolar informa la pedagogía que se lleva a cabo allí; lo mismo ocurre con las tecnologías que se implementan en su interior. Y eso incluye la campana de la escuela”, señala Watters. Pero también advierte que la campana no eran principalmente una tecnología pedagógica sino más bien una tecnología pensada para hacer anuncios y para usarse como alarma, “una de las primeras funciones no era imitar el ritmo del lugar de trabajo sino advertir a los ocupantes sobre la presencia de fuego”.
Para Watters, el uso de la campana en las escuelas no tenía principalmente el objetivo de moldear a futuros trabajadores, sino más bien permitió un uso más eficiente del edificio escolar. Su historia es más complicada de lo que parece. Pero es una historia que vale la pena entender, “porque hacerlo nos ayuda a entender el presente y diseñar el futuro”.
Y esto es lo que más me gusta del trabajo de Audrey Watters y su insistencia en revisar la historia de la tecnología educativa y del futuro de la educación. Audrey nos guía, nos lleva a entender que no “siempre fue así” y que, por lo tanto, no estamos obligados a resignarnos porque hay alternativas a eso que pensábamos era inamovible. Las escuelas no siempre se han modelado a partir de las fábricas, así como las campanas no siempre se han utilizado para condicionar estudiantes/trabajadores (o perros). Watters insiste en que debemos pensar históricamente, no sólo retóricamente porque eso solo nos lleva a condenar la educación hoy (y a condenarnos a nosotras mismas). ¿Por qué es tan revolucionario escribir sobre la historia de la tecnología educativa? Porque nos ayuda a pensar en alternativas, a no perder la esperanza. “Aquellos que quieren que olvidemos (o mal recordemos) el pasado están muy comprometidos con nuestra pérdida de esperanza”.
No perdamos la esperanza.
Karina Fuerte
Editora en jefe, Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación
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