Opinión | Hartos de ser iguales

La época que nos tocó vivir es cruel. Como sociedad, igual que muchas veces en el pasado, estamos repitiendo la tragedia de forjar aspiraciones que rebasan nuestras posibilidades.

Opinión | Hartos de ser iguales
Foto de cottonbro studio.
Una lectura de 7 minutos

En memoria de Gaby Brimmer.

En meses recientes, he estado viendo muchos videos (ya no sé si son tiktoks, shorts, reels o qué) en los que aparecen personas con síndrome de Down o con otras variaciones genéticas, con dismorfias, con alteraciones físicas por enfermedad o por accidente (al nacer o más adelante)… En fin, gente del tipo que llamamos “diferente”, que da su testimonio sobre lo que ha sido su vida, sus dificultades, la actitud del entorno, y, en general, mostrando grandes aptitudes para desempeñarse y convivir: ofrecen consejos a quienes están en situaciones semejantes, denuncias ante quienes no lo están y, sobre todo, expresan un anhelo entusiasmado y decidido por comunicarse.

Muchas líneas de pensamiento se me desatan sobre el tema. Una es acerca de la “diferencia”: me pregunto qué tan diferente de mí es toda esta gente, en comparación, por ejemplo, con mi vecina —persona por completo “normal”— que ha amenazado con matar a mis gatos si se siguen acercando a su lugar de estacionamiento. Me pregunto también acerca de la “monstruosidad” de la chica que vi ayer en uno de esos videos, cuyo rostro fue transformado por una quemadura en la infancia, en comparación, de nuevo, con la “monstruosidad” de los niños que, según cuenta, la maltrataban de pequeña (sería mejor decir “la herían y aterrorizaban”) y la de los maestros que no hacían nada al respecto e incluso la responsabilizaban del daño que los otros niños le hacían.

Pienso mil cosas y trataré de ir poniendo cierto orden en mis ideas.

Para empezar, le agradezco a mi algoritmo y a todas esas aplicaciones, el que hayan detectado mi interés por personas que en general no son vistas ni escuchadas, al menos no por la población de mi entorno. En mi alrededor cotidiano, debo decir, las personas con síndrome de Down y con parálisis cerebral son, sin duda, las más presentes. De hecho, mi interés por escucharlas y verlas (volver el oído y la mirada hacia lo que siempre ha estado callado y oculto) comienza cuando, hace ya unos diez años, me topé con los videos del español Pablo Pineda, primer licenciado con síndrome de Down (creo) del mundo. No vayamos más a fondo sobre el punto: hay que ver y oír a Pablo para entender el nuevo orden humano. Yo, ahora, contemplo con alegría cómo han proliferado los testimonios y ejemplos de muchas otras chicas y chicos con el mismo síndrome, que dan conferencias, obtienen títulos académicos, aspiran a puestos políticos, son expertos gimnastas y modelos de ropa, etcétera, y etcétera.

Sé también (¡que mi algoritmo no me engañe!) que, por más que todos esos mensajes inunden mi pantalla, representan algo que, en la sociedad, está apenas comenzando.

Acerca de las personas con parálisis cerebral, quiero contar algo personal, para mí importante. Conocí a Gaby Brimmer hace muchos años. Hay un libro sobre ella, escrito por Elena Poniatowska, y también una película, dirigida por el cineasta mexicano Luis Mandoki. Luis coordinaba (estamos hablando de inicios de los ochentas) un grupo de teatro, en el que Gaby participaba, y al que yo ingresé. Gaby era poeta y escritora. Lo lograba tecleando sobre su máquina de escribir eléctrica, con el dedo gordo de su pie (¿derecho?), única parte del cuerpo que podía mover con precisión. El resto de su expresión corporal era —quiero decirlo así— suya propia; original, digamos. Hablaba de una forma que su nana Florencia descifraba con agilidad, y que, a nosotros, sus amigos y conocidos, nos confrontaba con nuestra propia torpeza. Movía sus brazos y estiraba su cuerpo entero de formas que cualquiera llamaría “espasmódica”, pero que no era sino su manera de ser. En el recuerdo, ahora que Gaby ya ha fallecido (¡y que yo daría tanto por volver a verla!), aquellos movimientos me parecen tan articulados y expresivos como los de cualquier persona honesta y elocuente.

