Las crisis sociales no se limitan a afectarnos en lo económico o en lo político; tocan nuestros niveles físicos, ideológicos y emocionales, y a veces rebasan estos planos y cuestionan nuestra estructura existencial y espiritual.
Cuando alcanzan este límite (como ocurre con la que vivimos hoy en día), acaban por revelarnos que el problema humano no es algo que se origine en lo económico —como otras, menores, nos pueden hacer creer—, ni político ni cultural, sino algo más hondo, algo que no nos podemos explicar ni intentar prevenir o solucionar con los criterios de siempre. Cuando una crisis toca lo espiritual, todo da vuelta, y un orden real —y oculto— se pone en evidencia.
No es casualidad que un pensador de la talla del sudcoreano Byung-Chul Han, que durante décadas se concentró en hacer una crítica radical del sistema, dé ahora un aparente giro y nos sorprenda con su libro Sobre Dios, donde propone la contemplación mística como camino hacia una vida mejor, en lo personal y lo social (entre sus virtudes, la publicación de Sobre Dios le ha dado a la divinidad una especie de carta de ciudadanía dentro del pensamiento crítico de nuestros tiempos, permitiéndonos hablar de ella en los espacios académicos, no sólo como “constructo cultural” o “elaboración mental”, sino como ente real, con una función clara -la de la contemplación y el amor- en nuestras vidas).
Ya he dicho muchas veces que, más que un intelectual, soy un sentimental. Son los sentimientos —y los pensamientos sentidos, por llamarles así— los que más me mueven a decir algo. Por eso, es en el contexto de los sentimientos —incluyendo, como he dicho, al “Dios del amor”, del que habla Byung-Chul Han— donde aspiro a aportar algo acerca de un tema por demás importante en nuestras vidas, sin embargo, muy despreciado en los tiempos actuales: el tema de la culpa.
Advierto al lector que es muy probable que lo primero que voy a decir sobre el sentimiento de culpa ofenda su sensibilidad, sobre todo si es partidario, como muchos, de la idea de que la culpa es un sentimiento por demás inútil y estorboso en nuestra búsqueda de una vida mejor. La verdad es que yo no sólo refuto lo anterior con el argumento más obvio, el de que ningún sentimiento se puede considerar inútil (y que hacerlo es simplemente retrógrado), sino que llego a una posición por completo opuesta. Soy radical: para mí la culpa no solo es útil sino que resulta inseparable del sentimiento amoroso, y por lo tanto también de Dios, cuya presencia antecede y anuncia. No por nada resulta crucial para entender la crisis espiritual de nuestros tiempos, que insisto, se discute ya en la academia.
Sé que hablar así puede resultar escandaloso, digno de botar por ahí mi texto, por lo que pido a mis lectores un poco de paciencia, en espera de poderles mostrar que no lo es, que sólo es cosa de relajar los términos.
Pero hay que ir poco a poco, haciendo una cuidadosa reflexión al respecto. Por eso empiezo por dedicarle un espacio a esa tendencia actual a deshacernos del concepto de culpa y a sustituirlo por otros. Lo más común es recurrir al concepto de responsabilidad, proponiendo, por ejemplo, dejar de decir “soy culpable de…” para decir “soy responsable de…”.
Pero… de inmediato surge un pero, al menos para quienes estamos de acuerdo en que la crisis del mundo actual toca, e incluso rasga, lo espiritual. Se trata de tomar en cuenta que, ante tantas atrocidades cada vez más visibles (ya teníamos Gaza, Ucrania, Minneapolis y ahora —en los días en que escribo esto— surgen nuevos Archivos de Epstein, terribles), la palabra responsabilidad podría pervertirse si no se utiliza en la dirección correcta.
Decir que alguien es responsable de tales o cuales crímenes está perfecto dentro de un tribunal que aplicará un castigo, pero estoy convencido de que ningún castigo puede hacer a alguien reconsiderar, en el orden espiritual, actos cuya magnitud él mismo no puede reconocer dado el contexto social que le rodea.
Responsabilidad —que, según Erich Fromm, significa responder por— vale, a mi parecer, si esta respuesta se dirige a una pregunta trascendente, es decir, si respondemos por nuestros actos no en términos de crimen y castigo, como ante un tribunal, sino en términos de extravío y reencuentro con Dios (¡justo para este momento quería yo esta palabra recuperada por Han!).
Hablar de responsabilidad implica acción: es responder de manera proactiva a una pregunta, en este caso, la de la divinidad: “¿Cómo estás actuando, qué has hecho para cumplir mi encomienda?” Sí, ser responsable ante Dios significa actuar según una misión encomendada, descubrir por él, o al menos intentar, con todas nuestras fuerzas, cuál es esa misión para la que estamos aquí.
