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Opinión | Educar también es comprender

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Ilustración digital por Stefi Sundays
Ilustración digital por Stefi Sundays

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Al pensar en educación, se suele asociar con escuelas, universidades y aulas. Con frecuencia, la entendemos como un proceso para transmitir conocimientos o desarrollar habilidades dentro de un contexto escolar. Sin embargo, también implica aprender a convivir, interpretar el mundo y relacionarnos con quienes son distintos a nosotros. Y si esto incluye educar, quizá la alfabetización canina también tenga un lugar en esa conversación.

Cuando hablamos de perros, solemos pensar en enseñar comandos, evitar que jalen la correa o corregir conductas que dificultan su manejo. La educación canina suele entenderse como un conjunto de técnicas para que la mascota “se porte bien”. Y es algo que, por mucho tiempo, yo también pensé.

Sin embargo, la experiencia de vivir con Arnold, mi mascota, me obligó a replantear lo que entendía por educación canina. ¿Qué pasa si el cambio no comienza con mi perro, sino conmigo, la persona que vive con él? ¿Y si el aprendizaje más importante no fuera corregir una conducta, sino aprender a comprenderlo?

La alfabetización nunca ha significado únicamente aprender a leer letras; es desarrollar la capacidad de interpretar información, reconocer el contexto y tomar decisiones con base en ese conocimiento. Por eso existe la alfabetización científica, digital o en salud, donde todo parte de la idea de que aprender transforma la manera en que comprendemos el mundo y, en consecuencia, la forma en que actuamos dentro de él.

Ese mismo principio puede aplicarse a la relación que construimos con otras especies. En el caso de los perros, supone conocer su lenguaje, identificar sus necesidades y tomar decisiones que favorezcan su bienestar y fortalezcan la convivencia. En otras palabras, el aprendizaje deja de centrarse únicamente en lo que la mascota debe hacer y comienza a preguntarse qué necesitamos aprender las personas para comprenderlas mejor.

No se trata de sustituir el entrenamiento ni de minimizar su importancia; es cambiar el punto de partida. Porque cuando la conversación gira exclusivamente alrededor de la obediencia, corremos el riesgo de preguntarnos únicamente qué necesita aprender el perro, sin detenernos a pensar qué necesitamos aprender nosotros.

Aunque el término “alfabetización canina” es relativamente reciente, la idea que lo sustenta ha comenzado a tomar fuerza conforme la ciencia ha transformado nuestra comprensión sobre el comportamiento y el bienestar de los perros. Antes de convertirse en una propuesta educativa, fue necesario entender cómo aprenden los perros, qué influye en su comportamiento y por qué muchas conductas que antes se interpretaban como desobediencia hoy se consideran formas de comunicación. Ese recorrido científico ayuda a explicar por qué aprender sobre los perros también puede entenderse como un proceso de alfabetización.

De enseñar conductas a comprender comportamientos

La manera de entender a los perros ha cambiado profundamente en las últimas décadas gracias a los avances más recientes en la ciencia del bienestar animal y en la etología, disciplina que estudia el comportamiento de las especies animales, incluido el ser humano, en su medio natural. Los hallazgos de estas disciplinas han demostrado que, aunque durante mucho tiempo el objetivo fue comprender cómo aprenden los perros, hoy se busca entender qué sienten, qué necesitan y qué intentan comunicar a través de su comportamiento.

El fisiólogo ruso Iván Pavlov demostró que los perros podían aprender a asociar un estímulo con otro mediante un proceso conocido como condicionamiento clásico. En uno de sus experimentos más conocidos, observó que, después de que unos perros escucharan repetidamente una campana antes de recibir su alimento, los caninos comenzaban a salivar únicamente al oír ese sonido, incluso cuando la comida no estaba presente. 

Aunque hoy esta investigación suele resumirse en pocas líneas en libros de psicología e incluso en artículos de divulgación como este, en su momento representó un cambio radical porque permitió estudiar el aprendizaje desde un enfoque experimental. Hasta entonces, muchos procesos relacionados con la conducta animal se explicaban principalmente mediante observaciones; Pavlov demostró que podían analizarse de manera sistemática y medirse científicamente. Su trabajo no solo transformó el estudio del aprendizaje en los perros, sino que también sentó las bases para el desarrollo de la psicología del aprendizaje durante el siglo XX.

