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Opinión | El ritual escolar: reír juntos

Ante la creciente desconexión entre docentes y estudiantes, la risa puede convertirse en una herramienta poderosa para reconstruir la confianza, fortalecer los vínculos y recuperar el sentido de comunidad en las escuelas. Reír juntos como una experiencia humana, educativa y social capaz de derribar barreras, cuestionar jerarquías y devolverle a la escuela su esencia.
Una lectura de» 7 »minutos»
University student girl friends with learning books walking out School building
iStock: Eduard Figueres

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A Miss Greta

Abundan en redes sociales videos cortos que evidencian la ignorancia de nuestros estudiantes en temas que se consideran básicos. El formato es casi siempre el mismo: un entrevistador, cámara en mano, se acerca a jóvenes —fuera de la escuela o en la calle— y les ofrece dinero a cambio de responder unas preguntas, de esas que llamamos “de trivia”, de “conocimiento general”. Los espectadores nos quedamos sorprendidos viendo cómo los entrevistados se pierden el premio por no saber en qué continente se encuentra México, por creer que una sinopsis es “cuando te hipnotizan”… y cosas por el estilo.

Las respuestas provocan asombro y, por supuesto, risa, y, seguro, permiten a los docentes que las oyen, desahogarse un poco de la tensión que cargan por tener que enfrentar, de forma cotidiana, grupos de estudiantes como estos: jóvenes sin el menor interés por el conocimiento, chavos que viven en una continua distracción con sus celulares y que, cuando salen de la pantalla, es decir, cuando se dignan voltear al aire alrededor, se desbordan en actitudes disruptivas y no paran de hablar, de moverse, de gritar.

El problema tiene como contraparte, obviamente, lo que los estudiantes piensan de los docentes y de los programas de estudio. No tengo un cálculo estadístico, pero este no hace falta para intuir que a la mayoría de alumnas y alumnos les parece que los contenidos de la clase les son ajenos y que, para colmo, los docentes no saben explicarlos ni hacerlos mínimamente atractivos; eso, junto con la obligación de permanecer recluidos en el aula, justifica con creces la total falta de interés y de control.

En realidad, son conflictos que datan de mucho tiempo atrás pero que parecen estar, más que nunca, en crisis. Docentes y estudiantes esperan cada vez menos unos de otros y su alianza —que, como sabemos, es una alianza siempre puesta a prueba— amenaza con acabar de romperse. Con esto, la comunidad escolar ve cómo se resquebraja su eslabón más débil, y sin duda también más valioso —la relación docente/estudiante—, y cómo se pone en riesgo todo el aparato educativo.

Si nos detuviéramos a revisar las causas de esta crisis, podríamos escribir toda una enciclopedia transdisciplinaria, con temas de filosofía, historia, pedagogía, psicología, sociología o economía: entre muchas otras cosas, veríamos que la llegada de estos jóvenes a la adolescencia coincidió con una tragedia mundial —la pandemia de COVID— que puso en riesgo no solo los pilares de su comunidad más cercana, sino también los de su vida misma. Para describir lo que pudieran estar pasando, sería poco hablar de angustia, miedo y deseos de evasión, y diagnosticar retardo de la madurez, propensión a la alienación y muchos etcéteras. En cuanto a lo que viven hoy los docentes, tendríamos que tomar en cuenta también la experiencia del COVID, pero también la falta de condiciones laborales para enfrentar a estos jóvenes disruptivos y apáticos: sueldos bajos, exigencias académicas mayúsculas, criterios de evaluación endebles, programas y modelos de estudio obsoletos, además de muchos etcéteras.

Una visión maquiavélica —no necesariamente equivocada— consideraría la posibilidad de que, para colmo, esta crisis entre estudiantes y docentes estuviera siendo aprovechada y favorecida por las propias instituciones académicas como parte de una estrategia para deshacerse poco a poco de las maestras y los maestros y poder reemplazarlos pronto por modelos creados con inteligencia artificial. Dicha estrategia evitaría restringir el uso de celulares en el aula y culparía, más bien, a los docentes de falta de pericia. Suena paranoico, pero tal vez no lo es.

