Borges, Kafka, Joyce, Pessoa, Rilke, Proust… ¿qué tienen en común todos estos nombres? Bueno, en realidad, debe haber muchas semejanzas entre ellos (para empezar, la de que no son nombres sino apellidos), pero una que a mí siempre me gusta señalar es que, si bien todos ellos son considerados como los más grandes escritores del siglo XX, ninguno recibió el premio Nobel: todos, por distintos caminos —pero, a final de cuentas, llevados por una especie de magia común—, parecen haberse alejado del tablero donde, cada año, los jueces del famoso concurso sueco cuelgan a algún genio de las letras para exponerlo al mundo.
Los políticos mexicanos de otros tiempos dirían de ellos “Ni modo, se movieron y no salieron en la foto”, donde “moverse” significa salirse del mainstream. La foto… ya sabemos cuál es, la de todos los que se sienten (o aprenden a sentirse) cómodos al sujetarse a lo convencional, a lo común: la famosa foto, por ejemplo, de los “más importantes científicos de la primera mitad del siglo XX”, donde, por cierto, conforme a los criterios de la época, solo aparece una mujer “la excepción que confirma la regla”, dirían en ese mismo gremio (por cierto, no se me escapa que en la foto de los seis grandes literatos no incluí a ninguna escritora, pero es una vergüenza que acarrearé durante todo este texto y a la que, al final, daré su lugar).
Por lo pronto, el tema es el de esa especie de seres míticos que se sitúan lejos del centro, fuera de foco, apartados del blanco donde las agudas flechas del mainstream clavan hasta a los más grandes genios. Borges, Proust, todos ellos, por el contrario, se mantuvieron descentrados: Borges, distraído en su laberinto de libros; Proust, en otro, menos abstracto y mejor amueblado, buscando su memoria; Pessoa, repartido en mil personas para recorrer el suyo; Rilke, creando un silencio en el que se podía escuchar el vuelo de los ángeles: todos parecían no pertenecer a ningún orden, no proceder de sitio alguno ni guardar ninguna ilusión de acabar el viaje en otro lugar.
Hablo de ellos como seres inmortales, sin principio ni fin, sin anclaje alguno, como si no pisaran: el mito Kafka, el mito Proust; inmortalizados, a veces por sus libros, más que por sus estatuas. Pero basta con leerlos para reconocer lo lejos que estaban de soñarse como una piedra; también lo cerca que estaban de anhelar vidas más simples, como las nuestras. “Envidio a todos no ser yo” decía Pessoa, pero todos lo podrían haber suscrito en algún momento.
No quiero ahondar en sus pecados y sacrificios: a Borges, su sublime escepticismo, su imparcialidad —que era casi indiferencia— ante el devenir humano, lo llevaron a recibir el reconocimiento de un dictador criminal argentino, manchando para siempre lo que él cuidaba como uno de los más grandes valores: su decencia (años después mostró su arrepentimiento en un acto y un texto tan estremecedores como ignorados). Rilke solía proteger su soledad mediante el desprecio a sus benefactores; Pessoa —más decente— acabó ofrendando su cuerpo al Minotauro del alcoholismo.
Ninguno —aunque los queramos convertir en seres de una sola pieza— estuvo exento de la ordinariez humana. Y es obvio: nadie lo está, de la misma forma en que nadie, ninguno de nosotros, está exento de tener rasgos míticos, misterios y secretos que nos vuelven indescifrables. Luigi Pirandello, el gran dramaturgo italiano (que hubiera sido tan mítico como aquellos otros seis si no le hubieran dado el Premio Nobel), escribía obras de teatro cuyos títulos hablan de lo poco que confiaba él en que cada ser humano pudiera ser visto como uno solo: en ellas desafiaba sin piedad la pretensión de algunos de llegar a serlo, y evidenciaba, una y otra vez, la farsa de que lo que los seres humanos decimos y hacemos puede ser descifrado en un sentido único: La señora Morli, dos en una; Así es (si así les parece); Uno, ninguno y cien mil; Cuando se es “alguien”… (el tema, por cierto, es también el gran dilema que se abrió al iniciar el siglo XX, con el descubrimiento de la relatividad y, dos décadas después, por la nueva ciencia cuántica, que, entre otras cosas, llegaría a plantear algo así como que un electrón puede estar en dos lugares al mismo tiempo).
Los seres humanos somos así: algo tiende a fijarnos en un orden mientras otro “algo” nos dispersa en infinitos sentidos. Nuestra vida resulta una paradoja en que anhelamos la unidad y la diversidad en igual medida, identificando con ambas nuestra libertad, como si habitáramos, al mismo tiempo, el caos y el cosmos.