Pero eso no es nada fácil (justo por eso estamos discutiendo ahora sobre espiritualidad). Actuar es —siempre lo ha sido— un verdadero problema, tanto en sentido práctico como filosófico, y en nuestros días eso ha llegado al extremo. Verán: ciertamente, todos podemos admitir que la responsabilidad es una forma de acción que se sostiene a pesar de las dificultades, que es proactiva y que supone esfuerzo. Sin embargo, actuar se asocia, cada vez más, con productividad. Ser responsable es esforzarse por producir (dar resultados, digamos); de ahí que incluso la responsabilidad ante lo divino sea vista como rendir cuentas (eso es de lo que muchos desencantados de Dios huyen en realidad, por cierto). Aún en lo espiritual hay que cumplir, avanzar y esforzarse. Las cosas se acercan, cada vez más peligrosamente, a la idea de tener éxito y a competir por ser más y más responsable.
Quizás por eso, gente como Byung-Chul Han empieza a buscar una espiritualidad en regiones opuestas a la acción, descubriendo que “dar respuesta” no es el único movimiento para acercarse a Dios. Hay otros, como la contemplación, es decir, la atenta pasividad, que nos lleva hacia él sin preguntas ni respuestas.
Lo anterior, en algunas tradiciones orientales, como el budismo, incluye no preguntarnos por el origen, ni indagar por qué estamos aquí, lejos de su presencia. Pero en la tradición occidental eso no parece posible. Por algún motivo, nuestros genes (¿serán ellos?) tienden a preguntarse qué nos separó de la fuente. Una respuesta, ya lo hemos dicho, es “Nos fuimos de su lado para cumplir la misión que él mismo nos encomendó”. Pero hay otra, a la cual quiero hacer mención (y casi, casi, sólo hacer mención), que dice: “Nos alejamos de Él por decisión propia”.
La filosofía que nos ayudaría a descifrar esta segunda respuesta y, por lo tanto, a explicarnos esta distancia, es compleja y no podemos entrar en ella aquí. ¡Oh, desilusión, lo sé! Sin embargo, si podemos, por fin —con esta introducción— empezar a hablar sobre nuestro tema: el de la culpa.
Es importante, primero, entender que, al entrar en él, no estamos ya en el terreno de la proactividad, ni en el de la acción o la actitud, ni en el del pensamiento que se pregunta cómo son o deben ser nuestros actos. Estamos en el mundo de la pasividad, donde la distancia con Dios no requiere ninguna acción, ni determinación, ni idea, sino que se limita a herir nuestras emociones más profundas.
Ahora bien, la dinámica de este sentimiento —o sea, de la culpa— es sencilla: si, cuando esta se presenta, nos dejamos ir en dirección a Dios, aunque sea un poco, el dolor disminuye; si nos alejamos, aumenta. Es como ese juego infantil de “caliente, caliente/frío, frío”, en el que una voz nos va guiando hacia el premio, solo que en este caso esa voz es un dolor que disminuye o crece.
Cuando empecé este escrito, no imaginé que podría explicarlo en términos tan simples. ¡Resulta tan sencillo decir que tenemos un radar sentimental que nos indica qué tan lejos o cerca estamos de nuestro origen! Lo malo es que en realidad el problema no es ese; el verdadero asunto es saber si de verdad queremos dejar de estar lejos, es decir, si en realidad queremos volver.
No es fácil decidirse. Regresar a Dios, como a todo amor, significa no sólo gozar de él, sino volver a sufrir la posibilidad de perderlo, de otra vez ser tentados por el ansia de irnos.
Caer en la tentación: amar o perdernos. Si nuestra elección es volver, lo que sigue es simple (aunque implica una humildad extrema): hay que abandonarnos al sentimiento de culpa, no oponernos a él, dejarnos ir, sentirlo a pierna suelta sin aferrarnos a nuestros soportes comunes ni intentar detenernos. A final de cuentas, se trata de renunciar a aquella misma férrea voluntad que nos hizo tomar la decisión de alejarnos (por cierto, si la culpa es enorme y nos arrastra como por un pozo sin fondo, entonces hay que caer con vértigo, hacer de la velocidad nuestro paracaídas).
Y, lo más importante: no juzgarnos, no perseguirnos con jueces ni testigos, no alzar un tribunal y traer a todos aquellos a los que “hicimos daño”. La culpa —eso es lo que no me canso de defender— no es un castigo por nuestros actos terrenales ni una reacción de Dios ante nuestra decisión primigenia de partir de su lado. La culpa es solo la forma natural de reaccionar, de todo nuestro ser, ante la distancia que, voluntariamente, abrimos atrás nuestro.
Además de un sentimiento, la culpa es también la experiencia de un hueco. Eso todos lo sabemos… perdón, lo sentimos: es como un ardor en las paredes internas de un garrafón vacío; como si el recipiente, al derramarse, hubiera hinchado nuestra soledad.
Ortega y Gasset —el gran filósofo español— afirmaba que el humano es un ser completo al que le falta una parte, lo cual, a mí, me gusta asociar con ese hueco primigenio.