De cualquier forma, la crisis es tan real como compleja y profunda; cala tan hondo que nos invita a olvidarnos de las soluciones puntuales (reestructuración de contenidos, recursos disciplinarios, estrategias pedagógicas, etcétera) y remitirnos, más bien, a la esencia misma de lo que llamamos escuela, es decir, a eso que hace cinco años, durante la pandemia de COVID, en varios escritos llamé el ritual escolar, que atiende a las bases mismas de nuestras comunidades educativas, es decir, a eso que da sentido a que estas sigan existiendo.

“Es el carácter ritual —decía yo en uno de aquellos textos— lo que ha permitido que la institución escolar perdure bajo la tormenta. Por encima de las estrategias específicas de cada institución, se impone el recuerdo de aquellas legendarias escenas en que uno de los sabios de la tribu reúne a los niños y jóvenes alrededor de una hoguera para contarles la historia de las pasadas generaciones, contagiándolos con la narración de las vicisitudes y hazañas que han permitido a su comunidad sobrevivir a los siglos. Nuestro ritual es así: está sustentado en cosas sencillas y profundas: asistir a clases, sentarse cerca de otros compañeros, calentarse con la llama del objetivo común, y mantenerse alerta y “presente” para escuchar y preguntar al maestro”. En textos posteriores de la misma serie, entre estas “cosas sencillas y profundas” añadía yo varios componentes del mismo ritual: el juego, el llamado a la verdad y la exploración de distintos roles sociales, por ejemplo. Sin embargo, olvidé uno muy importante. Tal vez fue la solemnidad que imponía la pandemia lo que me impidió advertir ese que hoy se me muestra en el origen mismo de todos los demás. Estoy hablando de reír juntos.

Dado que, con esto, entramos en el terreno de lo esencial, y que por momentos la única forma de hablar de ello es la poética, mucho de lo que voy a decir parecerá utópico. Pero la propuesta es real y práctica. Es decir, se trata de una invitación a aplicarla tanto en el aula como en todas las áreas del contexto escolar. Es, sin duda, una propuesta gozosa que, justamente por ello, merecerá el rechazo de los que, como aquel monje de El nombre de la rosa, quemarían el libro de La comedia de Aristóteles para salvar al mundo de la disipación, y eso porque la risa mata el miedo, y con ello atenta contra el orden y la autoridad. La invitación es, pues, a la participación de todos los miembros de la comunidad educativa, empezando por los empresarios y funcionarios que la rigen y que, de verdad, desean su salvaguarda.

La descripción de mi propuesta no inicia en el aula sino en una sala de teatro, durante la representación de una obra para niños. Es un recuerdo, mío: el de aquella niña a la que —en medio de la oscuridad— solo conocí por su risa. Yo tendría treinta o treinta y cinco años; ella, a lo sumo, cinco o seis. Nunca la vi, no supe cómo era físicamente, ni la oí hablar, pero la conocí y me encontré con ella de una manera que aún permanece dentro de mí, solo a través de nuestras risas. En medio, como digo, de la oscuridad de la sala, en esa intimidad donde estamos solos, el títere protagonista dijo algo y ella y yo nos reímos, destacando con claridad sobre el resto de la audiencia. Sentí en su risa la mía propia: surgió al mismo tiempo, con igual intensidad, la misma cadencia. Era una risa inteligente, feliz, llena de agudeza, incluso de mordacidad. A través de ella, me comuniqué con aquella niña y, por una especie de magia, esa niña ahora siempre está aquí, conmigo. Tengo la certidumbre (no del todo irracional) de que ella y yo, dos desconocidos, seguimos acompañándonos.

La base científica de aquella experiencia que yo viví como una radical compañía, se encuentra en un estudio que consulté hace años en el que se demostraba que cuando dos personas ríen de lo mismo —como ocurrió entre esa niña y yo— sus electroencefalogramas resultan también por completo iguales, manifestando una perfecta sintonía momentánea. La risa, no me cabe la menor duda, es una forma súbita y poderosa de encuentro.

La risa es social. Reír se disfruta mucho más cuando una multitud ríe con nosotros. La risa nos une, su brusca sacudida nos trae al presente: de ahí su radical importancia para la vida de toda verdadera comunidad, pues solo lo que se hace presente es común a todos. Si se ha dicho que la risa es un regalo de los dioses, es por la facilidad y el goce con que nos hace compartir la existencia.

