FOMO y miedo al vacío

Estamos tan acostumbrados al flujo constante de información y a la saturación de notificaciones que cuando estamos unos minutos en silencio nos sentimos incómodos.

FOMO y miedo al vacío
Una lectura de 4 minutos

Este domingo terminé un reto que tenía el propósito de hacer desde hace tiempo pero que por una cosa o por otra, lo seguía posponiendo. Dicho reto constaba de dejar las redes sociales por 21 días e iniciar la práctica de la meditación diaria. Finalmente me decidí a hacerlo porque de unos meses para acá sentía que había dejado de disfrutar y “sacarle provecho” a las redes sociales; veía las publicaciones sin prestar atención, casi en automático regalaba un <3 o “me gusta”, pero un día me di cuenta de que todas estas acciones las hacía sin pensar. Veía, pero no observaba, simplemente pasaba de una imagen a otra, de un video a otro, de manera repetitiva y automática. Así que cuando vi que mi buen amigo, Pedro Campos, de la comunidad Meditantes, estaba por iniciar el reto “Instagram OFF, Meditación ON”, no lo dudé y me uní al reto. Ayudaba también que los días del reto coincidían con mis vacaciones, así podía aprovechar el receso y hacer una desconexión total.

Hoy, 24 días después, sigo sin instalar de nuevo mis redes sociales en mis dispositivos y no me urge hacerlo (aunque seguro lo haré en los próximos días), pero antes de volver a la “normalidad” quiero compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el reto. Mi intención no es hacer un discurso sobre lo tóxicas que pueden ser las redes sociales, creo que pueden ser una gran herramienta para hacer conexiones y comunidad e incluso para aprender, pero también soy consciente de que nos puede enganchar, crear ansiedad e incluso adicción. Tampoco entraré en detalles sobre el reto ya que cada experiencia es única (para quienes quieran saber más sobre este reto, pueden leer más al respecto aquí). Mi propósito es simplemente compartir a grandes rasgos cómo fue mi experiencia y algunas reflexiones que surgieron durante este periodo de silencio digital.

  • Los primeros días del reto agarraba mi teléfono casi por inercia, sin tener nada específico qué hacer o buscar, simplemente por hábito. Al principio la sensación era rara pues lo abría y no tenía notificaciones, tampoco tenía el iconito de Instagram o de ninguna otra red social, entonces era raro porque me quedaba viendo a la pantalla “sin nada qué hacer”.
  • Este reflejo duró algunos días, la primera semana. Cuando tenía tiempos muertos, mi primera reacción era mirar mi móvil. Ya para la segunda no tenía tanta necesidad de estar viendo constantemente la pantalla de mi teléfono, aunque seguía haciéndolo de vez en cuando.
  • Esa primera semana la sensación de FOMO (Fear of Missing Out) era impresionante. “¿Y si me pierdo de algo importante?”, “¿Qué estarán haciendo mis amigas?”, “¿Me estoy perdiendo de algo?” … es un fenómeno muy extraño esto del miedo a perderse de algo. Pero conforme avanzaron los días se me fue pasando la necesidad de mirar el teléfono para ver si “había algo nuevo”.
  • Para la tercera semana ya muchas veces dejaba el teléfono en el bolso o incluso en otra habitación, no tenía esa necesidad de verlo constantemente, ni esa ansiedad al no tenerlo conmigo.
  • Aunque el reto ya terminó no he sentido la necesidad de regresar a las redes inmediatamente.

No sé si ahora que vuelva a instalar y usar mis redes sociales la experiencia vaya a ser distinta. O cuánto tiempo vaya a pasar hasta que vuelvan esos viejos hábitos de revisar constantemente las redes sociales y notificaciones. Lo que sí noté es que estos mismos impulsos los tenía con mi cuenta de correo y mensajería instantánea. Al no tener redes sociales instaladas en mis dispositivos, fue más notorio que prácticamente eso mismo que hacía en Instagram lo hacía con mis cuentas de Gmail o mi WhatsApp: esa reacción impulsiva de refrescar la página o la aplicación para “ver si hay algo nuevo” o esa necesidad de ver inmediatamente ese mensaje que te llegó (independientemente de si estás en medio de una plática, comida o tiempo libre).

En muchas ocasiones culpamos a los algoritmos de las redes sociales de nuestra adicción a las mismas, que sí que tienen algo que ver, pero ese FOMO lo vivimos constantemente dentro y fuera de ellas. Estamos tan acostumbrados al ruido digital, al flujo constante de la información, a la saturación de notificaciones y mensajes que cuando estamos unos minutos en silencio nos sentimos raros, incómodos incluso. Yo desinstalé Instagram pensando que esa era la única red social que “me causaba problemas” pero en realidad la raíz del problema se encuentra alrededor de todo mi acercamiento a la comunicación digital, al uso de estos medios para comunicarme e informarme. Definitivamente el reto me ayudó a reaprender a estar conmigo misma y con los demás, aunque fuera solo por unos días. Sé que, si vuelvo a usar las redes y los dispositivos de la misma manera, en pocos días estaré donde inicié. Pero vale la pena hacer el ejercicio. Se los recomiendo.

Como reflexión final, les comparto que hace unos años descubrí que me daba mucha ansiedad la inmensidad del mar o del desierto. Ver kilómetros y kilómetros a la redonda, ya sea de arena o de mar, sin nada en el horizonte, me daba pavor. No entendía por qué. Pensaba que como nací y crecí en una ciudad rodeada de montañas, al ver estos paisajes de planicies, llanuras u océanos, sentía que algo me faltaba. Pero ahora que hice este reto me di cuenta de que en el mundo digital me siento exactamente igual. Cuando me faltan esas “montañas” de aplicaciones y notificaciones me entra el miedo a esa inmensidad, a esa sensación de vacío. ¿A ustedes les pasa lo mismo? ¿Han hecho alguna clase de reto de desconexión? ¿Cómo se sintieron? Los leo en los comentarios.

Hasta la próxima semana.

Karina Fuerte
Editora en jefe, Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación

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