Opinión | Escuela y política

La escuela (el aula en particular) es un excelente escenario par enseñarnos unos a otros la habilidad de escuchar. «Escuchar se enseña escuchando».

Opinión | Escuela y política
Foto de THE MACDUFFIE SCHOOL.
Una lectura de 10 minutos

Conductores de sueños

Esta mañana tuve un sueño. Ocurría en la prepa: una multitud de amigos nos reuníamos para formar un grupo de teatro escolar. Pronto surgían dos propuestas, y pronto, también, el autor de una de ellas asumía que la suya era la buena, y empezaba a conducir al grupo. Éste, de la forma más natural, se  dejaba llevar. Yo sabía que el trabajo de aquel amigo teatrero era excelente, pero demasiado estricto, y que pronto provocaría la deserción de la mayoría del grupo, si no es que la de todos. Me decidía entonces a pararles el alto y a explicarles que debíamos dar un paso atrás y tomar unas decisiones con conciencia para generar un compromiso más o menos viable.

Sin embargo, el sueño empezó a tomar tonos de pesadilla. Cuando hablaba, la gente me escuchaba con atención, pero de pronto (ya saben cómo son los sueños), se hallaba otra vez dispersa, platicando de otras cosas. Y eso pasaba una y otra vez, y otra vez, y otra vez. No había manera de detenerlos. Yo les pedía que oyeran y lograba organizar a algunos para que atrajeran la atención de  los demás. Me desperté mientras insistía, sin parar, “¡Escuchen, por favor, escuchen!” y mis amigos recorrían el lugar, pidiéndolo también.

No terminaba todavía de despabilarme y ya tenía claro que la palabra “¡Escuchen!” es, seguro, la más repetida en la historia de la humanidad (y, por supuesto, la menos escuchada). Aquel sueño me revelaba la causa por la que algunos seres humanos se organizan para gobernar a otros. Esa causa es que a todos nos es casi imposible escucharnos. Esta sordera, esta incapacidad de abrirnos a los otros, es la “ventana (cerrada) de oportunidad” que los políticos, en vez de sentarse a maldecir, aprovechan para dirigirnos. Si mi sueño hubiera continuado, aquellos que sí estábamos interesados en escuchar, nos habríamos reunido al margen de los otros y, tras un periodo de debate (que podría haber creado facciones opuestas), habríamos elegido una de las dos propuestas, la que nos pareciera más viable (incluyendo, por supuesto, a la multitud sorda), y conduciríamos a todos en esa dirección.

Aquella primera y viva impresión que tuve al despertar me impactó al grado de que, de pronto, tuve clarísimo que la política es la forma en que algunos miembros de la comunidad ejercen su capacidad de escuchar mientras se adaptan a la sordera de los otros. A partir de ahí, resignados o resentidos, los políticos toman uno de dos caminos: idean formas de que la gente escuche y participe en las decisiones, o, por el contrario, aprovechan su sordera para que se una, sin mayor discusión, a las propuestas.

Nuestra imagen del político coincide sobre todo con este segundo camino: “nuestros políticos” son personajes que traman “en lo oscurito”, y a quienes no les importa que la mayoría escuche (perdón: a quienes les importa –y mucho– que la mayoría no escuche); gente cuyo éxito se sustenta de la indiferencia pública.

¿Será posible cambiar esta imagen? La respuesta es que sí, si la sociedad se enseña a sí misma a escuchar (primera garantía para exigir a los políticos que también la escuchen).

¿Cómo podemos lograrlo? La primera respuesta me la da, también, mi sueño. Un arte vivo, como el teatro, destapa los oídos de la gente. Lo mismo hace la música en su forma escénica, de concierto. Cuando una multitud se reúne a escuchar, se convierte en actor político: reconoce su poder y la capacidad de ejercerlo. Esos eventos (¿debemos decir “acontecimientos”?) son política de multitudes, maneras de escucharnos, momentos públicos donde todos somos uno porque estamos de verdad presentes. 

Algo parecido ocurre con la educación, excelente escenario para enseñarnos unos a otros a escuchar. El docente (así como el político y el artista) puede mostrarles a las y los estudiantes el poder que tienen, u ocultárselos; puede hacer que se enteren, o no, de que son capaces de escuchar.

