¡Cuánto dolor en ti! Un caballo con las
patas enredadas. Eso eras, madre.
El documental Brujas, de la directora inglesa Elizabeth Sankey, es el pasatiempo ideal para este mes de mayo, en que la mayoría de los países del mundo celebran el Día de la Madre (en México, lo hacemos el día 10). El film, como digo, es idóneo para complementar el clima de amor con que todos deseamos regalar –aunque sea una vez al año– a las mujeres que nos dieron la vida (claro, con el apoyo desinteresado de mols, tiendas departamentales, florerías, restaurantes…). Brujas es un interesante y dinámico documental sobre los efectos que tiene la maternidad en las mujeres que dan a luz, y sobre cómo, los siempre esperados sentimientos de plenitud, alegría, sumisión y ternura, son a veces sustituidos por otros, igualmente maternales pero por lo general olvidados, de desapego, tristeza, miedo, culpa, desesperación, rabia, odio, destructividad y derrota, que invaden a muchas mujeres durante el embarazo y el posparto, y que a veces alcanzan estados de depresión severa y pueden llegar al delirio y hasta la psicosis. Pensando en mujeres así, y en sus hijos, y en darles apoyo para que algún día su Día de las Madres sea como el que siempre han soñado y no un verdadero suplicio, expertos en estos temas han fijado el primer miércoles de ese mismo mes como Día Mundial de la Salud Mental Materna, que, por cierto, este año cayó en el pasado miércoles 7 de mayo.
Pido me disculpen por el tono de ironía con que empiezo este texto, pero es el que he sentido más conveniente para sacudir un poco nuestras conciencias ante un tema tan delicado pero al que es muy fácil voltear la cara. No es la película la que me inspiró ese tono, pero su contenido casi lo obliga si queremos traerla a cuento en este mes, en que lo último que hacemos como sociedad es pensar públicamente en las mujeres que, tras parir, sufren esa enorme lista de duros sentimientos.
Maternidad y salud mental
Ya sabemos cómo deben, en realidad, ser las madres. La descripción que aparece en Brujas (en el único pasaje también sarcástico del documental) es notable y vale la pena oírla completa (además, viene acompañada de escenas de películas clásicas que ilustran cada uno de estos bellos atributos): «Una madre es desinteresada, toda su identidad está consumida por el amor a su hijo. Es inmaculada, es joven, inocente, casi virginal en su pureza. Su cabello fluye detrás de ella mientras camina por un campo de flores silvestres. Al amamantar a su bebé, ella siempre huele a pan recién horneado. Usa vestidos largos de algodón y anda sin maquillaje. Brilla con amor desde dentro. Nunca cuestiona su vida, se siente eternamente bendecida y completa. Es delgada, atractiva y elegante; nunca está estresada, nunca está enojada, rebosa de compasión, alegría y un sinfín de recursos emocionales. Es madre y nada más, y eso es más que suficiente para ella. Ella es feliz».
Espero no «espoilear» la película. Lo cierto es que se trata, como digo, de un documental, y por lo tanto tiene demasiadas cosas, demasiada información que no puede cubrirse en un texto como éste. Sólo me permitiré mencionar aquí algunos puntos y reflexionar sobre ellos.
Casi para empezar, Elizabeth Sankey nos cuenta que desde niña se sintió atraída y acosada por la sombra de la locura; consiguió manejar esta cruel contradicción, e incluso ponerla en su provecho, a través de su profesión (es escritora, cantante, y directora y guionista de algunos documentales previos). Por desgracia, esa condición, hasta entonces llevadera e incluso fructífera, hizo crisis con el nacimiento de su hijo. Sankey la describe con gran elocuencia y acaba resumiéndola en una frase: «Empecé a vivir en una película de terror».
Iba yo a decir que «muchos sabemos lo que es eso», pero estaba olvidando un componente esencial: el bebé. No muchos… de hecho, ninguno (si lo planteamos así, en masculino) sabemos lo que es sufrir un embarazo, un parto y amamantar a un bebé mientras se carga con la obligación de cumplir como mujer de una sociedad patriarcal, es decir, tal como lo señala la directora de Brujas al iniciar su lista: de forma totalmente desinteresada, consumiendo la propia identidad completa en esos actos. A una honda depresión –como la que muchos podemos vivir– se añaden dimensiones mucho más profundas cuando ocurre con o por la presencia de un embrión o un bebé (ciertamente, sabemos que la depresión posterior a tener un hijo también asalta a los varones, provocando, en algunos, sentimientos de tristeza, miedo, desapego y enojo, los cuales –sigo inventando– nosotros conseguimos sobrellevar –gracias al omnipresente respaldo patriarcal– con reacciones no tan satanizadas socialmente, como por ejemplo, imponiendo prácticas de cuidado neonatal a la madre, humillándola, agrediéndola verbal y físicamente o de plano abandonándolos, a ella y al bebé).
