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Mentoría que empodera: construyendo liderazgo femenino en STEM

MakerWomenSTEM impulsa la participación de mujeres latinoamericanas en STEM mediante formación, mentoría y colaboración. Conoce la experiencia detrás de esta iniciativa internacional y cómo sus talleres buscan fortalecer la confianza, el liderazgo y las capacidades para innovar.
Una lectura de» 11 »minutos»
mujer estudiando ciencia con una lupa
Foto: iStock/SpicyTruffel

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La subrepresentación de las mujeres en el campo de la ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) en América Latina y el Caribe (ALC) es aún una problemática latente. Rovani Sigamoney, especialista en programas de ingeniería y química de la UNESCO, alerta que para resarcir la brecha de género tomará más de 123 años a nivel global, mientras que en ALC existe una proyección de 52 años.

No obstante, las mujeres ocupan solamente el 12 % de los puestos directivos en STEM a escala internacional. A pesar de que el 41 % de las personas graduadas de este ámbito son mujeres, de acuerdo con una encuesta del Banco Mundial sólo un tercio de los empleados con títulos en estas áreas son mujeres. En la región, las mujeres figuran en menos del 30 % de los investigadores en la ciencia. Mientras tanto, en la matrícula de educación superior STEM, las mujeres representan el 38 % en México, el 34 % en Argentina, el 30 % en Brasil y el 25 % en Chile. 

Como respuesta a esto, surge la iniciativa internacional MakerWomenSTEM, que tiene como propósito fortalecer la participación y permanencia de mujeres latinoamericanas en áreas STEM por medio de ecosistemas de formación, mentoría y colaboración que ofrecen mayores oportunidades educativas y de liderazgo. Esta ha sido desarrollada en Ecuador, Colombia y México en el marco del proyecto ERASMUS-EDU-2024-CBHE, con financiamiento del programa de la Unión Europea, Erasmus+. 

Su modelo de educación activa habilita capacidades digitales, creativas y emprendedoras en entornos locales, con aprendizajes prácticos e interdisciplinarios que propician el crecimiento profesional, independientemente de si son estudiantes, docentes, ingenieras ejerciendo, coordinadoras, directoras de instituciones o meramente profesionales interesadas en STEM. Lo que la convierte en una experiencia significativa de innovación educativa, con un programa de formación y el desarrollo de una plataforma de aprendizaje.

Además, cuentan con capacitaciones de mentoras en los tres países, utilizan insignias digitales basadas en el marco pedagógico Maker, conectan en una red internacional colaborativa a investigadoras, docentes y líderes, y han implementado sus experiencias formativas piloto en los tres países, específicamente en La Guajira (Colombia), Hidalgo (México) y Durán (Ecuador), con la capacidad de replicar el modelo en distintos contextos y comunidades.

Hasta ahora son 328 mentoras Maker, la meta para 2026 es llegar a 500. 

La experiencia humana detrás de la iniciativa 

Como parte del despliegue de pilotos, en entrevista con María Eugenia Gil Rendón, profesora investigadora de Planta de Posgrado (PL) de la Escuela de Humanidades y Educación en el Tecnológico de Monterrey, comparte que su participación en el proyecto comenzó desde la etapa del diseño de las actividades, en colaboración con diversas personas. Se trató de un proceso que se construyó de manera gradual, perfeccionándose a través de las pruebas piloto realizadas con el modelo. Para ella, era fundamental pilotear la propuesta para evidenciar su funcionamiento, identificar áreas de mejora y realizar los ajustes pertinentes.

Este proceso de diseño y pilotaje permitió consolidar la iniciativa para diferentes contextos y dar paso a su implementación en distintas instituciones. Hasta ahora, la profesora investigadora ha impartido el taller de MakerWomenSTEM en CEIPA y Universidad de la Guajira en Colombia, Universidad Bolivariana del Ecuador (UBE), Distrito de Educación, Salud, Ciencia, Tecnología e Innovación (DESCTI) y Corporación Universitaria para el Desarrollo de Internet (CUDI) en México.

