Opinión | El conocimiento en venta: la mercantilización de la educación

La transformación de la educación de un bien público a un producto comercializable, sus causas, consecuencias y ventajas.

Opinión | El conocimiento en venta: la mercantilización de la educación
Una lectura de 10 minutos

¿Alguna vez te has preguntado cuáles son las consecuencias de tratar la educación como un producto en lugar de un bien público? Comúnmente, la enseñanza es vista como un pilar fundamental de la sociedad que proporciona el acceso a conocimientos, habilidades y oportunidades. No obstante, en los últimos años ha pasado de ser un derecho fundamental para convertirse en un objeto de comercio.

Esta “mercantilización de la educación” puede adoptar muchas formas. Durante la pandemia, por ejemplo, la introducción de herramientas de tecnología educativa proporcionadas por gigantes tecnológicos conocidos por sus problemas de privacidad y su comportamiento de maximización de beneficios. La realidad es que, a medida que el mercado global se expande y la sociedad cambia, la educación parece haberse sumado a las filas de los bienes y servicios mercantilizados en un mundo impulsado por un sistema capitalista. Este fenómeno implica convertir el aprendizaje en un bien que se compra, planteando preguntas críticas sobre la esencia de la enseñanza y su papel en la sociedad.

El sector educativo no solo contribuye al desarrollo integral de las personas, sino también al crecimiento de su comunidad en conjunto; por lo tanto, invertir en este sector contribuye al crecimiento económico y bienestar social. En específico, la educación superior ayuda a mejorar la calidad de vida de las personas y abordar los principales desafíos sociales y globales; es uno de los impulsores clave del desempeño del progreso, la prosperidad y la competitividad.

Buscar comercializar la educación es un síntoma de un cambio más amplio en las universidades y escuelas hacia un régimen capitalista académico, en el que las instituciones educativas toman acciones alineadas al mercado económico; donde la misión del bien público pasa a un segundo plano frente a los ingresos y participación en el escenario económico.

Comprendiendo la mercantilización de la educación

Para empezar a abordar este tema es importante mencionar que la mercantilización de la enseñanza se refiere a la transformación de la educación de un servicio público a un producto comercializable. Este sector está experimentando una evolución destacada por una mayor participación de entidades privadas en su gestión y una creciente tendencia a tratarla como una transacción comercial. ¿Qué factores impulsan esta conversión y cómo podemos identificar estos cambios en la práctica?

Los motivos de la comercialización de la educación, según un artículo del Journal of Higher Education Research, son dos: las crisis económicas y la globalización. Sobre el primer punto, el texto, escrito por Meixue Gao, explica que la crisis económica del 2008 fue un factor esencial en la formación de la mercantilización de la enseñanza, principalmente porque muchos gobiernos en todo el mundo se vieron obligados a recortar el gasto público en este sector. Este tipo de situaciones obliga a las instituciones educativas a convertir su modelo tradicional a uno comercial para cumplir con los requisitos de costo u obtener ganancias para continuar operando. Como ejemplo, Gao menciona que “a partir de septiembre de 2012, el costo de la educación superior en el Reino Unido aumentó de 3.000 al año a 9.000 libras al año”. Es decir, actualmente las escuelas y universidades británicas se están adaptando a la comercialización para poder sobrevivir.

Con respecto a la globalización, hay dos aspectos importantes: su impacto en lo económico y en la información. Estos dos elementos hacen que cada vez más empresas quieran tener un papel relevante en la educación porque la globalización de la información y la economía les exige dominar conocimientos más amplios y nuevas tecnologías. Además, la demanda de capacitarse constantemente para mantenerse actualizados ante los incesantes cambios ha llevado a la necesidad de crear cada vez más cursos profesionales con fines de lucro por parte de las universidades a través de diferentes plataformas en internet.

Además, la globalización ha desempeñado un papel fundamental en la remodelación del panorama educativo porque la tecnología ha facilitado el intercambio de conocimientos, pero también ha introducido presiones competitivas que empujan a las instituciones a priorizar las necesidades del mercado sobre los valores educativos tradicionales. Aunque la tecnología ha facilitado el acceso a la información y la creación de nuevas oportunidades de aprendizaje, también ha permitido el proceso de mercantilización a través de plataformas de aprendizaje electrónico que a menudo priorizan las ganancias sobre la calidad pedagógica.

