Hace unas semanas, publiqué en este mismo espacio un texto acerca de lo importante que es involucrarnos de manera vivencial en los acontecimientos del pasado, cuando estamos estudiando éstos. No basta con verlos desde fuera como sucesos ajenos a nosotros, como cosas que sólo les han pasado a otros; entenderlos implica responder con honestidad a la pregunta «¿Y a mí qué? ¿Qué tengo yo que ver en todo esto?», lo cual no es otra cosa que indagar si podemos reconocernos en esas personas, si logramos vernos a nosotros mismos viviendo sus vidas, si conseguimos «ponernos en sus zapatos», como se suele decir.
El título que elegí para ese artículo anterior dice mucho de esta idea: La historia se aprende involucrando todo el cuerpo. En otras palabras, la historia no solo se entiende o se imagina: se siente; y por momentos se siente en carne propia. Incluso hay instantes en que literalmente se le percibe en una suerte de flashazos visuales, especie de ensueños en que nos parece «ver» frente a nosotros los acontecimientos, intuiciones realmente vívidas que nos hacen pensar que no solo se trata de ponernos en sus zapatos sino en sus mismos ojos.
(Lo anterior me invita a abrir un paréntesis para reflexionar sobre los límites del aprendizaje de la historia a través de videos, películas, documentales y series históricas, las cuales –si no alcanzan un nivel artístico– pueden quedarse nada más en la representación de los acontecimientos y en una visión de éstos todavía desde afuera, como ajenos, y solo como entretenimiento. Sin duda, cuando son buenas piezas, pueden ser fuente de información, pero se corre el riesgo de hacer creer al espectador que está aprendiendo historia cuando en realidad se está quedando fuera de ella. Personalmente, creo que para obtener información es mejor recurrir a la charla con expertos o a ese tipo de lectura íntima (close reading) en la que el lector lee desde dentro, inmiscuyéndose en las palabras como si fueran suyas, procesando la información y los testimonios de una forma que podemos llamar “incorporación”, pues supone dejar que el conocimiento invada y conmueva todo el cuerpo).
Pues bien, si ahora escribo este segundo artículo sobre el tema es porque creo que todo lo anterior puede aplicarse no solo al estudio de la historia sino a cualquier tipo de conocimiento.
Pensemos en la filosofía, la disciplina de las preguntas fundamentales. ¿No es igual de importante ponernos en los zapatos de otra persona cuando queremos entender su pensamiento? Digámoslo así: si al abordar un texto de filosofía empezamos reconociendo que detrás de él hay un ser humano concreto pensante, nos será mucho más fácil comprenderlo que si intentamos descifrarlo como texto abstracto, sostenido en sí mismo e independiente de un autor. Søren Kierkegaard, por ejemplo, (asumo que todos hemos oído hablar del buen «Kirkegaard»), es totalmente personal en sus disertaciones; con él queda más que claro aquello de «escribo para saber lo que he estado pensando», que decía alguien. Digamos que Kierkegaard, si bien parte de una intuición general, se va entendiendo a si mismo mientras avanza. Muchas cosas las descubre en el camino… pero no las resuelve, sino que se le quedan atrás, como cabos sueltos que después entreteje con otros nuevos, en un proceso interminable… o más bien, en un proceso que en algún momento él cree haber terminado, mientras corta el último hilo y nos muestra feliz su «pieza acabada», un lienzo de belleza y lucidez deslumbrantes. «iYa está!», exclama, y nosotros, que nos hemos quedado sin palabras, no podemos decir nada, lo cual universalmente se toma como un: «Sí, estoy de acuerdo». Pero eso no significa que hayamos entendido del todo ni que al inicio el texto no haya sido una maraña incomprensible; claro, incomprensible e hipnotizante, es decir, enigmática, la cual, como todos los enigmas, dentro de su oscuridad nos promete siempre una solución y con ello nos hace continuar la lectura, impacientes. Pero créame el lector que uno se da cuenta de esto (de este “estilo kierkegaardiano») solo cuando uno acepta que detrás de este superhéroe mundial de la filosofía hay un ser humano como todos nosotros, un ser humano que escribía siempre en busca de su propio pensamiento, abriendo enigmas para que los habitáramos, sabiendo que ésta era la única forma de que lo acompañáramos a vivirlos (cIaro que Kierkegaard era un hombre de una lucidez extraordinaria dentro de lo extraordinario y con un estilo literario que se le amoldaba casi como su propia piel, por lo que sus marañas iniciales, como digo, no eran como las mías, que no le dicen nada a nadie y tengo que corregirlas varias veces para que al final, con suerte, suelten algún chispazo).
Cuando uno se da cuenta de que entender a Kierkegaard supone identificarnos con el ser humano que era, siente uno una gran pena por todos aquellos que, por idolatrarlo, se acercan a él temerosos –justo como a un Dios o a un ídolo– y toman cada una de sus palabras y sus frases como una totalidad sin fisuras, atribuyéndose a si mismos las lagunas e irregularidades que en realidad son del texto (y de su belleza), y olvidando que, justamente, solo un Dios escribe sin defectos (si es que escribe).