El primer pilotaje se realizó en el campus del Tecnológico de Monterrey y contó con la participación de personas de distintas áreas. Posteriormente, se llevó a cabo un segundo pilotaje en el DESCTI, en colaboración con una de las instituciones participantes. Ambas experiencias permitieron revisar y fortalecer el modelo, así como establecer las bases para la formación de mentoras. A partir de este proceso, un grupo de colaboradoras se preparó para replicar la metodología en otras universidades vinculadas con Maker.

Durante esta segunda experiencia, las personas participantes conocieron el enfoque Maker y exploraron herramientas tecnológicas como cortadoras láser, impresoras 3D, kits de Arduino y Micro:bit, así como las plataformas Tinkercad y MakeCode para Micro:bit. El propósito fue desarrollar habilidades para utilizar estos recursos en la creación de proyectos orientados a responder a las necesidades del entorno y contribuir al desarrollo local y regional.

Así, el proyecto comenzó a extenderse a distintos contextos de América Latina, particularmente en Ecuador, Colombia y México. En estos países, la iniciativa puso especial énfasis en fortalecer la presencia de las mujeres en los ámbitos STEM, atendiendo no sólo a su acceso, sino también a su permanencia. El propósito fue contribuir al desarrollo de habilidades de liderazgo y, al mismo tiempo, generar oportunidades para que más mujeres pudieran innovar y emprender desde sus propios entornos.

“Era importante que ellas se sintieran muy seguras de lo que estaban haciendo. Romper con la creencia de que no lo podían hacer, y aprender que sí pueden. Entonces es como desaprender para aprender. Para darme cuenta de que sí puedo lograrlo. Por eso, este proyecto responde a grandes desafíos, como la a veces baja representación de la parte femenina en disciplinas de STEM, la limitación de la disponibilidad de redes de apoyo, la falta de mentoría y la necesidad de fortalecer capacidades en instituciones de educación a nivel internacional”, describe Gil Rendón.

La creación de estos ecosistemas contribuye a que las mujeres se desenvuelvan en el entorno académico, al tiempo que fortalece su desarrollo profesional y su participación en comunidades. 

Gil Rendón establece que la misión fue consolidar un grupo de mentoras semilla capaces de replicar la capacitación en cascada. Actualmente, es lo que se lleva a cabo en cada uno de los países del programa. No obstante, añade que el impacto de estos espacios también dependía, en gran medida, de la actitud y el acompañamiento brindados durante el acercamiento con las participantes.

Por ello, uno de los objetivos fue hacerles saber que ellas también formaban parte del equipo. Aunque cada instructor tenía una función específica dentro de los talleres, Gil Rendón buscaba mantener un contacto cercano con las participantes, especialmente al inicio y cierre de cada sesión. Más allá de transmitir conocimientos técnicos, estos momentos permitían reforzar un mensaje de confianza: que ellas también podían hacerlo, que tenían un lugar dentro de estos espacios y que eran capaces de llevar adelante sus propios proyectos.

“Es darles, en primer lugar, la seguridad y la esperanza de que lo van a lograr. Y que a través de estos talleres, estas mentorías que ya fueron y que fuimos trabajando siendo mentoras certificadas, te empodera para seguir caminando. Esa era la intención”, afirma. 

Las universidades se encargaron de realizar las convocatorias y, en cada una de ellas, el desarrollo de los talleres se dio en condiciones distintas. Los recursos disponibles variaban, al igual que el número de participantes: mientras algunos grupos estaban conformados por 35 personas, otros reunían alrededor de 15. Igualmente, se encontraban con mujeres con diferentes niveles de experiencia y conocimientos previos. Ante esta diversidad, uno de los principales retos fue lograr que todas las participantes avanzaran hacia un nivel común de conocimientos y habilidades.

