Lecturas para la educación
El pasado 21 de junio se celebró el Día internacional de la educación no sexista. Aunque la fecha ya pasó, no quiero dejar de referirme a ella y aprovecharla para remitir también a un libro que recomendé hace unas semanas en este mismo espacio: Los grandes pedagogos, recopilación de textos realizada por Jean Château, la cual, a pesar de constituir un espléndido documento, peca de omisión al no incluir entre sus autores más que a una mujer, María Montessori, y dejar afuera a todas esas otras mujeres que lentamente, a lo largo de los siglos, fueron socavando el sistema patriarcal de la educación académica.
Históricamente, y salvo honrosas excepciones, la academia se caracteriza por el dominio de los procesos de enseñanza-aprendizaje por parte de grupos hegemónicos, que discriminan de forma violenta a importantes sectores de la población; y aunque el libro de Château denuncia esas exclusiones y enaltece autores que han luchado contra ellas (incluyendo grandes promotores de la educación no sexista), no deja de cometer el error común de considerar la Historia como la narración del mainstream masculino. Es un libro de los cincuentas del siglo pasado, pero no sé si eso lo exime de la culpa de no voltear hacia los grandes reclamos feministas, que ya eran bien sonoros en su época.
La verdad es que tomar en cuenta a las mujeres que han aportado cosas importantes a la educación no significa sólo mencionar nombres de expertas que podrían competir con los varones en el desarrollo de teorías pedagógicas; significa sobre todo replantearnos los modelos educativos y descubrir debajo de ellos, en rincones olvidados, innumerables innovaciones que las mujeres impulsaron y que ni siquiera son consideradas como valores pedagógicos por ese mainstream. Esta búsqueda exige atreverse a incluir entre esos valores un caudal de experiencias y conocimientos que se transmiten entre generaciones de formas no solo no institucionales ni académicas, sino incluso no racionales, no metódicas, no sistémicas. Feminismo no es machismo con inclusión de las mujeres; feminismo es, a mi entender, liberación de todo el caudal humano que la cultura patriarcal somete a su cauce. Eso nos permite decir que la cultura patriarcal nunca “excluyó” a las mujeres de la educación; lo que hizo fue reducir los procesos de enseñanza aprendizaje a una visión del mundo que exige que la humanidad se divida en dos grupos: uno, el de los hombres, que se especialice en las actividades públicas, y otro, el de las mujeres, que se concentre en los aspectos privados, es decir, en la incubación en el “seno del hogar” de los valores que después se reproducen en sociedad.
En la modernidad, esa visión incluye creer que el bienestar social se puede planear y alcanzar si se razona de forma correcta; por ejemplo, la población debe entender que el desarrollo deriva lógicamente de que los grupos más adelantados abran el camino a los más atrasados y de que éstos se adhieran a los intereses de aquéllos “por propia voluntad”, es decir, aceptando que objetivamente eso les traerá el mayor beneficio; en una sociedad así, los obedientes ya no tienen que obedecer a designios divinos (como en tiempos pre-modernos) sino que ahora sólo deben atender a “hechos” que pueden ser descritos por la razón y la ciencia. La sociedad es, se dice, un mecanismo que actúa de acuerdo con leyes que pueden conocerse y enseñarse. Claro que para que ese mecanismo funcione es esencial que cada quien ocupe su sitio de forma disciplinada, y que prevalezca lo serio, lo objetivo, lo institucional, lo sistémico. Es necesario que la familia ordenada se separe de lo comunitario, siempre imprevisible, bullicioso y caótico; y que lo frívolo e indisciplinado límite su presencia a las fiestas y momentos de juego, mismos que deben ser considerados ya no como centrales en la vida social (como lo eran en siglos anteriores) sino como secundarios, sólo importantes para que la gente recupere fuerzas y pueda seguir aportando al desarrollo. Así, en conclusión, si los seres humanos obedecemos a estas leyes de la naturaleza, el bienestar inevitablemente acabará derramándose sobre todos nosotros.
La gestación de la modernidad tuvo varias etapas, es decir, varias oportunidades de tomar un rumbo distinto al de este racionalismo utilitario (el cual, una vez triunfante, acabó justificando las peores atrocidades en nombre de la razón y la ciencia). Por lo que respecta a la educación en Europa (esa que nosotros heredamos), uno de esos posibles giros se vislumbró en el siglo XVI, sobre todo en Francia. Está ligado a fuertes brotes de emancipación femenina, que algunos historiadores llaman movimientos pre feministas o proto-feministas. En materia de acceso al conocimiento, esas luchas incluyen anécdotas como las de mujeres heroicas que acudieron a la universidad vestidas de hombre o que hicieron grandes aportaciones a la ciencia, la filosofía y el arte, aceptando permanecer en el anonimato, ocultas detrás del nombre de un varón.
