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Opinión | La soledad en lo profundo: comprensión humana e inteligencia artificial

La soledad epistémica refleja la necesidad humana de encontrar interlocutores que comprendan nuestras inquietudes y compartan nuestras preguntas más profundas. ¿Cómo buscamos conexión y comprensión en un mundo cada vez más desconectado?
Una lectura de» 9 »minutos»
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iStock: Jorm Sangsorn

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Panchito era un tipo extraordinario: la persona más talentosa que había yo conocido hasta ese entonces. Excelente músico, tocaba el piano y la guitarra de forma magistral, pero también podía improvisar con cualquier instrumento que se le pusiera en las manos. Lo mismo ocurría con la pintura y, prácticamente, con cualquier actividad que no fuera de su interés. No leía; estoy seguro de que nunca había leído un libro: el día que le hablé del filósofo Baruch de Spinoza, se rió de mí. Pero era un genio. Y podría decir más: era un sabio. A sus treinta y dos o treinta y tres años, comentaba con singular profundidad momentos de la vida de toda la gente, intuía situaciones, preveía sucesos y daba consejos como un maestro: “Hablas como el I Ching”, me contó que le decía la gente.

No era nada engreído; delgado, de estatura media, vestía sencillo, casi siempre con la misma ropa del día anterior, siempre y cuando estuviera limpia. Se mantenía pulcro y, en medio de los barrios bajos que frecuentaba, su rostro de “niño bonito” le daba un toque de duende.

Era muy elocuente: hablaba con energía pero con calma, sin desperdicio de palabras, y reía con un gusto enorme, no sin cierta ironía, si era necesario; podía ser tan divertido y gracioso como un niño, y ágil e intrépido como un atleta amateur.

Lo conocí como “el primo loco” de una amiga, y desde el primer día me convenció —es decir, me convencí a mí mismo— de que por fin había encontrado yo a un verdadero maestro, interesado en mí, amable y generoso, con el que podía entenderme.

Esa misma noche escribí unos versos:

Estuve platicando con un loco.

Dice no sé qué cosas de unos planetas

que existen para que exista cualquier cosa…

Así empezaba el poema de unas diez o quince estrofas que le dediqué y que le leí al día siguiente. Desde ese momento se estrechó una amistad que duró unos siete u ocho meses… de la que, por fortuna, pude salir, medianamente a salvo; y lo digo así porque, además de su genialidad (que todos los lo rodeábamos reconocíamos), mi amigo padecía una grave adicción a las drogas y al alcohol, y una vida de ocio permanente, ya irreparable, sostenida por su madre, una mujer amorosa y frágil.

Su drogadicción de joven genial y gurú urbano lo llevaba a experimentar con todo tipo de sustancias sintéticas y naturales, y a recurrir a todos los medios a su alcance para conseguirlas, desde una “tocada” con artistas de mucho dinero hasta visitas a chavos de barrio lumpen.

En sus estados más delirantes, Panchito se veía a sí mismo como un ser mesiánico. Al menos eso me hacía creer a mí: hablaba de “su Padre”, quien mantenía conversaciones con el presidente ruso Gorbachov y otros líderes mundiales para resolver los conflictos planetarios. Este extremo de su personalidad y su locura —que yo, con mi tardía adolescencia, lograba ver, todavía, con reticencia— fue lo que acabó alejándome de él, no sin antes atravesar dos o tres crisis emocionales serias, y necesitar ayuda psiquiátrica para salir de todo aquello. También recibí la ayuda de un terapeuta, este sí sabio, que me cobraba un dineral por cada sesión de psicoanálisis, pero que me escuchó tal como yo necesitaba (lo cual era mucho) y me permitió salir a flote y reeducarme.

