De acuerdo con un artículo publicado en Dislexia Help UK, el 10 % de la población mundial es disléxica; aun así, es uno de los trastornos del aprendizaje más incomprendidos, y siguen existiendo mitos que dificultan diagnosticarlo a tiempo y tener una comprensión empática del trastorno.
A menudo, esta condición neurológica se confunde con falta de atención, o incluso, baja inteligencia. Esta desinformación da como resultado que estudiantes caigan en una brecha educativa que se amplifica con el tiempo, desarrollen baja autoestima y ansiedad, e incluso pueden llegar a abandonar sus estudios. Hablar de este trastorno de aprendizaje implica no solo visibilizar sus desafíos, sino también entender sus causas, su impacto emocional y, sobre todo, qué pueden hacer las y los estudiantes que lo padecen para afrontarlo y para que también la comunidad docente sepa cómo manejar este padecimiento en sus aulas.
Qué es y qué no es dislexia
En un artículo de Holly Korbey publicado en Edutopia, se discuten varios mitos comunes, como que las personas con dislexia ven las letras al revés, por ejemplo. Sin embargo, los estudios demuestran que la dislexia es un trastorno del procesamiento del lenguaje, no de la visión.
La Dra. Nadine Gaab, neurocientífica de Harvard, explica que la dislexia dificulta la asociación entre letras y sonidos, lo que afecta la fluidez y comprensión lectora. “Cuando las personas con dislexia leen, las letras no saltan ni se voltean hacia atrás, un mito muy extendido. En cambio, a los cerebros disléxicos les cuesta asociar los sonidos correctos con las letras impresas, lo que dificulta la lectura y resulta en una ortografía que a menudo parece una tarea de adivinación. Incluso después de que las palabras se puedan deletrear, la fluidez y la comprensión lectoras pueden ser muy lentas y difíciles”, menciona.
Otro mito frecuente es que quienes tienen dislexia son menos inteligentes, cuando en realidad no hay relación entre esta condición y el coeficiente intelectual. De hecho, muchas personas con este trastorno destacan por su creatividad, pensamiento crítico y habilidades espaciales. Además, persiste la creencia de que esta condición neurológica del aprendizaje desaparece con el tiempo, pero realmente se trata de una diferencia neurológica de por vida. Si bien, las estrategias de intervención temprana pueden reducir significativamente sus efectos, las personas con dislexia seguirán enfrentando desafíos específicos en la lectura y la escritura a lo largo de su vida.
A pesar de los avances en la investigación, estos mitos siguen presentes incluso dentro de las aulas. Muchos docentes no reciben formación específica sobre la dislexia y aplican enfoques que no responden a las necesidades de estos estudiantes, como la alfabetización equilibrada basada en pistas contextuales en lugar de la conciencia fonémica. Esto lleva a situaciones en las que los estudiantes memorizan palabras sin comprenderlas, y sienten frustración al no poder avanzar como sus compañeros.
A diferencia de aprender a caminar o hablar, leer no es una habilidad innata; esta debe ser enseñada. Este proceso implica la conexión de distintas regiones cerebrales: la corteza occipitotemporal izquierda (reconocimiento visual de palabras), el área de Broca (producción del lenguaje) y la región parietotemporal (decodificación fonética).
Según un artículo de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA), Emily Sohn explica que en las personas con dislexia, estas áreas muestran patrones de activación distintos y menor cantidad de materia gris. Como estas zonas del cerebro funcionan de forma diferente, les cuesta convertir la lectura en algo automático. Por eso, las personas con dislexia deben hacer un esfuerzo mayor al que haría una persona sin este trastorno para poder leer.
Sohn también menciona que esta discapacidad es también altamente hereditaria, ya que varios estudios con gemelos han demostrado que entre el 40 % y el 60 % del riesgo de desarrollarla es genético. Sin embargo, el entorno también juega un papel crucial: las infancias con apoyo estructurado desde edades tempranas logran mayores avances. Esto muestra que, aunque el cerebro de una persona con dislexia funciona de forma diferente, un ambiente apropiado y una enseñanza adecuada pueden impulsar su aprendizaje y superar muchas dificultades.
Consecuencias invisibles: salud mental y la gran brecha en el sistema educativo
Más allá de las dificultades académicas, la dislexia tiene un profundo impacto emocional. Los niños y niñas que no reciben apoyo adecuado desarrollan con frecuencia ansiedad, depresión y baja autoestima. En muchos casos, internalizan la idea de que “no son buenos” para la escuela, lo que limita su participación, motivación y rendimiento. Además, el estigma asociado a este trastorno puede provocar que intenten ocultar sus dificultades, lo que lleva a diagnósticos tardíos o erróneos.
