Morir cuerdo y vivir loco: así resume la vida de Don Quijote su amigo Sansón Carrasco, en el poema/epitafio que le dedica al final de la novela. El texto también dice que eso —vivir y morir así— “acreditó su ventura”, lo que significa que la existencia entera del ingenioso hidalgo quedó justificada por esa forma de vivir y de despedirse.
Por algún extraño motivo (tan extraño como el espíritu de la obra), la frase me cautiva como si contuviera, además de su sentido literal (morir y vivir de una forma u otra), una especie de encantamiento, un acertijo mágico. Éste me promete que, si lo resuelvo, me mostrará el sentido entero de la novela de Cervantes.
¿Quién puede resistirse a una promesa así?
El influjo de esas palabras —de ese talismán poético— termina de formarse junto con otra frase del libro, mucho más conocida e igualmente mágica, tanto por su fuerza lingüística como por la deslumbrante calidad de su encantamiento. Me refiero a esa con la que empieza la novela (la novela de Cervantes y, de paso, también, según dicen, toda la novela moderna): “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”.
A mí, aquella primera frase sobre la vida y la muerte —con la que cierra el libro—, y esta otra —con la que abre—, se me aparecen como si estuvieran ligadas por ese fuerte hechizo, por un puente que se tendiera entre ambas y revelara una conjunción oculta; esto, a tal grado, que llego a sentir como sinopsis ideal del libro, la siguiente: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, morir cuerdo y vivir loco”.
¿Qué quiero decir? Aún no lo sé del todo; sin embargo, ya he explicado que mi aventura consiste en resolver ese misterio.
De entrada, confieso que estoy tentado a pensar que todo esto de acertijos y encantamientos no son más que supersticiones mías, pero me reanima a aceptarlo como un mágico reto el saber que así —con mucha magia— proceden los críticos literarios, dejándose hechizar, primero, por lo que leen, es decir, inspirándose y escribiendo bajo ese encanto, y, después, en la etapa final, ya cuerdos, analizando y corrigiendo lo escrito.
Tal vez no es casualidad que en la época de Cervantes se viviera una disyuntiva parecida a la mía. En efecto, era un tiempo en que la vida andaba entre dos aguas: por una parte, el apego a la antigua magia y a lo inexplicable, y, por otra, el entusiasmo por esa nueva moda que consistía en cuestionarlo todo y confiar solo en lo que se podía comprobar (dicha moda, más tarde, recibiría los nombres de racionalismo y modernidad).
No sólo la España de Cervantes, sino toda Europa, así como las incipientes colonias de América, se veían, cada vez más, ante el endemoniado dilema: dejar atrás el encanto y la fantasía para favorecer la nueva ciencia, o preservar el espíritu de la hoy llamada Edad Media, cuya perspectiva holística habría permitido, quizás, la convivencia de mística y realismo. La disyuntiva era, pues, transitar o no hacia el “desencantamiento del mundo” (según palabras del sociólogo y filósofo alemán Max Weber). De elegir el sí, los seres humanos nos quedaríamos, ya no “dentro” de la realidad, sino “frente” a ella, tramitándola a través de la ciencia, en lo cognitivo; de la memoria, en lo pedagógico, y de la burocracia, en lo social, y teniendo clara la diferencia entre saber y vivir.
Al escribir Don Quijote, Miguel de Cervantes logra oponerse, con mágica fuerza, a esta distinción entre vivencia y conocimiento (oposición que, en términos pedagógicos —como dije arriba— significa aprender haciendo, no memorizando).
Así, en un mundo en el que la cordura está perdiendo su órgano central (que no es el cerebro sino el corazón: cordis, en latín), Cervantes se sienta a escribir una novela, lo cual no es otra cosa que estar dispuesto a extraviarse para reencontrar y devolver ese órgano a su sitio (otra posible etimología nos recuerda que la palabra loco —que es el tema del libro— habla de alguien que, justamente, ha perdido su lugar).
Cervantes se sienta a escribir, pues, y lo primero que se le ocurre es una frase mágica que lanza al olvido el lugar mismo donde la historia comienza: “… de cuyo nombre no quiero acordarme”. Las explicaciones son muchas: algunas dicen que quería olvidar aquel lugar porque ahí había perdido un gran amor; otras, porque ahí había pasado un tiempo en la cárcel. Yo tengo mi muy personal certidumbre: Cervantes no quiere acordarse de aquel nombre no sólo porque le traiga malos recuerdos sino porque quiere olvidar todos los nombres: no los nombres antiguos, no las palabras mágicas que nombran la realidad de tú a tú y se confunden con ella (que son ella: ¿quién no se relame los labios con la palabra pan?); sino los nombres de moda, los del nuevo discurso, esos que, haciéndose pasar por aquéllos, son sólo herramientas del juicio, ideas de lo existente, mediadores entre el pensar y el vivir: en una palabra, impostores, que, adoptando la figura de las palabra vivas, se van apoderando de la realidad real y creando su propia realidad desencantada, su verdad docta, objetiva, su mundo “interesante” (esto fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la palabra “juicio”, que primero era usada para referirse al buen entendimiento, es decir, a esa forma de pensar que examina de manera sensible los actos y sus consecuencias, y se involucra en ellos, pero que más tarde sería sustituida por una acepción desencantada, inquisitorial: juzgar —no podemos olvidarlo— es una acción que separa, que mira desde afuera, que discierne “objetivamente”: divide las leyes y los actos, el deber y el vivir, la responsabilidad y el deseo, y sentencia al fuego todo aquello que aún quiere combinarlos).