Años más tarde, el psicólogo estadounidense B.F. Skinner amplió este conocimiento al desarrollar la teoría del condicionamiento operante, que sostiene que la probabilidad de que una conducta vuelva a ocurrir depende de las consecuencias que le siguen. En otras palabras, cuando un comportamiento produce una consecuencia agradable, es más probable que se repita; en cambio, cuando deja de realizarse o genera una experiencia desagradable, su frecuencia puede disminuir. Estos principios continúan siendo la base de muchas estrategias utilizadas para enseñar habilidades tanto a perros como a otras especies, incluidas las personas. 

Gracias a estas aportaciones es posible comprender que los perros son capaces de aprender nuevas formas de actuar, adquirir hábitos y adaptarse a distintos entornos. Durante décadas, el objetivo principal del adiestramiento consistió en enseñar obediencia, corregir comportamientos considerados indeseables y fortalecer la convivencia entre perros y personas. En este contexto, el éxito de la educación solía medirse por la capacidad del perro para responder correctamente a las indicaciones de su dueño. 

Con el paso del tiempo también comenzaron a surgir nuevas preguntas. ¿Era suficiente evaluar a un perro únicamente por su capacidad para obedecer? ¿Podía medirse el éxito de la educación solo a partir de las conductas que las personas deseaban observar? Estas interrogantes impulsaron el desarrollo de la etología aplicada y de la ciencia del bienestar animal, disciplinas que ampliaron la mirada sobre el comportamiento y propusieron comprender al perro como un individuo con necesidades físicas, emocionales y sociales propias. En este nuevo paradigma, el comportamiento dejó de verse únicamente como algo que debía modificarse y comenzó a entenderse como una fuente de información sobre el estado del animal.

La ciencia también permitió identificar que la conducta no depende únicamente de lo que un perro ha aprendido. Factores como la genética, las experiencias tempranas, el ambiente en el que vive, el estado emocional e incluso la presencia de dolor o de enfermedades influyen constantemente en su comportamiento. 

Esta perspectiva también es compartida por la medicina veterinaria del comportamiento. La médica veterinaria Natalia Álvarez Hernández explica que problemas como el miedo, la ansiedad o la agresividad deben entenderse como fenómenos multifactoriales en los que intervienen aspectos médicos, fisiológicos, ambientales y de aprendizaje. Así, un ladrido, un gruñido o la aparente “desobediencia” dejan de interpretarse exclusivamente como conductas que deben corregirse y comienzan a entenderse como información valiosa sobre el estado físico y emocional del animal.

Este cambio de perspectiva también comenzó a reflejarse fuera del ámbito académico. Conforme aumentó la evidencia sobre el bienestar animal, distintos países empezaron a revisar el uso de herramientas de entrenamiento potencialmente dañinas y a promover métodos más respetuosos con los perros. La discusión dejó de centrarse únicamente en la eficacia de una técnica y comenzó a considerar también sus implicaciones para el bienestar físico y emocional del animal.

Este cambio de paradigma también transformó el papel de quienes convivimos con perros. Si bien durante mucho tiempo la educación canina consistía principalmente en enseñarles a ellos, hoy también implica que nosotros aprendamos. Es aprender a observar, a interpretar su lenguaje corporal, a reconocer cuándo una conducta expresa curiosidad, miedo, dolor, frustración o bienestar. En otras palabras, dejar de cuestionarnos únicamente cómo hacer que un perro nos obedezca y empezar a preguntarnos qué nos intenta comunicar.

Esta forma de entender el comportamiento también fue impulsada por la entrenadora y especialista en comportamiento canino Turid Rugaas, quien dio a conocer el concepto de las llamadas “señales de calma” en su libro El lenguaje de los perros: las señales de calma. En él, describe un conjunto de comportamientos mediante los cuales los perros buscan reducir tensiones, prevenir conflictos y comunicarse con otros perros y con las personas. Su trabajo ayudó a sistematizar una idea que hoy parece evidente: antes de intentar modificar una conducta, es necesario aprender a interpretarla en su contexto.

Quizá esa sea una de las transformaciones más importantes que ha experimentado la educación canina en las últimas décadas. Porque cuando dejamos de ver el comportamiento meramente  como algo que debe modificarse y empezamos a verlo como una forma de comunicación, también cambia nuestra relación con las mascotas. La educación deja de ser un proceso unidireccional, en el que una especie enseña y la otra aprende, para convertirse en un ejercicio de comprensión mutua. Y es precisamente en ese punto donde comienza a tomar forma el concepto de alfabetización canina.

