Opinión | Felicidad

La «happycracia» es la culpable de que recibamos a diario cientos, miles, millones de mensajes que nos desean, y hasta nos imponen, ser felices.

Opinión | Felicidad
Una lectura de 7 minutos

Felicítenme, queridos lectores, porque después de días y días de trabajo, de escribir y desechar página tras página, de leer cuantiosos ensayos y capítulos de libros,  ¡por fin he podido concretar algo en torno al tema de la felicidad!

Verán: la inquietud surgió cuando noté que mi plataforma de noticias me estaba mandando casi puros artículos sobre por qué, dónde, cuándo, cómo y con quién ser felices en esta vida. Yo, por supuesto, me puse a pensar si soy tan sentimental como para generar esa reacción en mi algoritmo, y preferí creer que, en realidad, el tema es un asunto candente en el mundo de nuestros días, y que todos (incluyéndolos a ustedes, queridos lectores) hemos estado recibiendo el mismo bombardeo de textos acerca de la felicidad. Finalmente me he topado con el término happycracia, según el cuál existiría una especie de subcultura actual en la que todos nos sentiríamos un tanto obligados a ser felices.

La happycracia sería la culpable de que recibamos a diario cientos, miles, millones de mensajes con textos, imágenes y música, que nos desean y hasta nos imponen —eso, al menos, sentimos— ser felices. También sería culpable de que difícilmente encontremos a alguien que escuche nuestras penas sin rápidamente cambiarnos de tema o decirnos que tratemos de sobreponernos o de plano que no nos estemos quejando.

Siempre atenta a las “tendencias” sociales, hasta la academia se ha permitido considerar el candente asunto, y hoy, incluso en las más prestigiosas instituciones de educación superior del mundo, la felicidad es objeto de investigaciones científicas y discusiones filosóficas, que también generan innumerables artículos y documentos.

Yo, en mis reflexiones, he pasado, como digo, por múltiples y contradictorios puntos de vista (tanto míos  como de otros), todos basados en esa idea de una felicidad obligatoria, hasta que, finalmente, me he dado cuenta de que en realidad las cosas no son como ella sugiere. Nuestra obsesión por la felicidad no surge de sentirnos obligados a ésta. De hecho, al reflexionar desde esa óptica, al menos a mí el término felicidad se me disuelve una y otra vez en las manos, y cuando creo tenerlo ya sujeto, se agita y se escapa, y no encuentro manera de retenerlo.

«La happycracia es la culpable de que recibamos a diario cientos, miles, millones de mensajes que nos desean, y hasta nos imponen, ser felices».

Con tanta agitación, como digo, he llegado de forma inesperada a una conclusión por completo nueva, que me ha parecido cierta (¡por fin!, aunque, por las dudas, antes de que resulte un derivado más de la happycracia, y salte y se escape de nuevo, me he apresurado a escribirla aquí, fresca, sin mayor desarrollo).

Se trata de lo siguiente: no es que ahora, de pronto, estemos obligados a ser felices, sino algo peor: hemos dejado de serlo; hemos perdido una felicidad que nos era esencial, y todos –como huérfanos– estamos buscando, de forma inconsolable, su vuelta.

Empecemos por recordar que, en su acepción original, etimológica, la felicidad es fecundidad, es ser fértil en un sentido –dice mi diccionario– “especialmente aplicado a la tierra”. Si asociamos esto último con el hecho de que la palabra humano es, también en sentido etimológico, lo hecho de tierra, lo terrenal mismo, podemos concluir que la felicidad proviene de algo tan básico como reproducirse.  Pero las asociaciones no se quedan ahí: la palabra comparte raíz (fili) con los términos hija e hijo (de ahí filial), como si hiciera eco a esa sensación, me atrevo a decir universal (y de origen vegetal, se me ocurre), de que ser feliz es dar brote (no cabe duda de que nos gusta  parecernos a los árboles: nos enraizamos a la tierra, buscamos la luz, tenemos tronco, extendemos nuestras ramas al cielo, damos fruto; el poeta mexicano Carlos Pellicer lo dice en evidente clave de felicidad “Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila”).

En términos biológicos, la felicidad es el instinto de supervivencia en su fase reproductiva (esto, por supuesto, tiene que ver con el hecho de que el clímax de la relación sexual sea arquetipo de felicidad, pero ahora no nos vamos a meter en eso).

La gran y terrible pregunta que surge con todo esto es: ¿qué haremos ahora, cuando el mundo está ya superpoblado; cuando las nuevas generaciones, por escasez de recursos (de todo tipo, incluyendo los materiales) han dejado de reproducirse, y las mujeres se han cansado de ser, una y otra vez, reducidas a la reproducción y la crianza?

Ciertamente, desde hace unas décadas, la capacidad procreadora humana está siendo puesta en entredicho y ese tipo de felicidad tan directa también sufre merma. Suplirla no será nada fácil. Crear la felicidad que antes la naturaleza nos daba gratis, es extremadamente complicado, y eso lo demuestran todos esos artículos, libros y testimonios que hablan de la felicidad como algo que hay que esforzarse en conseguir, pero que, a la vez, da la impresión de ser inapresable, por completo invisible, casi –¡ay!– inexistente.

«Hemos perdido una felicidad que nos era esencial, y todos –como huérfanos– estamos buscando, de forma inconsolable, su vuelta».

