Pareciera que hablar hoy del futuro de la educación se ha vuelto, casi inevitablemente, hablar de inteligencia artificial (IA). La conversación pública gira alrededor de herramientas, regulaciones, velocidad de adopción, riesgos de plagio, automatización de tareas y eficiencia. Se debate si debemos prohibirla o integrarla en las aulas, pero el cómo, cuándo y por qué no siempre entran en estos debates.
En una entrevista exclusiva para el Observatorio IFE, el Dr. Éder Villalba, director de la Licenciatura en Innovación y Transformación Educativa del Tecnológico de Monterrey, propone comenzar en un punto distinto, menos técnico y más filosófico. Antes de discutir algoritmos, insiste, habría que formular una pregunta más incómoda y más profunda: ¿para qué es la educación?
“Hay muchas agendas revueltas por ahí y en algunas partes se puede llegar hasta perder la filosofía de la educación en términos de que para qué es, para qué se busca educar a las personas”, explica. “Tiene una base rígida en términos escolarizados: quién da credenciales, quién acredita, quién otorga títulos. Hay un tema de confianza social, de vinculación con la industria”. En medio de esa estructura institucional, que articula certificaciones, expectativas laborales y legitimidad social, la finalidad última puede diluirse.
Por su parte, para el Dr. Villalba, la innovación corre el riesgo de convertirse en una carrera por la novedad y la tecnología como fin en sí misma. Por eso, insiste en distinguir entre novedad e innovación real. Si solo buscamos innovar por innovar, perdemos el valor. La innovación no es novedad; debería ser utilidad, dar más valor. Y eso no reside en la herramienta, sino en la persona.
Sobre esto, el Dr. Villalba explica que ese valor “únicamente vive en la persona, vive en el usuario, vive en el estudiante, en la persona que tienes al frente, en el aprendiz, y ese valor lo tienes que capturar, o sea, tienes que poder identificar si de verdad no hubo un movimiento, una influencia positiva”.
Su propia trayectoria ayuda a comprender esa postura. Formado originalmente como Licenciado en Relaciones Internacionales, pertenece, como él mismo dice, a una generación que conoció el “mundo SIN”: sin teléfonos inteligentes omnipresentes, sin redes sociales permanentes, sin inteligencia artificial accesible desde un navegador. “Venimos de la generación perdida”, comenta con ironía, “llegamos a la prepa o universidad casi sin este tipo de tecnología”.
Sin embargo, esa experiencia de transición le ha permitido comparar contextos. Él recuerda un entorno en el que la atención no competía con notificaciones constantes y en el que el acceso a la información requería procesos más lentos. “Nos adaptamos”, afirma, pero también reconoce que recordar el mundo previo a la hiperconectividad permite dimensionar las transformaciones actuales. El contexto de vida era distinto, y con él, la forma de aprender.
Ese contraste generacional lo llevó, en algún punto de su carrera, a replantear profundamente qué significa innovar en educación. Durante años trabajó en el fortalecimiento docente, acompañando a profesores que querían “innovar” y descubrió que el término se utilizaba con una ambigüedad preocupante.
El Dr. Villalba comenta que su “pregunta principal siempre fue: ¿Qué significa? ¿Cómo se debe entender la innovación educativa? ¿Qué implica? Y también estas preguntas nos llevan a pensar, bueno, la innovación educativa, ¿qué es? ¿Es un resultado, un producto, un proceso, una forma de pensar? ¿Qué significa [innovar] en este mundo en el que parece que ya todo está inventado también?”.
Ampliando esta idea, ¿acaso innovar es solo incorporar una plataforma? ¿Cambiar la dinámica de clase? ¿Producir algo visualmente distinto? En un entorno donde “parece que todo está inventado”, la palabra corre el riesgo de vaciarse.
De ahí surge la fórmula que hoy sintetiza su postura: utilidad más valor sí es innovación. “Generaste una propuesta, la aplicaste, generó valor e innovó”. Pero ese valor debe medirse en términos humanos: mejora de aprendizajes, fortalecimiento de capacidades, respuesta a problemáticas reales. Si no impacta la experiencia del estudiante o del docente, difícilmente puede llamarse transformación educativa.