Las cifras de depresión en embarazo y postparto son espeluznantes. La película reporta las del Reino Unido, pero no cabe duda de que algo parecido pasa en todo el mundo. Se mencionan dos: que el 80 % de las mujeres embarazadas o en postparto sufren depresión (no necesariamente grave, claro) y que (lo siguiente sí es muy grave) la principal causa de muerte en mujeres en embarazo y postparto, es el suicidio.
Digámoslo así: la presencia de un embrión o un bebé puede hacer que el infierno de la depresión cambie de signo y que la persona pase de ser alma condenada a convertirse en el mismísimo diablo. Según nos narra la propia Elizabeth Sankey, en su caso, antes de pensar en suicidarse, pasó por la idea límite de quitarle la vida al niño.
Podríamos voltear la cara ante hechos así; sólo que hoy no vamos a hacerlo. Para ella, en su desesperación, quitarle la vida al niño resultaba casi obvio: si todo este infierno no estaba ahí antes y había comenzado con el nacimiento del bebé, ¿la solución no era evidente? Pasadas unas horas, el arrepentimiento acabaría cavando el infierno casi hasta sus límites, y Elizabeth empezó a pensar en formas de suicidio.
Aquí es donde todos tenemos la oportunidad de confesarnos, con honestidad, qué tanto estamos del lado de los inquisidores y qué tanto del lado de los que se atreven a reconocerse siquiera un poco en ese profundo infierno. Hecho este examen de conciencia, la misma Elizabeth acude en nuestra ayuda y nos recuerda la clave para decidirnos. Remontándose a su infancia, evoca la película El Mago de Oz y el desgarrador contraste entre sus dos brujas, la buena –con la que toda niña podía identificarse–, y la mala, de tez verde (¿enferma?), de la que cualquiera querría huir. Confrontando esta dualidad “bruja buena” versus “bruja mala” –tan enaltecida socialmente– con la experiencia de su propia maternidad, la directora nos arroja a la cara una verdad que no podemos eludir, y que pone en cuestión todos nuestros indicadores de moral: “A veces, ser buena o mala no es una elección que una mujer puede tomar por sí misma”.
La indefinición de si se está siendo una “mala” madre por libre elección –es decir, la llamada culpa– puede resultar insoportable. Podríamos entonces pensar que la solución estriba en que, antes de ser madre, la mujer pueda decidir si quiere o no serlo. Pero la realidad está llena de paradojas –o de intereses ocultos– y, como todos sabemos, también en esto a las mujeres se les ha privado de libertad. Simplemente hay que ser madre y encontrar en ello el sentido de la vida, dejando de lado inclinaciones inconfesables, tales como no sentir el menor entusiasmo por parir, guardar intereses ajenos a la maternidad (como viajar, estudiar o dedicarse al arte) o no sentir el menor atractivo por los hombres.
Hablar de inquisidores y de brujas es remitirse al contexto correcto, a saber, uno de los momento históricos en el que la falta de inclinación a la maternidad fue motivo de la más violenta discriminación, y en algunos casos (como los de depresión severa y psicosis) de tortura y castigo. ¡Por brujas! Sí, brujas, tanto como sus cómplices, esas otras mujeres que interrumpían embarazos cuando éstos pronosticaban una maternidad infeliz o que conocían remedios y rituales terapéuticos contra la angustia y la depresión postparto.
Es en especial doloroso pensar que la tortura y el castigo no solo venían de fuera, sino que la mayoría de las mujeres “hechizadas” habían interiorizado el mandato social desde niñas (desde el vientre, podríamos decir) y sufrían con profundo dolor, vergüenza y hasta terror, el saberse carentes del sentimiento maternal. ¿Qué de extraño tiene que una mujer criada en una sociedad así, y con deseos inconfesables –es decir, claramente ajenos a la maternidad–, se sienta amenazada de posesión diabólica o de plano poseída ya? Hay que recordar que esto no es sólo cosa del pasado: volviendo al documental, algunas de las mujeres entrevistadas afirman haber sentido tanto rechazo hacia su bebé después del parto, y tan desgarradora culpabilidad, que, si la sociedad les hubiera dado como medida de liberación el ser llevadas a la horca, habrían aceptado la resolución sin dudarlo.
Creo que la clave de toda esta tragedia está en el término inconfesable. La historia de la maternidad parece estar atravesada por mucho ruido alegre y un aterrador silencio. Parte del mandato es que las mujeres no puedan hablar, ni siquiera consigo mismas. Por eso, todas sus reacciones depresivas y hasta delirantes, les caen de sorpresa: nadie les ha hablado de ellas. Se sienten desesperadas y culpables, pero nadie les ha dicho que esta desesperación y esta culpa son sólo la punta de un hilo que se remonta a una historia siempre silenciada (en lo personal y en lo social) y sobre la que apenas empieza a escucharse con la atención debida.
