¿Cómo enseñar la historia? La historia universal, la de la ciencia, el arte, la de la educación, cualquiera, ¿cómo enseñarla?
El gran filósofo alemán, Karl Jaspers, estaba casado con una mujer de origen judío. Juntos, pasaron la segunda guerra mundial en su casa en Heidelberg, siempre con terror de ser capturados y trasladados a los campos de concentración. Por algún motivo que suena fortuito, esto no ocurrió. El mismo nos lo cuenta: «Tras una amenaza de largos años, externamente salimos ilesos. El transporte al campo de concentración estaba fijado para el 14 de abril de 1945. Dos semanas antes, el 1 de abril, Heidelberg fue rescatada por los norteamericanos».
Una vez terminada la guerra, él, que creía en un ilimitado alcance de la comunicación humana, se unió a la reconstrucción de las universidades de su país y abogó por impulsar entre la población alemana un proceso de transformación profunda ante el sentimiento generalizado de culpa por las atrocidades cometidas durante el nazismo. Sin reconocer ese sentimiento y sin ese cambio –insistía– no podría haber reconciliación del pueblo alemán consigo mismo.
Su llamado no fue tomado en cuenta. Para sus compatriotas, reconocer la propia complicidad política con el nazismo era demasiado. Jaspers, en lo que parece haber sido un acto de protesta, se autoexilió en Suiza, renunció a la nacionalidad alemana y finalmente murió en aquel país.
Le habrá provocado un dolor desgarrador esta decisión, a él, que confiaba con razonada fe en el encuentro profundo entre la gente (su gran amiga, la filósofa Hannah Arendt, afirmaba que Jaspers era capaz de convocar al diálogo aún en condiciones de diluvio universal). Así, su protesta habría sido, no un desligarse de su compromiso, sino un último intento de convocar a la población alemana (en la cual se incluía él mismo) al arrepentimiento.
Jaspers es uno de los precursores del boom actual de la empatía. No de una empatía general y abstracta, a manera de amor universal (a todos y a nadie), sino de una empatía cara a cara, persona a persona; de un verdadero encuentro con el prójimo. «Yo no puedo –decía- llegar a todos los seres humanos. Si quiero corresponder a todos, es decir, a todo el que me encuentre, llenaré mi existencia de superficialidades y me negaré –con esta imaginaria posibilidad universal- la única posibilidad verdaderamente ‘histórica’, es decir, la de un acercamiento real entre individuos».
Jaspers, pues, creía que la historia la hacía la gente concreta en sus interacciones personales. No existía nada así como un espíritu del pueblo, nada de una fuerza que moviera a las masas más allá de las personas reales. De ahí el valor incomparable que otorgaba a la docencia y el agudo dolor que habrá sentido al ser separado de su cátedra durante el régimen de Hitler. De ahí también su radical esfuerzo por la reconstrucción de la Universidad, sitio en el que podían darse de forma libre los encuentros humanos más auténticos. Su famoso libro sobre la responsabilidad de los alemanes –El problema de la culpa– fue, primero, una serie de conferencias dictadas en la universidad, cara a cara con sus estudiantes y su público.
Pensar, como Jaspers, que la historia la hacen los individuos, significa (y aquí entramos ya en el tema de la enseñanza) que quien se adentra en el estudio del pasado, cuenta de entrada con información valiosísima. Esa información se puede resumir en una frase: las personas del pasado eran como nosotros. Sí, el mejor dato que puedo tener al aprender historia, soy yo mismo: todos los seres humanos viven o vivieron sus vidas de la misma forma en que yo lo hago, todos están y estuvieron sobre el planeta de forma idéntica a como yo lo estoy. Así, de entrada puedo proponer a mis estudiantes que imaginen los hechos históricos como si ellos mismos los estuvieran viviendo.
Quizás suena demasiado poético, pero es así. Si no queremos formarnos una visión caricaturizada o demasiado mecanicista del pasado (como si la sociedad fuera operada por mecanismos y no por seres humanos), es importante asumir esta dimensión viva de los actores históricos, su dimensión de carne y hueso (espero que hasta aquí esté quedando claro que no estoy pensando en la empatía como un reconocimiento de las cualidades del otro –lo cual sería más bien simpatía– sino como una forma intuitiva de experimentar lo que alguien vivió, aun cuando esto nos parezca negativo).
Años después de Jaspers, su alumno francés Paul Ricoeur, también gran filósofo, añadió su punto de vista sobre el conocimiento de la historia. En un interesante artículo el profesor Luke O’Sullivan nos cuenta que el interés de Ricoeur por el tema surgió, en parte, por la necesidad de enfrentar a quienes se atrevían a negar la verdad del holocausto. En su visión de la historia, Ricoeur, como Jaspers, apelaba a reconocer la propia participación en los hechos, e incluso a la posibilidad de una reconciliación personal con el pasado, pero daba un lugar menos central a la subjetividad. Sin negar ésta, ni el valor de la memoria individual –por ejemplo, el de los testimonios de las víctimas–, creía sobre todo en una verdad histórica documentada. «Quienes niegan los grandes crímenes encontrarán su derrota en los archivos», decía.
