La pedagogía de la presencia en tiempos de desconexión

En un contexto de desconexión, sobrecarga y uso de la inteligencia artificial, la pedagogía de la presencia ofrece la oportunidad de volver a centrar la educación en el vínculo, la experiencia y el sentido del aprendizaje.

La pedagogía de la presencia en tiempos de desconexión
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Un estudio realizado por Kushlev y Dunn en el 2018 reveló que el uso de celulares inteligentes por parte de madres y padres de familia afecta el tiempo que pasan con sus hijas e hijos, así como su impacto en la interacción en los niveles psicológico y relacional. Esto ocurre porque estos dispositivos permiten acceder a múltiples estímulos en cualquier momento, lo que representa una competencia constante por la atención.

Los autores explican que “al perjudicar la calidad de la atención, un mayor uso del teléfono hizo que los padres se sintieran menos conectados socialmente, más allá de sus efectos sobre la atención, lo que sugiere que la distracción juega un papel central en la configuración de la experiencia relacional”.

Aunque este estudio tiene varios años, sus hallazgos siguen vigentes. Por ejemplo, un artículo publicado en Forbes advierte que la distracción de los padres por el uso de teléfonos inteligentes puede relacionarse con mayores niveles de ansiedad en las infancias, así como con cambios en su comportamiento, estado emocional y desempeño académico.

En este sentido, el problema no radica en la tecnología en sí, sino en la forma en que interfiere con la atención y, por lo tanto, con la posibilidad de construir relaciones significativas. En un entorno saturado de estímulos, cuidar la atención se vuelve una condición fundamental para sostener el vínculo.

La disponibilidad emocional de los padres, madres y tutores se construye a través de señales como el contacto visual, la escucha activa y la respuesta inmediata. Cuando estas señales se interrumpen de forma recurrente, el infante puede interpretar que no es una prioridad o que la relación no es estable.

Las infancias necesitan interacción constante para desarrollar habilidades emocionales, sociales y cognitivas, ya que en estos espacios se construyen procesos clave como la regulación emocional, la empatía y el lenguaje. Cuando estas interacciones se ven afectadas, pueden aparecer cambios en el comportamiento, como mayor irritabilidad, demanda de atención o dificultad para autorregularse.

Además, los infantes aprenden a través de la observación. Esto significa que si crecen en entornos donde la atención está constantemente mediada por pantallas, pueden internalizar este patrón como una forma normal de relacionarse.

En el artículo de Forbes, Anuradha Varanasi enfatiza que el problema no es la tecnología en sí, sino la forma en que esta interfiere con la atención y, por ende, con la posibilidad de construir relaciones significativas. En un entorno saturado de estímulos, cuidar la atención se vuelve una tarea fundamental para sostener el vínculo.

Esta dinámica no se limita al ámbito familiar; es un fenómeno que demuestra cómo la atención fragmentada transforma la calidad de las relaciones interpersonales. Así como en el contexto familiar, la distracción, el debilitamiento, la conexión y el sentido de experiencia compartida en el ámbito educativo, ya que las y los estudiantes están físicamente presentes, pero desconectados de lo que están aprendiendo, de quienes les enseñan y de sus propios procesos.

Más allá de conceptos como la digitalización, la inteligencia artificial y el acceso ilimitado a la información, cada vez resulta más evidente una creciente desconexión emocional, cognitiva y relacional en los espacios de aprendizaje.

Este sentimiento de desconexión y aislamiento no solo afecta las primeras etapas del desarrollo, sino que también tiene efectos que se extienden a lo largo del tiempo. Las formas en que se construye o se debilita el vínculo en la infancia influyen directamente en la manera en que los estudiantes se relacionan con el aprendizaje más adelante.

Si desde etapas tempranas la atención se fragmenta, la conexión se vuelve intermitente y la experiencia compartida pierde profundidad, no resulta extraño que, en contextos educativos, muchos estudiantes se encuentren físicamente presentes pero emocionalmente desconectados. En este sentido, lo que observamos en la educación no es un fenómeno aislado, sino la continuación de una relación que comenzó a configurarse mucho antes.