La risa es una de las bases de nuestra capacidad de crear comunidades sólidas. Homo ridens podríamos llamarnos (o, si queremos algo más gracioso, Homo ridículus, que es más o menos lo mismo).

El filósofo francés Henri Bergson describe a la risa como una reacción social ante alguien o algo que no está atento al cambio. Un hombre va corriendo y, por no advertir que en un lugar del piso hay un bache, tropieza. Una mujer con prisa no encuentra la forma de salir de una puerta giratoria. Un vagabundo pisa la cáscara de plátano que hay en el suelo y…

Edward de Bono, conocido como descubridor del pensamiento lateral, retoma la idea de Bergson, pero señala que también reímos cuando algo que sigue una cierta lógica nos sorprende con un quiebre repentino, un salto súbito hacia una lógica distinta, revelando algo muy diferente a aquello que esperábamos, algo que quizás no nos atrevíamos a ver.

Por ejemplo, en un juzgado:

—¿Jura usted decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

—No.

Una sola palabra ha echado por la borda todo nuestro sistema judicial. La respuesta no solo refleja el cinismo de un individuo, sino el de la sociedad entera, gozosa de burlarse de su ciega inercia y su propia falsedad.

En un panorama como el actual, de tanta oscuridad, entendida no solo como maldad sino como aislamiento y separación, como invisibilidad de unos hacia otros, la risa puede ser un rayo que atraviese la sala e ilumine a los demás, revelando su presencia de forma súbita.

Al hacerlo, saca a la luz, también, todo lo oculto. Groucho Marx, el cómico genial, solía defender en entrevistas sus ideas morales o políticas, terminaba diciendo a su interlocutor:

—En fin, tales son mis principios, y si no le gustan… bueno, tengo otros.

La risa recorre lo comunitario, iluminando la oscuridad que compartimos. Expone acuerdos escondidos, hipocresías, engaños, delata falsas diferencias, represiones, acusa a quien conspira contra la comunidad e incluso a quien se aleja porque se siente inferior o se cree superior. Su valor radica en que reímos juntos y así hacemos evidentes nuestras pequeñas y grandes dificultades, las que nos constituyen como especie.

La risa es el electroencefalograma de una comunidad vital.

En el fondo, de lo que se trata es de reconocer el gran bache universal que nos mantiene despiertos, vivos, la omnipresente cáscara de plátano en la que todos hemos tropezado o podemos tropezar algún día: reconocimiento liberador que nos deja frente a una nueva oportunidad de reencontrarnos, de sortear la brecha que nos tenía lejos unos de otros. Como expresión comunitaria, la risa es capaz de tender líneas de comunicación al interior de una sociedad que se creía de desconocidos, revelando, de súbito, todos los lazos que, en realidad, nos unen.

Por eso, por cómo están las cosas en nuestras comunidades educativas, yo dedicaría todo un año escolar solo a reír: a reír junto con los estudiantes y autoridades, a reírnos de ellos y a que se rían de nosotros; a eliminar, así, todas las diferencias artificiales para restablecer la confianza y la unión que, en el fondo, anhelamos. Dejaría de lado todo programa académico y toda evaluación, toda obligación y toda jerarquía, por lo menos aquellas de las que no pudiéramos burlarnos y reír juntos.

Dediquemos nuestra clase y nuestra energía docente a restablecer el tejido de la comunidad escolar a través de la risa: a descubrir una y otra vez ese instante en el que nuestros cerebros se sintonizan, a admitir que los seres humanos —véasenos por donde se nos vea— somos, en el mejor de los casos, tan deliciosamente asertivos y ridículos cómo aquel hombre que, en pleno juzgado, admitió que él, al igual que todos, tampoco estaba dispuesto a decir la verdad.

El tiempo que pasamos riendo es tiempo que pasamos con los dioses, dicen que dice un proverbio japonés. Yo creo que son los dioses quienes, veloces, descienden cuando nos oyen reír, ávidos de nuestra compañía. Mi propuesta —ahora me doy cuenta— no es otra que dejar las puertas de nuestra escuela siempre abiertas para que los dioses entren.

Imagen de Andrés García Barrios

Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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