Opinión  | “Papá maltrata a mamá”

¿De qué manera el maltrato se propaga de generación en generación, logrando que los hijos repitan las mismas actitudes que los padres que maltratan? ¿De qué manera el niño acaba identificándose con el padre y con el sistema opresor?

Opinión  | “Papá maltrata a mamá”
La educación de Aquiles de Bénigne Gagneraux (dominio público)
Una lectura de 9 minutos

Lo leí al paso, en una revista: la mayoría de la gente refiere como primera causa de su infelicidad el que papá maltratara a mamá durante su niñez. Mi hijo me lo confirmó: en una entrevista hecha a 30 líderes del narcotráfico, casi todos asocian su carrera delictiva con el trato violento que su padre daba a su madre cuando eran niños.

La verdad es que no tengo a la mano las fuentes exactas de estos datos, pero no hacen falta; me parece que todos podemos dar Ia afirmación por cierta: todos sabemos –o al menos intuimos– que ninguna otra experiencia provoca (o provocaría, de habernos ocurrido) una tristeza tan grande, tan honda, tan disruptiva en nuestra identidad y nuestro amor a la vida.

Cuando nacemos y llegamos a esta realidad jabonosa (el símil me lo regalan los sabios mexicas, que describían nuestro mundo como «resbaloso», lleno de caídas), nuestros padres trenzan con nosotros el primer lazo con el cual logramos sostenernos y hallar nuestro punto de equilibrio para aprender a andar. Después viene la familia y el vecindario, la escuela, la comunidad entera, pero todo ello lo vamos tejiendo sobre aquel lazo inicial.

¿Desde cuándo es así? Tal vez desde que el ser humano es humano. Pero no lo sabemos. Por eso, por esta duda, es que quiero plantear las siguientes conjeturas sobre el machismo y la sociedad patriarcal como meras fantasías personales, con la ilusión de que algunas arrojen cierta luz sobre el tema.

Empiezo mi relato (insisto, mi fantasía) con una premisa cruel: la de que a los seres humanos nos toca vivir en un mundo en el que nos es imposible habitar. Parece que hubiéramos sido creados para una realidad distinta. Es como si la nave que nos trajo se hubiera equivocado de planeta, como si estuviéramos armando un rompecabezas basados en una imagen equivocada… Las analogías son interminables, y tan tormentosas que a lo largo de los siglos muchos de plano han creído que fuimos enviados aquí para pagar una horrenda culpa.  

Sea como sea, en esta realidad sin asideros, de múltiples sentidos e inesperadas rutas, de infinitas voces provenientes de todas partes, nuestros más remotos ancestros habrán tenido que agarrarse de lo primero que les pareciera firme. Mirando al cielo, seguramente les sorprendió la tranquilizadora regularidad de los ciclos del tiempo, regidos por dos astros luminosos, uno diurno y uno nocturno. Esa primera constante les permitiría identificar otros ciclos de la naturaleza, como el de los climas y el del florecimiento de la vegetación. Asociando unos con otros, habrán descubierto nuevas regularidades y soñado con alcanzar algún día un orden. Claro que frente a la realidad desquiciada, esto habrá parecido una empresa de locos. Pero tenían que intentarlo. Para empezar, la hazaña exigiría la participación de todas y todos, y de, una tras otra, todas las generaciones. El objetivo sería descubrir cada una de las regularidades posibles y ceñirse a ellas, tratando no solo de conocerlas a fondo sino incluso de reproducirlas en circunstancias diferentes. Nadie debía fallar.

No sé cuantas comunidades humanas habrán ensayado distintos acuerdos, pero es seguro que la mayoría pasó en un momento dado por lo que podemos llamar pacto a dos voces. ¿En qué consistía? Dado que los dos astros rectores estaban asociados con el día y la noche, y uno, el nocturno, con las mujeres (a cuya fertilidad dictaba su regularidad mensual), se decidió dejar a éstas el descubrimiento y regulación de los ciclos oscuros: la noche, el dormir, el sueño; los procesos de la gestación (no solo suyos y de otras mujeres sino de la naturaleza entera); también todo lo que ocurre lejos de la luz; lo que elude la mirada: lo interior, lo íntimo, lo emocional y furtivo, lo amorfo e inesperado, lo invisible, lo imprevisible: el cuidado de las semillas, su siembra, la labor de la tierra; el interior del cuerpo y la sanación, la poesía y el canto, el fuego (que siempre refleja algo nocturno), la cocina y los alimentos, los sabores, siempre inesperados y distintos; las esencias, los perfumes e inciensos; la belleza y su enigma; los enigmas en general; la sabiduría que se preserva en lo oculto; el rezo, la oración, lo sagrado; la verdad, siempre inalcanzable, siempre intocada y virgen; la muerte, el entierro, el luto; el llanto y el dolor.

