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Opinión | Exámenes de admisión en línea: nuevas tecnologías y cultura del fraude

El fraude en los exámenes de admisión en línea puso en evidencia los límites de la tecnología para prevenir las trampas. El caso abre un debate sobre la cultura del fraude, el uso de inteligencia artificial y la necesidad de combinar herramientas digitales con mecanismos de evaluación presencial.
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iStock: Supatman

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El grave asunto del fraude perpetrado en torno a los exámenes de admisión en línea de la UNAM, aplicados recientemente, me lleva, como de rayo, a una anécdota de mi adolescencia y de la preparatoria. El profesor Canseco, un erudito que nos daba la materia de historia de México, tenía en la mira a uno de mis compañeros, a quien, cada vez más abiertamente, acusaba de usar acordeón en sus exámenes. Pero nunca lo había podido atrapar in fraganti y, sin prueba alguna, no podía procesarlo. En realidad, su único argumento era que el comportamiento en clase y la personalidad de mi amigo —ciertamente, despreocupada, en general, de lo académico— no concordaba con sus altas calificaciones en la materia. En efecto, todos sabíamos que Juan no era el tipo de estudiante “muy dedicado”, y que, en cambio, sí era un genial acordeonista.

Dispuesto a confirmar lo que ya no era una sospecha, Canseco se preparó para atraparlo. Cuenta la leyenda que, cuando llegó el siguiente examen, el maestro no se separó un instante del pupitre de aquel alumno que ya se había convertido, para él, en una obsesión. Fijos los ojos, sin separarlos ni un momento de mi amigo, pasó toda la hora a su lado, seguro de que le estaba obstaculizando todo intento de fraude. Al final, satisfecho, recogió los exámenes. Pero no sabía a quién se estaba enfrentando. A la siguiente clase, con éstos ya calificados, entregó el suyo al querido Juan, mientras repetía, con resignada ironía, aquel viejo lema de los prestidigitadores: “No cabe duda de que la mano es más veloz que el ojo”. Mi amigo había obtenido un diez de diez.

Volvamos a los exámenes de admisión de la UNAM. Es claro que, lo mismo que el profesor Canseco, las autoridades de la universidad estaban seguras de poder vigilar, con los numerosos recursos de control que habían implementado, la realización del primer examen de admisión a licenciatura en línea, convencidas de que estaban poniendo, sobre cada aspirante, una mirada escrutadora imposible de burlar. Pero, aún así, el fraude fue mayúsculo y una vez más —y de forma bastante dramática— se tuvo que reconocer que la mano sigue siendo más veloz que toda la tecnología disponible. 

Quizás valga la pena hacer un breve recuento de las medidas de vigilancia que ofrecía la empresa a la que la UNAM contrató para aplicar y vigilar el proceso, y que —me imagino— se esperaba que fueran (al menos, casi) infalibles. 

Así pues, se trataba, como digo, del primer examen de admisión en línea para las licenciaturas de la UNAM. Se había optado por lo electrónico para reducir gastos y facilitar el acceso a los miles de estudiantes de los estados que antes debían desplazarse a la Ciudad de México para el evento presencial. Los inscritos ya no tendrían que hacer largas colas al concurrir a las sedes de aplicación masiva (el Estadio Azteca, por ejemplo) ni ubicarse a una distancia de dos metros, mínimo, del aspirante más cercano, para no copiar. Ahora debían sentarse frente a una computadora, con cámara y micrófono abiertos, y acceder al examen en una plataforma que empezaba por reconocer su identidad (antes debidamente registrada) y que de inmediato clausuraba la posibilidad de abrir cualquier página web o programa de la propia compu, y de ejecutar cualquier función de esta que no fuera la necesaria para responder las preguntas (nada de copy, nada de paste).

Las instrucciones y motivos de cancelación del examen, dados a conocer a los aspirantes, eran claros y estrictos: no se podía utilizar material de apoyo visual ni auditivo (ningún libro o papel, ni dispositivos electrónicos, incluyendo relojes; por obvias razones, no se descartaron los lentes, que ya proliferan en versiones inteligentes), ni intentar salir del sistema y abrir otras pestañas, ni tener la compañía de nadie (el sistema podía captar presencias, voces, ruidos y movimientos fuera de cuadro) y mucho menos comunicarse, por ningún motivo, con una tercera persona. También estaba prohibido “permanecer fuera del campo de visión de la cámara; desactivar o tapar esta o el micrófono con algún objeto; cubrirse el rostro con cabello, manos o brazos; leer en voz alta las preguntas de la prueba o desviar la mirada de manera repetitiva”.

Si transgredía alguna de estas normas, el aspirante podía ser detectado, a través de la cámara y el micrófono, por un sistema de inteligencia artificial entrenado para ello. Pero no era este el que tomaba la decisión de anularle el examen; lo que hacía era enviar de inmediato la alerta a supervisores humanos (contratados por la empresa, como una especie de call center calificado, a razón de uno por cada 150 examinados), que valoraban la pertinencia de enviar el caso a las mesas de decisión, conformadas por personas de la UNAM. Solo a estas correspondía la resolución final. 