Desde la primera frase de su novela, Cervantes intenta olvidar los nombres con los que la nueva realidad amenaza al mundo. Y Don Quijote sale a hacerles frente, a disolver de una vez por todas esa manía de separarlo todo, de ignorar el sagrado y común origen de las palabras y las cosas; a acabar con ese disertar que detiene la acción para ponerse a discutir cosas tan doctas como si su apellido, Quijano, sería más bien Quijada, o Quijana, o Quesada, o Quesadilla, metiendo los sesos en todo sin dejar espacio a la imaginación y la suerte.
Don Quijote se dispone a reponer las palabras mágicas, los nombres encantados, empezando, como es obvio, por el suyo propio, y siguiendo por el de su caballo, Rocinante, y el de la mujer que elige como receptáculo de sus victorias, la cual, de Aldonza Lorenzo, pasa a llamarse Dulcinea del Toboso, amada ideal, suya y nuestra.
Lo mismo ocurrirá a lo largo de todo el libro con los nombres de lugares, objetos, pócimas, animales y personajes fantásticos, muchos de ellos inventados por el propio Quijote o extraídos de los libros de caballerías: de éstos, porque son de las pocas cosas que aún conservan una imagen del mundo en el que los opuestos conviven. Se trata de una imagen unificada que no busca su equilibrio afuera, como sí lo hace la nueva ciencia. Ésta, experimental y observadora, inaugura un tipo de juicio basado en el escrutinio exterior. En aquélla, en cambio, el equilibrio es interno: todo héroe encuentra ahí su justificación racional además de sus demonios; dioses paganos comparten el mundo con el arca de la alianza y la sagrada hostia, bajo un cosmos regido por una antigua y muy precisa astronomía (de verdad precisa, para su tiempo); se bendice a quien indaga leyes universales, a quien persigue el santo grial y a quien va a combatir dragones; una incipiente química se complementa con la magia y con los sacramentos, y todo es un sincretismo de fantasía, conocimiento y fe.
Para hacer el bien, Don Quijote no se ocupa de si es paganismo, ciencia o cristianismo lo que él pone en práctica. Obedece las leyes de la caballería, universales, cualquiera que sea el credo bajo el que se practiquen: amor al prójimo, humildad, justicia, cumplimiento de la propia palabra (la palabra —recordemos— es tanto como uno mismo). No le importa el qué dirán, la opinión fundada o infundada: apuesta al mil por uno a sus flacos músculos y sus armas rotas, y no admite demostración alguna —por “objetiva” que pudiera ser- de que no tiene posibilidad de ganar, de salir triunfante.
Todas estas aparentes contradicciones, a Cervantes, como autor, el humor le ayuda a unirlas. La risa es, como siempre, el antídoto que protege a la realidad de ser dividida en dos: une locura y cordura, fracaso y victoria, fantasía y realidad; o, más bien, evidencia que nunca han estado separadas. Tal como canta el poeta nicaragüense Rubén Darío, la lucha de Don Quijote es…
… contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad.
No falta quien reaccione y lleve la actitud de aquel personaje a juicio. Al tribunal de la realidad dividida (origen de nuestra doble moral), los oponentes de Don Quijote llegan seguros de ganar y, sin embargo, pronto se dan cuenta de que, en el mundo unificado de su rival (el que todos anhelamos), gana el que pierde. Don Quijote pierde el juicio: no juzga y no es juzgado. Por eso, aunque está destinado a ser derrotado, siempre ganará la partida.
Finalmente, llega el día de volver a su hogar y entregar el alma. Enfermo ya, en su lecho de muerte, sabe que él es Alonso Quijano y que no está loco. Pero morir cuerdo es mucho más que volver a la conciencia que tenía antes de ser Quijote.
Es reconocer la eternidad.
También Cervantes —podemos estar seguros— contempla esa luz. Sabe, por un momento, que se ha vuelto inmortal. Y lo entiende justo cuando llega al final. Ambos —él y su ingenioso Hidalgo— se hacen uno en ese hermoso y mágico instante.
Los demás somos invitados a presenciar la escena: hemos cruzado el puente encantado que se tendía de principio a fin y que confiábamos que nos revelaría su sentido entero. Ahora lo vemos con sencillez. Dice así: el caballero loco, que había perdido su lugar, está de vuelta en él, trayendo consigo —junto a su escudero, su caballo y su asno— el Santo Grial, el Corazón de la Cordura.
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