A los varones, por su parte, les tocaron el sol, la luz, los ciclos diurnos y solo en apariencia más fatigosos: el sudor, la fuerza; la dirección y la evidencia, la mirada; lo que se mantiene constante, sin cambio, lo que cada mañana vuelve a ser igual; Ia ley, el control, lo punible; la herramienta, el arma, la caza; el comportamiento de los animales cuando son visibles; las huellas; la marca y el ritmo; la regularidad en la marcha, los ejércitos (las espías eran mujeres); todo lo que exige repetición; el nombrar las cosas; el decir, el opinar, el discutir, el tener razón; la guerra; el conocimiento y sobre todo el reconocimiento; la hazaña, la proeza; el hacerse visible y hacer visibles a otros, el encumbrar y el encumbrarse, la fama, la historia; el tiempo, la medida del tiempo.

En un principio, mujeres y hombres se ciñeron a lo suyo, respetando el pacto. Pero pronto se dieron cuenta de que los cosas no por ello prosperaban. Nada, salvo el padre solar y la madre lunar, conservaba su circularidad impecable. Ah, ¡y su progenie de estrellas! Fuera de eso, nada era obediente, nada se sometía a lo descubierto: ni la ley lograba regir a la gente ni la magia gobernaba lo oculto.

Ambos se acusaron uno a otro de no estar cumpliendo bien su papel, pero la fuerza, que estaba del lado de los hombres, dictó la diferencia: impusieron su matiz al pacto: todo seguiría igual, pero ellos tendrían la última palabra. Ocuparían los puestos definitivos, como patriarcas del día y la noche. Serían sacerdotes y gobernantes; producirían una sola voz, una única enunciación capaz de acallar todas las demás para que las cosas tuvieran un solo sentido y un solo camino. Con este atajo se intentaría negar la espesura del mundo y su diversidad. Con lógica regularidad (limitada pero por ello más confiable) se estableció que el mejor estado para sobrevivir era la inteligencia, sin reconocer que si bien ésta era valiosa para aventajar a otros depredadores, no lo era tanto para deslizarse por un mundo sin sentido (o con tantos sentidos, incluso opuestos) como el nuestro. La razón, llamada lucidez, tomó las riendas, haciendo avanzar la varonil certidumbre de «Si me hacen caso, todo va a estar mejor».

Sin embargo, como era inevitable, una y otra vez esa única voz varonil se topó con la voz insoslayable de la mujer, y aunque siempre trató de acallarla, fue en vano, pues, como ya sabemos, la voz femenina se coló siempre por todos las rendijas de la naturaleza (y lo seguirá haciendo mientras perdure la feminidad y, por lo tanto, la especie humana).

Así, cada vez que algunas mujeres (y sin duda también algunos hombres) se rebelaron y quisieron reconsiderar los acuerdos, el dictador (el de la voz) se afanó en mantenerlas al margen, someterlas, aniquilarlas. ¡Qué rabia le daba cuando alguien no atendía a sus súplicas de atenerse a una sola visión del mundo! ¡Qué furia que no se acatara su tiranía, cuya única y filantrópica aspiración era llevarle bienestar a la gente… siempre y cuando obedeciera!