Desde esa lógica se entiende la naturaleza de la Licenciatura en Innovación y Transformación Educativa que dirige. No es una carrera que forme docentes en el sentido tradicional, sino profesionales capaces de intervenir en el sistema educativo desde múltiples frentes: diseño de experiencias de aprendizaje con tecnologías educativas, capacitación docente y organizacional, desarrollo de proyectos de inclusión, investigación educativa y coordinación de iniciativas de innovación social. “Buscamos profesionales que puedan navegar un mundo más complejo”, afirma. Esa complejidad exige comprender tanto la dimensión tecnológica como la cognitiva y socioemocional de quienes aprenden.
En el debate actual, la inteligencia artificial suele ocupar el centro de la conversación. Cuando se le pregunta si considera que está sobrerrepresentada, responde con matices. El Dr. Villalba tiene mixed feelings (sentimientos encontrados). Por un lado, reconoce que sí existe una sobrerrepresentación: la discusión pública parece girar casi obsesivamente en torno a lo tecnológico. Pero al mismo tiempo, advierte que la tecnología se ha convertido en parte estructural de la experiencia humana contemporánea. “¿Qué nos revela? ¿Qué representa? ¿Qué expone?”, cuestiona.
La IA no solo es una herramienta; también funciona como espejo de miedos, de crisis de identidad profesional y de debates éticos. Para muchos jóvenes, la tecnología ya no es un añadido: es el background permanente de su vida cotidiana. La pregunta, entonces, no es si debe estar presente, sino cómo y con qué intención.
En ese punto emerge una de las tensiones centrales: la posible brecha entre la estructura escolar, que sigue dependiendo de atención sostenida, lectura profunda y secuenciación prolongada, y los patrones cognitivos y emocionales de estudiantes formados en la cultura digital. Éder Villalba reconoce que sí existe una diferencia.
“Tiene que ver con la plasticidad”, explica, aludiendo a la capacidad del cerebro para adaptarse a entornos cambiantes. La inmediatez constante moldea dinámicas distintas y algunas funciones requieren fortalecimiento deliberado. Sin embargo, evita simplificaciones alarmistas. “Etiquetamos para entender”, aclara, pero el objetivo debe ser pensar más allá y ser más flexibles.
La brecha está mediada por la tecnología, pero no puede analizarse en términos reduccionistas. La atención y la memoria son ámbitos particularmente tensionados, aunque cualquier diagnóstico debe considerar también el contexto socioemocional. En una cultura hiperconsumista, saturada de estímulos externos, mantener estructuras educativas rígidas sin revisión puede generar más frustración que aprendizaje.
“La transformación educativa requiere investigación rigurosa, no solo entusiasmo tecnológico”.
De ahí su metáfora recurrente: “No podemos diseñar un guante sin conocer la mano”. En el contexto educativo, esto se traduciría en diseñar soluciones educativas sin comprender cómo se están configurando cognitivamente los estudiantes, incluso desde la primera infancia, lo que implica intervenir a ciegas. Peor aún, puede llevarnos a diseñar programas educativos para atender solo los síntomas, sin abordar las causas profundas.
Para el Dr. Villalba, un innovador educativo debe ser capaz de construir el estado del arte de una situación antes de intervenir, identificar las “habilidades invisibles” en juego y partir de un diagnóstico sólido. La transformación educativa requiere investigación rigurosa, no solo entusiasmo tecnológico.
Él menciona que “siempre tenemos que estar en el estado del arte de las cosas”. Cada vez que mis estudiantes tienen que diseñar algo, los pongo a hacer el estado del arte del tema que corresponde, lo que estás abordando: el nivel, las personas, el contexto, la situación, qué es lo último que conocemos de conocimiento construido, no colectivo como humanidad, académico y científico sobre esta situación, este fenómeno, esta problemática, y parte desde ahí”.
En cuanto a la integración específica de la inteligencia artificial, su postura es pedagógica antes que instrumental. Propone un modelo de alfabetización progresiva, en el que primero es necesaria la familiarización crítica: comprender cómo funcionan los modelos, cómo se entrenan, qué sesgos pueden incorporar y cuáles son sus límites éticos.
Por último, está la creación colaborativa: integrar la IA como asistente o colaborador en procesos académicos y profesionales. “Puede ser un asistente, puede ser un colaborador. Pero sabiendo sus límites y la responsabilidad que yo tengo”, señala. Más adelante, gestión: integrar la tecnología en proyectos complejos, reales, con propósito definido. Y finalmente, diseño: dejar de ser únicamente usuario para convertirse en desarrollador o personalizador de soluciones basadas en inteligencia artificial.