En mi sueño, la “polis” estaba formada por amigos de la prepa, y eso me lleva a la pregunta de si en la escuela (en la institución escolar en general) está ya presente el ejercicio de la política, en el sentido que describí antes, es decir, el de estudiantes que se organizan en grupos privados para escucharse y provocar en la comunidad algún efecto. A nivel escolar, esas formas de organización subterránea no tendrían por qué ostentar una estructura formal ni contar con un frente público, como los partidos políticos, pero sí podrían ser los experimentos juveniles que más tarde llevarán a éstos. Esos pequeños grupos no necesariamente estarían constituidos por los jóvenes más populares. Al contrario, probablemente, éstos, aunque se sientan dueños de la escuela, solo estarían perdiendo el tiempo sin escucharse de verdad, y sin darse cuenta de lo que se gestara en torno suyo. En realidad, los verdaderos líderes podrían ser esos estudiantes que se reúnen en parejas o tríos, alumnas y alumnos en apariencia marginados… que hablan bajito.

«Escuchar se enseña escuchando».

¿Son estos nuestros políticos de mañana, personas que han aprovechado su tiempo desde la infancia, creando alianzas mientras los otros lo perdemos en sordos parloteos?

Mi tono conspiranoico algo tendrá de cierto. Por lo pronto, creo que debemos estar al tanto de que la polis escolar bien puede ser el verdadero modelo de nuestra política social, tanto en su sentido público, promotor de la escucha común, como en el otro, el clandestino y oportunista. En el primero hallaríamos a quienes buscan el bien común, y en el segundo, a los que están dispuestos a cobrarnos caro el hacerse cargo de conducirnos.

Pero, ¡cuidado!, el que las cosas sean así (y peor aún, el que la tendencia común sea a tomar el segundo camino) no significa que estamos sentenciados a que la sociedad siga siendo sorda. Cuando la educación despliega su fuerza vital, destapa los oídos; y si, además, hace sinergia con el arte y otros poderes auténticos, es capaz de transformar a la población en el principal poder político. Solo así hablaríamos de una verdadera democracia.

Escuchar se enseña escuchando.

Hay que hacerlo.

Imponer la buena voluntad

Al parecer, mi texto terminaba aquí, pero me ha llamado la atención algo importante. No fue fácil reconocerlo; de hecho, me ha tomado varios días despabilarme y, finalmente, atreverme a escribir esta posdata, que en realidad resulta un segundo artículo. Lo siento porque creo que el final me había quedado bonito.

Verán: todo lo que he contado partía de un sueño, y no solo eso, partía de mi sueño, y, como tal, ocultaba mi verdadera intención. Es cierto que ésta estaba oculta debajo del velo de una “buena voluntad”, el cual –como todos sabemos– siempre es muy difícil alzar .

¿Quién puede juzgar la buena voluntad de otros? Nuestra buena voluntad es tan convincente que acaba por convencernos a nosotros mismos. Una buena parte de nuestro yo –de lo que somos– está basada en la convicción profunda de que nuestra buena voluntad es auténtica, y estoy seguro de que eso ocurre hasta cuando somos “malos” (o nos consideramos, o nos consideran, “malos”), lo cual incluye cuando somos malos políticos y políticos malos.

Nuestra buena voluntad es como un sueño. Es decir, una especie de refugio de la realidad. Pero uno, si es sincero, puede despertar. Tal vez, despertamos de los sueños en un intento de sinceridad con nosotros mismos (sí, en el fondo, creo en la inocencia humana, a la cual se puede volver después de muchos despertares).

En mi sueño aparece una multitud de estudiantes que, con gran entusiasmo, se reúne al ser convocada a formar un grupo de teatro. Surgen propuestas, y ellos las escuchan, y parece que están dispuestos a votar, pero después, como si nada, se adhieren al primero que les dice “es por aquí”. Entonces, el soñador (yo), tachando a todos de “pasivos” y “manipulables” (“borregos”, les decimos en México), busca la manera de reconducirlos. Pero lo que este soñador no se ha puesto a considerar es que, tal vez, lo que la gente en realidad desea es dejarse llevar hacia algo cuyo final no conoce o, incluso, algo que ella sabe que va a fracasar. Tal vez no quieren formar un grupo de teatro, tal vez no quieren sino seguir la corriente mientras platican entre sí de sus cosas; y eso es justamente lo que aquel “líder” maltrecho les ofrece. El soñador, en cambio (mi yo político, el que no acepta ese deseo), insiste en que se cumpla aquello por lo que supuestamente nos hemos reunido (se trata, como digo, de mi perspectiva de conductor, la cual sigo sosteniendo después, ya semidespierto).

