La tradición ubica el surgimiento de la primera universidad en Bolonia, ciudad de la actual Italia, en el año 1088, momento alrededor del cual un maestro de nombre Irnerio daba clases particulares de derecho romano a estudiantes procedentes de distintas partes de Europa. Ciertamente, esta cátedra era un acontecimiento por completo innovador, en un contexto en el que aquella antigua forma de entender el derecho estaba casi por completo olvidada. El Código de Justiniano, que reunía casi todo lo que el imperio romano había desarrollado en materia de leyes, se había extraviado durante siglos y había sido redescubierto apenas en los años setentas de ese primer siglo del segundo milenio.
La reaparición del corpus de leyes que había permitido regular todo un imperio no podía ocurrir en mejor momento: encajaba a la perfección con la pretensión de la Iglesia católica de fortalecer su unidad para hacer frente a las poderosas monarquías que estaban surgiendo. También encajaba con la necesidad de estas de fortalecer su presencia, gobernar a sus súbditos y reordenar la relación con sus oponentes.
Cabe aclarar que, tal como en la actualidad los países tienden a disolverse en regiones globales, así los pequeños reinos que habían ido brotando aquí y allá, ahora se agrupaban bajo la férula de los nuevos monarcas. Esta creciente unidad daba confianza a la población, que empezaba a movilizarse con mayor libertad y a reunirse en grupos cada vez más grandes, con base en intereses comunes. Dichos grupos atraían cada vez más gente, tanto hacia su interior como a su alrededor, provocando el desarrollo de las primeras ciudades, así como nuevos modos de vida asociados con el creciente intercambio de bienes, conocimientos y servicios.
Sin embargo, aunque suponían grandes ventajas, esos cambios tan drásticos también aumentaban la tensión tanto fuera como dentro de las poblaciones. Ciertamente, la estabilidad y el bienestar crecían, pero —igual que ocurre en nuestros días— los poderosos se habían vuelto más poderosos, y los conflictos entre ellos amenazaban con volverse peores que nunca; peores, incluso, que los que, durante al menos ocho siglos, habían tenido a Europa convertida en un campo de guerra.
Hacía muy poco que el continente había entrado en una etapa de relativa estabilidad y prosperidad, había que preservarla. En este contexto, la reaparición del Código de Justiniano dio cierta esperanza y atrajo la atención de todo el mundo. Fue entonces cuando el maestro Irnerio, que se había especializado en estudiar, comentar y enseñar el código, se volvió, él mismo, una “institución” del momento, y Bolonia figuró como el primer centro europeo donde gente de todas partes podía acudir a estudiar el nuevo tipo de derecho. Lo que después sería llamado universidad comenzó, no con una compleja estructura institucional, sino con la relación personal de un maestro con su grupo de alumnos.
Este modelo pronto fue replicado en muchos lugares, con la enseñanza, no solo del derecho romano, sino de diversas disciplinas. El auge alcanzado acabó por obligar a maestros y alumnos a formalizar sus relaciones y a crear comunidades cada vez mejor organizadas. Fue a estas a las que se llamó universitas, que significa, justamente, comunidad.
Queremos pensar que la sinergia entre aquella sociedad contradictoria y dichos centros de enseñanza resultó explosiva. Sesenta años después de que Irnerio empezara su aventura en Bolonia, Europa era ya un hervidero de ciudades, mercados, poblaciones migrantes, dinero en circulación, productos novedosos y asombrosas tecnologías (entre ellas, la del papel, que aceleraría la propagación del conocimiento).
Pero tantos cambios súbitos también trajeron consigo necesidades inéditas. Sería difícil exagerar la intensidad de lo emergente. La urbanización, el hacinamiento, el comercio y los innumerables intercambios con gente de distintas regiones (incluidas algunas muy remotas) habían modificado las condiciones de salud de la población y provocado la aparición de nuevas enfermedades. En estas, lo mismo que en la falta de un sistema jurídico de suficiente alcance, radicaba el primer y más grande riesgo en aquel momento.
Un segundo desafío competía con la religión. La iglesia, de ser una entidad más o menos dispersa en pequeños reinos, con un credo relativamente común pero gran diversidad de prácticas distintas, y hasta de creencias, se veía ahora en la urgencia de unificar el dogma, la doctrina y el ritual, y de propagarlos entre la inmensa y dispersa población. Sin esa unidad simplemente le sería imposible atajar a sus cada vez más voraces contrincantes políticos.
