Reflexiones | La intención de educar

Educar es una de esas proezas tan difíciles de definir como de evaluar. ¿Qué puede y qué no puede ser una experiencia pedagógica?

Reflexiones | La intención de educar
Foto: Flashmob – El lenguaje de señas es mi derecho / Municipalidad de Miraflores, Perú.
Una lectura de 5 minutos

Educar a alguien es una de esas proezas tan difíciles de definir como de evaluar. Después de realizar grandes esfuerzos por alcanzarla, será difícil no quedarnos con la duda de qué era lo que intentábamos y si lo hemos conseguido. La duda perdurará por siempre, quizás con periodos en que nos sentiremos seguros de haber tenido éxito, y otros en que nos asaltará la mayor incertidumbre e incluso el mayor desencanto. Quizás fue en un episodio de este tipo en el que Sigmund Freud aventuró aquello de que hay dos cosas imposibles de realizar: psicoanalizar a alguien y educarlo.

Sin embargo, tan imposible como definir y evaluar lo que es educar, es no intentar hacerlo. El terreno vacío exige ser llenado, todo lugar oscuro quiere que lo iluminemos. Por momentos, tenemos la certidumbre de que hemos de lograrlo.

Pues bien, de entrada, debemos hallar algún asidero para hacerlo. Lo primero que se me ocurre para empezar la búsqueda es preguntarme acerca de la primera experiencia a la que tenemos acceso cuando se trata de educar. Estoy hablando de la intención de hacerlo. Saber que estoy intentando educar a alguien es lo primero que puedo saber acerca de ese acto. Me parece que sólo Dios sabe si es posible educar a alguien sin querer, sin tener la intención de hacerlo (meter a Dios en esto no es una frase hecha sino una realidad: sólo un observador ubicuo que contemplara todo lo que somos y hacemos podría asegurar que entre dos personas está ocurriendo un acto educativo sin que ninguno de ellos se dé cuenta).

Así pues, hablar de que existe una “intención de educar” es lo primero que podemos afirmar como cierto acerca de nuestro tema de reflexión.

En los años setentas y ochentas un director de teatro brasileño emprendió la aventura de lo que él bautizó como Teatro Invisible, y que con ese nombre se desparramó por muchas regiones y llegó a Mexico. El Teatro Invisible se inscribía como una estrategia de concientización popular en el terreno de las luchas revolucionarias marxistas de América Latina, y consistía en representaciones escénicas ensayadas que ocurrían de pronto en lugares públicos y se presentaban como situaciones reales, de suerte que los espectadores creían que estaban presenciando hechos de la vida real. Una mujer entraba a un mercado llevando a su marido atado del cuello con una correa de perro, y ello suscitaba ―¡ya se imaginarán!― el asombro de la multitud, y de inmediato la discusión abierta, muchas veces atizada por otros actores “invisibles” que se hacían pasar por clientes comunes. Al final, se revelaba al “público” la inautenticidad del hecho y se le invitaba a seguir reflexionando sobre lo que habían visto.

¿Es esto educación? En México, hacia finales de los ochentas, un grupo de jóvenes actores y directores de teatro emprendieron una experiencia parecida, en el contexto de una situación que empezaba a vivirse ya como una catástrofe: la contaminación insostenible del aire en la capital del país. Esa experiencia de Teatro Invisible se dio en el contexto de otro suceso extraño que sacudió las conciencias de los habitantes de la urbe y de buena parte del país: la muerte de decenas de pajaritos, que una mañana amanecieron tirados entre los árboles de la Alameda Central, parque icónico de la ciudad. Pues bien, lo que esos jóvenes hicieron, fue aprovechar la catástrofe ecológica y tramaron una representación: disfrazados de simples peatones del Centro Histórico de la urbe, a la hora convenida empezaron a dejarse caer aquí y allá en distintos puntos, fingiendo todo tipo de crisis respiratorias; fueron auxiliados por otros actores, a los que se unió gente común, e incluso fueron trasladados a unidades de salud. Ambos eventos (el de los pajaritos más, pero éste de la gente, también) son dos de los hitos inaugurales de lo que poco después llegó a ser una definitiva toma de conciencia ciudadana y una por fin decisiva campaña para la protección del aire (promovió por ejemplo la implantación del Programa Hoy No Circula y otras medidas de control industrial que ya no pudieron aplazarse).