Relata que las condiciones de los espacios también variaban de un lugar a otro: algunos salones eran más amplios y contaban con mayores recursos, mientras que en otros los materiales disponibles eran más limitados. Por ejemplo, había grupos que disponían de hasta 16 cartulinas para realizar las actividades, mientras que otros contaban únicamente con cuatro. Ante estas diferencias, uno de los desafíos como instructora era saber adaptar las actividades a los recursos disponibles, sin perder de vista el objetivo de alcanzar los mismos resultados de aprendizaje. Al mismo tiempo, era fundamental reconocer las capacidades, conocimientos y talentos de cada una de las mujeres, aprovechando esa diversidad como parte del proceso de aprendizaje.

Para Gil Rendón, su experiencia en el ámbito educativo y en la conformación y colaboración de equipos fue clave para gestionar estas diferencias de la mejor manera. Detalla que propiciar un espacio seguro requiere construir, desde el inicio, un ambiente de confianza que permita a las participantes compartir sus experiencias y, a la vez, poner sus conocimientos y talentos al servicio de las demás. Desde su perspectiva, esto implica mantener una actitud abierta y la disposición para analizar cada situación y adaptar la manera de acompañar a las participantes según las necesidades y características de cada contexto.

Por ello, la profesora investigadora recalca que el primer paso es conocer el contexto en el que se impartirá la enseñanza. Antes de cada experiencia, procuraba informarse sobre la universidad, conocer los perfiles de las participantes y contextualizarse sobre la localidad. Esto le permitía llegar mejor preparada y contar con una estructura de trabajo que, si bien tenía una base definida, podía ajustarse a las necesidades de cada grupo.

Esta flexibilidad era especialmente importante en una iniciativa como MakerWomenSTEM, así, un módulo podía requerir más tiempo en una institución que en otra, mientras que en determinados casos era posible optimizar algunas actividades para asegurar que todas las participantes tuvieran la oportunidad de aprender y familiarizarse con las herramientas del curso.

Por otra parte, en cada país se realizó un proceso de diagnóstico y selección de las personas encargadas de impartir los talleres. Sin embargo, los perfiles y contextos variaban considerablemente. Por ejemplo, en Ecuador la mayoría de las participantes eran personas adultas, mientras que en Colombia predominaban perfiles más jóvenes.

Ante estas diferencias, sus herramientas como docente cobraron especial relevancia. Para Gil Rendón, la práctica de escuchar al otro permite superar las limitaciones de aplicar un mismo modelo de manera rígida, sin considerar las particularidades de cada grupo. Prestar atención a las personas permite identificar sus necesidades y, a partir de ellas, encontrar la mejor manera de abordar cada situación. Se trata, explica, no solo de oír lo que las participantes dicen, sino de escuchar con atención para comprender lo que necesitan y responder en consecuencia.

Por medio de la paciencia, las sonrisas y el intercambio constante de aprendizajes, Gil Rendón buscó empoderar a las participantes, fomentando un sentido de pertenencia y confianza en sí mismas, con la finalidad de que reconocieran sus propias capacidades y pudieran desarrollar su máximo potencial. Su manera de acercarse y conectar con ellas permitió construir lazos que, con el tiempo, la convirtieron en un referente y en una figura con la que podían identificarse.

Ella reconoce que el modelo puede transformarse a medida que otras mentoras lo implementen en distintos contextos. Los tiempos pueden ser más ágiles, las estrategias pueden cambiar y los ajustes pueden responder a las necesidades particulares de cada grupo; todo ello forma parte de la riqueza de su implementación. Sin embargo, considera que estas adaptaciones pueden coexistir con la esencia del modelo validado: una estructura construida y puesta a prueba para ser flexible y aplicable en diversos contextos.

Las competencias que se buscaron fortalecer abarcaron tanto habilidades técnicas como socioemocionales. Entre las primeras se encontraba el uso de herramientas como impresoras 3D y cortadoras láser, mientras que, en el ámbito socioemocional, se trabajó la regulación emocional como un recurso para afrontar los procesos de aprendizaje y gestionar la frustración cuando algo no resultaba a la primera.