Sin embargo, las principales aportaciones femeninas a los avances del conocimiento y la enseñanza igualitaria, no se dan en el contexto institucional sino justamente al margen de éste, y mucho más ligadas con el aprendizaje placentero, con el intercambio espontáneo de información, con el juego, el humor y la permeabilidad entre los géneros. Se trata de intentos que florecieron con poder inmenso durante casi cien años, y que acabaron sucumbiendo ante los intereses patriarcales, pero que de haber triunfado nos habrían legado un concepto de educación mucho más vital que el que ahora tenemos, mucho menos solemne, competitivo, categórico, unilateral y hereditario. Tal vez es en materia de historia donde menos cabe decir “si hubiera…”, pero no deja de ser hermoso imaginar que las cosas hubieran, en efecto, ocurrido de forma distinta, como en esas películas de Quentin Tarantino donde villanos como Hitler mueren antes de cometer sus peores atrocidades y todo acaba en final feliz.
Con la creación, en el siglo XVI, de ciertos espacios de reunión social conocidos como salones, las mujeres aristócratas y de la alta burguesía lograron cambiar el panorama intelectual y educativo de su tiempo y sentar las bases de lo que todavía ahora es un modo contestatario de entrever la educación y la comunicación del conocimiento. Estamos hablando de casi cien años después del descubrimiento de América, cuando las universidades todavía seguían anquilosadas en los saberes antiguos, y cuestionaban cualquier avance. Casi todas las personas interesadas por las nuevas ciencias saciaban su curiosidad fuera del ámbito institucional, cubriendo ellas mismas los gastos que esto les imponía e instalando en sus casas laboratorios de física, química y biología, y buscando o creando espacios privados donde compartir ideas y discutir con otros sus descubrimientos.
Es en este contexto donde aquellas mujeres —las famosas salonnières — se lanzan a abrir sus casas para que en ellas se reúnan las nuevas y nuevos sabios. La mayoría son hombres, pero son las mujeres quienes marcan el tono de las reuniones. El ambiente es festivo, se pondera el ingenio. el carácter lúdico, privilegiando una atmósfera de tolerancia y respeto a las ideas ajenas, y favoreciendo así el libre intercambio de conocimiento. Se comentan las obras literarias de moda, los nuevos descubrimientos matemáticos y científicos, los pensamientos filosóficos más avanzados; las discusiones versan sobre política, guerra y diplomacia, astronomía, física y medicina, moral, educación y arte. No siempre los temas demarcan con claridad sus fronteras, pues el aprendizaje está basado en la conversación entre iguales y no en la erudición de los expertos. El conocimiento fluye y es puesto en cuestión, y desdeña esa unilateralidad que impera en las universidades (y que aún llega hasta nuestros días). Los salones son verdaderos despachos del espíritu donde nadie sabe qué ni a quién enseña, donde cualquiera es alumno o maestra.
Acudir a un salón era tan prestigioso como desprestigioso podía resultar ser excluido o excluida de ellos. ¿Los motivos de tal exclusión? Expresarse de forma misógina y ser “pedante” (es decir, engreído o complicado) en el tratamiento de los temas. Había que hablar de una forma sencilla, que todos entendieran, sin términos técnicos inaccesibles, en una conversación tan apasionada como se quisiera, pero siempre cordial, y de ser posible dotada de humor y mezclada con anécdotas que hicieran el conocimiento más humano, más cercano a la vida.
Se dice que fue en uno de estos salones —el de Marie de Gournay— donde surgió la idea de crear la famosa Academia Francesa. Irónicamente, ésta se inauguró décadas después, solo con miembros varones. Fueron conocidos como los inmortales, palabra que, aunque aludía a lo imperecedero de la lengua francesa a la que esos académicos debían consagrarse, también permite imaginar las ínfulas que se daban. La pedantería acabó triunfando. Los salones se limitaron a ser tertulias literarias y las mujeres a hablar sólo entre sí y sobre temas por completo ajenos a lo público. Uno no puede dejar de sentir nostalgia al imaginar que si en vez de ello se hubiera conservado el impulso de la corriente femenina en el nuevo boom del conocimiento, las escuelas y academias se habrían ahorrado al menos un par de siglos de arbitrariedades pedagógicas, manteniendo la educación ligada al placer y la espontaneidad, la inmediatez y la sencillez, y en última instancia a la democracia y a la felicidad y al ansia de compartir que surgen cuando uno está de verdad aprendiendo algo.
Sin duda, Jean Château perdió la oportunidad de incluir en su libro a todas esas mujeres sabias que impulsaron el surgimiento de la ciencia y el conocimiento en los albores de la modernidad y que marcaron el rumbo de la educación durante más de un siglo, antes de que la hegemonía masculina —finalmente triunfante en la academia y en la imposición de la ciencia— las volviera a privar de la oportunidad de involucrarse en el nuevo mundo.
Acabo esta reflexión recomendando aquí otro libro que acabo de encontrar en mi búsqueda por compensar la ausencia femenina en el texto de Château. Me refiero a Filósofas y pedagogas, la historia de la educación más allá del canon, también recopilación de textos, pero ahora sí sobre mujeres, coordinada por María Guadalupe Zavala Silva, y publicada y distribuida de forma gratuita por la editorial Silla Vacía (se adquiere visitando este enlace o mandando un mail a distribucion@sillavaciaeditorial.com).
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 