Algunos me dirán que el ejemplo de Kierkegaard me cae como anillo al dedo porque él era un escritor y filósofo existencialista para el que la subjetividad –lo más íntimo y personal– era la clave de todo conocimiento, y por lo tanto, en su obra es natural que el estilo iguale al ser humano. Tal vez yo también sea existencialista, pero creo que eso no solo pasa con Kierkegaard y sus afines sino con todo tipo de pensadores, incluso los mas abstractos, los más analíticos. Verán: si en un texto filosófico la secuencia lógica parece llegar a conclusiones ciertas es solo porque el autor ha puesto el punto final en el lugar correcto. Ocurre como con las comedias románticas que logran convencernos del triunfo del amor gracias a que el autor ha hecho caer el telón en el momento justo (cinco minutos después, los amantes se vuelven a agarrar de las greñas). Pero invariablemente (volviendo a la filosofía), en cuanto el autor termina el libro (o da por sentada una verdad), las dudas empiezan a brotar como larvas, y a pulular y corroer la esencia de lo dicho. ¡Es entonces que hay que escribir nuevos textos que establezcan verdades más profundas, y seguir así, en una cadena interminable! Tal como explica un influencer experto en historia de la filosofía: los filósofos son pensadores que consiguen encajar todas sus ideas dentro de una caja el tiempo suficiente para tomarle a ésta una fotografía; cuando la caja explota por tanta presión, la fotografía sigue ahí y es presentada en sociedad como testimonio de un sistema de pensamiento coherente.
En realidad, Ia diferencia entre los textos de Kierkegaard y los de los filósofos analíticos es que en éstos uno se tarda más en descubrir que detrás de ellos hay un ser humano tan perfecto/imperfecto como todos. Solo un tipo tan inmaculadamente honesto como el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein (¡ya ven, ya lo estoy idolatrando!) es capaz de crear todo un sistema filosófico y plasmarlo en un libro creyendo haber resuelto todos los problemas del pensamiento (con el aplauso de la comunidad filosófica mundial), y años después reconocer que en realidad no había resuelto casi nada y crear toda otra filosofía, que por cierto también le mereció la admiración del mundo.
En fin, la conclusión es que detrás de todo pensamiento, por abstracto que sea, siempre hay un ser humano con el que podemos identificarnos y ponernos en sus zapatos como punto de partida para entender sus pasos.
Otra cosa, quizás aún más importante, es que al identificarnos «de cuerpo entero» se nos abren formas de ver el pensamiento ajeno que no se abrirían sin eso. Les pongo un ejemplo un poco extremo, pero que se puede aplicar a cualquier autor. Cuando San Agustín, en sus Confesiones, narra la experiencia mística que aclaró y dio por fin estructura a su forma de pensar, nos otorga a nosotros también la clave principal para entender ésta. Si somos capaces de compartir con él la narración desde dentro e intuir la experiencia mística tal como él la deja ver, nos quedará claro que sin tomar en cuenta ésta no nos sería posible atribuirle al pensamiento de San Agustín ninguna unidad ni sentido. Sin esa poderosa intuición –que San Agustín nos facilita gracias a su majestuoso estilo–, el resto de su pensamiento queda como desecado, cuarteado, lleno de insalvables fisuras y contradicciones; en cambio, visto a través de esa experiencia, nos revela su coherencia y su firmeza. El pensamiento de San Agustín, como el de cualquier otro pensador, no se descifra, se comparte vivencialmente, se incorpora a lo que somos, o más bien, al hogar de saberes en que habita lo que somos.
Ahora bien, saber que podemos identificarnos y comprender a cualquier ser humano, no quiere decir que hacerlo sea fácil. Tampoco quiere decir que para todos sea igual de difícil. Seguramente a Kierkegaard, por seguir con nuestro ejemplo, le era más fácil que a nosotros entender, digamos, a Hegel. Y eso por varios motivos: para empezar, porque éste era su contemporáneo y había muchos aspectos de su vida que Kierkegaard sentía de cerca. Pero sobre todo, Kierkegaard era una persona que aceptaba y respetaba profundamente su propio pensamiento y gracias a ello podía acercarse al pensamiento de otro grande, sin sentirse tan vulnerable frente a él como otros. Confiar en su propio estilo le permitía seguir los pasos de Hegel y disfrutar cuando los pies del maestro se elevaban, pero también estar alerta para advertir en qué momentos tropezaban e incluso para reconocer cuando de plano no podía seguirlos.
De hecho, este ejemplo resume, a mi parecer, la historia del pensamiento y del intercambio humanos, historia a la que todos nosotros estamos invitados. Podemos acudir a ella en cualquier momento y nadie tiene por qué impedírnoslo. No obstante, con toda seguridad vamos a disfrutarla más si llegamos a ella en posesión de nuestro propio estilo, de nuestra muy personal forma de pensar, de sentir, de vivir, de ser.
En todo cuanto intentemos aprender (y enseñar) siempre será mejor si nos atrevemos a compararnos –en términos humanos– con nuestros semejantes, aunque sean grandes maestros. No importa qué tan bien o mal librados salgamos de esa comparación. Es más, mientras más mal librados salgamos, mientras más la realidad intente decirnos que no debemos compararnos con los mayores, más debemos aferrarnos siempre a igualarnos con ellos, con todos los seres humanos del mundo y de la historia. ¿Nos tacharán de soberbios? Tal vez, pero estarán equivocados: la soberbia consiste en compararse con lo divino y no en saberse humano, y esto es exactamente lo que estaremos haciendo.
Reconocernos en lo humano se llama humildad.
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 















