En la escuela de mi amiga Cristina, cada grupo de primaria realiza, una vez al año, una representación teatral de corte didáctico, basadas todas en un tema común que la propia escuela establece. Las obras son escritas y dirigidas por la maestra de grupo, actuadas por las niñas y niños, y representadas ante los demás estudiantes del mismo grado y la comunidad de madres y padres.
Por una larga tradición, a estas escenificaciones en la escuela se les llama asambleas. Cristina y yo hemos hablado sobre si sería pertinente sustituir este nombre por otro que exprese de forma más directa en qué consiste la actividad: Teatro escolar sería un ejemplo. Sin embargo, ya que –como digo– se trata de una larga tradición, concluimos que es conveniente indagar un poco más a fondo sobre la palabra que quizás con demasiada facilidad se estaría descartando.
En su acepción común, el término asamblea se aplica a una comunidad cuando se reúne para expresar opiniones, discutir posturas y tomar decisiones en torno a un tema de interés para todos. Da, pues, la apariencia de ser algo muy formal y difícil de emparentar con el arte dramático, actividad eminentemente creativa y lúdica. Sin embargo, algo me dice que estamos partiendo de un prejuicio, y que ambas cosas tienen que ver una con otra más de lo que aparentan.
Para empezar, en las dos, el elemento esencial, sin el cual simplemente no existirían, es el mismo: esto es, un grupo de personas reunidas con un propósito común. Se dirá que, entonces, lo mismo se podría comparar una asamblea con una fiesta y con un partido de futbol, un salón de clases o un concierto, y sí, en efecto, se tendrá razón: nadie puede negar que una fiesta puede, de pronto, convertirse en un lugar de discusión y decisiones ni que una solemne reunión de congresistas puede, por un extraño giro, acabar en pachanga. Asimismo, ningún rigor puede evitar que, en una discusión comunitaria, los interlocutores se vuelvan un poco actores y usen de su imaginación para convencer a otros; tampoco se puede impedir que el teatro, además de sacudir la emoción del público, movilice opiniones, polémicas y decisiones, muchas veces espontáneas e inconscientes. La historia universal (y las comedias) están llenas de ejemplos de cosas como éstas. Cuentan que tras una función de Doña Rosita la Soltera, de Federico García Lorca –pieza de teatro costumbrista, en apariencia ingenua–, el público salió a las calles, espontáneamente organizado como asamblea política.
Estoy seguro de que esta magia (o si se prefiere, esta espontaneidad inexplicable) es algo que puede surgir en cualquier sitio donde se reúna la gente. Es más, mi fantasía filosófica me lleva a afirmar que siempre y dondequiera que la gente se reúne, lo hace para suscitar esa magia o al menos en espera de ella. Ya sea a charlar, festejar, discutir, jugar, tomar decisiones, e incluso estudiar, trabajar o ejecutar juntos la acción más práctica, los seres humanos nos reunimos con la expectativa de que algo mágico nos ocurra, de que algo inesperado sacuda y transforme nuestro ser individual y, aún mejor, nuestros lazos comunitarios.
Sin esta posibilidad, la vida no tiene sentido. Hasta en la rutina más rígida (y el rostro más inexpresivo) los seres humanos esperamos un cambio, anhelamos que algo nos sorprenda. Esa magia, esa esperanza, está en nuestra esencia (y no ésta nada mal, por lo tanto, que a los eventos propicios para que esa magia ocurra les llamemos asambleas).
La magia está en nuestra esencia, sí, y con ello quiero decir que lo súbito y misterioso está presente ya en el momento en que se formaron las primeras comunidades humanas. Y así llegamos a un segundo punto sobre nuestras asambleas escolares.
Como dije, estas obras teatrales están todas inspiradas en una temática común, sobre la cual cada maestra investiga y escribe un guion. Pues bien, para el próximo ciclo 25-26, se ha elegido como tema el Mito. La propuesta es que las maestras partan de algún relato de la mitología universal, para crear sus textos. A mí –que siempre estoy buscando la forma de relacionar todas las cosas entre sí; digamos, de ponerlas a dialogar– me da la impresión de que esta decisión no ha sido nada más al azar, sino que, con ella se ha querido ir de lleno a la esencia de lo comunitario e infundir en las asambleas su poderoso espíritu.
La palabra mito tiene muchas definiciones. Una muy usual es la de ser una mentira repetida muchas veces. Mi hijo me da ahora mismo un ejemplo, que él intentó refutar, sin éxito, cuando estaba en sexto de primaria: el de que Cristóbal Colón descubrió América. ¿Cómo es eso –me dice–, si este territorio fue descubierto hace más de 30,000 años, por quienes ya vivían aquí cuando él llegó?