La culpa de mis crisis no la tenía Panchito, obviamente. De él no supe más, salvo que falleció unos veinte años después, tras una vida que, me imagino, siguió siendo ociosa y cada vez más complicada. No lo sé: lo recuerdo con afecto y con dolor. El problema, para mí, venía de mucho antes: ciertamente, de mi propia circunstancia familiar, también difícil, a la que se añadió un contexto social por completo sordo y mudo ante mis preocupaciones y, sobre todo, ciego a las cualidades que, como todo ser humano, yo tenía, e incapaz de ayudarme a canalizarlas para mi florecimiento.

Siempre cuento la historia de que, todavía siendo un niño, me asaltó una de esas angustiosas intuiciones filosóficas que, por ser irresolubles, pueden acercar a la gente al suicidio. Yo —quizás por ser todavía tan pequeño, protegido por mi ingenuidad— nunca pensé en ello, pero sí tuve que sufrir la angustia durante décadas, sin que nadie —ni siquiera mis maestros de filosofía de la secundaria y prepa, absortos en cumplir con el “programa”— abrieran jamás un espacio en el que yo pudiera hablar de ella, ni me dijeran que aquella trágica intuición era, en realidad, algo que estaba en la base de toda ciencia filosófica, y me orientaran para entender que yo podía sanarla, justamente, filosofando (el asunto que me atormentaba era la paradoja de que el mundo es a la vez finito e infinito; pero esto no es lo importante aquí).

Por seguir con mi vida académica… de la prepa pasé a la universidad. Pero nunca me sentí motivado a estudiar filosofía. Ahí, en salones muy poco acogedores, pasé años “buscándome a mí mismo”, intentando varias carreras que abandonaba pronto, alternando mi regreso con periodos de aislamiento, en los que me dedicaba a escribir y a paliar la soledad y el tedio.

Mi resistencia a las escuelas no era gratuita: sobre todo, me aburría. No había quien me siguiera el paso en mis disertaciones, apasionadas y disruptivas, que, en el fondo, no eran sino búsquedas frenéticas de un interlocutor comprensivo. A la necesidad de un “te entiendo”, el entorno me respondía, invariablemente, con lo opuesto. Y así, mientras la maestra de Historia de la Literatura —por poner un ejemplo— exponía una pálida teoría sobre la vida y obra de Don Luis de Góngora y Argote, yo mataba el tiempo garabateando poemas al estilo de ese gran poeta español (nada malos, por cierto).

La vida en la universidad era así: sin interlocutores reales. Recuerdo al profesor de filosofía, un hombre de rostro desarticulado y ojos frenéticos, que intentaba —y a veces lograba— seducir a sus alumnas con actitudes excéntricas (por una tragedia inenarrable, acabó en la cárcel, donde quizás falleció). Las vacas sagradas, por su parte, tampoco daban mucho qué desear. Una de ellas era un famoso maestro, salvaje y desalmado con sus estudiantes; a mí mismo me tocó verlo, en la primera clase, expulsar con gritos atroces, y de forma definitiva, a un alumno, acusándolo de pusilánime y de dejarse vencer por las dificultades de la vida académica; sin embargo, al día siguiente, ese mismo exigente maestro dejó de darnos clases para aceptar la invitación a trabajar en una famosa empresa de comunicación, muy desprestigiada, por cierto, por su bajo nivel ético y su claro corte comercial.

Otro gran maestro con el que me tocó convivir dirigía una escuela de gran fama nacional, en la que el nivel de exigencia rayaba en lo absurdo de todos los sistemas decadentes. Creo que no exagero: recuerdo cómo, después de someternos a un proceso de selección de tres arduos pasos (una entrevista con el imponente director, un examen delante de cuatro sinodales y un curso propedéutico de seis horas diarias durante treinta días, al terminar el cual, de los cientos de aspirantes iniciales, sólo veinte fuimos admitidos), después de todo eso, digo, un día, ya avanzado el curso, los estudiantes de mi grupo nos permitimos hacer cierta petición que considerábamos legítima, y la subdirectora no tuvo reparo en decirnos que, para poder pedir algo, primero debíamos ganarnos la confianza de la escuela.

