Cómo la taxonomía de Marzano y Kendall replantea el aprendizaje

La taxonomía de Marzano y Kendall replantea el aprendizaje incorporando metacognición, emociones y pensamiento crítico.
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Taxonomía de Marzano y Kendall
Imagen por omzi.

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En el ámbito educativo, es muy común hacer uso de taxonomías para ordenar los tipos de conocimiento y así poder definir objetivos claros, estructurar clases y actividades, así como diseñar evaluaciones. La más popular de ellas es la taxonomía de Bloom, un modelo clásico que se desarrolló en la década de los cincuenta que organiza el desarrollo cognitivo en seis niveles de complejidad cognitiva. Esta taxonomía parte de la idea de que aprender no consiste únicamente en memorizar información, sino también en comprenderla, aplicarla, analizarla, crear nuevas ideas y evaluar argumentos. 

Gracias a este modelo, docentes de todo el mundo comenzaron a diseñar actividades y objetivos educativos que promueven un aprendizaje más profundo y significativo. Sin embargo, con el paso del tiempo, investigaciones en educación y ciencias cognitivas mostraron que adquirir conocimiento implica mucho más que desarrollar habilidades cognitivas. Es importante agregar aspectos como la motivación, las emociones, la autorregulación y la capacidad de reflexionar, ya que son cosas que afectan la manera en que procesamos y utilizamos la información.

En este contexto, la propuesta de Robert Marzano y John Kendall puede entenderse como una evolución o ampliación de Bloom, puesto que incorpora dimensiones relacionadas con la metacognición y la conciencia sobre el propio proceso educativo del estudiantado y los factores emocionales que intervienen. Es una taxonomía que amplía la visión tradicional de aprendizaje y propone una mirada más integral sobre cómo las personas adquieren, procesan y utilizan el conocimiento.

Aprender ya no es lo mismo que en la década de los 50

La taxonomía de Bloom surgió en una época donde gran parte del conocimiento provenía de las aulas, libros y medios tradicionales. Se consideraba que memorizar información y desarrollar habilidades cognitivas que permitieran a los estudiantes comprender y aplicar lo aprendido era lo más fundamental, ya que acceder a la información no era tan inmediato como hoy en día. El aula funcionaba como un espacio de transmisión de contenidos donde los profesores representaban una de las principales fuentes de conocimiento.

Sin embargo, la relación que tenemos con la información ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. El internet ha permitido acceder a una cantidad prácticamente ilimitada de contenido, especialmente ahora con herramientas como la IA generativa que producen respuestas, resúmenes y explicaciones en cuestión de segundos. Ahora, memorizar datos no es suficiente; el reto está en saber interpretar, cuestionar y utilizar éticamente esos resultados. 

Es aquí donde la taxonomía de Marzano y Kendall toma relevancia, ya que no se limita a organizar habilidades cognitivas, sino que intenta explicar cómo funciona el aprendizaje desde un contexto más humano. Para estos autores, adquirir conocimiento va más allá de memorizar o analizar información. También incluye procesos mentales relacionados con la conciencia sobre el propio pensamiento y la disposición emocional del estudiante para involucrarse en su educación.

La taxonomía de Marzano y Kendall: las emociones también enseñan

A diferencia de la taxonomía de Bloom, en la que existe una jerarquía progresiva de habilidades cognitivas, estos autores proponen un modelo en el que distintos procesos interactúan entre sí. Para ellos, el aprendizaje se organiza a partir de tres grandes dimensiones mentales: la cognitiva, la metacognitiva y el self-system o sistema interno. Cada una cumple una función distinta y, juntas, permiten comprender por qué la educación implica mucho más que memorizar.

Para empezar, el sistema cognitivo se relaciona con los procesos mentales que se utilizan al procesar datos, como recordar información, comprender conceptos, analizar ideas y utilizar lo que sabemos para resolver problemas. Es la parte que más se relaciona con los niveles de la taxonomía de Bloom.

Después está el sistema metacognitivo, que se encarga de supervisar y regular el aprendizaje. Aquí es donde entran los procesos como plantearse metas, monitorear el nivel de comprensión, identificar errores y decidir qué estrategias utilizar para apropiarse del conocimiento. En otras palabras, es lo que implica desarrollar conciencia sobre el propio pensamiento.

Por último, está el sistema interno, que integra las emociones y la motivación dentro de este proceso. Aquí, el cerebro evalúa si una tarea merece atención y esfuerzo, considerando factores como qué tan interesante parece el contenido, la percepción que el estudiante tiene de sus propias capacidades o la importancia que esa actividad representa para ella o él.

Aunado a esto, dentro del sistema cognitivo, Marzano y Kendall describen distintos niveles de procesamiento del conocimiento que explican cómo el estudiante interactúa con la información y qué tan complejas son las tareas mentales involucradas. Estos niveles ayudan a entender que no todas las actividades cognitivas requieren el mismo esfuerzo ni la misma profundidad. Por ejemplo, recordar la tabla periódica requiere un tipo de procesamiento distinto al de analizar las causas de un conflicto social o al de utilizar ese conocimiento para resolver un problema cotidiano.

El primer nivel es la recuperación, que es donde el aprendizaje se relaciona con memorizar información, reconocer conceptos o identificar datos específicos, como fechas históricas, nombres o eventos. Aunque suele considerarse una habilidad básica, es de suma importancia porque funciona como punto de partida para procesos más complejos.

Después está la comprensión, en la que la información deja de ser únicamente recordada y comienza a adquirir significado. Es aquí donde un estudiante puede explicar un concepto con sus propias palabras, resumir una lectura o relacionar datos nuevos con material previo. Por ejemplo, memorizar una fórmula matemática no implica necesariamente entender qué representa o por qué funciona. La comprensión aparece cuando el estudiante puede interpretar el procedimiento y explicar la lógica detrás de él, en lugar de únicamente repetirlo de memoria.