Otro tema era la seguridad. Por supuesto, no sorprende —mucho menos a nosotros— que los cambios sociales llegaran acompañados de un aumento de la delincuencia organizada (los habitantes del siglo XXI tenemos mucha experiencia en ello). La vida se convirtió en un constante rumor de alerta que hablaba de salteadores de caminos, piratas navales, secuestradores, extorsionadores, falsificadores (de moneda, de documentos, de productos), contrabandistas, evasores de impuestos…, todos ellos, como es obvio, en contubernio con gobernantes, mercaderes, militares, miembros de la iglesia.
En un mundo así —y también en esto la semejanza con la actualidad no es mera coincidencia— resultaba vital estar informado de lo que ocurría en otras regiones y de lo que podía ocurrir en la propia. Advino, entonces, un auge de la comunicación, favorecido por la inmensa telaraña de caminos que se había construido en aras del comercio. Deambulando por estos, una verdadera red de pregoneros, mensajeros, oradores, peregrinos, mercaderes y gente de paso inundaba las ciudades, iniciando en ellas un frenético correr de noticias, rumores, mensajes, advertencias.
Como hermano gemelo de aquel boom informativo, creció también el arte de los trovadores, juglares y demás figuras teatrales, que, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, convertían aquel torbellino de noticias en relatos, canciones y espectáculos, haciendo más digerible el estruendo. Sus cantos, a diferencia de los eclesiales, no eran en latín sino en las lenguas del pueblo, y no solo hablaban de historias bíblicas, sino también de acontecimientos presentes, de plena vigencia. Sus innovadores recursos poéticos (rimas, métricas, estrofas, arquitecturas verbales) y su inédito virtuosismo en el arte histriónico conformaban una verdadera tecnología de comunicación y entretenimiento, no muy distinta de lo que hoy, para nosotros, son las fantásticas creaciones de la inteligencia artificial.
Visto todo lo anterior, ¿es necesario explicar la urgencia, para esa gente, de hacer crecer las universitas e intensificar sus programas, a fin de formar más y más personas capaces de regular la nueva realidad? La sociedad necesitaba más expertos; además, era importante que esos expertos, que muchas veces venían de lugares lejanos, estuvieran respaldados por autoridades confiables que los acreditaran para —de manera urgente, como digo— ocupar cargos administrativos, juzgar delitos, construir caminos, filosofar sobre los fundamentos de la fe, curar gente, componer canciones y poemas, hacer discursos, calcular transacciones y reunir discípulos para enseñarles todas estas artes.
Fue así como, del germen de aquellas incipientes comunidades formadas en torno a Irnerio y otros maestros, surgieron las grandes instituciones de enseñanza que, con el paso del tiempo, se convertirían en las universidades modernas.
La imagen idealizada de esas primeras universidades nos las pinta como centros de un saber resguardado por sabios pausados y elocuentes, monjes estudiando a la luz de velas y muchachos concentrados en leer y discutir libros. Pero esa imagen es más simbólica que real. Simbólica porque todos quisiéramos que los saberes humanos fueran, de verdad, resguardados de esa manera, con devoción insondable. Dado el valor que, intuimos, guardan éstos, vislumbramos a los sabios como pozos de conocimiento sin fondo, donde se custodia lo mejor de nosotros.
Pero la verdad es que, aunque las universidades son eso, sin duda (guardianes del saber, casi sagrados), también son muchas otras cosas, algunas muy prosaicas y otras, de verdad, perturbadoras. Todas ellas se mezclan con aquella primera vocación de custodia, y no es raro que la opaquen, la oculten e incluso la corrompan. Las universidades siempre han sido una especie de crisol experimental y, muchas veces, explosivo de la condición humana.
Ayer y hoy, las instituciones de educación superior han tenido fases en que la transmisión de saber se centra en resolver lo social urgente (o lo que, desde el poder, se considera tal) y deviene en una especie de formación de expertos estándar. La enseñanza se convierte en adiestramiento. Su función es dotar al estudiante de todos los recursos para renunciar a su autonomía y adoptar como propia la vida del sistema.
En estos contextos, ya no se evalúa lo intrínseco del saber sino lo extrínseco. Los exámenes funcionan como tests que acreditan si tu conocimiento está al día y si eres competente en este mundo. Los maestros, con todo su saber personal, dejan de ser el origen vivo del conocimiento para convertirse en intermediarios. El objetivo es alcanzar estándares, no importa cómo. La intimidad de la enseñanza oral y su poder de transmisión, exclusivo de la hora de clase (intimidad que llega a alcanzar grados de iniciación), cae en el olvido. La experiencia humana, subjetiva, vivida (existencial, digamos), solo cabe en el aula si ha pasado por un proceso de homologación y cuantificación.
