Emanuel Kant tiene dos máximas éticas que todos hemos escuchado: planteadas en términos simples, quizás no del todo leales al original, dicen lo siguiente: «Trata a los demás como quieres que te traten a ti» y «Trata a los demás como fines en sí mismos y no como medios para conseguir algo». Me gustaría reflexionar aquí un poco acerca de cómo suelen funcionar estas dos máximas en el aula.
Como pasa con todos los principios éticos, es frecuente no solo que no se les aplique sino que incluso se aplique su contrario. Ahora bien, en el caso de la primera máxima, su contrario no es, como supondríamos, no tratar a los demás como queremos que nos traten o tratarlos como no queremos que nos traten. No, su verdadero contrario, su contrario más contrario, es algo peor, algo mucho mas retorcido, algo susceptible de pasar ante nuestros ojos por bueno y ético («La corrupción de lo mejor es lo peor», decía algún sabio).
Me explico. Dado que el tal principio kantiano juega a los espejos (“Te trato como quiero que me trates”), nosotros tomamos ventaja de ello y lo interpretamos a nuestro favor: así, nos paramos frente a los demás como si fuéramos su modelo, su ejemplo, y esperamos que nos copien. La máxima, en esta nueva versión, diría algo como «Te enseño cómo quiero que me trates», a lo que fácilmente añadimos «y te obligo a tratarme así». Después se torna en «Aprende de mi cómo debes tratar a los demás», y acaba erigido en imperativo ético: “¡Compórtense todos como yo lo hago!». Un amigo de la familia lo decía mejor que nadie: «Yo soy muy buena onda, nomás no me contradigan».
Está claro que es la máxima del dictador. En el caso del docente, es fácil entender cómo la aplica frente a sus estudiantes: «Yo soy su ejemplo, ustedes deben seguirme. Si no lo hacen es porque algo no está bien con ustedes y hay que corregirlo». Llegados a este punto, resulta fácil saltar a la siguiente conclusión: «Si ustedes no pueden corregirlo por sí mismos, será necesaria que intervenga una fuerza externa».
El asunto resulta peor cuando opera de manera inconsciente: el o la docente se siente ejemplar, pero sin confesárselo, y simplemente espera que alumnas y alumnos coincidan con él o ella. Ya no se trata de imponerles sus valores como ejemplo sino de dar por hecho que los traen desde la cuna. Según su forma de pensar (inconsciente, insisto) se trata de valores “naturales”, “universales”, “humanos” (por absurdo que parezca, este tipo de creencia supersticiosa se da en algunos padres y madres que esperan que sus hijas e hijos se comporten de una forma en la que ellos mismos no los educaron: «i¿Cómo es posible que se porte así?!», se preguntan escandalizados). Por eso, si los estudiantes no expresan sus mismos valores, el/la docente supone que provienen de un medio deshumanizado y que hay que estar alerta pues probablemente ya no tienen remedio. Para empezar, hay que ponerles un alto antes de que su ejemplo cunda entre los demás: quizás se les termine apartando del grupo, aislándolos e incluso expulsándolos, pero antes de eso (para no actuar inhumanamente) se empezará solo por señalarlos, amenazarlos o humillarlos a fin de contrarrestar su negativa influencia. «Ustedes deberían de sentirse avergonzados de sus padres y de la educación que les dan en casa», decía la directora de una escuela a los pequeños de primaria (desde que oí esta frase, hace décadas, ha quedado resonando en mi memoria letra por letra).
Este sistema dictatorial no es exclusivo de los docentes, se da también, y con igual carga, en el estudiantado. Podemos rastrearlo ya en infancias que en el hogar piensan que papá y mamá deben portarse como ellos quieren. Son los pequeños tiranos, a quienes en casa se les ha consentido y fomentado esa creencia, y que después llegan al aula con la intención de que sigan cumpliéndoselas: «El maestro debe adecuarse a mí –se dicen–. Si lo hace o si me sorprende con algo mejor, entonces lo consideraré un buen maestro».
Nótese que no estamos hablando tanto del contenido explícito de los valores como de la forma de transmitirlos. Los principios pueden ser buenos y aplaudidos por todos; por ejemplo, un docente o un estudiante pueden pregonar que dentro del aula nos escuchemos unos a otros, que haya respeto mutuo, que todos tengamos igualdad de oportunidades; pueden ofrecer o pedir que los conocimientos que se impartan sean vigentes, democráticos y útiles, que promuevan la inclusión… En suma, pueden creer que están promoviendo valores que el consenso considera positivos. El problema, como digo, surge en el momento en que ese docente o estudiante considera que, dado que tiene la razón, es natural que los demás coincidan con él y antinatural que no lo hagan. Es en esta creencia, en esta fe (supersticiosa, como he dicho, y consciente o inconsciente) donde tiene su origen esa peligrosa frustración que, combinada con cierto grado de poder, se convierte en tiranía y violencia. Aquella directora de escuela que quería que los estudiantes se avergonzaran de sus padres, seguro fantaseaba cada noche, en la soledad de su cama, con un mundo lleno de amor.
¿Cómo desarticular esa tendencia?