Pero la verdad es que nos lo hemos ganado. Como todos los seres vivos que se convierten en plaga, para nosotros ha llegado, tal vez (estuve a punto de decir ojalá), el momento de enfrentar tremendos  límites y frenar nuestro avance. Este alto brusco conlleva cuestionamientos y reflexiones sobre todos los aspectos humanos asociados con la reproducción, lo cual es lo mismo que decir en todos los aspectos humanos sin excepción: somos seres que se reproducen (lo digo con la confianza de que aún aquellos de entre nosotros que han elegido evitar la paternidad, se reconocen como hijos). Junto con el boom del respeto (o rechazo, por desgracia) a todas las identidades de género, parece, pues, apoderarse de la sociedad este otro nuevo boom de la happycracia, que no es de ninguna manera más simple que aquél. Si reconocernos como binarios, no binarios, fluidos, trans y toda esta gama de opciones, tiene tintes de acertijo, ser felices se ha convertido, quizás, en un aún más extraño enigma, tan complicado que hasta las academias (Harvard, en Estados Unidos, y el Tec, en México, como ejemplos) han tenido que entrar a resolverlo.

Una aclaración: no se me escapa que las posibilidades de ser feliz y fértil tienen que ver también con la creatividad: lo fecundo humano se realiza también no solo en la creación artística sino prácticamente en toda actividad en que somos capaces de salir de nosotros mismos y crear algo, es decir, de dar a luz. Sin embargo, hasta esta forma de ser feliz parece desfallecer con los embates de la actualidad. Es como si, al desdibujarse el significado original de lo fecundo, sus metáforas también hubieran perdido fuerza, y ya ni siquiera pudiéramos entender bien a qué nos referimos  con eso de que la felicidad se desprende de la creación.

Creo que parte de este problema radica en que la misma tendencia que explotó a las mujeres, reprimió los géneros, empobreció lo humano y nos trajo a esta sociedad superpoblada, esa misma tendencia, digo, nos obligó, poco a poco, a otra cosa igualmente espantosa: a confundir lo creativo con lo productivo. Ya narré en otra ocasión el escalofrío que sentí hace muchos años, un 31 de diciembre, cuando recibí el mail de un amigo del trabajo deseándome un Feliz y productivo Año Nuevo. La frase misma delata su insoportable contradicción: producir no da felicidad. Y eso no porque no sea bueno, sino porque la fertilidad, el dar a luz, supone la llegada de algo radicalmente nuevo e inesperado, algo que puede asombrarnos y provocar transformaciones insospechadas, mientras que la productividad es justo lo contrario: en ella se tiene perfectamente calculado lo que se espera, lo que va a obtenerse: producir tiene por base la repetición, la copia exacta, lo totalmente previsto, y de ninguna manera la novedad (si un producto presenta algo nuevo que no fue previsto, es porque algo falló).

La producción, en sí, no implica ningún tipo de fertilidad y, por lo tanto, no hace feliz a nadie; sin embargo, nuestra sociedad se ha empeñado en emparentar los dos términos (no es raro que se hayan introducido los conceptos empresa filial y empresa matriz –de madre– para referirse a una empresa –productiva– que deriva de otra).

Un producto es una creación estéril: por sí mismo, no da fruto, y para reproducirlo hay que fabricar, desde fuera, otro igual; se le sustituye con facilidad y carece de esencia. Los productos son creaciones en las que no salimos de nosotros mismos ni para ofrecerlas ni para recibirlas. Por eso, para el hombre y la mujer del mundo productivo (sociedad del cansancio le llama Byung-Chul Han), la idea de felicidad acaba siendo tan estéril como cualquier producto: ser feliz se ha reducido a estar tranquilo, en calma, ajeno por un rato a toda responsabilidad y obligación. “Mi idea de felicidad es un café en silencio y sin prisa al levantarme»,  confiesa la escritora María Dueñas en el último artículo que me regaló mi algoritmo.

Tal vez los nuestros no son tiempos de felicidad. O tal vez lo sean, pero solo si admitimos que, si queremos ser felices, tenemos que (¡y aquí va un término nuevo en todo esto!) volver a aprender a parir. Parir, sí, ya quedamos que no de forma biológica pero sí con creaciones que atraviesen por los intensos y hasta dolorosos procesos del embarazo y el nacimiento, y sobre todo por los de la crianza y el amor para toda la vida (crear exige –como decía mi abuelita– “muchos sacrificios”).

Parir es lo que nunca podrá la productividad y si la creación: recuperar el anhelo de dar vida y resignificarlo como nacimiento de un mundo de igual forma fecundo, nuevo, inesperado, al que nos comprometamos a sostener de aquí para siempre.  Un mundo frágil al nacer, pero lleno también del poder de lo asombroso y misterioso. Lo parido siempre es fuente de felicidad y de esperanza.

Se trata, pues, de dar a luz. Cada una y uno de nosotros sabe lo que esto significa para sí. Yo en lo particular lo asocio con mis hijos, con mi amor de pareja, con mi labor como docente, y con un compromiso de tipo político con los animales y con las personas no típicas. Soy feliz al educar a mis hijos, al gestar cada día un amor nuevo hacia mi compañera (¡si seré sentimental: que no me oiga mi algoritmo!), al convivir con mis estudiantes en eso que llamamos “la clase”, y cuando apelo y lucho conmigo mismo por una alimentación sin sufrimiento animal (y una experimentación científica igual), y cuando escribo para convencer a otros de que las divergencias humanas son oportunidades.

Y ahora termino este texto con una hermosa sorpresa, algo que confirma lo que ya he dicho, que el valor de lo nuevo incluye magia y misterio. Verán, justo ahora, cuando estoy por contar a ustedes lo feliz que soy al hacer todo lo que está en mis manos para que, un día, en México tengamos un senador con síndrome de Down, se acerca a mí mi esposa y –sin saber esto– me interrumpe con la feliz noticia de que en nuestro país acaba de graduarse la primera abogada con síndrome de Down del mundo, quien dice que su meta es ser diputada. Lo fértil es mágico, la creatividad se extiende de maneras felices e inesperadas. No me queda la menor duda.


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