El que en historia exista una verdad documentada (una ciencia de los hechos) añade algo a nuestra idea de empatía: ésta no puede ser un acto superficial, un simple ponernos en los zapatos de otro sin conocer una parte del camino que recorrió con ellos. Empatía implica conocimiento. Para algunos, incluso, ambos términos son sinónimos. Así pues, Ricoeur explica que este conocimiento debe basarse en evidencias, es decir, constituirse en una ciencia para que (de nuevo en palabras de O’Sullivan) «en ausencia de una historiografía auténtica, no nos quedemos sólo con las versiones oficiales que producen los estados nacionales para servir a sus propios fines ideológicos».
Pero hay otra cosa: al conocer a alguien del pasado de manera empática, algunas cosas de su vida nos resultarán ajenas y otras de plano nos pasarán inadvertidas, pero otras más nos serán tan familiares que por un momento creeremos estarnos viendo a nosotros mismos. Eso puede no ser tan agradable: conlleva el riesgo de reconocernos no solo en las fortalezas sino también en las debilidades ajenas, en los vicios y virtudes, en las hazañas más sublimes y heroicas, y en las más criminales y atroces.
En conclusión, conocer el pasado de una sociedad conformada por individuos que crean una historia común, exige al menos estos tres elementos: empatía, verdad histórica y autoconocimiento. A mi parecer, sólo si se nutre de ellos, la historia puede cumplir el papel que Ricoeur le atribuye en la vida pública: «permitir que una sociedad deje descansar debidamente a los fantasmas de su propio pasado».
La palabra fantasmas es muy pertinente al hablar de la mancuerna entre estos tres elementos: si la entendemos en su acepción de espíritus, y vemos éstos como aquello que anima tanto a las personas como a los hechos, podremos decir –con una metáfora– que cuando estudiamos historia conocemos los hechos a la vez que nuestro espíritu vuela hacia ellos para animarlos. Sin el espíritu, es decir, sin nuestra empatía y nuestra voluntad de conocernos, los hechos quedan vacíos, como meros recipientes, en el mejor de los casos como meras caricaturas; de igual forma, el espíritu por sí mismo, sin la verdad, sin el recipiente de los hechos documentados, viaja sin dirección, quién sabe adónde, y no aterriza en nada o lo hace en el lugar equivocado.
No encuentro un mejor ejemplo de todo esto que los programas de la llamada “ciencia eugenésica” en la misma Alemania nazi. Empecemos por recordar lo que la verdad histórica nos dice: que el rango de empatía al que los nazis y sus seguidores aspiraban era bastante estrecho. Para ellos, uno no tiene por qué identificarse con quienes no son miembros de su propia raza, lo cual no implica mayor esfuerzo: los zapatos de quienes sí lo son –los que sí vamos a ponernos– están hechos a nuestra medida (el propio régimen totalitario se encargará de cortarnos los pies a todos con la misma tijera). Por si fuera poco, dentro de la propia raza se añaden aún límites más estrechos, que facilitan todavía más las cosas; ese límite es el de las divergencias. La eugenesia –como intento de controlar la reproducción de grupos humanos considerados inferiores– recurrió el aislamiento, la esterilización y el exterminio de poblaciones divergentes ya fuera por raza, por orientación sexual o por discapacidad motora, neurológica o mental. Nadie –siendo de una raza “superior”– está obligado a identificarse con gente de este tipo. Por el contrario, es bien visto sentir rechazo hacia ellos y delatarlos. Aquel a quien sus terrores internos le hacen sentir angustia ante, digamos, una persona neurodivergente o un homosexual, goza del aplauso de la sociedad. Y todos sabemos lo bien que se siente el aplauso (quizás por ello nos llaman “actores sociales”).
Es decir, si de los nazis hubiera dependido, nuestra visión actual de la historia sería bastante simple, y su enseñanza se nos facilitaría enormemente (bueno, eso presumiendo que nosotros hubiéramos quedado entre los supervivientes). Al excluir de forma definitiva a todas esas poblaciones, nos sería más fácil entender el mundo; todo se limitaría casi exclusivamente a conocer aquello que nos iguala, a aceptar de los otros sólo lo que nos complace, y esto –como hemos dicho– con la total aprobación social. Empatía, “verdad” y autoconocimiento se verían reducidos a algo bastante esquemático y no representarían demasiado reto (después de todo, tener una visión completa de las personas y los hechos es algo que se puede dejar para otro día, siempre y cuando contemos con una buena cantidad de gratificaciones sociales, tales como la presencia de líderes carismáticos, la pertenencia a una comunidad de iguales, el disfrute continuo de fiestas y otros eventos públicos, y la existencia de un grupo suficientemente grande de gente, para nosotros indeseable, sobre la cual descargar nuestra impotencia, nuestra frustración y nuestro odio).