Un ejemplo de esta paradoja es lo que le ocurrió a Jean-Paul Sartre, filósofo notable, pero también prolífico escritor de novelas y obras de teatro. Él no recibió el premio Nobel, pero, no porque no se lo hubieran ofrecido, sino porque no lo quiso: lo rechazó. Muchos de sus contemporáneos lo tildaron de ególatra y oportunista (decían que lo había hecho para ganar publicidad), pero su explicación fue muy clara: rechazaba aquel crédito, además de casi un millón de dólares, para evitar que sus lectores sesgaran la lectura de sus textos y empezaran a apreciarlos solo por ser “la obra de un premio Nobel”. En suma, que eso les hiciera comprometer su libertad. Por desgracia, y a pesar de esta noble y radical actitud, Sartre, que hubiera querido pasar por descentrado, ya se había puesto, demasiado, debajo de los reflectores, para conseguirlo. Intentó no salir en la foto, y cuando se movió, todas las cámaras voltearon hacia él.
Sin duda se hizo bolas. Pero no es el único. De hecho, es algo que nos ocurre a todos. De continuo, nos hacemos bolas: disentimos, volamos y caemos en un nuevo patrón, y, así, vuelo tras vuelo, patrón tras patrón, huyendo de la paradoja, la vamos urdiendo, tramando, tejiendo. Son muy pocos los que tienen la fortuna de aquel inocente personaje de La vida de Brian, la película cómica inglesa. En una escena, cierto ruidoso líder lanza una arenga al pueblo, exhortando a cada uno a defender su libertad de decisión: “¡Porque no queremos ser unos borregos, ¿verdad?! —exclama— ¡¿Verdad que ninguno de ustedes quiere ser un borregooooo?!” La multitud se desternilla en un unívoco “¡Noooooooo!”, que tiene muy poco de autónomo, y al cesar el furor, una voz tímida se escucha en el silencio:
— Yo sí.
Ese hombre es la única persona libre del planeta, que acepta su condición de alienado a despecho de todo el mundo. Se sumerge en la paradoja de la existencia y nada en ella como pez en el agua, convirtiéndose en un milagro. Quizás la humildad no sea, en el fondo, sino una falta de temor al ridículo. A la mayoría, la paradoja nos asfixia: no queremos ser como todos, y debido a ello, lo somos. Nos unimos a esa voz mayoritaria de libertad, pero solo nos salva el que, al final, cuando nos quedamos solos, vemos, atónitos y arrepentidos, la consecuencia de nuestros actos.
Y es así como, pensando en esta paradoja y en este trágico error, llego al tema que dejé pendiente: el de la vergüenza de no haber mencionado a las grandes maestras de la literatura no premiadas: Virginia Woolf, Carson McCullers, Marguerite Yourcenar… Empiezo por advertir cómo, a diferencia de aquellos varones de las letras, estos me vienen a la cabeza no solo con apellido sino también con nombre. ¿Es tal vez un intento de acogerlas en su totalidad, es decir, no de forma parcial, no como estatuas? Woolf, Plath, De Beauvoir: piedras memorables. Porque recoger solo el apellido es sostener la memoria del padre, de los padres, de la ascendencia varonil. Entonces recuerdo las palabras que escuché hace unos días, verdades que de pronto nos dejan ver esa multitud humana que ha quedado fuera de la foto. En una entrevista que vi por instagram, una joven pensadora se expresaba acerca de términos que no pueden entrar en el discurso filosófico, psicoanalítico o político, porque se les asocia con lo infantil y lo femenino (por ejemplo, la palabra dulzura, inaugurada como concepto filosófico por la francesa Anne Dufourmantelle), y, “en nuestro patriarcado, lo infantil y lo femenino no son lugares de producción de sentido ni de pensamiento”.
Repito: no son lugares de producción de sentido ni de pensamiento. Joyce, Kafka, Proust son apellidos que quizás nos revelan el valor de la humildad, pero detrás de los cuales ocultamos, con engreimiento (por decir lo menos), a más de la mitad del mundo: mujeres, niños y todas las personas hechas a un lado, que, sin embargo, logran poco a poco llamar nuestra atención y entrar a cuadro al brillar por su ausencia.
Nunca acabaremos los seres humanos de habitar nuestras paradojas ni de develar lo invisible: siempre descubriremos nuevas transparencias que, si estamos atentos, llegarán para abrir fragmentos de sentido y de pensamiento. A mí —que me jacto de feminista— hoy la vida me regaló esa vergüenza de la que hablo, permitiéndome reconocerla y confesarla.