Nuestros cuerpos nos permiten vivir. A través de ellos experimentamos el mundo. La medicina, como ciencia y disciplina, ha sido cada vez más exitosa en tratar y prevenir la enfermedad y prolongar la vida.
Por mucho tiempo, el enfoque de salud desde la medicina occidental ha estado predominantemente centrado en el funcionamiento de nuestros órganos y sistemas, mismos que sostienen nuestra viabilidad corporal. Y aunque durante mucho tiempo fue principalmente reactiva a la enfermedad, progresivamente ha procurado transitar hacia un enfoque de prevención.
En una extensión de lo que hacen los profesionales de la salud, la sociedad ha incorporado estas narrativas en lo cotidiano, en búsqueda de la prevención, el antienvejecimiento y la optimización corporal: más fit, más energía, óptima suplementación, indicadores que miden nuestra eficiencia durante el sueño y el ejercicio.
Esta narrativa actual —que existe sólo en algunas burbujas— nos carga de responsabilidad individual y, en ocasiones, de desproporcionados tintes de moralidad. Es tiempo de aproximarnos a ella desde una perspectiva crítica, porque esta noción de aparente evolución de la salud puede obviar algunos huecos: puede dejar fuera la complejidad de la salud de cada persona y, definitivamente, deja fuera a muchas personas.
Si buscamos las pistas, hay otras señales de progreso en el entendimiento colectivo de lo que impacta la salud y el bienestar, pero estas nociones no han sido tan populares: no plagan los algoritmos, no necesariamente producen utilidades y, sobre todo, implican un entendimiento más complejo.
Hace dos décadas, el enfoque de los determinantes sociales de la salud recibió un impulso decisivo a nivel internacional, contribuyendo a problematizar el paradigma exclusivamente biologicista. Por fin, una mirada que integraba cómo la educación, el género, las corporalidades, la clase social, la calidad del aire y del agua, el contexto sociopolítico y tantas cosas más influyen en nuestras posibilidades de enfermar. Y, en una segunda vuelta, estos determinantes vuelven a influir drásticamente sobre las posibilidades de acceder a la atención en salud y sobre la calidad de la misma. No son sólo los genes los que dictan nuestro destino; es también todo lo demás que tiene el poder de influir en cómo esos genes se expresan, o lo que nos ocurre independientemente de ellos.
Hace algunos años tuvimos otra oportunidad de reflexionar cuando la pandemia hizo ineludible una conversación que ya venía gestándose: la salud mental ES salud. Poco a poco hemos ido suavizando algunos estigmas, normalizando las visitas a psicoterapia y hablando con mayor apertura de la neurodiversidad.
En estas aproximaciones sucesivas, es momento de incorporar una siguiente capa que nos permita integrar algo que todavía puede parecer revolucionario: la salud sexual ES salud, y tiene todo que ver con los determinantes sociales.
Por mucho tiempo, a la luz del paradigma biomédico, la salud sexual se centró principalmente en la prevención de las infecciones de transmisión sexual y, por supuesto, del embarazo no planeado. Esta noción puede llevarnos a asumir que hablar de sexualidad es hablar de relaciones sexuales y hasta ahí.
Este entendimiento limitado no ha permitido incorporar plenamente la sexualidad como un aspecto central de la condición humana, presente a lo largo de la vida y que, además de su dimensión biológica, incluye componentes psicológicos, afectivos, sociales y culturales que se experimentan a partir del cuerpo.
Hablar de corporalidad, entonces, implica reconocer que estas experiencias no ocurren en las mismas condiciones para todas las personas. Las posibilidades de vivir la sexualidad, ejercer autonomía, experimentar bienestar y hacer efectivos nuestros derechos se encarnan en corporalidades concretas, atravesadas por nuestra historia, nuestras relaciones y por condiciones sociales y culturales que pueden ampliar o limitar esas posibilidades.
Esta mirada permite comprender el lema del Día Mundial de la Salud Sexual 2026, Every Body, más allá de un llamado a representar la diversidad de cuerpos. Nos invita a preguntarnos por las condiciones en las que cada persona puede vivir su sexualidad y relacionarse con su cuerpo con dignidad, autonomía y bienestar.
Esta pregunta tiene profundas implicaciones educativas: ¿estamos enseñando solamente a proteger nuestros cuerpos de aquello que puede salir mal o también estamos ofreciendo herramientas para conocerlos, comprenderlos y vivir nuestra sexualidad de manera congruente con nuestra dignidad, autonomía y bienestar, y con el respeto a la dignidad de los demás?
Educar para la salud sexual
Ampliar nuestra mirada sobre la educación sexual no significa abandonar la prevención: ésta sigue siendo indispensable. En México, datos de la ENSANUT 2022 muestran que, aunque 88.1 % de las y los adolescentes sabía que el condón debe utilizarse una sola vez, sólo 60.4 % reconocía su doble función para prevenir embarazos e infecciones de transmisión sexual (Hubert López et al., 2023).
Los datos nos recuerdan que todavía existen brechas incluso en conocimientos fundamentales. El desafío no consiste en dejar de educar para prevenir riesgos, sino en dejar de confundir la ausencia de daño con la presencia de salud sexual.