Tal vez –es sólo una hipótesis– el régimen nazi y el pueblo alemán hayan sido derrotados debido a este progresivo, y cada vez más insostenible, ocultamiento de verdades. Ahora bien, si quisiéramos indagar en esta hipótesis, seguramente empezaríamos por buscar los antecedentes de la eugenesia en la propia Alemania; sin embargo, para nuestra sorpresa, pronto nos toparíamos con que en ese país la estrategia sólo consistió en aplicar y llevar al colmo la visión que imperaba desde hacía décadas en algunos medios científicos de Inglaterra y Estados Unidos. Así, nos veríamos transportados hacia una realidad ya no tan ajena a nosotros como la de los diabólicos nazis, frente a los cuales estamos autorizados a pintar nuestra raya. Sabríamos que todo comenzó con los herederos de Darwin, incluyendo sus propios hijos. No voy a ahondar en el asunto, poco divulgado pero ya bien documentado; sólo diré que el tema de evitar la reproducción de grupos considerados inferiores –menos aptos, impuros–, comenzó como un verdadero boom de investigaciones dizque serias, sobre todo en esos dos países, seguidas de publicaciones y cursos, y de la organización de Congresos internacionales, el segundo de los cuales, con sede en Estados Unidos, tuvo como presidente honorario a Alexander Graham Bell –inventor del teléfono–, quien aspiraba a acabar con la sordera a través de la esterilización de la población con debilidad auditiva congénita. A partir de ahí, las pseudoteorías eugenésicas se habrían propagado por el mundo (sin faltar México, España y otros países de habla hispana) y llegado a Alemania, donde despertarían la admiración de muchos, entre ellos Hitler, quien las aplicaría en sus versiones más radicales, ciertamente a su manera fanática y extrema.
A pesar de todo ello, Estados Unidos e Inglaterra se convirtieron en nuestros grandes héroes.
Verdades históricas como ésta nos muestran que el espíritu de la atrocidad está más cerca de nosotros de lo que creemos. Así, el fantasma se nos aproxima cada vez más hasta que, de pronto, ya lo tenemos cara a cara, reflejando en sus ojos los nuestros. Una mirada a sus profundidades (es decir, un instante de empatía) tal vez nos permitiría entender la (hoy ridícula) buena voluntad de personas que, ante la cruel discriminación que sufría la gente de piel oscura, proponían como alternativa el blanquear a éstas mediante procedimientos genéticos. Sin embargo, ver rasgos nuestros en esa actitud seguramente nos sería difícil, todas vez que con ello nos arriesgaríamos también a aceptar que en nosotros caben –aunque sea de forma inconsciente– actitudes discriminatorias no del todo ajenas a esas que, en circunstancias de terror colectivo, intentaron el exterminio de judíos, gitanos, comunistas, homosexuales y discapacitados.
Del estudio del surgimiento del nazismo y de la vida de sus líderes, podría brotar la pregunta de si a ese pequeño tirano que todos llevamos dentro, bastaría con agregarle algunas dosis de crueldad familiar, dotes de liderazgo, ciertos giros del azar y un contexto social que lo aprovechara para perpetrar venganzas históricas, para que no tardara en perder todo escrúpulo y en arrojarse, y arrojar a todos, al exterminio de sus oponentes.
¿Cuántas cosas más negaremos antes de admitir que también nosotros podemos cometer actos de barbarie? ¿Cuántas verdades, si no nos las oculta la historia, nos las ocultamos nosotros mismos? ¿Qué parte de la humanidad no podemos conocer debido a esos dos puntos ciegos: lo que se nos oculta y lo que nosotros mismos nos ocultamos?
Ante todas estas preguntas tan comprometedoras, llegamos a la que nos trajo aquí: ¿cómo enseñaremos la historia? La respuesta sigue las pautas de todo este artículo, pero hay una manera más directa de formularla: la enseñaremos de la misma manera en que quisiéramos que docentes futuros enseñaran la nuestra; es decir, antes que nada, con empatía, fomentando en nuestros estudiantes que su subjetividad busque los rastros del pasado y lo reviva con todas sus cualidades y defectos; que indaguen siempre la verdad y de forma esforzada apelen a ésta, volviendo una y otra vez –con Ricoeur– a la ciencia histórica, y dejando que ambas –verdad y empatía– mantengan un diálogo continuo; que vigilen siempre que la subjetividad no entorpezca el flujo de la verdad y que la búsqueda de la verdad no entorpezca el incluirnos a nosotros mismos en ésta; que verifiquen hasta el cansancio la información que reciben e indaguen datos alternativos y ocultos (y también se cuestionen éstos, por supuesto); y que no dejen de preguntarse en todo momento qué tanto estamos reconstruyendo la historia con nuestros propios terrores y prejuicios.
Intentemos comprender, junto con ellos, que sólo con conocimiento y empatía entre nuestra época y cualquier otra etapa del pasado, nos será posible identificar nuestros propios avances y retrocesos, nuestros aciertos y errores, nuestras virtudes y heroísmos, y cuando sea necesario, nuestros crímenes y atrocidades.
Para concluir, inculquémosles el abrazarse siempre a ese pilar de nuestra identidad que el gran comediante romano Terencio resumió en una frase: «Soy humano y nada de lo humano me es ajeno».
Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0 