En tercer lugar está el análisis, un nivel que se relaciona con comparar ideas, identificar patrones, clasificar información y detectar relaciones entre conceptos. Es aquí donde surge el pensamiento crítico, porque implica cuestionar y examinar información más allá de su significado superficial. Por ejemplo, detectar sesgos en noticias o comparar diferentes fuentes.

El siguiente nivel es la aplicación de conocimientos, donde el estudiante aplica lo que sabe para resolver problemas, tomar decisiones o enfrentarse a situaciones reales. Aquí la información deja de permanecer únicamente en el plano teórico. Un estudiante puede comprender cómo funciona un porcentaje, pero utilizar lo que conoce implica aplicarlo en contextos cotidianos, como calcular descuentos o propinas.

Aunque estos niveles tienen cierta similitud con lo propuesto por Bloom, Marzano y Kendall consideran que el aprendizaje no ocurre únicamente como una secuencia lineal de dificultad; más bien, los distintos sistemas mentales interactúan constantemente durante la adquisición de conocimientos. 

Por otra parte, uno de los aspectos más innovadores de la taxonomía de estos dos autores es la incorporación de factores emocionales y de la motivación dentro del aprendizaje. Durante mucho tiempo, la educación creó una separación entre procesos cognitivos y emociones, como si dependiera únicamente de capacidades racionales. Sin embargo, aspectos como la ansiedad, la frustración, el interés, la confianza, etcétera, afectan directamente la manera en que entendemos nuevos conceptos. 

Marzano y Kendall integran estos factores dentro del sistema interno, una dimensión que relaciona las emociones, la motivación y la percepción que el estudiante tiene sobre sí mismo. Desde esta perspectiva, antes de involucrarse en una actividad, las personas evalúan si la tarea les parece interesante, relevante o demasiado complicada. 

El ejemplo más claro es cuando un estudiante escucha constantemente que “no es bueno para las matemáticas” y comienza a perder confianza en sí mismo y empieza a desarrollar rechazo o ansiedad hacia esa materia, incluso si posee las habilidades necesarias para comprenderla. De la misma manera, una persona con confianza y que esté motivada emocionalmente suele mostrar mayor disposición para persistir en tareas complejas y enfrentar retos académicos. 

La incorporación de estos elementos resulta especialmente relevante en un contexto en el que la atención se fragmenta constantemente por los estímulos digitales. Redes sociales, notificaciones y plataformas digitales compiten continuamente por captar la atención de los estudiantes, lo que vuelve cada vez más importante desarrollar habilidades relacionadas con la autorregulación y la concentración.

Otro de los conceptos centrales de esta taxonomía es la metacognición, que es la capacidad de reflexionar sobre el propio pensamiento y supervisar cómo adquirimos conocimiento. Es una habilidad sumamente relevante actualmente debido al crecimiento del aprendizaje autónomo y de las herramientas digitales, como adquirir conocimientos a través de cursos en línea, videos o redes sociales sin un docente presente. En esos contextos, saber gestionar el propio proceso educativo resulta fundamental. 

Además, la inteligencia artificial generativa ha provocado nuevas discusiones sobre qué significa realmente aprender. Herramientas capaces de generar respuestas inmediatas pueden facilitar tareas académicas, pero también generar una ilusión de conceptos adquiridos. Leer una explicación o copiar una respuesta no necesariamente implica comprenderla. La diferencia ya no radica únicamente en acceder a la información, sino en saber qué hacer con ella.

Aunque la taxonomía de Marzano y Kendall suele utilizarse para diseñar actividades, objetivos de aprendizaje y evaluaciones, su importancia va más allá de la planeación educativa. Este modelo también permite comprender cómo los estudiantes se relacionan con su proceso educativo en contextos cada vez más complejos y saturados de información.

Por ejemplo, esta taxonomía puede ayudar a los y las docentes a diseñar actividades que no se limiten únicamente a la memorización. Un objetivo centrado en la recuperación podría pedir a los estudiantes que identifiquen conceptos básicos, mientras que una actividad de aplicación del conocimiento implicaría resolver problemas reales o tomar decisiones a partir de la información aprendida. Además, el modelo permite incorporar estrategias relacionadas con la reflexión y la autorregulación, como pedirle al alumno que evalúe sus propios procesos de aprendizaje o identifique qué estrategias le resultaron más útiles para comprender un tema.

Y aunque la taxonomía de Bloom sigue siendo una de las herramientas educativas más influyentes del último siglo y fundamental para estructurar objetivos y actividades de aprendizaje, propuestas como las de Marzano y Kendall permiten ampliar esa visión e incorporar nuevos aspectos que quedaron fuera de las discusiones educativas tradicionales.

Más allá de memorizar información o desarrollar habilidades cognitivas, esta taxonomía recuerda que la educación también implica emociones, motivación, hábitos mentales y procesos de autorregulación. En otras palabras, el aprendizaje no ocurre únicamente en la memoria; también depende de cómo las personas perciben sus capacidades, gestionan su atención y construyen significado a partir del  conocimiento que procesan.

En una época marcada por la inteligencia artificial, la sobrecarga informativa y la necesidad constante de aprender cosas nuevas, quizá el mayor desafío educativo ya no consiste únicamente en enseñar más contenidos, sino en ayudar a las personas a comprender cómo aprenden, desarrollar pensamiento crítico y construir una relación más consciente con el conocimiento.



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Paulette Delgado

Redacción, Edu News | Especialista de Tendencias Educativas en Observatorio del Instituto para el Futuro de la Educación.

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