¿Es esto educación? La diferencia entre lo que hacía Augusto Boal y lo que hicieron estos jóvenes mexicanos es crucial, pues en el caso del brasileño, al terminar la experiencia invisible se revelaba al público, como decimos, la inautenticidad del hecho, y en el de los jóvenes mexicanos, no: la intención quedaba oculta; de hecho, no se habló de ella nunca.

Ahora bien, el que el “público” de este invisible teatro llegue a saber o no que presenció una escena ensayada, ¿nos sirve para establecer diferencias entre lo que puede y no ser una experiencia pedagógica?

Pensemos ahora en otros casos interesantes, sucedáneos, nietos de aquel Teatro invisible de Augusto Boal: me refiero a los Flashmobs, esos actos en que un aparentemente espontáneo artista comienza una interpretación callejera, y pronto se le unen una decena de otros artistas, revelando ―¡para sorpresa de todos!― que es una acción planeada, regalo para la comunidad. Creo que más allá de la interpretación artística, el goce que provocan estas irrupciones a mitad de la calle, es que los paseantes de pronto pueden presenciar cómo la realidad se transfigura en ficción frente a sus propios ojos, advirtiendo con total asombro cómo los espacios públicos cotidianos son asaltados por lo extraordinario y súbitamente se vuelven sublimes. En este caso, la experiencia educativa podría consistir (insisto, más allá de la vivencia artística) en dejar ver a los paseantes modernos (siempre atemorizados del entorno) que la realidad a nuestro alrededor puede sufrir cambios bruscos sin que eso necesariamente suponga algo negativo: puede, por el contrario, tratarse de un hecho creativo que nos lleve mágicamente a espacios insospechados, donde la gente es solidaria y todo se vuelve bello por un momento. , parecen decirnos los flashmobistas, todos podemos volvernos amigos de pronto, y para que eso suceda basta con la intervención organizada de un grupo de gente. Con los flashmobs ocurre una apropiación radical del espacio, en la cual el acto educativo consiste en dar ejemplo. En las experiencias de Boal y de los jóvenes mexicanos, la apropiación del espacio se da como algo manipulado, con la diferencia de que Boal revela esta manipulación al final, dejando ver su intención y los jóvenes mexicanos no lo hacen. La intención también fue distinta: en el brasileño, se trataba de provocar reflexión y una posterior toma de conciencia. En el caso de los jóvenes mexicanos, la intención era modificar la realidad para señalar un hecho que, si bien no era real, pronto (se decían ellos) empezaría a serlo. Había que hacer entrar a la gente en shock, no apelando a su conciencia sino a su instinto. La educación vendría después, una vez que nos hubiéramos salvado de la asfixia.

Ahora que muy poca gente hace caso a las noticias y a las estadísticas sobre lo que está pasando en el mundo, puede ser que caería de perlas una acción de este tipo, de nivel global. Sin embargo, no podemos esperar que un suceso del mismo orden (¿una representación invisible ejecutada por millones de jóvenes de todo el mundo?) irrumpa en nuestra cotidianeidad para hacernos reaccionar como se necesita. Tendremos que contentarnos, me parece, con las acciones educativas, aunque poderosas, fuerte, firmes, de movimientos como el de millones de jóvenes alrededor del mundo presididos por Greta Thunberg, que no ocultan sus intenciones sino que apuestan a que la conciencia vaya por delante.

Es posible que la verdadera educación deba revelar sus intenciones, y brindar recursos conscientes (o al menos accesibles a la conciencia, como en el caso de los flashmobs), y no ser sólo irrupciones que hagan reflexionar de forma natural, como podría hacerlo una catástrofe. Engañar a un niño con un susto para que reaccione y aprenda a evitar peligros, sin revelarle después el engaño, ¿cumple una función educativa? De ser así, ¿diríamos que un terremoto nos “educa” a estar prevenidos? Cuando hablamos de educación, es necesario que el educando pueda hacer consciente (en ese momento o a la larga) que alguien hizo algo para “educarlo”, es decir que ese alguien tuvo una intención; que las lecciones de los maestros no son eventos fortuitos de la naturaleza sino actos eminentemente humanos, falibles y muchas a veces maravillosos, aunque siempre difíciles de definir y de evaluar.

Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0