A mis futuras y futuros estudiantes del curso de Literatura Medieval y Renacentista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Yo solía decir que para el insomnio no había mejor cura que leer Las Confesiones de San Agustín; que en momentos en que es imposible conciliar el sueño, sus primeros párrafos garantizan un dormir profundo. iY ahora resulta que he aceptado participar en una cátedra en la que debo conducir la lectura de ese libro! Y no solo eso: para colmo estoy dispuesto a demostrar su gran valor e importancia, y eso no nada más porque con el tiempo se me ha hecho evidente su influencia sobre tantos filósofos contemporáneos (incluidos Heiddegger, Arendt, Wittgenstein, Derrida…) sino porque yo mismo he podido testificar –mediante una lectura más intima– su belleza enorme, su profundidad y su radical vigencia. San Agustín no solo no te pone a dormir, te ayuda a despertar.
Lo anterior puede resultar chocante para muchos de mis lectores. No serán pocos a quienes Agustín de Hipona –uno de los más viejos constructores del catolicismo– les suene a arcaica reliquia, cuando no a uno más de los enemigos de nuestra incipiente libertad actual. Yo sé que es difícil abrirnos paso por entre la bruma de los siglos para comprender la profundidad de un ser humano como éste (el cual, si cumplió una misión en su época, fue la de cuestionar la cultura hegemónica, tanto como muchos queremos hacerlo hoy en día). Por eso, atendiendo a esa dificultad, el objetivo de mi artículo no es tanto hablar de él y sus ideas sino reflexionar un poco con mis lectores sobre cómo podemos emprender mejor esas travesías hacia el pasado y entender sin tantos prejuicios a los que vivieron antes. Más en concreto, quiero ensayar aquí lo que voy a plantear a las y los estudiantes de esa cátedra a la que estoy invitado, a quienes quiero proponer que convirtamos nuestras clases en un ejercicio de imaginación y desaprendizaje que nos ubique un poco más cerca del pensador de Hipona.
¿En qué consiste ese ejercicio? Hace muchos años, mientras dirigía a un grupo de amigos en una obra de teatro, descubrí un tip para apoyarlos en la creación de sus personajes. Se trataba de tomar conciencia de algo tan obvio como que, cuando un personaje está en acción, no sabe exactamente qué va a decir ni cómo va a comportarse; es decir, es como cualquiera de nosotros, que nunca tenemos del todo previstas ni nuestras palabras ni nuestras acciones. El actor conoce sus diálogos, pero el personaje no. Para éste, su vida no trae guion.
Con base en esta idea tan simple, el tip para mis amigos fue el siguiente: interpreten a su personaje como si no supieran lo que va a decir ni a hacer; o sea, ocúltense a ustedes mismos esa información para poder actuar de forma espontánea. Cuando estén en escena, desaprendan sus parlamentos, sus acciones y todo lo que saben del personaje, olviden lo que han aprendido de él y dejen que actúe y diga sus parlamentos como si fuera la primera vez, es decir, como en la vida real.
Lo más interesante es que al proceder de esta forma no sólo se logra una actuación natural, sincera, sino que junto con esa sinceridad surgen en el actor, de forma espontánea, actitudes inesperadas, matices que él mismo no sabía que existían en su personaje, por más que hubiese estudiado a éste. Además, esos matices inesperados –que parecen procedentes de lo desconocido– no son arbitrarios, no son ocurrencias que se salen del espíritu del drama; por el contrario, son perfectamente coherentes con éste, dándole más vida y añadiéndole verdad.
Según la experiencia de muchas actrices y actores, esos matices provienen, como digo, de sitios desconocidos –inconscientes, mágicos–, al grado de que por instantes el personaje parece conducirse por sí mismo, como si algo en él fuera independiente del actor, o como si estuviera unido a éste por algo más profundo e invisible, y que los moviera a ambos (cada vez me queda más claro que esto que llamo tip es una especie de reminiscencia de uno de los métodos de actuación que estudié en mi adolescencia, el del célebre director ruso Constantin Stanislavski, que a principios del siglo XX revolucionó el arte teatral, logrando que la actuación en los escenarios de Europa y América perdiera su pomposidad decimonónica –ya saben, llantos y ademanes exagerados– y descubriera Ia naturalidad, la vivencia íntima de los personajes; entre otras cosas, la fuerza de su descubrimiento permitió el surgimiento del cine moderno, toda vez que la cámara, el color y el sonido, al lograr un retrato cada vez más fiel de la realidad, impulsaron el surgimiento de una actuación más humana, más sutil y naturalista).
