Por Juan Pablo Murra / Publicado originalmente en El Universal el 27 de octubre de 2026.
Rector del Tecnológico de Monterrey
Si el libro ha muerto, me alegra ver tanta gente en su funeral”. Con esa ironía, el escritor Alberto Manguel inauguró la Feria Internacional del Libro Monterrey, que cerró el domingo pasado con un récord histórico: más de medio millón de visitantes en nueve días. Hay esperanza: aun en tiempos de distracción permanente, las y los jóvenes leen.
El Módulo sobre Lectura 2025 del INEGI encontró que las personas de 12 a 24 años son el grupo de edad con mayor porcentaje de lectores: 89.1%. Pero PISA 2025 mostró que solo la mitad de los estudiantes mexicanos de 15 años alcanza el nivel básico de comprensión lectora, y para terminar el análisis de reportes, la OCDE también observó que, entre más tiempo pasan frente a pantallas para entretenerse, peores son sus resultados en lectura.
Repito: hay esperanza, las y los jóvenes leen. Lo que nos urge como sociedad es apostar por más lectores, sí, pero sobre todo por la lectura profunda, la que exige atención, paciencia e imaginación, y que es muy distinta a encontrarse con textos en una pantalla. La lectura que nos transforma.
En las universidades, la lectura se ha defendido desde siempre. Este año, la Reunión Nacional de Profesoras y Profesores del Tec de Monterrey abrió con una reflexión sobre formación humanista: formarse a través de las artes, la literatura y las humanidades, en cualquier carrera. Una idea atravesó la conversación: de la lectura depende casi todo lo que esperamos de una formación transformadora, del pensamiento crítico, la ética, el compromiso social, a la empatía y la capacidad de imaginar otras formas de vivir.
Hoy todo compite por nuestra atención. Las aplicaciones, programas y tecnologías de nuestro mundo están hambrientas por dominar nuestro tiempo, ocupar nuestros pensamientos y consumir nuestro criterio. Por eso hay que atesorar nuestra atención. Leer no es fácil; es un placer que pide esfuerzo, que exige atención plena, pero es más lo que nos devuelve.
Nos devuelve, primero, el valor de la lectura misma. Solemos defender la lectura, y las humanidades en general, por lo que nos permiten lograr: un mejor empleo, un pensamiento más crítico. Pero tienen un valor propio que no necesita justificarse con un resultado. Asombrarse ante un poema, vivir otras vidas en una novela, tener horas en las que nada nos interrumpe: eso ya es suficiente. Cultivar ese gusto es, hoy, defender nuestra libertad y nuestra capacidad de pensar.
Nos devuelve también la capacidad de aprender. Muchos estudiantes dominan las operaciones matemáticas y aun así fallan, porque no entienden el problema que tienen escrito enfrente. Leer, como escribir, es pensar. Hoy contamos con herramientas de inteligencia artificial capaces de acercarnos al conocimiento con una velocidad extraordinaria, y esa capacidad hace todavía más valioso el criterio de quien recibe la respuesta. Una ingeniera, un técnico o un médico necesitan leer tanto como un escritor o una profesora.
Y nos devuelve algo que necesitamos como sociedad: la posibilidad de ser mejores ciudadanos. Si no leemos con cuidado, con atención, ¿cómo vamos a informarnos, a distinguir un dato de un rumor, a tomar decisiones? Al leer, durante un tiempo podemos mirar desde un lugar que no es el nuestro y volver a nuestra propia realidad con una mirada más amplia. En tiempos de polarización, escuchar a alguien distinto hasta el final de su mensaje es la base para decidir colectivamente.
Un lector se forma en la casa, en la recomendación de alguien a quien queremos, en la escuela, en la biblioteca, en lo que nos ofrece la ciudad donde vivimos. La FIL Monterrey es un bien público: un ejemplo de cómo poner las capacidades colectivas al servicio del desarrollo de las personas. Nació hace más de treinta años en un estacionamiento del Tec y hoy es de la ciudad y su comunidad: un encuentro abierto entre Monterrey y las ideas. Acerca libros y un programa cultural de primer nivel a Monterrey y al norte de México, y le da visibilidad a la comunidad artística y literaria de la región. En esta edición nos acompañó como invitado de honor El Colegio Nacional, cuyo lema, “Libertad por el saber”, nos recuerda que la libertad se alcanza buscando el conocimiento y atreviéndonos a pensar y a cuestionarnos. La hacen posible gobiernos, empresas, donantes, editoriales, autoras y autores, universidades del país y la región y, más que nadie, las y los lectores.
El gusto por la lectura necesita, además, espacios, tiempo y experiencias que lo celebren, pero también que lo conviertan en un hábito dentro y fuera del aula. En PrepaTec implementamos desde hace unos meses un programa para que los estudiantes dejen sus celulares fuera del aula: en la primera evaluación, 90% de los alumnos reportó una experiencia más agradable en el salón y 90% de los profesores observó una mejoría en la atención. Con la nueva iniciativa EN COMÚN abriremos tiempos para leer juntos en nuestros campus. Dar espacio a la lectura profunda y acompañarla con conversaciones permite poner a prueba lo leído y revisar nuestra propia manera de pensar.
Me quedo con la imagen de miles de jóvenes y familias caminando entre libros en la FIL Monterrey. Medio millón de personas en una feria del libro es una buena razón para la esperanza, y cuidar que esas lecturas sigan ocurriendo, y que sean cada vez más profundas, es responsabilidad de todos y todas. Cada una de ellas puede abrir una forma distinta de mirar el mundo. Y quizá esa sea una de las tareas más importantes de la educación, y de su gran aliada, la lectura: generar espacios para que cada persona pueda encontrarse con otras miradas y, a partir de ellas, construir con libertad la propia.