Opinión | Clonar supervillanos cibernéticos (y otras fantasías electrónicas)

En este ensayo, Andrés García Barrios propone un interesante ejercicio filosófico-futurista para reflexionar en clase: ¿es posible escanear el cuerpo humano y su psique?

Opinión | Clonar supervillanos cibernéticos (y otras fantasías electrónicas)
El planeta Marte. Por Étienne Léopold Trouvelot, 1882. De los dibujos astronómicos de Trouvelot. Dominio público en todo el mundo.
Una lectura de 9 minutos

El filósofo de la ciencia Daniel C. Dennet alcanzó gran popularidad por ser un feroz defensor de las ideas «fisicalistas», es decir, las que aseguran que nada existe más allá de la realidad física (esa que llamamos también “mundo material”). Yo conozco su pensamiento por el libro Bombas de intuición y otras herramientas de pensamiento (la palabra bomba se refiere al aparato que sirve para bombear –extraer, succionar–, que Dennett, en este caso, aplica a las intuiciones). Se trata de un conjunto de ejercicios mentales –sencillos y divertidos– que él mismo inventa para sacar a nuestro razonamiento de sus casillas habituales y orillarlo a nuevas perspectivas en torno a la realidad y al conocimiento (siempre a favor de la ciencia fisicalista, por supuesto). “Danny”, como le conocían sus amigos y seguidores, era un filósofo lúcido y juguetón, y –si mi pensamiento no fuera tan contrario al suyo– con gusto lo recomendaría a los docentes para que aplicaran sus ejercicios en clase. Lo que sí puedo hacer, para no desperdiciar el ingenio de Danny, es retomar aquí una de sus bombas y mostrar en qué se queda corta y cómo se le puede aprovechar para explorar justo lo contrario de lo que él propone. Además, tal vez mi análisis ayude al lector del libro a disfrutarlo sin dejar de estar alerta ante sus argumentos, e incluso a sus engaños; y es que Dennett, además de divertido, es travieso y pone trampas. Eso –de hecho– hacemos todos cuando nos empeñamos en tener la razón más allá de cierto límite razonable, así que, sin culpar de más a Dennett, traeré su bomba de intuición a cuento.

Se titula La caída del teleclón de Marte a la Tierra, y está planteada en forma de relato. Dice así: una mujer está en Marte, varada, con su nave descompuesta; su única posibilidad de retorno a casa es un teletransportador Teleclón Mark IV, capaz de desintegrar ─suave e indoloramente─ su cuerpo a nivel de sus partículas más pequeñas y de rearmarlo instantáneamente en la Tierra (donde la máquina recurre no a las mismas partículas ─pues las originales se han quedado en Marte─ sino a otras idénticas, tomadas de un almacén perfectamente surtido, con todas las necesarias). Así pues, la mujer decide hacer uso del teleclón y… ¡zas! reaparece de inmediato en la Tierra, donde se le da la más alegre bienvenida y recupera su vida tal como era antes. Sin embargo… unos días después ─ya con tiempo para reflexionar─ comienza a hacerse una pregunta angustiante: “¿Soy la misma mujer que entró en el transportador allá en Marte, o ella se pulverizó y yo soy sólo la réplica que conserva todos sus recuerdos?” Al cabo de unos días, su conclusión la deja por fin tranquila “Sí, soy la misma persona. Al menos eso parece”.

Dennett, cauto, no es explícito en darle la razón, y deja la pregunta en el aire; pero da la impresión de que concluye lo mismo que ella: que sí es la misma mujer. ¿Por qué no habría de serlo, nos pregunta, si después de todo no hay nada, absolutamente nada de la mujer que abordó el teleclón que no esté presente en la que bajó de él? Todo en ella se desintegró y todo fue rearmado partícula a partícula, lo cual significa (siempre desde la perspectiva fisicalista) recuerdo a recuerdo, idea a idea, sentimiento a sentimiento.