Gaby había adoptado una hija, Alma, a la que ella y Florencia educaban, mucho bajo los preceptos —siempre progresistas— de mi amiga (porque me jacto de haber sido su amigo: más allá de las sesiones de teatro, la visitaba en su casa, me dedicó un hermoso poema y en divertidas y profundas platicas —pues también armaba palabras sobre un abecedario, con su dedo gordo— me hizo participe de confesiones íntimas, que le agradezco con el corazón).

Así pues, crió una hija, cursó estudios universitarios, hacía teatro, participó en la elaboración del guion de su propia película, y de nuevo, varios etcéteras. Y con todo esto, uno de sus logros más importantes fue ser pionera en la lucha por hacer visibles las aptitudes de las personas con alguna discapacidad (que, como he dicho, no sé qué tanto más discapacitadas están que aquellas que son capaces de dañar a alguien sólo por su forma de hablar o moverse, o por su aspecto).

No quiero minimizar la brecha que hemos abierto —o que aún no hemos sabido cerrar— entre los que siempre hemos tenido derecho a mostrarnos en público y los que, por generaciones, fueron, y han sido, privados de ello (creo, sí, que esa es, y ha sido siempre, la principal diferencia entre unos y otros; la más profunda e incapacitante para todos; claro, sin contar a aquellas “civilizaciones” que se ahorraban el ocultamiento, eliminando gente).

Pero mucho menos quiero insistir en señalar como “objetivas” algunas diferencias que, como muchos sabemos, existen por un buen grado de subjetividad y prejuicio, cuando no, de plano, de superstición. Algunos, que argumentan a favor de esa objetividad, recuerdan que las hembras felinas eliminan a crías que “vienen mal” (las descabezan o se las comen). Sin embargo, quienes hemos podido presenciar algo así en mascotas domésticas, sabemos muy bien que dichas crías, a simple vista, lucían tan sanas como las otras; podemos pensar que la madre detectó diferencias “ocultas” (para nosotros), o actuó como respuesta instintiva a alguna condición del entorno, o de plano se equivocó. Así que, si el argumento es válido, podemos concluir que, si la selección de humanos siguiera patrones como estos, quién sabe cuántos de nosotros habríamos sido engullidos o descabezados por nuestras madres, al nacer, y no necesariamente por nuestras características físicas sino, incluso, por condiciones que la humanidad ha llegado a aprovechar con creces. Por decirlo así: si no existieran fuerzas (internas o externas, sabe Dios) que impidieran que los docentes se comieran a los “malos” estudiantes, el profesor de matemáticas de Einstein —dadas las pésimas aptitudes  que este mostraba en su materia— se lo habría devorado.

Somos salvajes. Yo, si me pongo en plan humano (aunque, en lo visceral, me sea difícil hacerlo), reivindico —como a toda persona— a mi vecina, y ello a pesar de que quiera matar a mis gatos, porque, según dice, maltratan los cables de su auto; pero, al mismo tiempo, exijo (uniéndome a muchos que ya lo hacen) que dejemos de ocasionar daño a otros sólo porque tenemos diferencias. Si una chica sufrió una quemadura gravísima de niña, hay que hacerla sentir bien; si alguien necesita paciencia para darse a entender, hay que dársela, con gusto; si alguien avanza con lentitud, detengámonos a revisar de dónde viene nuestra prisa.