Una educación integral debería permitirnos no sólo conocer cómo funciona nuestro cuerpo, sino desarrollar capacidades para comprenderlo y tomar decisiones sobre él; reconocer nuestros límites y respetar los de otras personas; construir relaciones basadas en el consentimiento; reconocer la diversidad corporal, sexual y de género; identificar situaciones de violencia o desigualdad; acceder a información confiable y pedir ayuda cuando sea necesario.
En otras palabras, informar no es lo mismo que desarrollar autonomía. Prevenir riesgos no es lo mismo que promover bienestar. Pero hay una transformación adicional que hace especialmente urgente esta conversación: ¿cómo y a cargo de quién está ocurriendo la educación sexual?
Regularmente aprendemos de nuestras familias y amistades, de los servicios de salud y de lo que nuestras comunidades dicen —o callan— sobre sexualidad. Pero hoy aprendemos también de buscadores, redes sociales, influencers, series, pornografía, comunidades digitales y sistemas de inteligencia artificial. Cuando las familias y las instituciones educativas y formadoras deciden no hablar sobre sexualidad, el espacio que dejan no permanece vacío.
El mercado y los algoritmos digitales seleccionan qué cuerpos vemos; las redes sociales amplifican determinados ideales de belleza, juventud y deseabilidad; y la inteligencia artificial abre nuevas preguntas sobre intimidad, privacidad, consentimiento, sesgos y generación o manipulación de imágenes.
Por ello, hablar hoy de educación integral en sexualidad requiere incorporar también alfabetización y seguridad digital: no basta con encontrar información; necesitamos evaluar sus fuentes, reconocer desinformación y estereotipos, comprender cómo los entornos digitales influyen en nuestras expectativas sobre los cuerpos y las relaciones, y proteger nuestra intimidad y la de otras personas.
La reciente Porto Proclamation on Sexual Health, Rights, and Justice reconoce precisamente entre sus prioridades enfrentar la desinformación mediante investigación y educación, así como desarrollar estrategias digitales que amplíen el acceso a información confiable sobre salud sexual (El Kak et al., 2026).
De Every Body a la justicia sexual
Si reconocemos que la sexualidad se experimenta desde corporalidades concretas, una educación integral no puede asumir que existe una experiencia corporal universal.
¿Qué cuerpo imaginamos cuando diseñamos educación sexual?
Con frecuencia aparece implícitamente un cuerpo joven, heterosexual, cisgénero, sin discapacidad y entendido principalmente desde su capacidad reproductiva. Pero la sexualidad atraviesa el curso de vida y se experimenta desde cuerpos, identidades, relaciones y circunstancias diversas.
Una educación que aspire a llegar a every body necesita preguntarse no sólo si ofrece información a todas las personas, sino si todas pueden reconocerse en esa información y utilizarla para tomar decisiones sobre sus propias vidas. Ofrecer el mismo contenido no garantiza que todas puedan acceder a él, comprenderlo, sentirse representadas o contar con las condiciones necesarias para actuar a partir de lo aprendido.
Y aquí la inclusión se encuentra con la justicia. Si todas las personas tienen derechos sexuales, pero no todas cuentan con las mismas condiciones para ejercerlos, el problema no puede resolverse únicamente proporcionando más información. El género, la orientación sexual, la identidad y expresión de género, la discapacidad, la edad, las condiciones socioeconómicas y el contexto social pueden influir en las posibilidades de ejercer autonomía, acceder a servicios, establecer límites, experimentar bienestar o vivir la sexualidad sin violencia ni discriminación.
La justicia sexual nos invita precisamente a pasar del reconocimiento formal de los derechos a preguntarnos por las condiciones reales para ejercerlos.
Desde esta perspectiva, la educación integral en sexualidad adquiere otra dimensión. No es solamente una estrategia para transmitir información ni una intervención para prevenir riesgos. Puede ser también una herramienta de inclusión y una condición para la justicia sexual.
Quizá por eso Every Body resulta un lema especialmente pertinente para nuestro momento. Nos invita a ampliar la mirada para reconocer que promover la salud implica también ampliar las posibilidades de las personas para conocer sus cuerpos, tomar decisiones sobre ellos, construir relaciones respetuosas y vivir su sexualidad libres de violencia y discriminación.
La salud sexual es salud, y los derechos sexuales y reproductivos son derechos humanos. Necesitamos construir las condiciones para que el acceso a una educación sexual integral y las posibilidades de vivir una sexualidad con dignidad, autonomía y bienestar alcancen, verdaderamente, a every body.
Acerca de la autora
Pilar González Amarante es médica y doctora en ciencias sociales por el Tec de Monterrey, cuenta con un máster en Ética para la Construcción Social. Dedicada a pensar la educación médica y la atención a la salud en la intersección de la sociología y las humanidades a través de la investigación y la docencia. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores, y actualmente lidera las Estrategias Preventivas y Formativas del Centro de Reconocimiento de Dignidad Humana en TecSalud y la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tec de Monterrey, desde donde impulsa iniciativas para prevenir la violencia, la discriminación y toda forma de vulneración a la dignidad, con la visión de construir espacios seguros y libres de violencia para todas las personas.