Las empresas que generan algoritmos crean estos con dos propósitos: reunir la mayor cantidad de información acerca de nuestras necesidades y deseos, y tratar de inducirnos a satisfacerlos a través de los productos que ellas mismas promueven (esos deseos pueden ser materiales, intelectuales, políticos, espirituales, etcétera, cada uno con su correspondiente producto).
Por un espejismo recurrente en la historia humana, llegamos a creer que lo anterior solo es cosa de nuestra época, es decir, de la tecnología actual; sin embargo, no está mal entender que, en realidad, lo de desear e inducir deseos es uno de los modos típicamente humanos de conducirnos: siempre hemos estado sometidos (o, con suerte, motivados, y hasta inspirados) a poner límites a nuestros deseos y necesidades, y a los de los otros.
Ciertamente, la gran aportación de María Montessori a la educación fue poner en relevancia el indeterminado potencial con el que nacen los niños y la forma en que los adultos intentamos canalizarlo según nuestro —por lo general estrecho— punto de vista.
Sea como sea (quiero decir, para bien o para mal), los adultos solemos operar como un algoritmo de los niños. El proceso es, en el mejor de los casos, así: urgidos a atender sus infinitas necesidades (infinitas porque incluyen aspectos intelectuales, emocionales y hasta espirituales), intentamos identificarlas, primero, lo mejor posible, y procedemos a satisfacerlas con los recursos que están a nuestro alcance o que vamos pudiendo desarrollar a partir de ese momento. Sin embargo, como estos siempre son limitados, intentamos convencer a nuestras hijas e hijos de que lo que les ofrecemos es lo mejor o, de plano, lo único, mostrándoles las posibles penalizaciones que sufrirán si no se conforman con ello. Aunque decimos que no hay recetas para ser padres, en realidad este es un proceso con un alto grado de programación previa. Así, madre y padre operan, insisto, como un algoritmo, un algoritmo biológico, social y cultural, por lo menos cuando tienen que educar a alguien.
Digo “algoritmo” y no faltará quien piense lo peor: que estoy convirtiendo a la persona humana en un programa. Y tendrá razón. Pero también, si se admite esto como metáfora, podemos decir que hay de programas a programas, y que, mientras algunos tienden a limitar al usuario a lo que a ellos les conviene, otros buscan, de verdad, el crecimiento humano, e intentan abastecerse de nuevos recursos para apoyarnos a florecer. Para describir a los programas/algoritmos también se puede usar la metáfora de que algunos son como unos buenos padres.
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Ciertamente, toda esta forma de ver las cosas puede parecer reduccionista, pero en realidad no es más que una síntesis muy depurada de algo que todos hemos percibido a lo largo de los siglos: que las mejores madres y padres, docentes, gobernantes, empresarios, comunicadores, etcétera, ven su beneficio en el bienestar de sus hijas e hijos, estudiantes, clientes, interlocutores, etcétera; en resumen, que las mejores personas crecen y florecen junto con sus contrapartes, y, en cambio, las peores, intentan limitar a sus semejantes aún más de lo que ellas mismas lo están.
Así pues, la metáfora del algoritmo familiar se puede extender a muchos otros campos. Además del hogar (que es la primera escuela) y de la escuela (que es el segundo hogar), están los algoritmos sociales, a los que todos, siempre, nos hemos enfrentado. Hagamos un poco de historia, empezando por el pasado inmediato.
Hace unos años, antes del reciente gran boom de la IA, describí en este mismo espacio los intentos de las televisoras del siglo pasado (es decir, las que me tocaron a mí, en mi juventud) para hacernos actuar a su conveniencia. Decía yo que esos intentos empezaban por identificar, con la mayor claridad, nuestros deseos —ya sea por simple intuición o a través de estudios de mercado—, y por usar a sus actores y actrices “estrellas” para que se hicieran pasar por amigas y amigos nuestros, y nos indujeran a satisfacer esos deseos mediante el consumo de determinados productos. Así, a través de sus estrellas, las televisoras eran nuestro antiguo algoritmo, muy adecuado para la sociedad de entonces.