A lo largo de los cinco módulos y sus distintas actividades también cobraron especial relevancia el pensamiento crítico y creativo, la resolución de problemas, la innovación, la comunicación efectiva y el trabajo colaborativo. El desarrollo de estas competencias no sólo favoreció el aprendizaje individual, sino que también propició la creación de redes de apoyo entre las propias participantes.

El trabajo a lo largo de los módulos se complementó con una plataforma en la que las participantes realizaban las actividades, resolvían evaluaciones y dejaban evidencia de sus avances. Al finalizar cada uno, recibían una insignia por parte del Tecnológico de Monterrey, lo que permitía dar seguimiento a su progreso y reconocer los aprendizajes adquiridos.

Durante estas etapas, las y los mentores desempeñaban un papel importante al acompañarlas y orientarlas para que cumplieran con las actividades y avanzaran en cada una. Pero, como ocurre con toda herramienta que se encuentra en proceso de prueba y mejora, la plataforma también podía presentar algunas dificultades. Por tanto, el seguimiento cercano resultaba fundamental para identificar estos aspectos y atenderlos oportunamente. Al final, precisa Gil Rendón, todo fue parte de la experiencia.

Además del pilotaje, ella tuvo que participar directamente en las actividades y completar el proceso como si fuera una participante más, antes de asumir el rol de instructora. Vivir la experiencia de primera mano le permitió conocer el recorrido, identificar posibles dificultades y comprender lo que implicaba realizar cada actividad para, posteriormente, poder enseñarla y acompañar a otras mujeres en el proceso.

La formación también incorporó un abordaje virtual en algunos de sus módulos. Por ejemplo, el módulo cero, de carácter introductorio, se desarrollaba de manera virtual y, posteriormente, las participantes acudían a las sesiones prácticas para aplicar lo aprendido. De esta manera, la propuesta adquirió un carácter híbrido, al combinar la explicación y preparación en línea con la vivencia práctica y presencial.

Por lo mismo, se presentaron diversos desafíos relacionados con la conectividad y el uso de la aplicación móvil. Como instructoras, tuvieron que encontrar soluciones oportunas para resolver estas situaciones y evitar que se convirtieran en un obstáculo para el aprendizaje. Al mismo tiempo, estas experiencias les permitieron reconocer que no se puede dar por sentado que todas las personas tienen el mismo nivel de familiaridad o experiencia con la tecnología. Para algunas, su uso aún no forma parte de sus actividades cotidianas ni representa una necesidad inmediata.

Esta realidad hizo evidente la importancia de respetar los ritmos y procesos de aprendizaje de cada persona, así como de mantener una actitud abierta al aprendizaje colaborativo. Más que asumir que todas debían adaptarse al mismo ritmo, el desafío consistió en encontrar, entre instructoras y participantes, las formas de superar las dificultades y avanzar juntas en el proceso.

En cuanto al Tecnológico de Monterrey, la institución tomó la iniciativa de crear este modelo, asumiendo con ello una importante responsabilidad y compromiso. Gil Rendón destaca que, detrás de su desarrollo e implementación, existe la convicción de que cada proceso debe llevarse a cabo con calidad humana, profesional y académica. “Lo que significa que van a voltear a vernos más y que estamos dejando parte de lo que precisamente nuestra misión y visión como institución tenemos. Abrir puertas, dar esperanzas en el aprendizaje, en la educación y transformar vidas”, declara.

Con MakerWomenSTEM se detectó la oportunidad de contribuir activamente a la construcción de una educación más inclusiva, innovadora y con mayor impacto social. Al tiempo que la iniciativa logró articular colaboraciones internacionales y aprender de otras instituciones, así como de los distintos contextos en los que se implementó el modelo.De esta manera, el intercambio no se limitó a compartir las buenas prácticas desarrolladas por el personal del Tecnológico de Monterrey. También representó una oportunidad para enriquecer las propias estrategias educativas a partir de las experiencias, perspectivas y aprendizajes obtenidos en cada contexto.

