Opinión | Escuela para señoritos, nivel dos: el internado

En el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, Andrés García Barrios hace una reflexión sobre por qué resulta necesario innovar en la esfera de la pareja y del hogar.

Opinión | Escuela para señoritos, nivel dos: el internado
Foto de Egor Komarov.
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Ya había yo publicado en este mismo espacio un texto titulado Escuela para Señoritos, donde explicaba la urgencia de desarrollar un programa de estudios para que los varones aprendamos a conducirnos de forma más participativa en el hogar. Pero –como el lector puede apreciar por este nuevo título– he decidido elevar dicho programa a nivel de internado, es decir, a una escolaridad no solo más intensa sino por completo presencial, a fin de que las lecciones se complementen con una práctica de tiempo completo y adquieran carácter vivencial, que es lo que en realidad hace falta.

Importa tomar en cuenta que aquellos adultos que no nacieron en un hogar con equidad de género, van por la vida ya con una desventaja y es muy probable que ni siquiera el más estricto internado logre enderezarlos. Y es que la participación y colaboración dentro del hogar es algo que no se aprende sino que “se mama”, como solía decirse de forma machista, atribuyéndole a la madre toda la responsabilidad de este tipo de educación subliminal, atávica, inconsciente (hoy sabemos, aunque solo sea de forma teórica, que también al padre le corresponde la creación del hogar: de hecho, si atendemos a la asociación hogar/hoguera, y nos detenemos en imágenes –un poco estereotipadas, por cierto– de la prehistoria, era a la mujer a la que le correspondía encender y mantener vivo el fogón doméstico, mientras que a los varones les tocaba la no menos importante fogata durante la cacería del mamut o el bisonte; ahora bien, la pregunta es ¿por qué hoy, cuando hombres y mujeres salen por igual a “cazar” el alimento, a ellas les toca hacer la comida a diario mientras que ellos se limitan a cosas como prender la parrilla para los amigotes en los días de descanso?).

En teoría, mantener el hogar hoy es una labor conjunta, pero en la práctica sigue recayendo sobre todo en la mujer. Hacer que la teoría se consolide en la acción no es cosa fácil, implica un salto que no cualquiera está dispuesto o preparado para dar. Por fortuna, en la cultura humana existen prácticas que funcionan como red de contención para este tipo de saltos acrobáticos: son los rituales. Es un hecho que en la esfera de la pareja y del hogar muchos de ellos se han perdido, por lo que resulta necesario innovar en el asunto. Yo quiero proponer uno (todavía en el marco de la teoría, pues habría que ver cómo funciona en la práctica); lo imagino desarrollándose en una de esas ceremonias holísticas que están tan de moda como sustitución de las bodas religiosas. Se trata de pedir a los contrayentes que ahí, frente a todos sus invitados, enciendan juntos un fogón (de preferencia un anafre con carbón) y así empiecen a darse cuenta de lo complicada –y si así lo quieren, divertida– labor de equipo que les espera. Uno de los atractivos de esta propuesta es que si alguno de los novios ya tiene experiencia en el asunto y pretende hacerse cargo del proceso entero, el ritual (y la rechifla  del público) les servirá a ambos para recordarles que ese «Tú hazme caso, yo sé cómo se hace» puede llegar a ser un gran inconveniente a la hora de tomar decisiones juntos. Encender un hogar no es eso. Ciertamente, el que uno de los dos tome las riendas puede en un principio ser muy cómodo para los dos; sin embargo, todos sabemos (aunque nos gusta hacernos tontos, con perdón) que esa comodidad puede volverse en contra nuestra, al inutilizar a uno y sobrecargar al otro, mermando en ambos el deseo de decidir y participar en otras cosas importantes. Por eso, por principio, en el hogar –y éste será uno de los lemas de nuestro internado– quien no sabe encender el fogón debe encender el boiler.

Así pues, se perfilan ya los tres vértices fundamentales de nuestro programa escolar: el teórico, el práctico y el ritual (este último, como he dicho, funcionará como una especie de espacio de entrenamiento y asimilación de los dos anteriores).

Detengámonos ahora un momento en el aspecto teórico. Es cierto que el juego de roles en un hogar se aprende sobre todo en la acción y solo muy poco en la teoría. Podríamos pensar que, para de verdad “aprender” la equidad, o sea para vivirla, sería necesario nacer en un mundo tan equitativo que esta última palabra ni siquiera fuera conocida: un mundo donde las diferencias (de existir) no pudieran ni siquiera ser señaladas, de tan naturales. Nuestra editora del Observatorio, Karina Fuerte, lamenta en uno de sus textos que a ella no le tocará ver por completo cumplida la equidad de género, pues ésta –al ritmo actual, según un reporte del Foro Económico Mundial– se alcanzará hasta 2154. Más allá de lo escandaloso de esta cifra, podríamos decir que, para consuelo de Karina, en realidad a nadie le tocará ver dicha equidad, pues cuando ocurra, será invisible para todos: simplemente se disfrutará de ella como cosa hecha, de la misma manera que hoy gozamos de los logros de las pasadas generaciones, la mayoría de ellos sin darnos cuenta.  