Esto sucedía en el siglo pasado, pero, como digo, ha ocurrido siempre. Podemos pensar en los líderes de la etapa teocrática: no es que nos impusieran creencias, sino que nos ayudaban a canalizar nuestra espiritualidad hacia los recursos con que ellos contaban, a veces para la conveniencia de todos y a veces privilegiando la suya propia. Y lo mismo pasaba con los primitivos cabecillas del clan o la tribu, quienes no siempre recurrían a la agresión para convencernos: por lo general, empezaban por la empatía, mostrando —o fingiendo— que compartían nuestros deseos, y exhortándonos a satisfacerlos según sus propuestas, que no siempre nos traerían un verdadero beneficio.
La idea de una herramienta algorítmica podría ir más lejos y decir que el lenguaje mismo, hablado o escrito, puede ser visto como tal, es decir, como un complejo algoritmo con el que los seres humanos intentamos comunicarnos, conocer nuestros mutuos deseos y desarrollar juntos recursos para satisfacerlos. ¿No son las palabras instrumentos que canalizan nuestro potencial en términos que establece lo colectivo? ¿No es el lenguaje mismo un instrumento de conocimiento y expresión para intentar canalizar, todos juntos, nuestra experiencia? Los vocablos que heredamos y que usamos a diario, ¿no son reservorios de enorme sapiencia, como demuestran las etimologías, que, por ejemplo, nos recuerdan que la madre, la madera y la materia están todas en nuestro origen? ¿No guardan algunos, incluso, conocimientos que trascienden lo humano y sintetizan atributos de la naturaleza, como la palabra silbido, que evoca a las aves?
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Surge, sin embargo, la siguiente pregunta: si nuestros algoritmos actuales son tan parecidos a esos del pasado, ¿en qué son distintos? La respuesta más común es que la diferencia está en su inmenso alcance, en su omnipresencia: mientras aquellos nos asaltaban en lugares públicos (en forma de todo tipo de carteles) o en la tele, a los de hoy los llevamos con nosotros a todas partes, en nuestros dispositivos móviles. Tal ubicuidad parece no tener precedentes, y sin embargo, esto solo es una ilusión: basta con pensar en lo que, en la edad teocrática, representaba la existencia de un dios o dioses omnipresentes y omnirreguladores de nuestras formas de pensar, sentir, hablar y actuar.
La verdad es que los seres humanos siempre estamos dispuestos a seguir a quien parece estar pendiente de nosotros y nos hace sentir tomados en cuenta. No es posible subestimar la importancia que tiene para nosotros esto último (para quien nunca ha sido escuchado, ser tomado en cuenta puede convertirse en un motivador crucial). Por eso, es un error decir que los algoritmos automatizan a la gente, que la reducen a una obediencia ciega, mecánica, en la que su subjetividad desaparece: si algo se conserva, siempre, de la persona, es su interior.
Ese error lo descubrió la misma María Montessori un día en que contemplaba a una niña que acomodaba en hilera ciertas migajas de pan que había en el piso. La pedagoga observó algo que nadie en su tiempo estaba acostumbrado a ver: donde los demás percibían a una pequeña que repetía un patrón mecánico con lo que tenía a la mano, la Montessori descubrió a alguien que ponía en juego todo su potencial interior con lo poco que la vida le daba en ese momento (unas migajas), poniendo orden en ellas porque, de esa forma, armonizada algo en su propio espíritu. Fue uno de los grandes descubrimientos, no solo en la educación, sino también en la forma universal de percibir a los niños (y a todos los demás, por cierto).
Somos alguien, no algo, no un objeto que obedece de forma ineludible a leyes estrictas; y, aun en las condiciones más estrechas, lo seguimos siendo. A fin de cuentas, incluso detrás de las elecciones más forzadas, más “inducidas”, casi obligadas, hay un ser humano, nunca un zombie.
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Sin duda, grandes terrores flotan sobre nosotros con esto de los algoritmos. Uno es este, el de los ciberzombies, es decir, el de que, una vez que nos detectan, esa especie de microbios electrónicos no dejan nada de nosotros, nos chupan por completo el seso. Otro terror, en algo parecido, es el de la cibersimulación, es decir, el de que el algoritmo nos encierre por completo en nosotros mismos, haciéndonos creer que estamos en contacto con el mundo exterior cuando todo está pasando solo en nuestras mentes (vivir en una especie de solipsismo, como se diría en términos filosóficos).
Aunque este tipo de miedos solo da para guiones de cine, no cabe duda de que su amenaza se vive como real. El terror siempre ha acompañado a la tecnología. Por eso, ante algo así, no es raro que nos pongamos nostálgicos y puristas, y digamos que más nos valdría regresar a un modo de vida anterior, incluso a un estado anterior al habla, a una forma de vida animal donde no impere esa especie de algoritmos condicionantes.