Si queremos echar marcha atrás en todo esto que hemos dicho, probemos a empezar por la última palabra (amor, que prometo no haber introducido con esta intención) y después metamos reversa a ver qué ocurre. El amor, a mi entender, no tiene nada que ver con dar ejemplo a otro o con coincidir con la forma de ser de nadie. Yo no te amo para que sigas mis pasos, ni porque te pareces a mí o porque me imitas, y mucho menos porque me obedeces y haces caso de lo que yo digo. Te amo porque sí, y punto. Decía la poeta: «Si no te quisiera porque sí te querría por muchas razones», y está claro que esas razones no tendrían nada, nada, nada que ver con que te parezcas a mi o me obedezcas.
Tampoco te amo porque te admiro, ni porque considero que siguiéndote puedo llegar a un lugar mejor, ni porque quiero ser como tú o creo que ya lo soy. Te amo, y punto. Como tú me amas. Un mundo lleno de amor no tiene nada que ver con multitudes que comparten propósitos, ni siquiera con multitudes que comparten valores y principios éticos. No es ni mucho menos un mundo en el que todos pensamos lo mismo, queremos lo mismo y estamos de acuerdo; y tampoco uno en que todos seguimos al mismo amoroso líder. Según yo, un mundo lleno de amor es un mundo donde nos amamos unos a otros, y punto. Nuestros entendimientos pueden diferir, nuestros propósitos pueden diferir; nuestros motivos de lucha pueden ser contrarios, pero nos amamos; y lo mismo pasa con nuestros anhelos y preferencias, con nuestros pronósticos e ideales. Son distintos y hasta opuestos, pero no por ello resultan un obstáculo insalvable entre nosotros. El amor –así me gusta definirlo– no es sino rendirnos ante el otro antes de dañarlo, antes incluso de provocar miedo en él. No importa cuál sea nuestra lucha y cuál la suya: amar es saber que el otro vale más que cualquier victoria.
Eso es el amor. ¿Nos parece irreal e irrealizable? Bueno, si eso nos parece, tal vez eso sea; pero no encuentro otra definición de amar que sea más realista y que al mismo tiempo le dé sentido a la palabra.
Ahora bien, si eso es el amor, y si en realidad creemos –junto con Platón y Edgar Morin (por citar dos maestros, uno antiguo y otro contemporáneo)– que el amor es condición para que florezcan la enseñanza y el aprendizaje, y que el aula sea de verdad un terreno fértil, entonces todos –docentes y estudiantes– debemos dejar de intentar vencer a los demás y que nuestros valores prevalezcan. Claro, podríamos discutir largamente lo que significa la palabra vencer y cuál es su valor. Quizás podríamos hacer como el sabio Nagarjuna –uno de los principales maestros y propagadores del budismo– que enseñaba a sus discípulos a prepararse para ganar cualquier discusión sobre las verdades más altas del universo y para –sin embargo, acto seguido– poder renunciar a éstas y admitir la futilidad de toda razón y todo argumento: así, desde ese vacío final de sentido, podrían sumergirse en el otro lado de esta realidad, es decir en ese envés del mundo llamado Nirvana.
Quizás podríamos hacer como Tomás de Aquino quien, tras establecer las bases filosóficas de la cultura religiosa de casi todo occidente, se sintió cansado, renunció a cualquier recompensa que no fuera la del amor de Dios, contempló una realidad mística frente a la cual «todo lo que había dicho antes era pura paja» y dejó de escribir para siempre.
O quizás hacer como Chesterton, que aseguraba que podría convencer a cualquier interlocutor rival si se le permitiera charlar con él cada noche durante cuarenta años (claro, siempre acompañados de deliciosas cenas).
Yo, en este momento, me conformo con la afirmación de un sabio más reciente, quizás igual de radical que las de los que he mencionado pero más acorde con la mesura y la corrección política que se exigen en nuestro tiempo. Me refiero a un comentario de Jorge Luis Borges, quien en cierta entrevista dijo que «tener razón en una discusión» le parecía «una total falta de cortesía». Esta afirmación, en apariencia cómica y desproporcionada, fue en realidad expresada con toda seriedad y revela no solo la importancia de dar al otro un lugar más alto que a cualquier idea sino también el total desacuerdo con que valga más la pena entronizar una verdad que prolongar un encuentro con otro ser humano.
Finalmente creo que, con esta perspectiva, también la segunda máxima kantiana adquiere una nueva dimensión. Sin descartar los muchos casos en que tomamos a los demás como medios para nuestros fines (o en que consideramos que el fin de los demás es servirnos de medios), es también frecuente que incumplamos ese principio de otra forma, a saber, creyendo que todas las personas deben perseguir los mismos fines que nosotros y que todos debemos ofrecernos como medios para alcanzarlos, así como que, quien no lo haga, está faltando al bien de la colectividad y debe recibir reprimenda. Alertados sobre este enfoque, podemos considerar el siguiente principio: «No impongas a nadie tus fines; ni siquiera a ti mismo, no al grado de que te autoconcibas como un medio para alcanzarlos».
Resumo, por último, aquello en lo que más creo: que los seres humanos somos fines ya alcanzados, y que lo que queda, mientras estamos en este mundo, es educarnos unos a otros de forma amorosa para dejar de lado tantas y tantas cosas que nos impiden comprenderlo.
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 