Podemos, pues, considerarnos afortunados en ese sentido… ¡pero sólo en ese sentido, pues…! Es aquí donde cobra utilidad una de las materias teóricas de nuestro Internado, esa que en general llaman Historia pero que nosotros bautizamos con el nombre mas rimbombante de Razón y memoria, y que en su primer módulo sirve para que no olvidemos posibles infortunios, en este caso para recordar que aquello de “diferencias naturales” –mencionado en el párrafo anterior– puede ser una trampa, pues ¿cuánto tiempo se creyó que la relación de dominio del varón sobre la mujer era algo natural, basada en la dizque evidente desventaja física y hasta intelectual femenina?

En el internado tenemos la hipótesis de que, más bien, el equilibrio conyugal siempre será precario y habrá que estarlo construyendo, poniendo en juego sin cesar las diferentes pericias personales y cuestionando todo intento de prevalecer uno sobre el otro. Sin embargo, pensamos también que –como dije arriba– esta complicada “condición humana» inicial, no tiene por qué siempre resultar conflictiva sino que puede ser también muy divertida. Como todos sabemos, lo divertido tiene mucho que ver con el juego, es decir con el deseo, el placer, lo inesperado, la sorpresa, la trampa ingenua y el engaño previsto (quizás intensos pero nunca violentos ni destructivos), así como también con la colaboración, la flexibilidad, la paciencia, la libertad, la equidad (igualdad de condiciones) y un montón de virtudes que, si lo pensamos bien, también son parte del amor y hacen de éste un juego no solo divertido o romántico sino espiritual e incluso místico… Y aquí me detengo, dejando la emoción que me embarga para nuestro curso El Juego del Amor: diversión mística, que abriremos dentro de poco y que irá más allá de la re-educación de personas con tendencias de dominio patriarcal, del género que sea, es decir, machos, machas, maches.

Hablemos ahora de un problema central: el orden. El orden en el hogar. «En el principio existía el caos. La tierra era informe y vacía, y el espíritu de Dios caminaba sobre los aguas». Algo así dice el Genesis. «Entonces Dios dijo: Hágase la luz, y la luz se hizo».

¿Quién de los cónyuges –o concubinos– va a ir a pagar la luz? Bueno, ahora el trámite del pago ya se puede hacer en línea, pero de todas maneras, ¡¿quién va a hacerlo?! ( nuevo problema, y eso que no nos estamos metiendo por el momento en temas de dinero –¿de qué bolsa o bolsillo va a salir el pago?–, que por supuesto complican las cosas y por lo tanto también son asignaturas del internado, muy avanzadas, por cierto).

¿Quién va a pagar la luz, pues? ¿Y quién va, también, por otra parte, a apagarla? En esas noches de frío en que los dos están ya acurrucados debajo de las cobijas y de pronto se dan cuenta de que la luz sigue encendida y hay que pararse a apagarla, ¿quien lo hará? Por supuesto que ésta es una gran oportunidad para mostrar amor, pero ¿y si los cónyuges o concubinos están de pleito?, ¿y si están metidos, cada uno por su lado, bajo las cobijas, rumiando su rencor?

Todas las anteriores son cuestiones que tienen que ver con el concepto y práctica del Orden, las cuales llegan a crisis subjetivas como esta de apagar la luz, pero que empiezan desde el principio, es decir cuando la casa está todavía informe y vacía; por ejemplo, no se han decidido entre un departamentito en la ciudad o una casa en el pueblito cercano (cada vez queda más claro de qué tipo de pareja estamos hablando: en el instituto le llamamos  pareja casa/casa, nombre trivial que simplemente recuerda que este tipo de pareja se casa con ceremonia y todo, y además buscan juntos una casa; en ello son diferentes de la pareja dos en uno, que empiezan viviendo juntos en la casa ya instalada de uno ellos, lo cual a la larga también es causa de conflictos (hoy en día, la variedad de parejas cada vez es mayor, por lo que en el internado hemos convenido que la imagen de una casa vacía, neutra, sin decoración, es un buen punto de partida –un paradigma, diríamos– para empezar a reflexionar sobre todas ellas)).

Viene entonces la decoración, la primera distribución de los utensilios, de los objetos útiles. Y sin duda, también de los inútiles (nunca deja de ser crucial la pregunta de cuántos de estos últimos tendrá cada uno derecho a llevar al nuevo hogar). «Tú elige, tú decora, amorsito. Tú primero». Ya dijimos todo el daño que estas cómodas concesiones pueden acarrear  y que hay que evitar.

