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IA en las universidades: una conversación con Vicente Atxa Uribe

En esta entrevista con Vicente Atxa, rector de Mondragon Unibertsitatea, analiza por qué la irrupción de la IA va más allá de una actualización tecnológica y exige una profunda transformación en las aulas. Descubre cómo la universidad se prepara para los retos del mercado laboral y de la generación de conocimiento.
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iStock: Seanprai

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A medida que la adopción acelerada de la inteligencia artificial (IA) en la empresa se despliega en las aulas y en los planes de estudio, surge una interrogante estructural: ¿estamos ante una auténtica innovación educativa o simplemente se están incorporando tecnologías digitales? Para profundizar en este escenario, tuvimos la oportunidad de conversar con Vicente Atxa Uribe, rector de Mondragon Unibertsitatea desde 2015, quien ofrece una valiosa reflexión institucional sobre el paradigma postdigital de la IA, el papel insustituible del talento humano frente a la automatización y el compromiso ético de las instituciones de educación superior en la formación de los y las jóvenes para que puedan afrontar un futuro laboral exitoso y sean capaces de transformar la sociedad. 

«Debemos priorizar el proceso de aprendizaje y el pensamiento crítico. Lo fundamental no es únicamente el producto final, sino el progreso que ha experimentado el o la estudiante a lo largo del camino. Cada persona es diferente y posee capacidades e inquietudes únicas». -Vicente Atxa Uribe

Para comenzar esta entrevista, ¿cuál ha sido su trayectoria profesional y académica? ¿En qué proyectos trabaja actualmente?

Soy Vicente Atxa, actual rector de Mondragon Unibertsitatea y Vicepresidente de la División de Conocimiento de Mondragon. Soy ingeniero electrónico por Mondragon Unibertsitatea y doctor (PhD) en Telecomunicaciones por la Staffordshire University del Reino Unido.

Mi trayectoria profesional siempre ha estado muy ligada al ámbito cooperativo y de la Universidad. Comencé mi carrera trabajando en Ulma Packaging en España, y posteriormente me trasladé a Alemania para trabajar en la empresa Rofin-Sinar. Más adelante, me adentré de lleno en la investigación en Staffordshire, donde realicé el doctorado. Tras esa etapa, me incorporé a Mondragon Unibertsitatea, donde ejercí como profesor e investigador antes de asumir la dirección de nuestra Escuela Politécnica Superior. En los últimos años, he ocupado la posición de rector de la universidad y la vicepresidencia de la división de Conocimiento de Mondragon, la cual engloba centros educativos, la propia universidad y diversos centros tecnológicos.

De acuerdo con su experiencia, ¿existe el riesgo de que estemos confundiendo la innovación educativa con la incorporación tecnológica?

Creo que, durante mucho tiempo, la llamada innovación tecnológica se ha limitado a sustituir herramientas analógicas o manuales por alternativas digitales. Ha sido, fundamentalmente, una sustitución de soportes: cambiaron las formas de visualizar la información, de resolver problemas y de acceder al conocimiento, pasando del papel y los libros físicos a internet. En el fondo, más que innovación educativa, aquello fue una mera adaptación tecnológica (algo que hoy continúa con la introducción de la realidad virtual, las simulaciones, entre otros).

Sin embargo, considero que ahora, con la irrupción de la inteligencia artificial, nos encontramos ante un escenario cualitativamente distinto. Ya no estamos ante un simple cambio de herramienta; su irrupción tecnológica debe traer consigo, de forma inevitable, una genuina e integral innovación educativa.

¿Por qué se dice que la competencia más importante no será saber usar la IA, sino saber cuándo no utilizarla?

Aprender a usar la IA no será complicado, puesto que estará integrada de manera natural detrás de casi todas las herramientas de uso cotidiano. En el futuro, las grandes compañías de IA se convalidarán con las aplicaciones de mercado, o bien estas últimas incorporarán la IA de forma transparente. Para el o la usuaria final, su manejo será cada vez más sencillo e intuitivo.

Por lo tanto, la dificultad no radicará en el «cómo usarla» técnico —de hecho, quien no la utilice quedará fuera de la competitividad—, sino en entender dónde y cuándo aportar verdadero valor humano. La clave reside en saber en qué momentos debemos intervenir para que, junto con la IA, sigamos enriqueciendo los procesos de aprendizaje y los entornos laborales.

¿Qué aspectos de la práctica docente considera que deben replantearse a raíz de la expansión de la IA generativa?

Sin ánimo de caer en radicalismos, ante el avance tan exponencial que preveo para la IA, considero que debemos replantearnos desde la raíz qué deben aprender los y las estudiantes, cómo deben aprenderlo y a qué deben dedicar el tiempo durante su estancia en nuestros campus.