No, ellos están ahí para otra cosa. Por eso, cuando yo hablo, me escuchan… pero pronto se ponen a hacer lo que en realidad desean. Yo les digo escuchen, y ellos escuchan, pero no a mi. Les digo “opinen”, “voten”, y ellos opinan y, quizás, hasta votan, pero no sobre lo que yo quiero. Y, al despertar, lo único que queda en mí es un gran resentimiento, oculto detrás de ese velo de “buena voluntad”.

Así somos todos, políticos: planteamos nuestros sueños como sueños colectivos, y luego reprendemos –y hasta condenamo–- a quienes no luchan por conseguirlos. Escribimos textos o hacemos buenos discursos donde damos por hecho que la gente aspira a una determinada forma de ser, y a que todos juntos la alcancemos. Pero tal vez, lo digo por última vez, la gente no quiere nada de eso, no quiere nada, o al menos no quiere nada de lo que los demás soñamos.

No quiere nuestra buena voluntad.

Y tiene derecho. Tiene derecho a hacer lo que quiera, aunque sus vidas nos parezcan, a nosotros, un fracaso.

Tal vez nosotros mismos, en el fondo, tampoco queremos esa buena voluntad.

Y cuando hablo de que tienen el derecho, no me refiero a un derecho civil, ni penal, ni siquiera político, ni ninguno de esos, sino, a lo sumo, a los derechos humanos, que se sostienen sobre la dignidad humana, según la cual nadie puede decir, y mucho menos decidir, lo que merecemos.

Algunos lectores no estarán de acuerdo con esta segunda versión de mi sueño. Preferirán la primera, la de que la política sí responde al sueño de todos, al menos cuando se le ejerce con interés auténtico por el bien común. Respeto su posición. Todos, en un rincón de nosotros mismos, creemos que si existen las buenas intenciones, y que son compatibles con el ejercicio del poder. Quizás, pues, debo plantear este segundo apartado como una nueva postura a ser debatida (se trata de una postura que siempre ha existido, aunque en política, nosotros la conocemos desde hace siglo y medio como anarquismo).

Termino reconociendo que escribir un texto como éste, en que, en una posdata, uno desdice todo lo dicho, es un riesgo. Quizás es una ofensa para algunos, que sienten que se les ha engañado o, por lo menos, quitado su tiempo. Y quizás tienen razón. Probablemente, detrás de esta segunda versión que he dado, hay otra, y otra, y otra, como capas de cebolla, al fondo de las cuales hay un soñador que nunca despertará. Pero quizás no, quizás esta segunda versión no sea la de alguien que duerme y sigue soñando más y más profundo, sino la de alguien que despierta y tiene la oportunidad de mirar al cielo y recorrer uno a uno los espacios que llevan a ese gran ser despierto que es la realidad.

De lo que estoy seguro es de que todas y todos queremos seguir andando, algunos bajo cierta conducción y otros por donde se nos dé la gana (creo que los más diestros combinarán ambas cosas).

¿Habrá algún tipo de diálogo que nos permita andar juntos?

La lógica del despertar

Uno empieza y, luego, ya no puede parar. Tras terminar de escribir lo anterior, leí con doloroso interés un tremendo artículo sobre el caso de la jovencita mexicana (14 años) que falleció a causa de una cirugía de aumento de pecho. La justicia ha caído sobre los adultos que autorizaron la operación. El hecho es terrible y lleno de anomalías, y debe revisarse con total rigor y aplicar con firmeza la ley. Pero a la vez, es necesario efectuar un cuidadoso análisis del caso a diferentes niveles, toda vez que alude a temas de profundo debate actual y hay que evitar que éste se contamine con el dolor del momento.