Teoría y práctica. Idea preliminar y experiencia. Vivencia y reflexión (reflejo de la vivencia en el espejo racional). Confieso que en el internado tuvimos una etapa en que estábamos decididos a crear una escuela por completo práctica, es decir, por completo vivencial. En ese primer momento pensábamos que ningún precepto puede anticipar la experiencia y que aventarse a vivir las cosas como el Borras (personaje de comic mexicano que hace todo sin planeación y sin prever las consecuencias) es la única manera de enseñarse a colaborar e incluso a convivir; así, imaginábamos el internado como un caos inicial total en el que los estudiantes debían ir aprendiendo a elegir, negociar y construir orden; sin embargo, después de ese sueño entusiasta, nos pusimos a pensar un poco y acabamos creyendo que es mejor combinar la acción con algo de teoría y renunciar al eterno retomo, a aquel primer y mítico desorden.

Hay que entender que el Orden es, en su esencia, la mejor respuesta a la pregunta humana primordial ¿Qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos?, la cual, en el terreno de lo doméstico, de lo cotidiano/con-vivencial, se traduce en cosas como ¿Dónde está el maldito desarmador? En el Orden se resuelven las diferencias subjetivas (e incluso físicas, corporales) que hacen de cada ser humano un individuo realmente indiviso y existencialmente solitario, y que vuelven tan difícil el mutuo entendimiento. Como veremos, las respuestas a esta pregunta del desarmador (y a otras de su género) son de varios tipos, y describen el grado de disposición de la persona a entablar ese tipo de comunicación que el filósofo alemán Karl Jaspers llama existencial y que es esencial para la inter-armonía humana (el término inter-armonía es nuestro). Aquí van algunos ejemplos:

¿Dónde está el desarmador?

.- iYo qué sé!

.- Donde lo dejaste.

.- ¡Búscalo!

.- En su lugar.

Cada una es distinta y hay mucho que elucubrar sobre todas ellas. Lo importante, según yo, es comprender que el orden es una forma de comunicación, un lenguaje, una manera de entenderse. El orden en la casa implica un acuerdo de distribución de los cuerpos y los objetos en el espacio común para que éstos existan de verdad para ambos, para que sean realmente compartidos y su presencia sume a crear una vida conjunta y no a distraerla o dislocarla. Lo mismo ocurre cuando se entra en el orden de las palabras, que por supuesto incluye la expresión de sentimientos, deseos, propósitos, ideas, etc. Este tipo de orden puede ser desde gramatical hasta poético y espiritual, pasando por lo emocional, lo conceptual y lo corporal/respiratorio (ya saben: inhala/exhala, cuenta hasta diez…). Por eso en el internado no subestimamos clases como fonética, entonación, gramática, lectura de textos clásicos, creación literaria, filosofía y hasta canto.

De la misma manera que el orden puede ser una forma del entendimiento, la falta de orden es un desentenderse, un no poner atención a ciertas cosas. No queremos, de ninguna manera, ponderar el orden sobre el desorden. Estamos convencidos de que en la vida hay muchas cosas de las que hay que desentenderse y que deben pasar a ser secundarias. Verlo así no es ningún problema. El problema –y de orden mayúsculo– es que la jerarquía entre primario y secundario casi nunca viene dictada de antemano entre los humanos, y es la pareja la que debe llegar a un acuerdo respecto a ella. El asunto es de tal complejidad que en el internado lo tenemos como tema de Tesis o Práctica final, y forma parte de los postdoctorados: ¿a qué asuntos debe la pareja atender primero? ¿A cuáles no debe atender nunca?

En resumen, en materia de Orden, y por decirlo de una forma simple, nuestro programa educativo persigue el equilibrio entre el TOC y el desinterés personal, siempre en su combinación con los de la pareja (cuya composición suele ser por completo diferente a la nuestra) y hallar así la vía hacia esa paradoja que, según Erich Fromm, se da en el amor: la de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos.

Concluyamos diciendo que parte integral de nuestra filosofía es que la construcción de ese encuentro paradójico no tiene que ser sufriente y mucho menos aburrida. Puede ser por el contrario muy divertida, y esto tanto en la acepción de la palabra diversión como placer alegre, como en la más literal de «con gran diversidad de emociones y experiencias». Por último, es importante destacar que la teoría y práctica de la diversión son ejes principales de la asignatura HUMOR Y AMOR, que también da título a nuestro curso propedéutico, que recorre de principio a fin el tronco común y que es materia transversal en todos los semestres.

Muchas gracias.

Este artículo del Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación puede ser compartido bajo los términos de la licencia CC BY-NC-SA 4.0