Nuestra máxima responsabilidad como universidad es garantizar que, al salir de nuestras aulas, los graduados y graduadas aporten un valor diferencial en sus puestos de trabajo, los cuales van a cambiar de forma sustancial. Mi opinión es que debemos rediseñar casi desde cero nuestra propuesta educativa: no todo hay que desecharlo, pero sí se requiere una transformación profunda.

¿Por qué considera importante analizar la inteligencia artificial desde una perspectiva postdigital y no únicamente desde una perspectiva tecnológica?

Como escuché recientemente al consejero de Ciencia, Universidades e Innovación del Gobierno Vasco, la razón principal radica en las profundas transformaciones que la IA generará en la ciencia y en el mercado laboral. El consejero hablaba sobre los dos grandes cambios en la generación de conocimiento: el primero, del mythos al logos (siglos VI-V a. C.). Se produce el paso de explicar la realidad principalmente mediante mitos, tradición y relatos religiosos a intentar comprenderla mediante la razón, la observación y la argumentación. El gran impacto fue establecer la idea de que el mundo podía comprenderse racionalmente, sentando las bases de la filosofía y del pensamiento científico.

El segundo fue el Nacimiento de la ciencia experimental (siglos XVI-XVII ), donde ya no basta con razonar sobre cómo funciona el mundo, sino que las ideas deben contrastarse mediante observación, medición y experimentación. Su impacto fue enorme: permitió construir conocimiento reproducible y acumulativo y dio origen a la ciencia moderna, que posteriormente impulsaría la revolución industrial y el desarrollo tecnológico.

Hoy, con la IA podríamos estar entrando en un tercer gran salto: si el primero transformó nuestra forma de explicar el mundo y el segundo nuestra forma de comprobarlo, la inteligencia artificial está empezando a transformar nuestra forma de descubrir y generar nuevo conocimiento. La IA está transformando las bases de tal manera que muchas disciplinas científicas, tal y como las conocemos hoy, terminarán reinventándose o desapareciendo.

¿Cómo evitar que la formación docente se limite al aprendizaje de herramientas y pierda de vista la reflexión pedagógica y ética?

Una formación centrada exclusivamente en el dominio de herramientas no es formación universitaria. La universidad no solo debe enseñar contenidos o instrumentos técnicos —que también—, sino ofrecer una experiencia de formación integral de la persona, dotándola de capacidad de aprendizaje autónomo y de adaptabilidad ante el cambio tecnológico. La dimensión humana adquiere aún mayor relevancia en la era de la IA.

En Mondragon Unibertsitatea jugamos con ventaja porque llevamos años evolucionando nuestros modelos de aprendizaje a través del marco Mendeberri, centrándonos en formar profesionales para el mundo laboral que estén capacitados y capacitadas para transformar la sociedad en la que vivirán. Y esa labor transformadora va muchísimo más allá del simple manejo de herramientas, y creo que estamos preparados y preparadas para transformarnos también en la era de la IA.

¿Qué habilidades humanas adquieren mayor relevancia precisamente porque la IA puede automatizar determinadas tareas?

Más que centrarme únicamente en habilidades técnicas, destacaría los valores y las actitudes. Cobran especial relevancia la honestidad, la humildad para colaborar con otros y otras, la confianza mutua, la mentalidad abierta, la resiliencia y el amor por el trabajo bien hecho.

Sobre todo, subrayaría la confianza en las personas: al fin y al cabo, son las relaciones humanas y la empatía las que verdaderamente mueven el mundo.

Si un estudiante puede generar un ensayo en segundos, ¿qué deberíamos empezar a valorar más en la educación superior: el producto final o los procesos de pensamiento que hay detrás?

Debemos priorizar el proceso de aprendizaje y el pensamiento crítico. Lo fundamental no es únicamente el producto final, sino el progreso que ha experimentado el o la estudiante a lo largo del camino. Cada persona es diferente y posee capacidades e inquietudes únicas.

Por supuesto que debemos valorar los procesos de pensamiento, pero también la disciplina, la perseverancia y la actitud de mejora continua. La IA es y será una herramienta más; quizás ya no necesitemos ejercitar ciertas capacidades como lo hacíamos antes (por ejemplo, memorizar datos o fechas sin contexto), pero debemos reorientar el esfuerzo intelectual. La evaluación debe servir para extraer lo mejor de cada estudiante. Si tras cuatro años en la universidad no somos capaces de dotarles de los mínimos para enfrentarse con éxito al mundo laboral —con o sin IA—, el fracaso será estrictamente nuestro.

¿Cuáles son los principales riesgos de la visión que sostiene que «todo depende del uso que hagamos de la IA»?

El uso de la IA en los procesos educativos y profesionales pasará de ser una opción a convertirse en una necesidad imperativa. Difícilmente una empresa o profesional podrá prescindir de ella sin perder competitividad. Sin embargo, los puestos de trabajo no desaparecerán por la existencia de la IA en sí, sino para quienes se nieguen a evolucionar con ella.