Mediante este proceso, fueron anulados el 2% de los exámenes, es decir, aproximadamente 3,200 de los casi 159,000 que se habían efectuado. La evidencia de estas irregularidades quedaron a la disposición de los aspirantes descalificados.

Pero esas no fueron todas las anomalías detectadas. En el recuento final, las calificaciones de los exámenes presentaron resultados nunca antes vistos, empezando por quintuplicarse, con respecto a años anteriores, el número de alumnos con más de cien respuestas correctas, de las 120 preguntas que contenía el examen (saltando de un 3.5% a un 16.3%). También el número de exámenes con calificación perfecta (120 de 120) resultó escandalosamente anormal; en este caso, por cierto, llamó la atención el hecho de que la mayoría de ellos se dieran entre aspirantes a la Facultad de Medicina, que en años anteriores había exigido un mínimo de 111 aciertos para ingresar. 

Un cambio en los resultados quizás era previsible, presumiendo que la comodidad de responder en casa, a solas y en línea, permitiera un mejor desempeño, pero las cifras tan contrastantes señalaban, más bien, hacia una buena cantidad de casos ilícitos (ser cautos al llegar a conclusiones es importante si queremos evitar el seguir normalizando la cultura del fraude, y decir demasiado pronto “Ah, seguro hicieron trampa”, como si esto fuera lo único que pudiera esperarse de nuestros jóvenes: hay que descartar todas las variables posibles antes de afirmar —como al final se hizo, creo yo, correctamente— que muchos de esos casos eran deshonestos).

Las formas de hacer este tipo de fraude podían haber sido muchas. La primera, que los examinados hubieran conseguido burlar las medidas de vigilancia de la empresa contratada. Aquí, sobre todo, es donde se ha asociado el engaño con el uso de inteligencia artificial, desacreditándola (aún más de lo que ya lo está). Pero en ello cabe una confusión (da la impresión, con perdón, de que, una vez más, nos inclinamos a adjudicar culpas por mero desahogo, incluso sin entender bien de lo que estamos hablando). Intentaré explicarme. La fantasía, siempre abierta a imaginar monstruos y a ver a la IA como uno de ellos, parece suponer que una súper inteligencia artificial, en manos de algunos aspirantes, habría sido capaz de burlar la seguridad de la plataforma y, sin ser detectada, responder las preguntas “desde dentro”, lo cual suena más conspiranoico que real. Para empezar, es muy dudoso que un hackeo así —¡tan costoso!— hubiera llegado a las manos de un montón de estudiantes, ansiosos por entrar a la universidad. Lo que pasó, en realidad, es mucho más simple. Algunos chavos declararon haber pedido consejo a la IA sobre cómo burlar las medidas de seguridad que acompañarían al examen. Las respuestas fueron del orden de “Ubica los puntos ciegos de tu cámara y coloca ahí un segundo dispositivo, en el cual puedas consultar las respuestas”. Nada que implicara una compleja táctica para burlar a la plataforma, y mucho menos hackearla; y, sobre todo, nada que no pudiera idear cualquier buen acordeonista contemporáneo. 

Otro delito que se le imputa (de nuevo, muy a la ligera) a la IA en esto del fraude es el de que muchos, una vez burlada la vigilancia, la habrían usado para consultar las respuestas. Bueno, sí, claro; aunque la verdad es que, estando en posibilidad de consultar algún documento, no habría importado que fuera libro, cuaderno, guía previamente respondida, examen robado, enciclopedia virtual o plataforma de inteligencia artificial. Tal vez lo más accesible para la trampa habría sido esta última, dada su rapidez y alcance en las respuestas, pero eso no debe ponerla en la mira de nadie como “la” herramienta del fraude. Sería como culpar a Wikipedia de que algún alumno la hubiera usado para responder. 

Hasta ahora, pues, tenemos que parte del fraude pudo lograrse burlando la vigilancia como lo hace en su salón cualquier preparatoriano experto, y consultando todo tipo de acordeones y documentos, muchos de ellos generados rápidamente por inteligencia artificial. 

Pasemos ahora a algo más grave: lo que habría sido un fraude sistémico, es decir, organizado por personas externas a la población estudiantil para favorecer a algunos alumnos “con influencias” y/o hacer negocio. También en él habrían podido darse distintas formas. 

La más simple se ha detectado por una curiosa inferencia: resulta que, además de la mejora inusual en las calificaciones, hubo en estas otra irregularidad, extrañamente a la baja: también las malas notas, de menos de treinta aciertos, incluyendo los ceros, aumentaron de forma drástica. Esto hizo suponer a los expertos que algunos “aspirantes” habían aprovechado que el examen se aplicaría en diferentes fechas a distintos grupos, y se habían inscrito a este solo para obtener las preguntas, sin siquiera tomarse la molestia de simular algunas respuestas. 