Si la ciencia transformó la manera en que entendemos a los perros, el siguiente reto era lograr que ese conocimiento llegara a las personas que conviven con ellos a diario. En los últimos años han surgido iniciativas dedicadas a traducir la evidencia científica en herramientas prácticas para las familias. Una de ellas es LomBom, cuya propuesta parte de una idea sencilla: comprender a un perro también es algo que se aprende.

Cuando la ciencia llega a las familias y a sus perros

Para que el conocimiento generado por la etología y la ciencia del bienestar animal tenga un impacto real, debe llegar a quienes conviven con los perros todos los días, pues el aprendizaje no termina en la consulta veterinaria ni en el entrenamiento, sino que continúa en las decisiones cotidianas que las familias toman para cuidar a sus perros.

Como parte de esta labor, Italibi Gutiérrez Félix, fundadora de LomBom (un proyecto mexicano dedicado a la educación para el bienestar canino que busca traducir la evidencia científica en herramientas prácticas de prevención, salud y bienestar integral), desarrolló para este artículo una reflexión sobre un concepto que resume esta filosofía de la alfabetización canina. Su propuesta parte de una idea sencilla, pero profundamente transformadora: la educación no comienza enseñando al perro qué hacer, sino aprendiendo las personas a comprender quién es el perro, qué necesita y qué intenta comunicar.

Alfabetizarse en el mundo canino implica desarrollar la capacidad de observar, interpretar y tomar decisiones fundamentadas sobre el bienestar del perro. Al igual que ocurre con la alfabetización científica o la alfabetización en salud, no se trata únicamente de adquirir información, sino de comprenderla y utilizarla para actuar de manera más consciente. En el caso de los perros, esto implica aprender a reconocer su lenguaje corporal, conocer sus necesidades físicas y emocionales e interpretar su comportamiento en el contexto en que ocurre.

Esta mirada también transforma la manera en que entendemos su comportamiento. Un bostezo, un lamido de hocico, un cambio en la postura corporal, la pérdida de interés por el juego o una reacción inesperada ante determinados estímulos dejan de verse únicamente como algo que debe corregirse. En cambio, se convierten en información valiosa sobre el estado físico, emocional o ambiental del perro. Como explica Gutiérrez Félix al Observatorio, “el comportamiento no es un tema aislado. Es biología, es salud”.

Desde esta perspectiva, el papel de las personas tutoras también cambia. En lugar de limitarse a reaccionar ante un problema, la alfabetización canina promueve la observación, la prevención y la respuesta de manera más adecuada a las necesidades del perro. La información solo adquiere verdadero valor cuando permite actuar antes de que los problemas aparezcan y construir entornos que favorezcan el bienestar integral del perro.

Más allá de aprender técnicas de entrenamiento, implica desarrollar criterios que permitan identificar necesidades, reconocer señales tempranas y construir entornos que favorezcan el bienestar integral del perro. Esta visión también se refleja en los materiales educativos desarrollados por LomBom, donde temas como la nutrición, los primeros auxilios, la estimulación cognitiva, la comunicación y el manejo del estrés forman parte de una misma propuesta educativa. Bajo esta perspectiva, alimentar a un perro, pasearlo o jugar con él siguen siendo parte del cuidado, pero también lo es comprender su comportamiento, prevenir situaciones de estrés y responder de manera más adecuada a sus necesidades físicas y emocionales.

Quizá una de las ideas más importantes de esta propuesta es que el aprendizaje nunca termina. Comprender a un perro requiere curiosidad, observación y disposición para seguir aprendiendo. Como comentó Gutiérrez Félix: “La alfabetización canina no busca convertir perros en robots. Busca construir seguridad, bienestar y resiliencia”. Y, como ella misma señala, “el amor no siempre alcanza si no viene acompañado de herramientas”. La alfabetización canina propone precisamente eso: transformar el cariño en conocimiento y este en acciones que permitan construir relaciones más saludables entre las personas y los perros.

Durante mucho tiempo, la salud de las personas y la de los animales se entendieron como asuntos separados. Sin embargo, enfoques como el de Una sola salud recuerdan que ambas están profundamente conectadas. La forma en que comprendemos, cuidamos y convivimos con nuestros perros no solo influye en su bienestar, sino también en nuestra propia salud, en la convivencia cotidiana y en la relación que construimos con ellos. En este sentido, la alfabetización canina deja de ser únicamente una herramienta para entender mejor el comportamiento animal y se convierte en una forma de fortalecer el bienestar compartido entre personas y perros.