En la práctica, esto se traduce en mecanismos concretos de transparencia. Cuando el uso de IA está permitido, se exige rendición de cuentas. Las y los estudiantes deben especificar qué herramienta utilizaron, cuál fue el prompt, qué resultado obtuvieron y cómo validaron la información. Este ejercicio busca que distingan entre procesos delegables y procesos formativos esenciales. “Que vayan entendiendo cuáles son los procesos clave que no puedes delegar porque estamos buscando que tú los desarrolles”, explica el Dr. Villalba. La IA no se convierte en atajo automático, sino en objeto de reflexión crítica.
Ante la pregunta sobre qué le preocupa más, si la velocidad del avance tecnológico o la falta de comprensión de sus efectos, su respuesta es clara. “La velocidad no me preocupa. Eso va a estar determinado por la agenda y la inversión que hagamos como humanidad”. Lo que sí le inquieta es la escasez de investigación.
”No tenemos una claridad contundente de los efectos del internet. No tenemos una claridad contundente de los efectos de los smartphones en la educación”. La brecha entre el desarrollo tecnológico exponencial y la investigación educativa lineal genera un desfase problemático: cuando comenzamos a comprender una tecnología, ya ha sido reemplazada por otra. “Para cuando tengamos cierto conocimiento sobre la tecnología de ahorita, ya no va a ser esa tecnología. Ya va a ser otra”, advierte.
Los retos de formar educadores hoy en día
Por otro lado, en el plano humano, la carrera también reconoce la importancia del acompañamiento socioemocional, especialmente en una carrera como la educación. El director de la Licenciatura en Innovación y Transformación Educativa comenta que aproximadamente el 20 % del estudiantado es foráneo, lo que implica procesos de adaptación y posibles sentimientos de aislamiento. Existen espacios como el Edu Makerspace y redes de apoyo entre pares, además de acompañamiento socioformativo, para atender estas dimensiones.
Sin embargo, Villalba reconoce que muchos estudiantes aún enfrentan dificultades de autogestión. Fortalecer la autonomía, el propósito y la competencia, entendida como la capacidad real de hacer algo, es parte central de la formación. El innovador educativo no puede limitarse al dominio técnico; necesita pensamiento crítico, sensibilidad ética y capacidad de autogobierno.
Cuando se le plantea si la tecnología puede fortalecer capacidades como la atención o la regulación emocional, responde con ambivalencia consciente: “Puede (que sí) y no”. Para él, “la tecnología ya no es neutral; no es un martillo que solo actúa cuando alguien lo toma”. Puede afectar positiva o negativamente, dependiendo de cómo se diseñe y se integre. El riesgo aparece cuando se convierte en una solución automática para problemas estructurales que requieren transformaciones más profundas. Adoptarla sin revisar el modelo pedagógico de fondo solo amplifica tensiones existentes.
“El centro no es la tecnología. Es la persona que aprende, la persona que enseña y la relación que se construye entre ambas”.
Al proyectar el futuro de la educación, el Dr. Villalba no anticipa la desaparición del sistema educativo, sino su reformulación. Habla de una mayor personalización, una mejor inclusión y nuevas formas de validación de competencias. Se vislumbra un escenario en el que las microcredenciales y los modelos basados en competencias transformen la arquitectura tradicional. Pero insiste en que esta transición debe estar guiada por innovadores capaces de diseñar con intención. “Se requieren innovadores en educación que vayan planteando cómo debería ser el nuevo mundo”, afirma.
En última instancia, su postura devuelve la conversación al punto de partida. La inteligencia artificial seguirá avanzando. Las herramientas cambiarán. Surgirán nuevas problemáticas. Pero si la discusión se limita a plataformas, algoritmos y eficiencia, se perderá lo esencial. El centro no es la tecnología. Es la persona que aprende, la persona que enseña y la relación que se construye entre ambas. Antes de celebrar la automatización o temer su avance, quizá la pregunta más urgente siga siendo profundamente humana: ¿qué tipo de capacidades queremos cultivar y para qué sociedad estamos educando? Porque, como repite el Dr. Villalba, “no podemos diseñar un guante sin conocer la mano”.
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