Así, exactamente así, es papá cuando daña a mamá: portador único de la voz, dictador. Entre otras cosas, no puede escuchar un solo murmullo cuando él habla. No admite interrupciones, como si de esa manera lograra que el fluir del mundo excluyera cualquier contradicción. Su primer objetivo es corregir todo intento de descuidar el orden. Castiga a quienes desvarían, a quienes se desvían de las fuerzas que mantienen al mundo en un solo cauce, viola todo intento de establecer una nueva ley, mutila a las que se salen del huacal, a las que deambulan por los noches ejerciendo su poder de libre tránsito después de trabajar todo el día (para muchos, el trabajo femenino sigue siendo una búsqueda de autonomía que merece enmienda), a las que creen que pueden tener una sexualidad y lucir un cuerpo, a las que cuestionan lo que se les dice, a las que no entienden que es mejor, para todos, hacer caso, a las que desordenan el pequeño orden que hemos conseguido imponer, a las que miran con suspicacia y hacen dudar.

Cualquiera que sea el grado del daño, siempre abrirá en el hijo una herida, pequeña, grande o interminable. Si papá hace chistes sobre mamá o si la daña físicamente (estoy citando los dos extremos del Violentometro creado por el Instituto Politécnico Nacional), lo odiaremos. Si la abandona o si es indiferente a su dignidad, Io odiaremos. Si no la ama y lo demuestra mediante el abuso, lo odiaremos. Y todo esto sin importar el trato que nos dé a nosotros. No importa cuánto nos dé papá ni cómo nos trate, no importa cuántas carreras universitarias nos pague ni cuántos autos nos compré. Si maltrata a mamá, lo odiaremos.

El daño que papá hace a mamá, hijos e hijas lo reciben como una fractura en su interior. Y ocurre entonces lo más terrible: incapaces de soportar esa horrenda realidad y de procesarla, los seres humanos intentamos detener y si es necesario destruir al malhechor o –lo que es muchísimo más frecuente– acabamos girando el odio hacia nosotros mismos, dejándonos arrastrar hasta los abismos más profundos de la autoviolencia (admisión del abuso, depresión, suicidio) o salvaguardando nuestra identidad a través de una de las formas más crueles de la defensa, esa que dice «Si no puedes con el enemigo, únetele».

Aliándonos e identificándonos con el verdugo, interiorizamos la creencia de que las mujeres con culpables, de que ellas «se lo buscan», y asumimos la violencia para hacerles entrar en razón, para recordarles las virtudes del pacto patriarcal. Así, cuando crecemos, nos volvemos aleccionadores, sádicos moralistas que, como explica Rita Serrato en un texto extraordinario y ya clásico de la literatura feminista (La Pedagogía de la Crueldad), las herimos, violamos y matamos para que entiendan cómo es que se deben comportar si no quieren que les hagamos esto que les estamos haciendo.

¿De qué manera ese maltrato se propaga de generación en generación, logrando que el hijo adolorido repita las mismas actitudes que el padre que maltrata? ¿De qué manera el niño, a pesar de esa visible injusticia que tanto le daña, acaba identificándose con el padre y con el sistema opresor? Y en términos más generales ¿cómo es que la injusticia se preserva en el tiempo, siendo que todos la sufrimos y detestamos?

Ésta es sin duda una de esas dos o tres preguntas que mantienen a la pedagogía siempre en vilo. Si no tomamos conciencia del dolor que nosotros mismos hemos heredado, si no detenemos nuestra inercia para darnos cuenta del daño que nos hacemos a nosotros mismos y a nuestros hijos, si no logramos poner alto de manera contundente y amorosa al maltrato, y no lamentamos, pedimos perdón y reparamos con la mejor voluntad el daño cometido, la herencia pasará intacta a nuestros hijos y entonces quedará como responsabilidad de éstos (y de la sociedad que los eduque) el ponerle fin a la interiorización de la violencia y renunciar a echar a perder su propia vida y a hundir también en ese hoyo infernal a las nuevas generaciones.

Pero, ¿cómo pueden los hijos dar ese paso?

Sanar la herida exige en primer término el reconocimiento del daño que nos han hecho. Reconocer el daño provocado por uno de nuestros progenitores no es cualquier cosa; todos sabemos lo difícil que es confesárnoslo. Es correr el riesgo de quedarnos sin uno de los escasísimos y fundamentales soportes de nuestra vida.  Mejor dar vuelta a nuestros sentimientos y subestimar y hasta ridiculizar nuestro dolor, y simpatizar con el comportamiento violento. Tomar la decisión de cuestionar este último implica valentía y paciencia, e incluso la búsqueda de apoyo, ya sea en un proceso terapéutico o espiritual, que puede llevar tiempo. El darnos cuenta de lo que estamos sintiendo es una labor constante a la cual tenemos que volver una y otra vez, y otra vez, y otra vez, considerando a cada vuelta que el sentimiento es algo que se va transformando y que siempre encuentra nuevas maneras de mostrarse y ocultarse.