Dennett cree firmemente que el Yo humano es una cosa hecha de información que, como las películas y las canciones digitales, se puede transmitir de un punto a otro, sin pérdida. Cauto –como digo–, lo plantea como una duda: “¿Será nuestra renuencia a admitir la teletransportación de personas un poco como la resistencia anacrónica, recientemente superada en todos los ámbitos, a los documentos con firmas legales escaneadas electrónicamente?” Así, pues, insinúa que afirmar la existencia de un Yo que no está hecho de información transmisible es probablemente una resistencia anacrónica.

La fe fisicalista no tiene falla en este caso: el Yo, la conciencia (es decir, la persona) surge a partir de la organización de la materia: desaparece por completo si esa organización se esfuma, y reaparece si moléculas idénticas vuelven a organizarse e interactuar de esa misma y exacta forma. La mujer que fue desintegrada en Marte es la misma que el teleclón de la Tierra reintegró después. Tienen, dicho de otra manera, el mismo Yo.

¿No son genialmente divertidas estas ideas?

Sin embargo, aquí es donde digo que esconden una trampa: la de quedarse cortas y contar solo la parte de la historia que les sirve para respaldar su argumento. Porque es obvio que el cuento sigue. Propongamos a nuestros estudiantes llevarlo a sus últimas consecuencias, que es donde –se los anticipo– las cosas se ponen de verdad interesantes.

Imaginemos una hipótesis 2: la situación en Marte es la misma, pero la mujer que entra al teleclón no es desintegrada: justo en el último momento, el aparato se descompone y su cuerpo sólo alcanza a ser escaneado, dejándola intacta en el planeta rojo. La mujer, pues, permanece ahí, y sin embargo la información necesaria para el rearmado sí alcanza a salir, por lo que ella aparece también, casi de inmediato, en la Tierra. Ahora hay dos mujeres, una allá y otra acá, de las cuales ─según la lógica que hemos seguido─ no debe decirse que son idénticas sino que son “la misma”. Obviamente sería paradójico que una persona estuviera en dos lugares a la vez, pero, como buenos docentes, no nos contentaremos con admitir lo obvio, y nos preguntaremos, junto con nuestros estudiantes: ¿Por qué? Bueno, sería paradójico porque –siguiendo la lógica de Dennett– ambas mujeres tendrían un mismo Yo.

¿Pueden dos personas tener el mismo Yo? ¡Por supuesto! ¿O, acaso ambas mujeres sólo serían «la misma» si una hubiese sido desintegrada y, de esa manera, uno de los dos Yos hubiese desaparecido? No, la verdad es que no tendría por qué; no hay sentido en pensar que el primer Yo tuviera que desaparecer para que el segundo apareciera. De nuevo, según lo insinuado por Dennett, ambas mujeres serían una sola persona (aunque, claro, a partir de ese momento –una en Marte y otra en la Tierra– sus trayectorias y experiencias empezarían a ser distintas). 

“Imaginen –pidámosles a nuestros estudiantes– que un día ustedes se encuentran consigo mismos, frente a frente” (logrando cumplir así, aunque en formato futurista, el gran precepto: Conócete a ti mismo). Hay que dejar claro que no se trata de estar frente a una copia suya; no, no es una réplica, ¡son ellos mismos! Ni siquiera son ellos mismos en el pasado, como en el cuento El otro, de Borges, donde el viejo autor se encuentra consigo mismo, de joven. Son ellos mismos en este mismo instante. “Ese de ahí eres tú, riéndote nervioso frente a ti, reaccionando igual, con esta misma sensación de estar alucinando, moviendo las manos, retorciéndote angustiado, diciendo (casi) las mismas cosas. No es un sueño, más bien es como si la imagen del espejo se hubiera salido de su marco. ¡Sí, exactamente eso!”.