Pero ¿qué tiene todo esto que ver con la enseñanza/aprendizaje de la Historia? Tiene que ver en que este mismo ejercicio de desaprendizaje de la información podemos aplicarlo en nuestro acercamiento a esa materia. Si comparamos Ia información que tenemos sobre la gente del pasado con la que el actor de teatro tiene sobre su personaje, nos daremos cuenta de que ese conocimiento, si nos quedamos sólo con él, puede convertirse en un estorbo. Si de verdad queremos entender a esas personas, tenemos que empezar por despojarnos de muchos conceptos prestablecidos sobre ellas y prestarles –al menos por un momento– nuestro ser completo, para que a través de él hablen y actúen, renazcan. Esto incluye, claro, poner a su disposición –teatralmente– nuestras sensaciones corporales, nuestras entrañas, como diría la gran filósofa María Zambrano. Sí, para conocerlas, tenemos que hacer de las personas del pasado seres entrañables.
¿No es cierto que, en general, llegamos al «conocimiento histórico» con la idea de que no tiene nada que ver con nosotros? ¿No es verdad que acarreamos un montón de información estereotipada, que pensamos en «escenarios y personajes históricos» muy al estilo decimonónico, y en «actores políticos y sociales», y con ello abstraemos la información y evitamos contacto con lo humano? ¿No es cierto que cuando nos acercamos a las personas del pasado las vemos como si de alguna manera ya supieran lo que va a ocurrirles, o más bien, como si supieran lo que debe ocurrirles para que coincida con nuestros libros de historia? Así, analizamos cada uno de sus actos o escritos (si dejaron alguno) a la luz de los hechos que sabemos que van a pasarles; es decir, procedemos de manera científica (empezando por los efectos y buscando las causas) sin darnos cuenta de que de esa forma nos perdemos lo más importante (o por lo menos lo más divertido): la vivencia, la forma personal en que cada uno de ellos vivió, la manera en que experimentaron su entorno y tomaron sus decisiones sin saber nunca, a ciencia cierta, lo que iba a pasarles. ¿O habrá planeado todo el cura Hidalgo para ser el Padre de la Patria?
Por eso, para regresar a esa gente a la vida, para devolverle su existencia (por decirlo de alguna manera), no basta con tener vastísima «información» sobre ella y sus circunstancias y aportaciones. Si nos limitamos a eso, jamás pasaremos de una caricatura más o menos docta, un virtuoso acto de malabarismo científico, que podrá ser muy divertido y sorprendente, pero que no nos permitirá comprender nada de verdad y que se desvanecerá en un instante en el aire.
En cambio, si una vez recabada la información, “olvidamos” ésta un momento y nos ponemos en los ojos de esos antepasados, disponiéndonos a “actuar” sus acciones y a dejar que habiten por un instante nuestro cuerpo, estaremos adoptando entonces la actitud correcta para que (¡ahora sí!) esa información nos ayude a comprender las circunstancias que tenían que enfrentar, la gente con la que debían convivir, las palabras y conceptos a los que podían recurrir, las decisiones que podían tomar, los sentimientos que les estaban permitidos o prohibidos…
Recuerdo que Antonio González Caballero, dramaturgo y maestro de actuación (muy importante para el teatro en México, aunque medio olvidado), tenía un método de enseñanza que proponía crear al personaje empezando por su forma de caminar. «¿Cómo camina el joven y enamorado Romeo?», nos decía, y nosotros teníamos que hacerlo. No es difícil adivinar que el maestro partía de la idea de «ponerse en los zapatos del otro». Siguiendo esa forma de pensar, ahora yo sugiero empezar a concebir a las personas de otros tiempos por los zapatos que usaban y ponernos por un momento ahí dentro.
Aprender historia es atrevernos a ser sus protagonistas.
Y de nuevo, lo más interesante es que –lo mismo que en el teatro– a partir de esa experiencia de identidad se empieza a ampliar nuestra información. De forma espontánea –digamos, intuitiva– se nos revelan nuevos matices, nuevas verdades de esa persona del pasado, a la que más vamos descubriendo mientras más la vamos dejando salir desde un fondo común a ambos (fondo común al que podemos llamar naturaleza humana, espíritu humano, inconsciente colectivo o como queramos).
Sin subestimar los acercamientos científicos que nos brindan información valiosa, hay que reconocer que ésta es solo una forma de «merodear» los hechos reales, de verlos desde fuera, tal como ocurre con la información que obtenemos de forma consciente al estudiar un guion teatral. Pero el misterio –ya sea histórico o poético– siempre será mayor a lo que podamos traducir en palabras. Julio César, Madame Pompadour, el Niño Artillero y cualquier persona de la que se hable en los libros (incluyendo por supuesto los miembros de la “multitud anónima”) se parecen más a nosotros que a cualquier otra cosa que puedan describir los textos y los maestros.