Esa es, pues, una acepción común. Sin embargo, la palabra mito se emplea sobre todo para hablar de narraciones fundacionales, es decir, de relatos que tienen que ver con el surgimiento de las comunidades y su entorno físico y su cultura, así como con los dioses y héroes que intervinieron en ello. Claro que los orígenes de toda comunidad suelen remontarse a los de la creación del mundo y la humanidad entera. De igual forma, la narrativa sobre los héroes empieza hablando de líderes de ensueño (como Dédalo, el creador de tantos inventos fantásticos) y termina con personajes que colindan ya con lo histórico, como Edipo, de quien algunos expertos sospechan que fue un rey que existió en realidad.
Ésta es, pues, la acepción que se quiere desarrollar en las asambleas, la de los mitos que se remontan a los orígenes.
Aquí es importante mencionar que, para quien piensa como yo, los orígenes de la vida se sumergen en un misterio inexplicable, y que lo mismo ocurre con los mitos, narraciones que intentan traducir al lenguaje humano la vivencia de eso inexplicable. Los mitos son los cuentos que los seres humanos leemos en este extraño mundo.
Para darme a entender, empiezo por imaginar una primera primate cuya innovadora corteza cerebral le permite hacerse preguntas a las cuales ninguno de sus instintos da respuesta. De pronto, se le hace patente eso que algunos científicos y filósofos actuales, por simplificar, llaman la complejidad del universo y que, según yo, es su simple ser insondable, su realidad indescifrable. Ahí está ella (nuestra primate), en los orígenes de lo humano, enfrentando ese innovador modo de conciencia, estremecida ante el cosmos y ante sí misma, traduciendo la experiencia en imágenes delirantes, de las cuales, algunas –más tarde, ya cansada– recordará.
En esas imágenes se mezcla todo lo que ha descubierto, incluyendo sus deseos, impulsos, logros, frustraciones; ahí están su mundo interno y externo, aun no bien diferenciados, intentando narrar la plenitud vacía de lo insondable. Son los primeros mitos, delirios que pueden ser al menos parcialmente relatados y compartidos con su cada vez más numerosa progenie.
Crece la comunidad. Los delirios, gestados ahora por cada miembro en soledad, pueden ser compartidos con otros, pueden ser narrados e incluso actuados para evocarlos con más claridad y darles mayor realismo. Un día se recurre a máscaras y disfraces, ruidos, palabras, todo lo que ayude a recrear ante los demás lo que la conciencia (dormida o despierta) ha entrevisto. Ahora los delirios y los sueños tienen un lenguaje y pueden transmitirse: van creando preguntas comunitarias, asombros conjuntos, empatías, y claras sensaciones de que el misterio resuena mejor en el colectivo humano. El mito le ha dado una identidad al grupo.
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Uno de los primeros grandes mitos es el de la existencia del Tiempo. El tiempo da orden al mundo y la comunidad humana por primera vez. Sí, el tiempo funda el orden dentro del caos: su devenir es lineal, avanza hacia adelante, no regresa, da dirección y sentido; se le puede medir, además, ya sea en los grandes lapsos de las estaciones, en los más cortos de los ciclos lunares, en los todavía más cortos del día y la noche, y en los inmediatos de la actividad cotidiana, donde su transcurrir se mide en mil detalles, por ejemplo, en lo que tarda en cocerse la carne o en hilarse un atuendo.
De ahí que Cronos, el Tiempo, sea uno de los primeros dioses, según lo recoge la mitología que nos ha llegado a través de la cultura griega.
Desafortunadamente, la conciencia del tiempo conlleva también la de la muerte.
Cuando identifica el tiempo, el ser humano deja de ser inmortal (que es como se vivía a sí mismo en su estado animal). Asume, sin remedio, que va a morir. Tiempo y muerte, ambos, nos colocan en el presente, en la duración, en lo finito, en el mundo del día a día. Tomar conciencia del tiempo hace que éste sea, además de ordenador, mortal. Nos permite avanzar pero nos devora. Caminamos hacia sus fauces, y así, para el ser humano, el progreso se convierte, además de en un logro tranquilizante, en un avance triturador.
Por eso, en el mito, Cronos –ese dios que da orden al Caos– aparece también devorando a sus hijos, apenas nacidos.
Que los mitos traducen verdades universales se muestra en el hecho de que esta contradicción terrible –la de un progreso que, a la vez que salva, asesina– siga operando actualmente. Lo vemos nosotros mismos, día a día, en nuestra productividad devoradora, en nuestra prisa sin fin, en esa nuestra actividad frenética que acaba en frustración constante, en esa carrera de quien (como en las viejas caricaturas) no se da cuenta de que ya se le acabó el piso («autoexplotación», le llama el filósofo Byung-Chul Han).