Pero insisto en que el camino de la culpa no es la única vía hacia la espiritualidad. Sin embargo, sí es parte fundamental de nuestra cultura, y hay que aceptar que es posible que no sea sólo un viejo modismo a extraer de nuestro vocabulario; ni un vicio a quitarnos en grupos de autoayuda, ni un mal recuerdo a sanar en la consulta con un terapeuta; incluso, como pilar que es de una de las espiritualidades más importantes del planeta (la más central para nosotros como “occidentales”), hay que considerar la posibilidad de que sea un sentimiento constitutivo de nuestra esencia y que quizás no podamos renunciar a él sin renunciar a nosotros mismos.
Por eso, por puro principio precautorio, he querido rescatar lo que considero su vertiente positiva.
Ahora bien, existe otra negativa que, tal vez, es a la que se refieren algunos de los detractores de la culpa. Es esa en la que el sentirse culpable funciona como una especie de aliciente para seguir andando. En tal vía, la culpa también funciona como un rastro, pero en su caso lleva por un camino que pospone, una y otra vez, el retorno.
Es sencillo explicarla. Se trata de proponer un paliativo al dolor, aprovechando un juego de palabras que emparenta la culpa con la deuda: culpa = deuda, o, lo que es lo mismo, el que la hace la paga. En su forma más burda e ingenua, esta actitud se observa en los famosos “golpes de pecho”, ademanes y autoincriminaciones sin sentimiento ni razón. Pero alcanza sofisticaciones de un grado perverso.
Vayamos poco a poco. Para empezar, ya mencioné algo sobre esta peligrosa vertiente cuando advertí que la responsabilidad se puede confundir con el deber y, por lo tanto, con la productividad. En este camino que retarda la vuelta a Dios, no solo actúa el sentimiento de culpa, sino también una idea: la de pagar lo que debes. Así, la palabra deber extiende aquí su doble acepción, una asociada con la deuda (del tipo debo dinero) y otra con la responsabilidad (debo pagar).
Debo, luego existo: también la culpa se debe saldar y actuar de forma productiva puede hacerlo: pago lo que debo.
Aclaro: no es que la falta de productividad genere culpa; más bien, si dejamos de producir (si abandonamos este sedante social) nos quedamos solos (tal como ocurre con todo síndrome de abstinencia): solos con nosotros mismos, de frente a nuestra culpa. Entonces recaemos: volvemos a producir y encontramos que es lo único capaz de tranquilizarnos.
Así, como se puede ver, poco a poco vamos acumulando una serie de conceptos espíritu-bursátiles que nos ayudan a aceptar la distancia con Dios, con el amor, sin remordimientos: deber, pagar, cumplir, culpa, pagar la culpa, saldar la deuda. Entonces aceptamos que estamos en este mundo para sufrir males y producir bienes, y para, si es posible, acumular una montaña de acciones “responsables” que, en su momento, nos permita afrontar cualquier quiebra (breakdown espiritual, ¿les gusta?).
Ahora, nuestras peores atrocidades tienen precio. Un precio que, claro, lograremos pagar, pase lo que pase, siempre y cuando volvamos a ser “buenos”, es decir, a producir lo suficiente para cubrir nuestra culpa (y, claro, a rezar para que nuestros competidores —o incluso nuestros cómplices— no descubran el fraude y nos manden directo al infierno).
Pero hay un Dios (y esto se dice apuntando con el dedo hacia arriba) que nos recuerda algo que ya sabemos: los huecos de los que huimos, nos persiguen; las cosas no dejan de existir por negar que existen; no por huir de ellas, se quedan atrás.
Nuestros huecos hay que llevarlos con nosotros. “Llévate el fondo de ti, contigo”, decía el estribillo de una canción, en una obra de teatro que escribí, sobre un niño que quería abandonarse a sí mismo, pero aprendía a amarse.
Sí, todos tenemos nuestra culpa, ese agudo dolor que muchos nos dicen que no debemos sentir, pero sentimos; esa ausencia que nos repiten que es parte de una cultura impuesta, pero que está ahí, al parecer desde siempre, recordándonos que podemos volver a casa.
¡Pero no me engaño!: sé que pensar bien de la culpa no es fácil. ¿Ver en ella algo positivo, un dolor que nos hace voltear atrás, indicándonos el camino perdido, un rastro hacia algo que amábamos y nos amaba? No, señor escritor —me objetarán—, eso no es de Dios (como se dice).
Pero ya vimos que sí lo es.
No puedo terminar sin mencionar brevemente que además de las vías de la culpa y la responsabilidad, existe una tercera forma de espiritualidad, que algunos siguen. Se explica de forma sencilla, pero es sumamente compleja, pues intenta unir dos caminos que parecen opuestos, el de la contemplación y el de la acción. Es la que Kierkegaard propone con la frase: “Se vive hacia adelante pero mirando hacia atrás” (la frase original no habla de mirar hacia atrás sino hacia el pasado, pero a mí me gusta más así; y, además, en este contexto quieren decir lo mismo: avanzar mirando hacia el ser que, un día, en el pasado, nos creó). Se trata, al parecer, de ir hacia el frente, de actuar, pero no de forma productiva, sino sin dejar de contemplar nuestros lazos originales.
Suena muy interesante, lo sé; mucho más que esto de andar —como yo— hablando bien del sufrimiento.
Algún día me gustaría explayarme en ella.
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 