Yo, tras sobrevivir al infarto, despertaría loco. ¿Y usted, querida lectora, querido lector? ¡He ahí un buen guion para una comedia fantástica o, mejor, para la de un supervillano que, tras inventar el teleclón Mark 1, concibe el plan de dominar la Tierra creando millones de réplicas de sí mismo! “¿Sólo la Tierra? –refuta el filósofo fisicalista, que asesora al guionista– ¿Y por qué no todo el universo? Si un ser humano pudiera ser rearmado a la distancia, e incluso en dos lugares a la vez, no habría ningún impedimento para rearmarlo en innumerables sitios del cosmos al mismo tiempo”.

¿Piensa alguien –quizás alguno de nuestros estudiantes– que estamos cayendo en un juego ocioso? Cabe mencionar que todo lo anterior no se limita a ser especulaciones filosóficas: son cosas en las que la ciencia ya está haciendo experimentos. Más o menos por los años en que Dennett publicó su libro, el físico y divulgador de la ciencia Michio Kaku sacó otro, también sorprendente: El futuro de nuestra mente. En él describe experimentos impresionantes que –si el físicalismo tuviera razón– podrían conducir a la creación de los teleclones, y a la teletransportación hacia cualquier rincón del universo.

Empezando por el escaneo del cuerpo y de la psique, Kaku nos cuenta de investigaciones ya exitosas en la digitalización de fenómenos mentales; al parecer, el primer caso fue la digitalización de un «recuerdo» de un ratón. Sí, hace años, un equipo de expertos consiguió trasladar a datos electrónicos esbozos de las imágenes que transmitía el cerebro del roedor cuando éste recordaba cierta vivencia anterior. Con base en ello, Kaku futuriza que en algún momento será posible obtener la digitalización de la vida psíquica completa de un ser humano. Esta vida psíquica podrá conservarse en una computadora, trasladarse a un cuerpo rearmado o montarse como información en una onda electromagnética (luz, por ejemplo) y enviarse a cualquier lugar del universo, donde esa persona podrá seguir viviendo (la verdad es que, aún a la velocidad de la luz, la información podría tardar millones de años en llegar a algunos destinos; sin embargo, convertidos en material digital, seríamos inmortales, y entonces… ¿qué nos importaría la duración del viaje?).

Como ven, resulta sumamente divertido descubrir y describir una realidad fisicalista, que puede armarse y desarmarse, y extenderse infinitamente en el tiempo y en el espacio. En nuestra sociedad, esta mentalidad ha adquirido –como sabemos– enorme fuerza y ha impregnado toda la realidad, ya sea en nuestras continuas preocupaciones filosóficas y científicas sobre los alcances de la inteligencia artificial (iIA hasta en la sopa!, como dice una de las frases de la semana del boletín del Observatorio) o con los contenidos imparables de la imaginación popular (en este momento, mi hijo de trece años lee junto a mí, en voz alta, la novela grafica que acaba de comprar, y me sorprende oír que trata justo sobre el trasplante del cerebro digital de un líder tiránico hacia su nuevo cuerpo electrónico).

Pero de nuevo… Ante todo esto, surgen preguntas que no podemos eludir y que, sin embargo, los fisicalistas sí se saltan (no los culpo: en la carrera humana por tener la razón, el salto siempre ha logrado uno de nuestros mejores récords). Comencemos de nuevo con la digitalización de nuestro yo, de nuestra psique. En el caso del recuerdo del ratón, nótese que hemos contado las cosas como si al reproducir las imágenes mentales de éste, la computadora de alguna forma hubiera empezado a convertirse en el roedor mismo, de tal manera que si se lograra trasladar todo el contenido mental del animal a la máquina, ésta adquiriría tanta conciencia como pudiera tener éste. Y así, exactamente, se podría transmitir la conciencia de un ser humano a un dispositivo electrónico y la persona quedaría resguardada ahí.