La lógica del mercado dicta que donde hay demanda, la oferta debe seguirla. En el caso de la educación, la demanda de la educación superior significa un aumento en las instituciones privadas y los cursos adaptados a las habilidades comercializables. Este enfoque impulsado por lo comercial tiene implicaciones para la equidad y la calidad educativas en donde las y los estudiantes pasan de ser ciudadanos con derechos, a consumidores de educación; mientras que los docentes se transforman de servidores públicos a productores y técnicos de educación, evaluados mediante parámetros de referencia específicos.

Pensar en la educación como mercancía es muy diferente a considerarla como un bien público, ya que la presión por obtener ganancias en el mercado exige la constante producción y venta de bienes. En teoría, la enseñanza y el aprendizaje son inmateriales, ya que se anima y ayuda al estudiantado a pensar y crear conocimiento, mientras que en la práctica, esto es equivalente a la venta de libros, materiales digitales para el aula, servicios informáticos y muchos otros productos y servicios, pero ¿la educación en sí misma?

La doctora Alka Sehgal Cuthbert escribió para Teach Wire un artículo de opinión hablando de la mercantilización de la educación, en donde menciona una preocupación por la proliferación de empresas de terceros en la educación y ejemplifica las plantillas de cursos o templates de los curriculums. Para algunos, estas herramientas son un atajo, ya que evitan que cada docente tenga que producir un plan de clases original, además de fungir como una manta de seguridad o solución rápida para aquellos que son nuevos o se sienten agobiados por el trabajo; sin embargo, es fácil tratar a estos repositorios de recursos descargables como la suma de todo el conocimiento curricular. 

El problema con esto es que estos modelos de planes de estudio a menudo resultan ser “una serie de ejercicios diseñados para practicar una regla específica o poner a prueba una banda muy estrecha de información.” Lo cual no es malo en sí, pero puede provocar que el mayor enfoque sea en lo técnico, limitando la imaginación y el contenido intelectual. La doctora Sehgal Cuthbert ilustra esto mencionando las actividades de escritura de creación de cartas, donde frecuentemente hoy en día se le da prioridad a la importancia de realizarlas para “solicitar empleo”, restringiendo la creatividad y la enseñanza de la experiencia. Ella escribe que “este enfoque banal y técnico emana de la noción equivocada –muy extendida en la formación docente y entre los responsables de las políticas– de que la educación es esencialmente técnica y transaccional por naturaleza”.

La creciente presión por la competencia en el ámbito educativo, impulsada por la mercantilización, se manifiesta en la proliferación de evaluaciones estandarizadas y rankings. La competencia institucional, a su vez, incentiva fuertemente a las universidades y colegios a tomar medidas para destacarse de maneras visibles que mejoren su posición y estatus. No sorprende que los campus compitan entre sí en términos de instalaciones, servicios, amplitud de programas e incluso comida. Este enfoque, especialmente centrándose en resultados cuantificables, transforma la educación en una carrera hacia la rentabilidad financiera, dejando de lado la búsqueda del conocimiento por sí mismo. Como consecuencia, la educación se transforma en una herramienta para alcanzar éxito económico y movilidad social, en lugar de una búsqueda continua de conocimiento y desarrollo personal.

Además, la mercantilización crea presión para satisfacer las demandas del mercado, las materias que no se consideran rentables pueden ser marginadas o eliminadas, socavando el pensamiento crítico, la creatividad y una educación plena. Aunado a esto, a medida que las instituciones educativas dependen financieramente de las tasas de matrícula y la financiación privada, aumenta el riesgo de comprometer la integridad y la autonomía académica. Esto debido a la influencia de los intereses corporativos y de los donantes que pueden tener a la hora de elaborar planes de estudio, asignar las prioridades de investigación y la dirección general de la educación.

El fallecido David Noble, un crítico de la tecnología educativa, escribió en 1997 un ensayo titulado Digital Diploma Mills: The Automation of Higher Education en el que critica la creciente influencia de la tecnología y la corporativización de la educación superior. Noble argumentaba que la implementación de sistemas automatizados en las universidades está transformando la educación en un producto comercializable, deteriorando la función tradicional de formación intelectual y ciudadana. 