Lo interesante es que al advertirnos de esa contradicción, el mito se convierte en denuncia, en evidencia de que algo falla. Así pues, no sólo parece condenarnos a un modo de proceder, a repetir la historia interminablemente, sino que también nos da la fuerza para oponernos (uno de los hijos de Cronos acaba venciéndolo y tomando su puesto, tras encerrarlo en el más hondo abismo: se llama Zeus).
El mito es universal pero nunca fijo. Todos los mitos, cuando se indaga en ellos con actitud fecunda, son prototipos de nuevas verdades, arquetipos, semillas de realidad, promotores de creación.
Pero, ¿qué es una actitud fecunda? Definitivamente no la de los cientificistas, que ven los mitos como descripciones primitivas, pre-científicas, de sucesos históricos o de experiencias subjetivas, psíquicas; menos todavía la de quienes los reducen a relatos insignificantes, un tanto divertidos, con los cuales es posible crear vistosos espectáculos, tal vez musicales, llenos de luz y acción, donde la historia, hermosa y amena, es en realidad lo de menos: al fin y al cabo todas se parecen y todas dan lo mismo.
Al parecer, una actitud fecunda tiene más que ver con lo que Octavio Paz llamaba la síntesis de tradición y ruptura: tradición que se hunde en el pasado, ruptura que surge en el presente como algo inesperado.
Así volvemos al inicio, a esa magia que hizo de nuestra obra de teatro una asamblea.
A esa ruptura, a ese hallazgo, súbito e inexplicable, el genial Edward De Bono le llama pensamiento «lateral»; por su parte, Jacques Derrida, el filósofo argelino-francés, lo emparenta, no tanto con algo que llega de lado sino con algo que cae, algo que aparece de forma vertical (como caído del cielo, y por lo tanto más asociado con la fe y el milagro).
El mito preserva su fertilidad, cambiando. Siempre es original, es decir, vuelve a su origen para fundar lo nuevo. Es gracias a esas extrañas metamorfosis, que Cronos, el padre devorador, puede reaparecer como padre bueno en el mito hebreo del Paraíso terrenal, manteniendo, de forma paradójica, su crueldad, pues parece claro que la prohibición de comer del fruto del Árbol es en realidad una provocación a hacerlo (y un deseo, a medias oculto, de expulsar al hijo para evitar que lo reemplace). Siglos más tarde, el mismo relato llega hasta nosotros en la forma de ese cuento de hadas en que el protagonista protege, alimenta y viste a un hombre como si fuera su hijo, y sin embargo le castiga por profanar el árbol, por cortar su más preciada rosa, único bien que le estaba vedado. Estoy hablando de La Bella y la Bestia.
El mito ha sido puesto en nuestras manos para que lo recreemos con fertilidad siempre creciente, siempre frondosa, enraizados en viejos territorios y buscando nuevos límites.
Y en esta tarea de labranza, en este tejido previsto y cambiante, eterno y efímero, el teatro es nuestro cómplice, arte que surge, se fija y se desvanece, diálogo que va entretejiendo historias a partir del caos inicial, de la cavidad oscura del escenario, donde cualquier milagro puede surgir de pronto.
Todo en contra de la monotonía (mono-tono, tono único, única voz, significado unívoco de nosotros mismos y de todas las cosas).
Llego así al último de los tres puntos por los que Cristina se ha detenido a poner atención en las asambleas, y por lo que me ha pedido que reflexionemos juntos sobre su magia teatral y su espíritu comunitario.
Siendo el teatro un lugar donde el mito irrumpe con sus múltiples voces, es importante que ninguna de ellas se imponga sobre las otras. Eso le daría una univocidad estéril. Así, mi amiga –atenta a toda oportunidad de que la escuela siga floreciendo– me cuenta también lo siguiente: dado que la tradición teatral es tan importante ahí (también la secundaria y la prepa crean sus obras), el auditorio de la escuela se ha convertido en un verdadero foro casi profesional, con tantos recursos técnicos que las asambleas se vuelven verdaderos espectáculos. Cristina quiere, por lo tanto, que los contenidos de las obras estén a la altura de esta tecnología y que los estudiantes puedan tener experiencias profundas que les permitan tanto lucirse como expresarse, todo ello como parte de su educación y su formación académica.
Creo que es un mensaje que todos debemos tener presente. Si algo sabemos mejor que nunca es que lo tecnológico, por innovador que sea, cae siempre en la aridez y la rutina si no es complementado con la diversidad de la vida y la creatividad humanas. De los efectos escénicos no podemos esperar ninguna magia, ningún verdadero milagro, a menos que sean diseñados por una persona inspirada y creadora.
El mito es, pues, esa fuente de riqueza y creatividad que las maestras, guionistas de las asambleas, pueden apropiarse, actualizar y transformar para dar voz a las más auténticas y actuales inquietudes de su experiencia docente. El mito es la oportunidad de dejar salir su ser artístico y brindar a sus estudiantes y a su comunidad entera esta mágica forma de unirse y renovarse.
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