Estas emociones negativas también afectan el bienestar físico de personas con esta discapacidad. Algunos estudios han mostrado que los niveles de cortisol (la hormona del estrés) se elevan en niños con dislexia cuando deben leer en voz alta en público. Esta presión constante tiene un impacto acumulativo sobre su salud y bienestar general.
Las desigualdades también se manifiestan en el acceso al diagnóstico. Una investigación en Arkansas demostró que las infancias en escuelas de población mayoritariamente blanca recibían más apoyo que aquellos en escuelas con población diversa. Esta disparidad educativa se refleja en los niveles de competencia lectora: solo el 31 % de los estudiantes de octavo grado alcanzan niveles satisfactorios en EE.UU., y la cifra es menor para estudiantes de grupos minoritarios (16 %).
Por otro lado, uno de los mayores obstáculos que muchos docentes enfrentan es que no reciben capacitación adecuada sobre la ciencia de la lectura. Algunos han tenido que buscar por su cuenta programas intensivos como la Serie Completa de Lectura para comprender cómo ayudar a sus estudiantes.
La Asociación Internacional de Dislexia ha promovido estándares de acreditación para programas de formación docente, los cuales buscan garantizar que los futuros docentes estén preparados desde el inicio. No obstante, estos programas aún no son la norma en muchas universidades, lo que perpetúa la brecha entre el conocimiento científico y la práctica educativa.
Cómo apoyar a una persona con dislexia
Según Holly Korbey, existen investigaciones que respaldan un enfoque conocido como alfabetización estructurada: instrucción sistemática, explícita y multisensorial que abarca fonología, morfología, sintaxis y semántica. Programas como Orton-Gillingham, Wilson y SPIRE han demostrado ser eficientes para mejorar las habilidades lectoras de estudiantes con dislexia. Este tipo de enseñanza se centra en descomponer el lenguaje en unidades pequeñas y construir de forma gradual las habilidades lectoras.
Por otro lado, un metaanálisis publicado en el 2022, analizó 53 estudios y encontró que las estrategias más útiles para ayudar a estudiantes con dislexia incluían practicar la ortografía, aprender vocabulario y leer textos completos en lugar de un listado de palabras. Además, el tiempo dedicado a estas actividades también influye: cuanto más tiempo se invierte en estas intervenciones, mejores son los resultados. Aquellos con mayor rendimiento suelen durar más de 100 horas en el ciclo escolar, lo que requiere apoyo constante tanto de la escuela como de su familia.
También es fundamental que las y los estudiantes tengan acceso a tecnología de asistencia, como puede ser un software de lectura en voz alta o correctores ortográficos inteligentes. Estas herramientas les permiten que accedan al contenido sin que las dificultades lectoras limiten su aprendizaje.
El reconocimiento oficial de la dislexia como condición neurobiológica ha llevado a cambios legislativos en varios estados de EE.UU., donde ya se exige evaluar a estudiantes desde preescolar. Sin embargo, el estigma persiste y muchos niños y niñas llegan a la secundaria sin haber recibido un diagnóstico ni haber tenido algún tipo de apoyo. La evidencia también muestra que acompañar las intervenciones con estrategias socioemocionales puede mejorar la autoestima y reducir la ansiedad. Programas de mentoría entre pares, ejercicio físico y prácticas de mindfulness han mostrado resultados prometedores.
En países como Finlandia, los programas escolares incluyen desde temprana edad apoyo especializado para estudiantes con dificultades lectoras. Este enfoque preventivo contrasta con el modelo reactivo que prevalece en muchas regiones, donde la intervención ocurre cuando el rezago ya es evidente.
La dislexia no es una sentencia de fracaso escolar ni una etiqueta de incapacidad; es una forma distinta de procesar el lenguaje que requiere comprensión, apoyo y metodologías específicas. Desmitificar este trastorno es fundamental para garantizar una educación inclusiva, equitativa y basada en la ciencia.
Formar a los docentes, informar a las familias y establecer políticas educativas basadas en la evidencia son pasos urgentes para revertir el rezago lector. Como afirmó el Dr. Kenneth Pugh, “si cada palabra requiere toda tu alma para descifrar, al llegar al final de la oración, ya olvidaste el principio”. Leer no debe ser una batalla diaria, y con las estrategias correctas, podemos cambiar esta realidad para millones de infantes. Finalmente, es clave recordar que la dislexia no define lo que una persona puede lograr, pero sí puede marcar el camino que debemos recorrer como sociedad para garantizar que nadie se quede atrás.
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