¿Por qué necesitamos cambiar los sistemas de evaluación de las universidades?

Los sistemas de evaluación de las universidades generan ansiedad, incrementan la precarización y fomentan la sobreproducción de papers.

¿Por qué necesitamos cambiar los sistemas de evaluación de las universidades?
Sísifo. Imagen de AK Rockefeller. Bajo licencia Creative Commons.
Una lectura de 4 minutos

No es coincidencia que esta semana me haya encontrado tres artículos muy diferentes y similares a la vez: uno sobre el asesinato de un profesor de matemáticas en una universidad china, otro sobre una universidad holandesa que ha decidido abandonar el factor de impacto, y el último sobre la obsesión mundial con la “excelencia” académica. ¿Qué tienen en común estas historias? Los sistemas de evaluación de las universidades.

Para variar, no me refiero a la evaluación del alumnado (que de eso ya hemos escrito mucho en este espacio. Aquí, en este otro y por acá también), sino a la evaluación del personal académico y de investigación. La premisa de las tres historias es que los sistemas de evaluación de las universidades (basados en la cuantificación y competencia) generan ansiedad, incrementan la desigualdad, la precarización y fomentan una excesiva competencia y la sobreproducción de papers. Es decir, que los mismos mecanismos que se utilizan para medir la calidad de las universidades están diseñados para socavar esa misma calidad, como advierte el profesor Sebastiaan Faber en el artículo “Las trampas de la excelencia universitaria”.

Repasemos primero el artículo de Faber el cual les recomiendo leer de principio a fin. En resumen, lo que Faber argumenta es que lo que hoy conocemos como “excelencia académica” o “calidad académica” está basada más en la cantidad que la calidad. Y esto no solo se refleja en la obsesión de las universidades con los rankings mundiales sino también en cómo se financia actualmente la ciencia y el conocimiento. ¿Cómo medimos actualmente la calidad de una universidad? Buscamos su posición en alguno de los rankings universitarios que todos conocemos. ¿Cuáles son los indicadores que, comúnmente, utilizan estas clasificaciones? Uno de los indicadores con más peso es la producción científica de la universidad (número de papers, número de citas, factor de impacto, etc.). ¿Cómo evalúan las universidades a sus profesores e investigadores? Entre las métricas decisivas están el número de papers publicados, el factor de impacto de estos, las citas y los proyectos o subvenciones ganados durante su carrera. ¿Y qué es lo que evalúan las agencias de financiación que otorgan estas subvenciones? Adivinaron: el número de papers publicados, el factor de impacto, las citas… Es un círculo vicioso insostenible y la comunidad académica está sufriendo los estragos.

“Al fin y al cabo siempre es más fácil y barato medir la cantidad que la calidad. Pero la verdad es que la fijación en lo cuantitativo ha hecho estragos en todo el mundo académico. Ha motivado una carrera insana por la supervivencia y un despilfarro enorme de dinero, de tiempo y de talento. Una tragedia no solo científica sino social”, dice Frank Huisman, historiador y profesor en la Universidad de Utrecht. ¿Y cuáles son estos estragos? Además de la creciente precarización del profesorado universitario, también hemos visto en los últimos años altas tasas de ansiedad, deserción, depresión y burnout en la comunidad académica resultado de la cultura del “publish or perish”. La constante presión por publicar y la hipercompetencia generada por la escasez de plazas permanentes ha llevado incluso a algunos investigadores a tomar medidas drásticas. Esta semana la revista Nature publicó la noticia del asesinato de un profesor de matemáticas en un campus universitario de Shanghai. El principal sospechoso es un investigador de la Universidad de Fudan y, aunque se desconoce el motivo, el trágico incidente reabrió el debate sobre las fallas en el sistema de incentivos y el tenure track que han adoptado las universidades en China. Pero estas fallas no son exclusivas del sistema universitario chino ni son recientes. En España la ANECA le ha quitado el sueño a más de una investigadora; en Chile la precarización de la carrera académica ha llevado al profesorado a un nivel de desilusión tal que alcanza el nihilismo; en Europa la presión por publicar es tan insostenible que en 2014, un grupo de académicos se pronunció por la “desexcelencia” (puedes leer la versión traducida al español aquí); y en Estados Unidos ni se diga, hay innumerables casos y ejemplos.

Pero ¿se puede salir de este círculo vicioso? ¿Hay alternativas? Sí que las hay. Desde hace algunos años diversos movimientos a nivel mundial están buscando cambiar el sistema de evaluación de la investigación. En el 2012 la “Declaración de San Francisco” proponía eliminar el uso de métricas basadas en el factor de impacto. Además de la Charte de la désexcellence (“Carta de la desexcelencia”) mencionada anteriormente, en 2015 un grupo de académicos firmaron el “Manifiesto de Leiden” el cual advierte sobre el “uso incorrecto generalizado de los indicadores en la evaluación del desempeño científico”. Desde el 2013 el grupo Science in Transition (“Ciencia en transición”) busca reformar el sistema de evaluación de la ciencia. Y desde el 2016 el Col·lectiu InDocentia, creado en la Universitat de València también está haciendo su parte.

Incluso China, que en su afán por superar a Estados Unidos en la carrera científica adoptó un ambicioso plan a largo plazo basado en publicaciones científicas, está ahora reconsiderando si los incentivos ofrecidos sus profesores están dando los resultados esperados y está buscando nuevas formas de evaluar al profesorado. Otro ejemplo más reciente lo encontramos en la Universidad de Utrecht, que esta semana anunció que para el 2022, la universidad abandonará formalmente el factor de impacto para las decisiones de contratación y promoción de su personal académico. La universidad juzgará a sus académicos por otros estándares, incluido su compromiso con el trabajo en equipo y sus esfuerzos para promover la ciencia abierta. «Los factores de impacto no reflejan realmente la calidad de un investigador o académico individual», señala el comunicado. Aquí puedes leer más detalles sobre el nuevo esquema de Reconocimiento y Recompensas de la universidad.

Como decía hace unos días Xavier Aragay en Twitter, la evaluación está siendo sometida a debate en todos los niveles educativos. Por eso no fue coincidencia haberme encontrado estos tres artículos esta semana. El cambio es inminente. Pero no estamos hablando sólo de la evaluación del alumnado (que sí que pide un cambio a gritos), sino también de los sistemas de evaluación de la ciencia y el conocimiento, más importante aún, de las personas que hacen ciencia y que transmiten ese conocimiento. Tantos KPIs, tantas tablas de evaluación, clasificaciones, métricas de desempeño y tantos números en general hacen que se nos olvide que en las universidades trabajan personas que están a cargo de la formación y crecimiento de otras personas. Hemos perdido de vista la función social de la Universidad. ¿Qué más importante función que esa?

Hasta la próxima semana.

Karina Fuerte
Editora en jefe, Observatorio de Innovación Educativa

Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0