Eso es en lo que pone énfasis Sara España en el artículo en cuestión, donde expresa una perspectiva por completo diferente a la mayoría de las notas que he leído sobre el asunto. La traigo a colación aquí porque sus preguntas nos dan una sacudida de esas que uno no sabe si son parte de la pesadilla o un llamado a despertar. A mí me parecen sinceras y, por lo tanto (de acuerdo con lo que dije en el apartado anterior), me inclino a pensar que son lo segundo.

De hecho, la autora –tan afectada como cualquier otro por el terrible suceso–, pone un momento entre paréntesis el dolor por la jovencita, así como el drama familiar (el  de que el cirujano fuera pareja sentimental de la madre; que, al parecer, el padre no hubiera sido avisado de la intervención y más bien fuera engañado, etcétera) y se concentra en revisar los aspectos ideológicos que pueden influir sobre la opinión pública y  crear tendencia en el juicio y en la revisión de las leyes. En particular, pone énfasis en el estigma social que existe sobre las operaciones de cirugía estética,  en especial las de mujeres, estigma que se vuelve escándalo ante un caso de muerte y adquiere tintes diabólicos cuando la que fallece es una menor, y en una cirugía aprobada por su propia madre. La misma inquisición podría hacerse cargo del caso (ese, exactamente, parece ser el tono general de la opinión pública en este momento, ante el cual los aspectos legales parecen secundarios).

Despabilado por el artículo de Sara España, me veo en posibilidad de añadir algo que deja claro cómo nuestro apego a ciertos estigmas nos impide la reflexión, y además nos distrae de advertir otros problemas igual de importantes.

Detengámonos sólo en la idea de una madre que autoriza una cirugía estética a su hija menor de edad. Supongamos que la misma se lleva a cabo con total transparencia familiar y sin ningún tipo de anomalía médica, y, sin embargo, la chica muere. De inmediato, la sociedad (nacional e internacional) se prepara para el linchamiento. ¡¿Cómo se permite a la madre poner a su hija en tal riesgo por algo tan innecesario –incluso banal– como una operación de aumento de pecho?! Como si fuera un imán, todas nuestras miradas voltean, enardecidas, hacia allá… lo cual, como siempre, nos permite despreocuparnos de otras cosas igual de graves, que nos es imposible denunciar simplemente porque en ellas actúan personajes mucho más poderosos que nuestras mujeres.

Pongamos un ejemplo dentro del mismo ámbito médico, y sobre intervenciones innecesarias. ¿Sabemos, por ejemplo –o por lo menos nos hemos preguntado–, cuántos jóvenes mueren o quedan discapacitados por  atención médica recibida en instituciones privadas, que hacen de la salud un negocio, con frecuencia bastante turbio? Yo ni siquiera recuerdo un escándalo público al respecto.

¿Alguien ha hecho una investigación seria sobre el asunto, y la ha publicado? ¿O se considera que el rumor, ya bien conocido, sobre un sistema de salud que falsea diagnósticos y prescribe cirugías innecesarias, es sólo eso, un rumor, y no merece mayor atención?

¿Es esto menos importante que el que una madre permita que su hija se someta a una cirugía de aumento de pecho? ¿Al perseguir de forma inquisitorial un caso así, no estamos también sintiendo que saldamos nuestra cuota de protección a los jóvenes y desahogando la furia que nos despiertan situaciones como esas otras, que, por desgracia, nadie atiende? ¿Acaso no es todo esto otra cosa que la práctica del chivo expiatorio, con la que la sociedad expía sus propias culpas y personas poderosas distraen la atención social? ¿No estamos, con ello, sintiendo que nos despabilamos para reaccionar de forma justa, cuando en realidad estamos cayendo en un sopor más profundo?

Son preguntas, sin duda, cruentas pero consecuentes con el angustioso panorama que estamos viviendo. Son preguntas, parecidas a las que la autora del artículo nos hace, y ante las cuales ella misma solo parece aseverar que hay que estar bien despiertos para contestarlas. Se trata, en última instancia, de apelar al ejercicio de una lógica que nos aclare perspectivas y nos permita ver la luz (una lógica hacia la cual, como docentes, también podemos orientar a nuestros estudiantes: no otra cosa significa enseñarles a pensar).

No hay respuestas definitivas, pero sí preguntas. Las primeras (quizás) nos hunden más en más sueños. Las segundas (quizás) nos  permiten despertar.


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