Este razonamiento da por hecho que al pasar la información que está contenida en la psique, junto con ella se traslada también la subjetividad de la persona (es decir, la parte que convertiría esa información en materiales de conciencia). En otras palabras, afirma que junto con los datos viajaría también el Yo. Ésta es, obviamente, una conclusión fisicalista, muy fácil de aceptar porque en nuestra fe materialista (que hoy casi todos compartimos, de forma consciente o no, y en ello me incluyo) nos gusta sabernos autosuficientes y sentir que con nuestro cerebro y nuestro cuerpo nos basta. Pero ¿de verdad, es un hecho que la información transmitida incluiría a la persona entera?

Los primeros en saltar para refutar estas ideas serán los llamados dualistas religiosos, que distinguen entre cuerpo y alma, y consideran que ésta proviene de un más allá misterioso. Aquí, su punto de vista nos permitirá explicar las reservas que, aunque sea por pura ironía, cabrá tener ante los experimentos fisicalistas. Según su visión, nuestra historia del teleclón se convertiría más o menos en lo siguiente: estando en Marte, la mujer sube al teletransportador, y después de que éste la escanea y la desintegra, ella se ve frente a un túnel oscuro al final del cual brilla una luz incandescente. La luz se acerca hasta envolverla por completo, y en su centro se va revelando una red de ángeles, de la cual surge al fin la presencia del mismísimo Dios, en cuya compañía se hallará ahora para siempre. Un instante después, un cuerpo idéntico al de la mujer es rearmado en la Tierra, pero como el alma de ella ya está en el cielo, el cuerpo se desploma sin vida, entrando en un proceso de descomposición que, al paso del tiempo, lo convertirá en polvo. De esa forma, los científicos constatan que esta nueva versión del teleclón (la Mark IV) tampoco funciona, lo mismo que ninguna de las tres anteriores.

Este pequeño cuento de hadas (en el que, a pesar de nuestra fe fisicalista, todos creemos, pues en realidad es –ni modo– irrefutable) resulta suficiente para desanimar a cualquiera de subirse al teleclón y, aún a los gobiernos más escépticos, de financiar su costosísimo desarrollo. Quizás, también es cierto, algún día algún supervillano logre construirlo y teletransportarse, e incluso clonarse, y dejarnos boquiabiertos.

Por mi parte, antes de terminar, quiero dar mi propia visión de todo esto. Creo que el problema con el fisicalismo no es que suponga que todo es materia, sino que su concepto de lo que es la «materia» (el mundo físico) conlleve la certidumbre de que, en el fondo, ésta no guardará ningún misterio para el ser humano, y que tarde o temprano, gracias a la ciencia, podremos saber todo de ella. Así pues, según yo, antes de pedir a los fisicalistas que expliquen el milagro de la multiplicación de los yoes, podríamos pedirles que nos expliquen por qué dan por hecho que algún día conoceremos la materia de forma perfecta (“como si nosotros mismos la hubiéramos creado”, ironiza María Zambrano), al grado de poder crear un aparato que la escanee hasta sus más ínfimos detalles. De igual forma, podríamos querer saber qué les permite asentar que en el futuro podremos reunir un almacén con toda la materia que se requiere para armar un cuerpo humano, de nuevo, como si inevitablemente el mundo de lo pequeño nos fuera a revelar todas sus verdades. ¿Somos en realidad solo esas “partículas” que hoy detectamos y manipulamos en inmensos laboratorios? Bueno, no podemos dar por hecho que no, pero tampoco que sí, y es por eso que creo que toda «intuición» basada en este supuesto conocimiento volverá siempre a colocarnos ante los misterios del yo, del alma, del cuerpo y del universo.

Y ahora sí acabo: mi propuesta final es dejar a nuestros estudiantes las últimas preguntas, con la confianza de que todas ellas servirán para seguir avanzando, ya sea en la construcción de un teletransportador que de verdad nos permita ir y volver de Marte, en  la creación colectiva del guion de la siguiente película de Disney, o simplemente en seguirla pasando bien, juntos (incluso, quizás, después de que llegue el momento de ir a cantar aleluyas con el coro de ángeles).


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