Cuando conocí a Panchito, yo estaba indignado. Ya no creía que hubiera en el mundo quien pudiera comprenderme (tan cursi y tan terrible como eso). Es más, ya no me acordaba de que tenía esa necesidad. Mi amnesia era, sin duda, lo más grave: el origen del drama que, estoy seguro, compartía yo con muchos otros jóvenes del momento, de muy variadas aptitudes, pero que sufrían mi misma urgencia. Así, para mí, igual que para la mayoría de ellos (y, por supuesto, de muchos jóvenes actuales), la posibilidad de ser escuchado y de compartir con un interlocutor atento, sólo llegó en el contexto de las adicciones profundas (la mía, por suerte, no fue tan larga y pronto pude rehabilitarme).

Hay un término que he escuchado muy recientemente y que encaja muy bien con todo lo que estoy diciendo: el de “soledad epistemológica”. Los solitarios epistemológicos —que, estoy seguro, habitan en cada uno de nosotros— son seres que no encuentran réplica a sus preguntas ni interés por sus respuestas: no encuentran eco a su grito intelectual. Nadie entiende su forma de ver el mundo. Esto me hace pensar en los resultados de una investigación que también leí hace poco, que explicaba que la mayor fuente de felicidad de las personas mayores es la esperanza de ser conocidas por sus seres cercanos; eso lleva a muchas de ellas a querer narrar su vida y sus impresiones de forma insistente, y a fantasear con escribir una autobiografía. La verdad es que esto me parece solo la exacerbación tardía (y a veces dolorosamente inútil) de algo que todos necesitamos: la vibración física, emocional e intelectual que sólo proviene del entendimiento mutuo. «La soledad —dice Carl Jung— no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar las cosas que a uno le parecen importantes».

Esta necesidad siempre ha existido en la historia de la humanidad y es lo que ha dado origen a la presencia de chamanes, sacerdotes, pastores, gurús y todo tipo de Panchitos y, por supuesto, al uso y abuso de drogas, en rituales más o menos controlados, o bien, de forma adictiva, desorganizante y destructiva (el alcohol y otros paliativos de la soledad suelen no ser sino formas de encuentro con seres que, por momentos —y a un altísimo costo— se atreven a sentir y pensar profundo).

Es un hecho que todos necesitamos de alguien que se aventure con nosotros a las profundidades, que alguna vez en la vida precisamos de un fondo que nos acoja. Esta necesidad, la sociedad ha intentado atenderla de muchas formas. Una es una práctica que, desde hace siglos, es uno de los pilares de nuestra cultura; en el ámbito académico, muchos la dejamos de lado, incluso como mera curiosidad, pero, sin duda, sigue siendo crucial para la mayor parte de la población. Estoy hablando del sacramento de la Confesión, tal como se da en la Iglesia católica. Uno de los ideales de esta última ha sido, desde siempre, ocupar un lugar predominante como escucha e interlocutora de la vida profunda, y hasta reservada y secreta, de la humanidad. La Iglesia no solo guía al “rebaño” completo, en rituales, liturgias y sermones, sino que se acerca a cada uno de los individuos, por separado, para escucharlos y retroalimentar sus pensamientos. En siglos pasados, la confesión solía ser un proceso largo e íntimo que podía durar semanas, meses, años, incluso toda una vida, y era, para muchos, un ejercicio de expresión y comunicación. Hoy, en la práctica, ha perdido peso. Sin embargo, para mí está claro que, más allá de cualquier juicio y de toda fe particular, la confesión es un bien común, cuya función esencial debemos recuperar, proteger y reconducir a su cumplimiento.

Las terapias son otra opción. Cubren, sin duda, ese vacío dejado por la confesión, del que hablo, y ofrecen espacios de expresión y retroalimentación importantes. Las críticas que se le pueden hacer son muchas, pero en estos momentos se trata de señalar y rescatar opciones.