El aislamiento existencial, la soledad y la necesidad de atención 

Uno de los conceptos que permiten profundizar en esta problemática es el aislamiento existencial. A diferencia de otras formas de soledad, este tipo de reclusión no depende necesariamente de la falta de interacción social, sino de la imposibilidad de compartir plenamente la propia experiencia.

Fairlamb y Biçaço hablaron de este tema en su artículo titulado Feeling alone in your academic journey: examining the educational implications of existential isolation, donde señalan que el aprendizaje no puede comprenderse únicamente desde indicadores de desempeño o de acumulación de conocimientos, sino que factores juegan un papel central en el bienestar estudiantil.

Los mismos autores explican que “el aislamiento existencial se refiere a la percepción de una brecha insalvable entre uno mismo y los demás, es decir, a la sensación subjetiva de que el mundo interior de una persona no puede ser comprendido ni compartido completamente por otros, lo que genera una experiencia de desapego”.

Desde su punto de vista, “un sentido de comunidad es fundamental para el bienestar y el éxito académico en la educación superior. Los estudiantes que no desarrollan un sentido de pertenencia y que experimentan soledad persistente enfrentan mayores riesgos de menor compromiso, bajo rendimiento académico, agotamiento e incluso abandono escolar”. La educación actual no solo exige aprender más, sino hacerlo más rápido, en múltiples formatos y bajo condiciones de estímulo constante. Pareciera que se da prioridad al contenido, a los indicadores y a los resultados por encima de la experiencia concreta.

Este panorama permite entender que el problema no se reduce a la presencia de la tecnología ni a la cantidad de información disponible, sino a una transformación más profunda en la manera en que se construyen las relaciones y se habita la experiencia educativa. La atención fragmentada no solo interrumpe momentos de interacción, sino que también debilita la posibilidad de generar vínculos significativos, sostener el sentido del aprendizaje y construir una experiencia compartida.

En este contexto, las respuestas centradas únicamente en herramientas, metodologías o en la eficiencia resultan insuficientes. Más que optimizar procesos, el desafío parece estar en recuperar aquello que hace posible que el aprendizaje ocurra: la relación, la atención y la presencia en el encuentro con el otro.

La importancia de la “pedagogía de la presencia” 

Antonio Carlos Gomes da Costa publicó en 1995 un libro titulado La pedagogía de la presencia, en el que propuso transformar la manera de entender la educación. Lejos de concebir el proceso de aprendizaje como algo técnico, centrado solamente en la transmisión de conocimiento, él pone la interacción como parte importante del proceso educativo.

Para Gomes da Costa, “hacerse presente en la vida del educando es el dato fundamental de la acción educativa dirigida al adolescente en situación de dificultad personal y social. La presencia es el concepto central, el instrumento clave y el objetivo mayor de esta pedagogía”.

El autor busca cambiar la manera en que se percibe al estudiante; no es solo un recipiente que adquiere conocimientos, sino un sujeto con historia, contexto y posibilidades. Desde esta perspectiva, la intervención educativa no se centra en corregir conductas ni en llenar carencias, sino en construir una relación que permita al estudiante reconocerse, implicarse y encontrar sentido en su propio proceso. Se trata de ir más allá de estar presente físicamente en el aula; implica escuchar y tener un compromiso social.

Estar presente y crear vínculos entre docente y estudiante no es un don; es una disposición interior que implica apertura, sensibilidad y compromiso con el otro, y distinguir entre una presencia superficial y una auténtica. Ser superficial implica no involucrarse con los estudiantes, solo cumplir con el rol; una presencia auténtica significa formar parte de la experiencia del estudiante, ponerles atención.

