El mes del orgullo en tiempos de retroceso

Si el sistema está diseñado para dividirnos, entonces organizarnos desde lo que somos es el acto más político que existe. La urgencia es ahora. La esperanza también. 
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mes del orgullo
Imagen de dominio público.

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Durante el mes del Pride recordamos los acontecimientos que marcaron al 28 de junio como un referente de lucha para la comunidad LGBTIQA+, catalizador de una identidad grupal impulsada por la convicción de que otros mundos son posibles y por la organización que daría fuerza y vida a derechos que se materializarían más adelante. Junio se fue convirtiendo en un mes de memoria y celebración.

Después de décadas de organización y resistencia, es en los noventa donde muchos de los logros se comenzaron a materializar. Uno de ellos fue la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Aunque el estigma social siguió –y sigue–, el reconocimiento del error histórico de haberlo catalogado así fue un parteaguas significativo. Nos permitió reconocer que nuestros sesgos permean en la ciencia y en los saberes. Enmendar ese error fue un hito importante en la historia, la representación social, la narrativa y las vivencias de millones de personas.

Con el tiempo, vino una ola de grandes alcances a nivel global. Desde los años noventa hasta mediados de la década de 2010 vimos hacerse realidad, en algunos países y contextos, avances como el matrimonio igualitario, la adopción homoparental, la tipificación de crímenes de odio y la representación digna en los medios de comunicación. Pero, ¿para quiénes?, ¿quiénes quedaron fuera de esa memoria, de esas celebraciones?, ¿los derechos alcanzados fueron realmente para toda la comunidad?

Esto fue generando una falsa sensación de que las cosas ya estaban bien. Algunas organizaciones y colectivas fueron perdiendo su fuerza política autónoma, su vocación disruptiva. Empezó a ser políticamente incorrecto hablar desde el sesgo; las empresas notaron que podían vender más si se mostraban “incluyentes”, y así comenzaron a sumarse a la narrativa, especialmente alrededor del mes de junio —rainbow washing—, mostrando la diversidad y sus colores, pero olvidando todo lo que sucede en las vidas de la comunidad en los otros once meses del año.

La mayoría de los esfuerzos quedaron superficiales, sin consolidar los cimientos de un cambio profundo y sostenible. Poco a poco se fueron filtrando nuevamente, cada vez con más fuerza, narrativas expresando que “ya era mucho”: “Mucho orgullo”, “mucha visibilidad”, mucho… ¿quién define esa cantidad?

Pareciera que cierta parte de la sociedad estaba dando permiso de ser y existir… pero midiendo los límites. Invitaba a existir siempre y cuando la comunidad LGBTIQA+ se adaptara a las tradiciones heteropatriarcales y capitalistas, todo se vale siempre y cuando quepa en el molde ya preestablecido o genere ganancias para alguien.

Es así como la inclusión pocas veces fue construida de manera crítica, en donde genuinamente se rompieran moldes y nos permitiéramos ver a lxs demás de manera auténtica, atreviéndonos a reconstruir dinámicas, procesos y maneras de estar y ser. Lo que hicimos fue incluir de manera funcional, integrar a las personas en los espacios, para que asimilaran la cultura dominante.

Además, los derechos que se fueron ganando en esas décadas no llegaron de manera equitativa. Quienes se beneficiaron realmente fueron aquellxs que, además de pertenecer a la comunidad LGBTIQA+, tenían acceso a clase, blanquitud y ciudadanía formal. Entonces, si el acceso llegó solo a algunos cuantos, ¿realmente ganamos?

Llevamos, de un tiempo a la fecha, viviendo un consistente retroceso en las luchas por los derechos, acciones y visibilidad que habían sido ganadas —backlash— y esto no es un accidente. El retroceso actual llegó porque la inclusión nunca llegó a ser lo suficientemente sólida, crítica ni colectiva. Vemos cómo actualmente se invisibiliza y literalmente desaparece el concepto de inclusión porque “ya fue mucho”. 

Quienes estudian historia y política, y quienes han caminado por esta tierra por más tiempo, saben que estos movimientos siempre son circulares. Que las constantes guerras, incertidumbres y crisis que hemos atravesado abonan a que los miedos al “otro” emerjan y nos vuelvan a dividir. Es en esa división donde los sistemas y narrativas antiderechos ganan. Es en esa división que algunas personas pueden llegar y otras se quedan atrás. En esa división, unas personas siguen siendo criminalizadas —y en ciertos espacios vuelven a serlo— por pertenecer a la diversidad sexogenérica.

En contextos como el actual, me aferro a una combinación de voces que me dan esperanza. Alok Vaid-Menon nos recuerda que el problema nunca fue la diferencia: fue el miedo que aprendimos a sentir ante ella. Y Brené Brown nos muestra que la única manera de atravesar ese miedo es desde la vulnerabilidad. Si el sistema está diseñado para dividirnos, entonces organizarnos desde lo que somos —sin moldes, sin permisos— es el acto más político que existe. La urgencia es ahora. La esperanza también.  

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