El rol de la educación en las maternidades
Es por esto por lo que creo que Brujas es una obra de educación social de gran importancia. Aunque se plantea como documental, pertenece, a mi entender, a otro genero, el de la confesión. Su calado es más hondo que el de un simple documento, y sin duda mucho más conveniente para un mundo que cada vez recurre más al ocultamiento (en este sentido, pienso que nos es más fácil creer que nos estamos deshumanizando: no, no nos estamos deshumanizado, nos estamos escondiendo).
Brujas es el testimonio de mujeres que deciden salir a la luz. Aunque parezca juego de palabras o cliché fácil, creo que hay algo de cierto en que antes de dar a luz, las mujeres se deben dar a luz a sí mismas (el problema con sonar a fórmula fácil es que parecería que conseguirlo es solo cosa de pensarlo y desearlo, cuando en realidad se trata de una ardua tarea). Mujeres así abren espacios nunca abiertos antes para ellas ni las demás, y al hacerlo también abren espacios para todos: después de estas pioneras, en la sociedad hay más oídos atentos a nuestras propias historias.
Estoy convencido de que es tiempo de testimonios en todos los niveles de la comunicación humana. El género confesional puede meter un ojo en regiones vedadas y empezar a mostrárnoslas, devolviéndonos la confianza en lo que somos y en la comunidad de la que formamos parte. Gracias a este tipo de testimonios, incluso en el ámbito académico empieza a valorarse no sólo el exponer conocimiento ajeno sino exponer el que tenemos de nosotros mismos; mostrarnos a las miradas de nuestros estudiantes, a sus sentimientos y razones; confiar en que –en temas como éste– exponer lo íntimo puede contrarrestar el anonimato al que tendemos todos a reducirnos.
Pero, insisto, no es fácil. No se trata, como decía una querida amiga, de arrojarse sin más ni más al striptease de las propias emociones, de las propias ideas; no se trata de dar un testimonio personal sólo como desahogo o catarsis, y mucho menos como acto temerario. La confesión debe prepararse, crecer adentro, en un claro proceso de gestación. Por lo regular, antes de ser fructífera, la experiencia personal toma un tiempo de autoafirmación interior, atravesando fases de desarrollo que solo pueden madurar en la sombra.
Esto no es ocultamiento sino incubación y preparación, como digo. Pero hay que tener claro que llegará el momento de exponerse, pues las semillas se pierden si no brotan y las experiencias humanas se deterioran si no salen a la luz.
Yo, en lo personal, creo que el mejor indicador de que un fruto está listo es que puede ser compartido, que un testimonio está maduro cuando se vuelve comunicación, es decir, cuando deja de ser solo una necesidad de expresión personal y emerge para entregarse a otro. Por supuesto que exponerse (y aclaro que esto también acepta el sentido didáctico de «dar una exposición») no deja de implicar algo de valentía, pero cuando ha llegado el momento de hacerlo, uno siente cómo prevalece en ello la fraternidad y la empatía, la solidaridad y la ternura, y cómo, con la escucha del otro, éstas se transforman en unidad colectiva y en denuncia: denuncia por las mujeres que sufren así, por supuesto, y a las que un cambio de actitud del entorno puede liberar; por los infantes, jóvenes y adultos, que sufren desolación ante la presencia de una madre deprimida (depresión que no es solo tristeza sino también amargura y violencia) o psicótica; denuncia ante las comunidades, para que se conviertan en redes de contención de las mujeres e infantes que viven en ellas (y al decir comunidades no me refiero a entidades abstractas sino a vecindarios, barrios, unidades habitacionales, escuelas, universidades…). Por último, denuncia ante todas las niñas y niños, para que crezcan sabiendo que la maternidad y la paternidad son opciones que, antes que nada, deben ser elegidas con total libertad, y que uno de los logros humanos es añadir a la capacidad biológica reproductiva la capacidad de no reproducción.
Para concluir, me permito confesar lo siguiente. Comencé a escribir este artículo con el compromiso personal de que fuera un testimonio sobre mi propia condición de hijo de una mujer en situación de psicosis postparto. ¡Ya se imaginan! Quizás por evasión de mi propio dolor, ya ven ustedes cómo el texto se me convirtió en una reflexión de Brujas y en una especie de introducción al valor del género testimonial en nuestra época. Sin embargo, todavía tengo todo el mes de mayo para conmemorar la enfermedad mental de mi madre. Esperen, pues, ese artículo, y queden como anticipo las dos líneas que le escribí a ella hace años, esas con las que abrí este texto y con las que también quiero terminar:
¡Cuánto dolor en ti! Un caballo con las
patas enredadas. Eso eras, madre.
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