Para Noble, la incorporación de tecnologías digitales en la enseñanza provocan un menor control docente sobre el contenido y proceso educativo. Además, la dependencia de las mismas amenazan con convertir la educación en un proceso impersonal y mecánico. Y no solo eso, la globalización crea más colaboraciones entre universidades y empresas, lo que resulta en la priorización de ganancias económicas sobre valores académicos y enfoque en la eficacia, impactando negativamente el aprendizaje y desarrollo del estudiantado. En esencia, Noble advertía sobre los peligros de una educación basada en la eficiencia y el lucro, en lugar del pensamiento crítico y la formación de ciudadanos comprometidos. Sostenía que estas instituciones habían abandonado un ideal universitario que se basaba en la interacción cercana entre estudiantes y profesores en favor de un modelo que se basaba en el dominio de un cuerpo fijo de conocimientos y habilidades.

“Con la mercantilización de la enseñanza, los profesores, como mano de obra, se ven arrastrados a un proceso de producción diseñado para la creación eficiente de productos didácticos y, por lo tanto, quedan sujetos a todas las presiones que han recaído sobre los trabajadores de producción en otras industrias que atraviesan una rápida transformación tecnológica desde arriba”, escribió sobre los profesores que trabajaban en universidades, que en ese momento estaban empezando a ofrecer cursos y programas en línea. Noble condenaba el auge de las “fábricas de diplomas digitales” como Coursera, Udemy, EdX, entre otras, ya que argumentaba que éstas están más interesadas en inscribir a la mayor cantidad posible de estudiantes al menor costo posible, que en brindar una educación de calidad o un título con un valor genuino en el mercado laboral. Y condenaba que las universidades se han ido convirtiendo en proveedoras de credenciales y empresas comerciales donde los estudiantes son clientes y capital humano que debe desarrollarse.

Depender de la matrícula estudiantil para subsistir crea muchos cuestionamientos sobre la prioridad de las instituciones y la calidad de su oferta. Y no sólo se refleja en cursos en línea; el periódico de The Guardian Australia reportó que muchas universidades de este país están graduando a estudiantes internacionales que no dominan un nivel básico de inglés. Una profesora de artes en una universidad líder del mundo en Australia, comentó al periódico que “la mayoría [de sus alumnos] no puede hablar, escribir ni entender inglés básico. Usan traductores o captura de texto para traducir las conferencias y tutoriales, ayudas de traducción para leer la literatura y ChatGPT para generar ideas (…) Es alucinante que puedas salir con un título de maestría en una variedad de materias sin ser capaz de entender una oración”, dijo la profesora. Aunque el gobierno federal ha propuesto un límite para los estudiantes internacionales y ha aumentado las tarifas de solicitud de visa a 1600 dólares australianos, al igual que elevar los requisitos para la misma, no ha sido suficiente. Muchos académicos comentaron a The Guardian que tienen cursos donde hasta la mitad de sus alumnos no parecen comprender el contenido. Muchos culparon a la dependencia institucional de las tarifas para estudiantes internacionales.

Por otro lado, Steven Mintz, profesor de historia para la Universidad de Texas en Austin, escribió para Inside Higher Ed más sobre el tema diciendo que “los campus universitarios son cada vez más valorados políticamente como motores de las economías locales y del desarrollo económico regional y como incubadoras de investigación básica y aplicada. El aprendizaje, lejos de ser un proceso de desarrollo o transformación, se considera cada vez más como algo transaccional y se equipara con aprobar el número requerido de cursos”. Esto porque es cada vez más común que se incentive a los profesores y departamentos a ser lo más emprendedores posible.

Empero, la mercantilización de la educación también tiene elementos ajenos. Sobre esto, Mikael Leyi, secretario general de la ONG SOLIDAR, pone como ejemplo la tendencia de modelar la educación según las necesidades percibidas del mercado laboral. Leyi argumenta que la dinámica del mercado laboral actual, caracterizada por la rápida obsolescencia de habilidades y la creciente demanda de otras nuevas, está generando un desequilibrio entre la oferta y la demanda de trabajo. Esta situación, agravada por la privatización de la educación, que prioriza la formación de mano de obra especializada para el mercado, puede desviar el foco de la educación de su función social y cultural, reduciéndose a una mera herramienta que provee fuerza de trabajo.

Sobre este tema, es fácil ver cómo el giro económico ha remodelado los planes de estudio, alineándolos cada vez más a las necesidades de la industria y las tendencias del mercado laboral; visto especialmente en el auge de la educación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM por sus siglas en inglés), que a menudo se justifica sobre la base de su utilidad económica. Las humanidades y las ciencias sociales se han devaluado, en consecuencia, al percibirse como una disciplina que ofrece rendimientos económicos menos tangibles.