Sin embargo, parece un hecho que, una vez que surgió el lenguaje, no hubo marcha atrás. Tal vez algún simio autoritario y rebelde habrá intentado impedir el desarrollo de eso que todos hoy consideramos nuestra característica más visible —la de formar grupos cada vez más grandes a través de un lenguaje común—, pero está claro que la rebelión de ese simio habría fracasado: cada vez más, admitimos nuestra condición de seres tecnológicos, e intentamos asumirla como esencial para nuestro florecimiento como especie (quizás dentro de millones de años admitamos que somos, no seres racionales, sino animales artificiales).
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En fin… Todo lo anterior no es sino una forma de decir lo que ya sabemos: que el problema con los algoritmos (y con la inteligencia artificial en general) no es la tecnología sino el trato que, a través de ella, nos damos unos a otros; el problema no es el lenguaje hablado, ni la escritura, ni los libros, ni ninguno de nuestros maravillosos recursos, sino el olvidar que detrás del uso que hacemos de las máquinas seguimos estando, siempre, nosotros mismos, los humanos, reducidos, tal vez, o engañados, pero siempre capaces de ejercer un pensamiento crítico y de entablar relaciones de apoyo para evitar abusos y promover un bienestar verdadero.
El problema es que nos detengamos frente al problema, que nos quedemos estancados, confundidos, aislados. En este orden de cosas, la educación escolar puede enfocar sus esfuerzos no en inducir a las y los estudiantes a que reconozcan los algoritmos y se aparten de ellos, sino en ayudarles a desarrollar un pensamiento propio frente a cualquier mensaje y una comunicación eficaz y crítica delante de cualquier interlocutor.
Es un hecho que, a través de la tecnología, estamos creando relaciones y formas de comunicación cada vez menos presenciales; pero también lo es que este proceso no empezó con la internet y las redes sociales sino con la primera persona que, para decir algo a otra, mandó a un mensajero en su lugar.
¿Estaremos, pues, inaugurando —de formas tímidas, torpes e incluso riesgosas— un nuevo paradigma de colectividad, que incluye la comunicación mediante algoritmos electrónicos?
Tal vez es así. Yo no pierdo la esperanza de que la comunicación (el arte de hacer de las cosas algo común) nos lleve a un mundo mejor. Quiero terminar, por eso, con lo que me parece un ejemplo muy actual de lo que puede ser esa esperanza. Se trata de la película Milagro en la calle 34, que recrea un verdadero algoritmo de ensueño (hay dos versiones, la de 1994, y otra, clásica, y tal vez más linda, de 1947). Ocurre en la época navideña y el protagonista es Santa Claus (la película nos sugiere que se trata del verdadero Santa, aunque no estamos seguros, su ilimitado conocimiento en lo que se refiere a niños, regalos y dónde se pueden conseguir estos al mejor precio —sí, como un algoritmo mágico— parece decirnos que sí lo es). Entre sus proezas está la de pensar en satisfacer los deseos de niñas y niños sin preocuparse por los intereses de la empresa para la que trabaja (ahí, con su hermoso traje rojo y blanco, se dedica a escuchar a las y los pequeños, que hacen fila para sentarse en sus piernas). Así, si en la tienda no está el juguete que una niña desea o es demasiado caro, él de inmediato remite a los padres a otro almacén, donde sí lo hay o está en oferta, dándoles, además, datos precisos de ubicación y precios. Como efecto secundario, esto genera una ola de prestigio a favor de la tienda y un aumento radical en las ventas. Pero eso a Santa no le importa: le importa la felicidad de los chicos, al grado de poner en riesgo su propia libertad.
Pero estamos hablando de milagros; al menos, de cine (que a veces se parecen). Los humanos sí tenemos límites, lo mismo que nuestros algoritmos. Sin embargo, sabemos que aún dentro de estos podemos crecer. De alguna forma, mientras quede por ahí un algoritmo en el que la ética prevalezca, seguimos a salvo. Por lo pronto, hay que aferrarnos a los pocos o muchos que aún existen: identificarlos, aprovecharlos y protegerlos como la valiosísima y poderosísima herramienta que son.
Por último, no me queda más que desear a todos Feliz Navid…
¡Ay, perdón!