Yo personalmente creo que nada de lo humano me es ajeno (como decía el dramaturgo romano Terencio); pero aún si creyera que hay cosas de otros que sí me son ajenas, no entiendo de qué manera podría yo conocer a nadie sin empezar por lo que nos es común. Tal vez haya una ciencia que quiera estudiar la historia sin tomarme en cuenta, sin involucrarme, sin involucramos a todos, pero no puedo concebirla. Y si –haciendo un ejercicio de abstracción– llego a imaginarla, no alcanzo a comprender para qué serviría, para qué querría nadie enseñarla o aprenderla.
Ciertamente, parecería haber excepciones a todo esto que digo: formas de contribuir al conocimiento de la historia que no implican este ejercicio de desaprendizaje ni nos exigen ponernos en los zapatos de otro; prácticas y ciencias que nos piden ser cien por ciento objetivos frente al mundo. Eso parece ocurrir, por ejemplo, cuando estamos reuniendo información sobre algún hecho o analizando y comparando textos para descubrir datos, nombres, fechas o palabras. Sin embargo, para mi es evidente que ni aún en este caso nuestro ser más intimo queda fuera, que si resguardamos esa información es por el valor y el significado profundo que tiene para nosotros. Si no nos vemos reflejados incluso en esos documentos, si no estamos nosotros ahí, ¿qué sentido tiene recuperarlos, acumularlos, descifrarlos, organizarlos, ponerlos a disposición de otros? Todos, desde el mas sesudo filólogo hasta el mas modesto bibliotecario, somos guardianes de nuestra propia historia.
Termino este artículo volviendo a involucrar en él a San Agustín. De forma extraña y afortunada, un solo y breve extracto de su pensamiento –tratado por la filósofa alemana Hannah Arendt–, me permite ejemplificar todo lo que he dicho, desde la necesidad de involucrarnos «en cuerpo y alma» en aquello que estudiamos, hasta lo de hacer a un lado la información que ya traemos para poder discernir su valor, siempre tomando en cuenta nuestra propia vivencia.
Ese ejemplo es tan sencillo como lo siguiente: todos sabemos que no es posible olvidar nuestro propio cuerpo, que vivimos la vida en carne propia y que no hay quien pueda decirnos que ciertos seres humanos no la viven así. Sin embargo, quién sabe por qué motivo nos tragamos la idea de que los santos, místicos e iluminados pretenden, y a veces logran, prescindir de su corporeidad. Así también nos creemos el cuento de que la religión promueve la renuncia del cuerpo, y eso porque en buena medida los propios religiosos han expandido esa imagen. Pero esa es parte de la información que debemos hacer a un lado si queremos saber la verdad. En realidad, bastará con ponernos en los zapatos de San Agustín (por cierto ¿qué tipo de calzado habrá usado?; ésta será una pregunta para mis estudiantes) para asumir que él tampoco –como ningún ser humano– pudo intentar de forma seria olvidar su cuerpo, que no pudo querer hacerlo ni siquiera cuando meditaba u oraba profundamente. Recurriendo ahora a otras partes de la información al alcance, puedo confirmar que nuestro pensador siempre se opuso a quienes intentan saber algo sin involucrarse sensiblemente. Sabía que explorar la naturaleza, por ejemplo, sin interesarse a la vez en uno mismo, era una tentación de las mas peligrosas. La ansiedad que supone conocer la realidad sin involucrar en ello la propia persona, la propia intimidad (incluyendo el cuerpo) era, según él, deseo puro, es decir deseo que no otorga ningún placer, y por lo tanto algo «perfectamente inútil», un tipo de amor no sensual en el que “los seres humanos no se deleitan sino con el conocimiento mismo”. A esta forma del deseo le llamó “vicio de curiosidad” y fue implacable con él.
Todos hemos vivido esa versión, aceptemos «viciosa», del conocimiento. Para muchos ha resultado indemne y no se ha dado sino en pequeñas curiosidades pasajeras, como hojear la página de sociales, intentar tocarse el hombro con la nariz o leer el horóscopo de forma escéptica: actividades domingueras. Pero a muchos se les ha ido la vida en ello: conocer se les ha convertido en una compulsión sin sentido, disimulada bajo la máscara de la ciencia y de alcanzar una Verdad que se sabe inalcanzable. Es el mal de nuestra época: estudiar y aprender, habilitarnos y capacitarnos, sin encontrarnos a nosotros mismos.
Pero todavía tenemos la oportunidad de ayudar a muchos a evitar ese extravío, empezando por nuestros jóvenes, a quienes próximamente será un placer acompañar en el estudio de la historia y de San Agustín, en la cátedra de Literatura Medieval y Renacentista de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 