La comercialización de la educación superior ha aumentado la carga financiera del estudiantado lo cual  crea una desventaja que no muchas personas consideran; que esto les da el derecho a no tolerar la calidad inferior y exigir mejores instalaciones, más materiales en la biblioteca o acceso a tecnologías educativas. Farhad Omar, consultor de seguridad cibernética, escribió en LinkedIn que, para él, este modelo de producción en cadena solo convierte a la educación en un medio para alcanzar un fin. “El valor intrínseco del conocimiento se desestima, y se reduce la alegría de aprender y la curiosidad intelectual” escribió. Añade que la situación actual busca “compensar las incertidumbres económicas al producir graduados «listos para el mercado», en lugar de promover el crecimiento intelectual y el pensamiento crítico”.

Después de todo, ¿no se supone que la educación universitaria enfatiza el cambio en la seriedad intelectual, la tutoría, la comunidad, el diálogo, el descubrimiento y el crecimiento personal? Sobre esto, el doctor Dinkar Sewa Rathod, publicó un artículo sobre la comercialización de la educación superior en donde argumenta que a un estudiante no se lo puede llamar cliente porque a diferencia de este último, que compra un producto terminado en el momento de la transacción, un estudiante no recibe un «producto terminado» al realizar la compra. Esto se debe a que un estudiante debe tener la capacidad necesaria y trabajar lo suficiente para obtener el título académico. “Un estudiante se parece más a un jardinero que a un cliente, porque el jardinero puede desear cultivar puerros espléndidos, pero no lo logrará a menos que se esfuerce adecuadamente”.

El doctor Sewa Rathod explica que en una economía de mercado libre, se considera a los clientes como individuos racionales con ciertas necesidades que satisfacen comprando productos. Es un lugar donde existe competencia entre productores y proveedores para atender los gustos y preferencias de los consumidores, por lo que no cuestionan sus gustos o elecciones. Sin embargo, este no es el caso de la educación. Los académicos deciden qué constituye el producto en negociación; su contenido está determinado por estándares. Aunque el estudiante, siendo cliente, está “comprando un producto” este no tiene control sobre este, son los educadores y administradores los que tienen la última palabra de si recibirá “el producto terminado”, es decir, el título. Estos tienen el poder de tomar medidas disciplinarias, manejar las dificultades de aprendizaje, proporcionar docentes de calidad, asignar calificaciones, entre más acciones.

Es fácil atacar la mercantilización de la educación, pero la realidad es que las crisis económicas de las últimas décadas y la pandemia han llevado a muchas instituciones a recurrir al aumento de las tasas de matrícula, disminuir el número de profesores de planta por profesores de cátedra o de tiempo parcial, y reducir salarios. Además, no les ha sido fácil encontrar la financiación de sus investigaciones, por lo cual no es difícil entender por qué buscan comercializar sus servicios. Mercantilizar la educación trae beneficios como una mayor competencia entre instituciones educativas, lo cual las incentiva a mejorar la calidad de sus servicios e instalaciones, y a ofrecer opciones más variadas y adaptadas a las necesidades de su alumnado. Además, puede ayudar a una mayor eficiencia en la gestión de los recursos educativos, ya que obliga a las administraciones a buscar optimizar costos y maximizar resultados. Otra ventaja es que, debido a la competitividad del mercado, hay mayor innovación pedagógica y hay más oportunidad de crear nuevas herramientas y métodos de enseñanza. Esto también puede favorecer que haya mayor flexibilidad, ya que la oferta educativa se adapte rápidamente a las demandas del mercado laboral, facilitando la inserción de los estudiantes en el mundo laboral.

La realidad es que la mercantilización de la educación es un problema complejo y multifacético el cual es complicado desacreditar. Para empezar, se necesitaría abogar por mayor financiamiento público para reducir la dependencia de las tasas de matrícula y garantizar el acceso igualitario a una educación de calidad para todas las personas. También implica fomentar un sentido de comunidad y colaboración dentro de las instituciones educativas, en lugar de perpetuar un enfoque competitivo impulsado por el mercado.

Pero cuéntanos, ¿qué opinas sobre la comercialización de la educación? ¿Crees que es una respuesta del panorama global o culpa de las crisis económicas? ¿Consideras que depender de las matrículas es la respuesta? Te leemos.

Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0