La personalidad y la propia voz se ocultan. Ahora se trata de un intercambio rápido. Fast school, podemos llamarle. Los grados, títulos, credenciales y créditos son moneda que hace a las personas comparables y, por lo tanto, más fácilmente elegibles por el sistema social que las requiere. El posible empleador ya no valora saberes y solo se interesa en conocer qué tanto el egresado es capaz de circular por el sistema económico; es decir, qué tanto podrá cumplir, obedecer y adaptarse en el ámbito de su labor; si logrará acabar tareas “en tiempo y forma”, seguir órdenes y lineamientos, trabajar con equipos de personas y tolerar cambios imprevistos —e incluso arbitrarios— de tiempo, espacio, dirección, y hasta de premisas, valores y metas. A ello, la universidad, claro, habrá añadido conocimientos específicos sobre algunas materias, sin entrar en temas que no vayan a aplicarse en la práctica: ¡nada de antecedentes históricos, teoría o contextos que no “sumen” al resultado específico —casi siempre cuantificable— que se está buscando!
En resumen: desde su origen y por largos periodos, las universidades han vivido momentos de alta tensión entre sabiduría y rendimiento. El título universitario siempre ha representado una combinación, difícilmente equilibrada, de ambos. En sus mejores momentos, las instituciones forman sabios y, a la vez, son proveedoras de confianza social, en la medida en que reducen la incertidumbre de la comunidad acerca de las aptitudes de sus miembros. Los jóvenes que ingresan a sus aulas siendo unos ilustres desconocidos, egresan como sujetos socialmente reconocibles. Sin embargo, no siempre son solo esto. Como hemos visto, a veces el moldeamiento se ocupa de llevarlos hasta un extremo lamentable: el de resultar previsibles. En tales casos, la universidad sustituye la verdadera confianza humana por la certificación.
Así, si bien los centros de estudios superiores armonizan dos vocaciones —la de ser la conciencia crítica de la sociedad y la de ser una entidad formadora de personas útiles—, con demasiada frecuencia una de ellas se enfatiza, e incluso se radicaliza, y la institución pierde su autonomía y se confunde con algún interés dominante. Entonces, la universalidad de la universidad cede el paso a la estandarización, la relación maestro/discípulo se reduce a la de evaluador/evaluado y la búsqueda de la verdad se abandona para perseguir el crédito.
Cabe añadir que esta dramática visión de lo universitario (hecha, lo sé, muy a vuelo de pájaro) perdería veracidad si se limitara a describir solo los dos pilares que he mencionado. Hay otro pilar más, uno que añade la tercera dimensión a lo que vengo planteando (esto de la tercera dimensión me gusta porque supone la sensación de profundidad que es inseparable de la experiencia educativa). Ese tercer pilar es algo así como la hondura cotidiana, la vida en su flujo diario, esa que se niega a ser moldeada por el saber, y mucho más a ser conducida por objetivos y propósitos. John Lennon la describió muy bien cuando dijo que la vida es lo que pasa mientras estamos haciendo planes; yo añadiría que, también, mientras estamos “conociendo”. Los estudiantes, los docentes, las autoridades universitarias, los gobernantes, los empleadores (de hoy y de siempre) pueden tener muchos planes y saberes para sí mismos y para los otros, pero es, a final de cuentas, en la vida misma —la vida de cada uno de ellos— donde las cosas ocurren. Además de “templo del saber” y “taller de habilidades”, la universidad es el sitio en el que transcurrimos de forma cotidiana. En sus espacios, el estudiante se enamora, hace amigos, huye del tedio familiar, pospone la edad adulta y sus responsabilidades, aprende mañas (que, a veces, convierte en competencias) y reinventa eso que llaman profesión. Los docentes también crean relaciones, forman comunidades externas al aula con sus estudiantes, los protegen, reinterpretan los programas y escapan a la falta de libertad con mil subterfugios. Estos refugios subterráneos, que todos los universitarios crean y descubren, son los que, a final de cuentas, junto con sus conocimientos y obligaciones, hacen que en la universidad “la persona viva una verdadera transformación biográfica” (confieso que esta hermosa frase me la regaló mi asistente de IA). John Dewey (quien, por cierto, es uno de los más distinguidos asesores de ese asistente mío) lo resume así: “La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma”.
Karl Jaspers, el filósofo alemán, pensaba que la educación superior no debía producir solamente especialistas, sino seres humanos capaces de confrontar las preguntas últimas de la existencia. Creo que estas preguntas son, justamente, las que buscamos responder al sumergirnos en esas tres dimensiones universitarias: la cotidianeidad, el saber esencial y la utilidad futura. El hecho de que en la actualidad se tienda a reducir la educación a esta última es una grave desviación del espíritu universitario.