Gil Rendón determina que esta experiencia permitió reforzar una idea fundamental: de los errores también se aprende. El proceso ayudó a romper con el mito de que todo debe salir perfecto a la primera y abrió espacio para experimentar, equivocarse y volver a intentarlo, sin juzgarse con dureza ni trasladar esa exigencia a las demás personas.

En este aspecto, el enfoque Maker favorece una dinámica de aprendizaje basada en la experimentación y la práctica. Las participantes tienen la oportunidad de apropiarse del conocimiento al ponerlo en acción, identificar aquello que no funciona y realizar mejoras a partir de los tropiezos. 

A lo largo del proyecto se involucraron personas con distintos perfiles y experiencias, entre ellas algunas con formación doctoral. Como equipo, uno de los aprendizajes fue reconocer las fortalezas de cada integrante y, al mismo tiempo, identificar aquellas áreas en las que podían aprender de los demás. Esta diversidad permitió complementar conocimientos, apoyarse mutuamente y comprender que liderar también implica tener la confianza para reconocer las propias áreas de oportunidad y aprender de otras personas.

Durante todo el proceso fue importante destacar las buenas prácticas y mostrar cómo los aprendizajes adquiridos podían abrir nuevas oportunidades para las mujeres, incluso en el ámbito laboral y del emprendimiento. Gil Rendón procuraba explicar que cada herramienta y conocimiento adquirido podía convertirse en una posibilidad para desarrollar un proyecto propio. Por ejemplo, desde la elaboración de llaveros con una cortadora láser hasta el diseño de logotipos y la generación de nuevas ideas para complementar sus productos, las participantes podían ver la tecnología como un recurso para emprender.

Otra etapa que considera fundamental fue la documentación de las experiencias. Registrar lo ocurrido en cada implementación permitía presentar los resultados, identificar aprendizajes y generar un referente que facilitara la réplica del proyecto en otros contextos. Desde esta perspectiva, reconoce el respaldo de Erasmus+, cuya confianza y financiación hicieron posible ampliar el alcance de la iniciativa y aprovechar estratégicamente los recursos disponibles.

Esta óptica integral buscaba que las mujeres no sólo desarrollaran nuevas habilidades, sino que se reconocieran como líderes capaces de compartir sus conocimientos con otras mujeres y convertirse en agentes de cambio dentro de sus comunidades e instituciones. La intención era que pudieran visualizarse como protagonistas de procesos de innovación, capaces de generar transformaciones en su entorno y de inspirar a otras a hacer lo mismo. Así, más que aprender una metodología, ellas mismas podían convertirse en parte del modelo y en promotoras de una nueva forma de relacionarse con la tecnología, la innovación y sus propias capacidades.

“Yo creo que uno de los siguientes pasos es también hacer ecosistemas sostenibles de colaboración y no estar aisladas. A veces creemos que, trabajando de manera independiente, podemos obtener mejores resultados, y no necesariamente. Si realmente queremos que nuestros países y que esta área tan importante en la educación que tiene que ver con STEM puedan hacer redes de acompañamiento de oportunidades, esto va a hacer que las nuevas generaciones tengan otras grandes oportunidades y tengan una visión diferente”, describe. 

Actualmente, el programa ha sido preseleccionado para el Access, Diversity & Inclusion Award en el 2026 QS Reimagine Education Awards. 

La experiencia MakerWomenSTEM muestra que transformar un modelo educativo involucra más que transmitir conocimientos técnicos, implica escuchar y adaptarse, aprender de los fracasos y construir confianza para impulsar a otras personas. A través de la colaboración entre instituciones, mentoras y participantes la metodología promueve la edificación de espacios que reconocen a creadoras, líderes y agentes de cambio que llevan estos aprendizajes a su vida diaria, su entorno y multiplican las oportunidades para otras mujeres. 

Conoce más sobre MakerWomenSTEM y súmate para seguir construyendo nuevas vías de aprendizaje, innovación y liderazgo.

Imagen de Nohemí Vilchis Treviño

Nohemí Vilchis Treviño

Redacción EdTech | Especialista EdTech en el Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación (nohemi.vilchis@tec.mx)

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