¿Qué habrían hecho con esa información? La pregunta hace escalar el problema. ¿Dársela a su hermana o a su amigo? ¿Venderla de forma personal a algún conocido o a varios? ¿Entregarla a una organización —pequeña o grande— que negociaría con ella? Las tres opciones son posibles. También lo es el que, ya en la cima del fraude, la distribución de las preguntas —por negocio o por “regalo”— haya provenido del interior de la institución universitaria misma o de la empresa contratada (cabe mencionar que, al ofrecer su apoyo a la UNAM en la investigación de todo este asunto, la presidenta de México ha dicho que la Fiscalía general de la República , la FGR, podría, en efecto, investigar a dicha empresa).

Solo menciono la enorme gama de posibilidades con la que nos topamos. Ninguna de ellas supone algo extraordinario, distinto de lo que ya hemos vivido antes, de mil formas. Sabemos que este tipo de fraudes siempre han sido posibles (y con “siempre” quiero decir desde la llamada prehistoria, cuando los primeros jóvenes sapiens eran puestos a prueba) y que, nuevamente, la tecnología es solo un recurso secundario. El que alguien venda, compre u obtenga las respuestas gracias a un acordeón, un libro, por teléfono, en línea o por telepatía, no tiene la menor importancia. 

Cuando la UNAM tomó conciencia de que había ocurrido un fraude, y lo dio a conocer, ya estaban publicados los nombres de los aspirantes que habían sido aceptados y podían inscribirse. Así que, previendo cualquier reacción de la institución, tanto algunos de los ya aceptados como de los rechazados se dieron a exigir, unos, que se les sostuviera la calificación, y, otros, que se repitiera el examen. Esto último, sin duda, era lo más coherente, y el rector acabó anunciando la realización de un nuevo examen de control presencial. 

Este fue llevado a cabo en fechas recientes. A él se convocó, no, por supuesto, a aquellos cuyo examen se había anulado, sino sólo a todos los que figuraban en la lista de aceptados, dando también la oportunidad de competir de nuevo a quienes, sin estar en ella, hubieran obtenido, al menos, el mismo número de aciertos que los alumnos admitidos en años pasados. Los dos grupos sumaron, en total, alrededor de 58,000 estudiantes.

Esta prueba presencial se llevó a cabo en cuatro sedes del país y con computadoras sin conexión a internet, bajo la vigilancia de personas en vivo, la cual habrá sido tan estricta como esto es posible (recuerden: la mano es más veloz que el ojo).

El ausentismo fue enorme, del 37%. Ello pudo deberse a muchas causas (lo presencial implica un mayor esfuerzo, y se presume que muchos de los aspirantes ya se habrían ubicado en otras universidades), pero no deja de aumentar la sospecha de que la nueva dificultad habrá ahuyentado a varios defraudadores.

En el momento en que escribo esto, quedan dos pendientes importantes: todavía no se ha publicado la lista de los nuevos aceptados, y no se tienen aún avances de una posible investigación sobre lo que habría sido un fraude sistémico, procedente del interior de la propia institución, de la compañía que aplicó el examen o de personas particulares y empresas asociadas a ellas.

Me imagino –quizás de forma ingenua— que en cuanto a la nueva lista de aceptados y el ingreso a clases todo fluirá más o menos normalmente (lo más probable es que, quien haya obtenido una buena calificación de forma honesta en el primer examen, también lo haga en el segundo; sin embargo, no se pueden descartar algunas injusticias ni, por lo tanto, ciertas protestas y recursos legales, que será necesario atender). Asimismo, algunos defraudadores, ahora reprobados, querrán limpiar su nombre, simulando protestas que no creo que tengan demasiada trascendencia (claro, a menos que entre ellas aparezca algún apellido “influyente”).

Por lo que respecta a la investigación sobre instituciones y empresas, creo que debemos esperar cualquier cosa. El escándalo puede seguir o detenerse; sacar a la luz a uno o varios funcionarios, o caer al vacío; destronar a la empresa contratada o reivindicarla; hallar a algún chivo expiatorio entre individuos que habrían actuado de forma aislada o enviados por alguna empresa fraudulenta, o bien aducir la trampa solo a los estudiantes y a la velocidad de la mano sobre el ojo, ya sea biónico o biológico. Me atrevo a pensar, sin embargo, que las cosas se irán suavizando y cayendo en el olvido, al menos de forma pública, sin extender sombras de duda sobre el segundo proceso de selección, ya bastante atropellado.

Y en cuanto a las averiguaciones acerca del uso de la inteligencia artificial en el fraude, creo que, o bien yo no estoy entendiendo algo, o se trata de un distractor un tanto retórico y exagerado. ¿Qué se puede, en este caso, decir sobre la IA, que no sea parecido a una trama de película? No lo sé. No me parece necesaria tal ficción frente a todos los mecanismos a la mano para hacer trampa, sin recurrir a siniestras tecnologías. Pero, bueno, habrá que estar atentos y alerta, no vaya a ser que los monstruos sí existan.

Por último, en cuanto al futuro, me atrevo a adivinar que, en los años siguientes, la UNAM seguirá manteniendo sus exámenes de admisión en línea, pero solo como un primer filtro de selección, antes de un examen presencial, más acotado. Es decir, lo mismo que este año de 2026, pero ya oficial. Creo que sería lo mejor, y lo que más aprovecharía esta primera y dura experiencia. 

Ya veremos.

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Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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