Con la pedagogía de la presencia, Gomes da Costa explica que la primera tarea de los educadores es observar, pero no de una manera evaluativa, sino como un acto de atención genuina hacia la realidad de sus estudiantes, percibiendo qué les ocurre más allá de su desempeño académico: ¿se relaciona bien con otros?, ¿qué le interesa?, ¿qué le preocupa?, ¿tiene problemas para aprender?, ¿qué lo desconecta de la clase? Esto permite reconocer al alumno como alguien con historia y un contexto que influye directamente en su proceso de aprendizaje.

A partir de esto, el docente debe escuchar más allá de las respuestas; esto implica reconocer emociones, silencios, la manera en que un estudiante participa o no, y cómo todo esto es una manera de comunicar algo. Convertir el oír en algo pasivo y entender lo que dice el alumno importa y tiene lugar dentro del proceso educativo.

De ahí, Gomes da Costa menciona que el educador debe construir un vínculo, ya que esta relación no es un elemento secundario ni un medio para lograr otros objetivos, sino el espacio donde ocurre el aprendizaje. Generar confianza, mostrar interés genuino y sostener una presencia constante permiten que el estudiante se sienta reconocido.

El docente no dirige desde la imposición, sino que acompaña, lo que implica estar presente en el proceso del estudiante sin sustituirlo ni controlarlo por completo. No se trata de dar todas las respuestas, sino de crear condiciones para que pueda encontrarlas por sí mismo. Esto supone respetar ritmos, reconocer dificultades y sostener el proceso incluso cuando no hay resultados inmediatos. El acompañamiento, en este sentido, es una forma de presencia activa que permite que el aprendizaje se construya de manera significativa.

Finalmente, para Gomes da Costa, el docente potencia. Esto significa que su mirada no se centra en las carencias o déficits del estudiante, sino en sus posibilidades. En lugar de partir de lo que falta, parte de lo que existe y puede desarrollarse. Este cambio de enfoque es fundamental porque transforma la relación educativa: el estudiante deja de ser visto como un problema que debe corregirse y pasa a ser reconocido como alguien con capacidad de crecimiento. Potenciar implica confiar en el otro, incluso cuando el propio estudiante aún no lo hace.

Este enfoque no solo transforma la manera en que el docente se relaciona con el estudiante, sino que también permite replantear el problema que atraviesa la educación contemporánea. Cuando el vínculo se debilita, la experiencia educativa pierde sentido y, cuando la atención se fragmenta, la relación se vuelve superficial. En este contexto, la propuesta de Gomes da Costa no se limita a una reflexión teórica, sino que ofrece una forma concreta de responder a una problemática que ya no puede explicarse únicamente desde lo técnico ni desde lo metodológico.

Lo que en un primer momento parece una simple distracción, un padre que mira su teléfono mientras convive con su hija o hijo, en realidad revela una transformación más profunda en la forma en que presta atención y se construyen relaciones humanas. Como mostraron Kushlev y Dunn, no es el dispositivo en sí lo que afecta la experiencia, sino la manera en que fragmenta la atención y debilita el vínculo.

Esta misma lógica se extiende al ámbito educativo. Estudiantes que están presentes, pero no se involucran porque sus experiencias educativas se viven sin conexión ni sentido. En este contexto, el problema no es únicamente tecnológico ni metodológico, sino también relacional. La pérdida de atención es, en el fondo, una pérdida de presencia.

Frente a este escenario, la pedagogía de la presencia de Antonio Carlos Gomes da Costa se vuelve una necesidad urgente. Recuperar la capacidad de observar, escuchar, vincularse y acompañar implica devolverle a la educación su dimensión más humana. No se trata de eliminar la tecnología ni de volver al pasado, sino de reubicar lo esencial: la relación como condición del aprendizaje.

Así, el desafío no consiste en encontrar nuevas herramientas, sino en recuperar la capacidad de estar presentes, algo que parece simple, pero resulta profundamente complejo en el contexto actual. Porque es en esa presencia donde se construyen los vínculos, donde el aprendizaje adquiere sentido y donde la educación, finalmente, puede ocurrir.



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