El segundo paso –también lo sabemos– es expresar nuestros sentimientos, tantas veces como sea necesario, de preferencia ante ambos progenitores juntos o al menos ante cada uno por separado, y si esto resulta demasiado amenazante, ante nuestras hermanas y hermanos (aun cuando, por temor, sigan adheridos a su lealtad), y si nada de esto es posible (por ser hijos únicos o porque nuestros padres ya murieron), ante nuestra propia pareja, o amigos, o un terapeuta, o un guía espiritual, o escribirlo, pintarlo, bailarlo, cantarlo, actuarlo, o al menos llorarlo y hacer algo con él, pero no guardárnoslo, no sumirnos en su abismo; tampoco sustituirlo por compulsiones al dinero, alcohol, tabaco, drogas, trabajo, sexo, comida, juegos, deporte, conocimiento, fama, poder, información, consumo, orden, limpieza, atractivo físico, moda, redes sociales, presencia pública, poder…

La «superación» del daño por parte de los hijos e hijas es fundamental para evitar la repetición de la conducta ante las nuevas generaciones. En este sentido, traer aquí el tema del perdón es inevitable. Y lo digo así, porque también es uno de los más difíciles de desentrañar. No es momento para revisarlo a fondo. Solo quiero decir algo sobre el llamado «perdón terapéutico», herramienta propuesta para dejar atrás el daño recibido y la cual  admite varias versiones, desde una muy práctica, casi utilitaria, en la que perdonar resulta algo «conveniente» para nosotros. Se trata de un perdón unilateral que no necesariamente involucra a la persona «perdonada» y que sirve para seguir adelante con nuestra vida. Creo, sin embargo, que un perdón dado en pos de nuestro beneficio, no es auténtico. Es en realidad solo un movimiento más de autodefensa, el cual se puede disfrazar con matices espirituales pero que en el fondo está solo destinado a apartar de nuestro camino al ofensor, a deshacernos de él, cosa que resulta un contrasentido. Es un «perdón» egoísta. Creo que el verdadero perdón tiene como signo inequívoco la reconciliación, la restauración de la relación como estaba antes. Por eso es tan difícil perdonar en el caso de un padre que maltrató a mamá, un padre con el que antes de ese maltrato no nos unía nada, salvo el hecho –profundo pero ambiguo– de que nos dio la vida.

Creo (y es sólo una fantasía más) que perdonar de verdad supone dos tipos de movimiento; el primero, cambiar nosotros mismos nuestros patrones violentos, es decir, esforzarnos personalmente por no dañar a otros de la forma en que fuimos dañados: para mi es difícil pensar en perdonar a papá si no es como resultado del amor que tenemos a nuestros propios hijos, a nuestra pareja y en general a quienes nos han lastimado.

Segundo movimiento: creo que el perdón más rotundo, menos centrado en uno mismo, es el que permite al ofensor reconocer su error y enmendarse. Volvemos así a la expresión de nuestros sentimientos, cuya versión más madura sería platicar con papá, de manera no amenazante, sobre el daño que nos hizo al dañar a mamá, dejando claro que para nosotros sería motivo de orgullo, y no de vergüenza, el que llegara a arrepentirse. Para un padre machista, esto no es fácil. La creencia de que uno jamás debe pedir perdón a los hijos es una figura central del poder patriarcal; está basada en el antiquísimo temor a perder el control, ese mismo que nos hace ser violentos. Pedir perdón de forma honesta a nuestros hijos y a su madre delante de ellos, es la última prueba que enfrentaremos en nuestra oposición al patriarcado.

En cualquier caso, el perdón, como toda muestra de amor, es una segunda oportunidad para restaurar el lazo inicial y dar un nuevo sostén a nuestra vida. Un sostén bello y oscuro, firme y luminoso, que nos reconcilie con nuestra estancia en este mundo.

Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0