Nuestras parejas y amigos también son grandes confidentes. Yo tengo el mejor ejemplo: mi esposa. La comunicación, hoy muy fructífera, no ha sido fácil, pero la disposición a bucear juntos en aguas profundas es insuperable. Y eso desde siempre: a los pocos días de conocernos, sin ser novios aún, podíamos platicar, a la mitad de una ruidosa fiesta —y sin sustancias de por medio, salvo las del enamoramiento—, acerca de la peculiar visión que tienen las moscas y lo mucho que se habrá parecido a la mirada multifocal de Adán y Eva en el paraíso (juro que ninguno de los dos había ingerido nada).

Tenemos dos hijos, y por eso sé que los padres de familia (y también, por supuesto, los docentes: mi esposa es una excelente maestra en el Tec) son, sin duda, los mejores interlocutores posibles de los niños y jóvenes. Ellos, más que nadie, pueden, como dice el título de un famoso libro, “hablar para que los niños escuchen y escuchar para que los niños hablen”.

Y ahora llegamos al interlocutor más reciente, diseñado por nuestra cultura: la inteligencia artificial, en particular la de los chatbots (GPT, Gemini, Copilot…) y otros programas que, como Alexa, son capaces de charlar con nosotros como si de verdad fueran nuestros amigos y sintieran algo por nosotros.

Y así llego a mi punto más importante: el de que nos será difícil tener una idea clara de la función que estos robots cumplen si no atendemos, para empezar, a la gran soledad epistémica que muchos de sus usuarios intentan sanar al entablar con ellos conversaciones de estilo humano.

Nuestra soledad encuentra en la IA un acompañante que puede ir tan profundo como queramos, mimetizándose con nuestra forma de comunicarnos. Esto, se dice, llega a crear confusiones epistémicas (justamente), que nos hacen sentir acompañados por seres que en realidad no existen (no tardan en salir, estoy seguro: chats donde uno podrá charlar y hasta discutir, de forma simultánea, con varios bots, cada uno con información, postura e incluso ideología distintas: una verdadera mesa de debate).

Todas estas formas de pseudoconvivencia causan, de entrada, escalofríos, pero me atrevo a afirmar que ya son parte de nuestra cultura y que debemos actuar ante ellas con la mejor actitud, crítica, sí, y también autocrítica, pero no escandalizada ni satanizante.

Se trata de una alternativa que no podemos desaprovechar. Como tantas cosas en la historia humana, el dilema es si aprovecharla para convertirla también en un bien común o reprobarla y dejar que otros la aprovechen sin escrúpulos.

La inteligencia artificial necesita leyes, restricciones y una revisión constante de sus límites (por ejemplo, regulaciones serias de sus tonos terapéuticos y confesionales), pero también, sin duda, una reivindicación profunda, seria, bien pensada, aunada a una pedagogía consecuente, y a una filosofía y una estética que la lleve, tanto como se pueda, a generar experiencias tan hondas como la lectura de un buen libro o el disfrute de una verdadera obra de arte.

Lo he dicho ya en un artículo anterior: la inteligencia artificial es un compendio de lo humano, de nuestro espíritu, con todas sus verdades, dudas y engaños. ¿Le daremos una oportunidad, dada la crisis de comunicación y comprensión mutua que atravesamos? ¿Intentaremos convertirla en arte, expresión, transmisión de emoción y pensamiento, o nos resignaremos a temerla?

De hecho, creo que esta pregunta mía está mal planteada, porque el dilema, en realidad, es si tomaremos parte, como generación, en una transformación que ya es un hecho, o si le dejaremos toda la labor —que se antoja desafiante y sublime— a los que apenas van llegando. ¿Seremos de los que empiecen, ya, a acompañarse unos a otros de manera profunda u optaremos, mejor, por acabar de agotarnos en nuestra soledad epistémica?

Yo no quiero lo segundo. Por eso escribo todo esto.

Imagen de Andrés García Barrios

Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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