También cambiemos nuestros estrechos patrones estéticos: familiaricemos nuestra mirada con el aspecto de todo tipo de personas. No cualquiera tiene la suerte de lucir tanta belleza como nosotros, los privilegiados de la fisonomía estándar (quiero decir,  los de dos orejas y dos ojos simétricos sobre una nariz y una boca axiales, además de un tronco y cuatro extremidades, todo ello dentro de las proporciones  de lo que llamamos “normalidad”); fisonomía estándar que lucimos orgullosos por encima de quienes no gozan de esa radiante simetría; ellos, los que tienen tumores, huecos donde debería haber ojos o nariz; que tienen solo una oreja o ninguna; que les han puesto piel del cráneo donde faltaron párpados, y les han transferido músculo, hueso y tejido graso de un lugar a otro del cuerpo (sólo por mencionar unos cuantos ejemplos) para hacerles más grata la vida y menos difícil la convivencia con nosotros, los simétricos, seres —por el contrario— incapaces de corregir nuestra maleducada red neuronal para hacerla menos espantadiza, menos prejuiciada y supersticiosa, menos egoísta y arrogante.

Mi protesta va todavía más lejos: pienso, ahora, en la obligación social que se nos impone a todos (como medidas “necesarias” de un dictador), de ocultar aquellos aspectos nuestros que no se estandarizan, de guardar silencio sobre nuestras “monstruosidades” y sacrificar nuestra personalidad en aras de la crueldad colectiva.

Para todo dictador existe un secretario. Entiéndase así: para un jefe que dicta, siempre hay una persona capaz de guardar secretos. Estoy hablando de una dictadura mucho más extendida que la de un solo individuo; es decir, de una dictadura de todos sobre todos, en verdad ubicua, inconsciente, tan interiorizada que se vuelve autoinfligida: de uno hacia uno mismo. Hay que aprendérselo: “A todo dictador, un secretario”, a todo represor, alguien dispuesto a reprimirse.

No entiendo por qué no podemos ser originales, si es que, además, siendo parecidos, no dejamos de ser infelices. Se argumentará que la convivencia no permite excepciones frecuentes, diferencias demasiado disruptivas, y que todos debemos poner de nuestra parte… pero, la verdad, en este momento no estoy de humor para admitir esas limitantes: hemos normalizado tantos crímenes  que nos ponen en riesgo, nos hemos apocado (nos hemos hecho poca cosa) ante monstruosidades que, esas sí, atentan contra lo humano, que no hay forma de defender, ahora, nuestro derecho a escandalizarnos por las rarezas físicas, emocionales o mentales, de nuestros más cercanos.

Como puede verse, estoy a favor de las diferencias y en contra de un mundo dividido en diferentes y “no diferentes”; en contra de caracterizar las “discapacidades” sobre todo por lo visible, cuando es en lo invisible en donde se ocultan las más marcadas, entre ellas, las que más daño hacen, a uno mismo y a los demás (daño, por lo general, directamente proporcional al grado en que las escondemos, al esfuerzo que hacemos por mantenerlas encerradas).

La época que nos tocó vivir es cruel. Como sociedad, igual que muchas veces en el pasado, estamos repitiendo la tragedia de forjar aspiraciones que rebasan nuestras posibilidades. Es la historia humana. Sin embargo, en el oscuro panorama, se asoma algo nuevo, o por lo menos, algo no visto en mucho tiempo: hoy, todos tenemos derecho a salir a la calle: simétricos y asimétricos, típicos y divergentes. Todos podemos ir a la plaza, al mercado, al café; subirnos al transporte público, al avión; asistir a la escuela, obtener un empleo, ser artistas de cine, influencers… Todos podemos, abiertamente, defender nuestras diferencias y las de nuestros… nuestros… Perdón, ¿cómo se llama a quienes, por distintos, son nuestros semejantes?

Sé que sueno idealista… pero estoy hablando de un inicio. Falta mucho por hacer, por comprender, por comunicarnos. La valentía —para quienes hemos permanecido callados— es una especie de resurrección. Y no sólo en lo personal se puede hacer algo: también en lo social. Cuando nos reímos de quien quiere cambiar el mundo, es porque tenemos miedo de que el mundo cambie en nuestras propias manos. ¿Qué haríamos con él? ¿Dejarlo caer?

Yo sigo hablando.



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