El gran riesgo de esa visión reduccionista es simplificar el desarrollo humano. El aprendizaje, el crecimiento personal, los negocios y el progreso de la humanidad son realidades infinitamente más complejas y ricas que el mero hecho utilitario de usar o no usar una tecnología.

¿Cómo podemos enseñar a estudiantes y futuros docentes a preguntarse no solo qué puede hacer una herramienta, sino también si realmente vale la pena utilizarla?

Es un ejercicio de criterio que debemos aplicar en cada ámbito de la vida. Por ejemplo, yo no le preguntaré a la IA con qué amigos debo salir, qué debo decirles a mis hijos o hijas, o a dónde irme de vacaciones; en esos aspectos personales no estoy compitiendo con nadie y el criterio humano es insustituible.

En cambio, recurriré a la IA en cualquier proceso académico o profesional donde compita, colabore o me enfrente a un entorno globalizado que ya la utiliza. En el ámbito profesional, saber cuándo utilizarla responde a criterios claros de eficiencia, eficacia y competitividad.

¿Qué responsabilidad tienen las universidades en la formación de ciudadanos capaces de participar en las decisiones que marcarán el desarrollo de estas tecnologías?

Las universidades tienen el deber moral y social de formar a personas capaces de transformar la sociedad para hacerla más avanzada, competitiva y justa. La justicia social es un pilar irrenunciable en la educación.

Suelo decir que nuestra misión es transformar la sociedad a través de la formación de las personas, la generación de conocimiento y su transferencia directa a las empresas y al entorno social. El objetivo último es que nuestros graduados y graduadas contribuyan a construir una sociedad basada en la democracia política, la democracia económica y la democracia social; ahí reside nuestra verdadera responsabilidad.

¿Qué papel debe desempeñar la alfabetización en inteligencia artificial en la formación ciudadana del siglo XXI?

Desempeña un papel absolutamente crucial. Cuando la alfabetización lectoescritora se generalizó en la sociedad, surgió el riesgo de que las personas creyeran ciegamente todo lo que veían escrito y no lo pensaran ni lo pusieran en duda. Con la IA ocurre exactamente lo mismo.

Debemos enseñar a la ciudadanía qué hay detrás de los algoritmos: qué intereses los mueven, por qué generan ciertas respuestas, hasta qué punto son fiables y cuáles son sus capacidades y límites. Solo así formaremos ciudadanos críticos y conscientes.

¿Cuáles son las características de los entornos educativos que favorecen una mayor creatividad y el pensamiento crítico entre los estudiantes?

Quizás no sea sencillo definir el entorno ideal perfecto, pero sí tengo muy claro cuáles no funcionan. Los campus tradicionales y las metodologías pasivas —donde 40 estudiantes se sientan uno detrás de otro a escuchar a un profesor o profesora hablar durante una hora, y luego a otra, etc.— son esquemas del siglo pasado diseñados para una sociedad que ya no existe.

Los entornos que favorecen la creatividad y el pensamiento crítico deben ser colaborativos, dinámicos y orientados a proyectos reales y al debate abierto.

Finalmente, ¿qué mensaje le gustaría transmitir a la comunidad universitaria y a los futuros estudiantes frente al impacto de la IA?

Me gustaría recalcar que la inteligencia artificial tiene el potencial de transformar de raíz el concepto mismo del aprendizaje. No se trata simplemente de enseñar «lo mismo de siempre» utilizando herramientas tecnológicas, sino de replantear en profundidad las competencias, los contenidos y las actividades a las que los estudiantes dedican su tiempo.

La IA está redefiniendo progresivamente las tareas en las que las personas aportan valor en sus puestos de trabajo. ¿Significa esto que debemos cambiarlo todo? No. Debemos seguir apostando por modelos educativos centrados en el desarrollo integral de las personas. Sin embargo, debemos avanzar decididamente hacia nuevos procesos de aprendizaje con contenidos y habilidades adaptadas si queremos cumplir con nuestra responsabilidad de preparar al estudiantado para el futuro que ya está aquí.


De la visión de Vicente Atxa Uribe se desprende una idea central: la verdadera transformación de la educación superior exige superar el mero dominio de la tecnología y rediseñar la educación sin perder de vista la ética, el criterio propio y el valor insustituible del ser humano. 

Mondragon Unibertsitatea es una universidad española con sede principal en Mondragón. Cuenta con varios campus y miles de estudiantes en áreas como la ingeniería, los negocios, la educación, la comunicación y la gastronomía. El modelo educativo de la universidad está orientado a lo práctico, lo que permite una estrecha relación con las empresas y un enfoque en la innovación y la tecnología. Actualmente, ofrece estudios universitarios en inteligencia artificial, tecnologías biomédicas y sostenibilidad, entre otros. Cuenta, además, con laboratorios tecnológicos y programas internacionales que preparan a sus estudiantes para las necesidades actuales y futuras del mercado laboral.

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