Cuando aprender cambió nuestra historia

Hasta ahora he hablado de la alfabetización canina como un concepto respaldado por la ciencia y promovido por especialistas. Sin embargo, fue mi experiencia con mi perro Arnold la que me permitió comprender realmente lo que significa.

Arnold llegó a mi vida cuando tenía diez meses y nunca recibió la socialización que un cachorro necesita y parte del entrenamiento que recibió estuvo basado en el uso de collares de descargas para corregir sus reacciones frente a otros perros. Lejos de resolver el problema, esas experiencias hicieron que aprendiera a asociar el mundo con el miedo a una edad tan temprana.

Durante años pensé que Arnold era un perro “difícil”; los paseos terminaban antes de empezar porque comenzaba a temblar, llorar o intentar escapar incluso antes de llegar a la esquina. Como muchas personas, interpreté esas conductas como problemas de comportamiento y busqué distintas formas de corregirlas. También hubo momentos en los que sentí frustración, culpa e incluso la sensación de que nunca lograríamos mejorar. Hoy entiendo que, más que enseñarle a Arnold a comportarse, quien necesitaba aprender era yo.

Con el tiempo también descubrí que Arnold y yo compartíamos algo más que una casa. Ambos vivíamos con ansiedad y ambos aprendimos, poco a poco, a sentirnos más seguros. Mientras yo aprendía a gestionar mis propios miedos, él también comenzaba a confiar un poco más en el mundo. Esa experiencia me hizo comprender que cuidar de un perro también implica revisar la manera en que habitamos la relación con él.

Ese cambio tomó un rumbo distinto a principios de este año, cuando Arnold tenía diez años y me acerqué a LomBom. En lugar de centrarse únicamente en modificar su conducta, el equipo quiso conocer primero su historia, su estado de salud y las posibles causas de sus reacciones. Fue entonces cuando entendí algo que nadie me había explicado antes: Arnold nunca había aprendido a explorar el mundo a través del olfato.

Mientras la mayoría de los perros utilizan su nariz para obtener información del entorno y sentirse más seguros, Arnold vivía permanentemente en estado de alerta. No se detenía a investigar olores ni a “leer” el ambiente; simplemente intentaba atravesarlo lo más rápido posible. Comprender eso transformó por completo la forma en que empecé a interpretar su comportamiento. Lo que durante años había visto como terquedad, desobediencia o reactividad era, en realidad, una respuesta constante al miedo.

A partir de ese momento, iniciamos un plan que incluyó cambios en su alimentación, suplementos, enriquecimiento ambiental, juegos de olfato, acupresión y muchas horas de observación. El objetivo ya no era conseguir que obedeciera más, sino ayudarlo a sentirse lo suficientemente seguro como para explorar el mundo.

Meses después ocurrió algo que yo creí que era imposible: Arnold me acompañó a mis vueltas; caminó tranquilo por las tiendas. Se detuvo a oler los tapetes, las plantas y hasta las flores del jardín. Es más, por primera vez en su vida, eligió un juguete. Para cualquiera podrían parecer escenas cotidianas. Para mí fueron la evidencia de que mi perro ya no estaba intentando sobrevivir a cada paseo, sino que empezaba a disfrutarlo. No me emocionó verlo ejecutar un nuevo comando; me emocionó verlo experimentar el mundo con curiosidad por primera vez.

Nuestro camino no terminó ahí. Arnold sigue siendo un perro reactivo y todavía tiene ansiedad. Seguimos enfrentando días difíciles y aún queda mucho por aprender. Sin embargo, hoy la diferencia es que ya no veo sus acciones como actos de desobediencia, sino como formas de comunicación. Aprendí que detrás de un ladrido puede haber miedo, detrás de una reacción puede haber dolor y detrás de un perro etiquetado como “problemático” puede existir simplemente un animal que nunca tuvo la oportunidad de sentirse seguro.

La alfabetización canina no solo cambió la vida de Arnold; transformó la manera en que yo lo entendía. Me enseñó que convivir con un perro no consiste únicamente en enseñarle conductas, sino también en desarrollar la capacidad de observar, interpretar y responder de manera más adecuada a sus necesidades. Al final, eso es lo que ha significado para nosotros: dejar de intentar cambiar a Arnold para empezar, por fin, a comprenderlo.

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Paulette Delgado

Redacción, Edu News | Especialista de Tendencias Educativas en Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación.

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