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Opinión | Elogio de mi cama (sobre la posibilidad de una vida virtual)

El presente artículo tiene la intención de explorar un poco más a fondo qué tanto es posible no solo soportar una vida virtual sino, incluso, florecer humanamente dentro de ella.
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Byung-Chul Han, el filósofo que todos debemos leer, dice que la mejor forma de resistencia política en el mundo de hoy es quedarse en casa. Se refiere a mantenerse alejado, lo más posible, de las formas de trabajo, consumo y comunicación actuales, que lo único que hacen es obligarnos a una vida de autoexplotación en aras del rendimiento.

Pues bien: quiero declarar, ahora, que yo voy más allá que Han: yo me quedo en mi cama. Ni siquiera cultivo un huerto doméstico, como él lo hace, sino que permanezco acostado casi todo el día, y aquí (en mi cama, en la que ahora escribo), paso las horas pensando, leyendo, meditando, trabajando y —no lo puedo negar— echando la siesta de rato en rato.

Sí, yo vivo en mi cama. Sin embargo, compararme con Han es sólo un chiste: no soy un seguidor de su resistencia. Cierto que, igual que él, quiero cambiar al mundo, pero no me quedo en cama por eso sino, simplemente, porque tengo poca necesidad de salir.

Les pido a mis lectores que no piensen en mí como un ermitaño y, menos, un misántropo. Tengo una familia, a la que amo, y día a día me hago cargo de mis responsabilidades como padre y esposo, incluyendo la de compartir los alimentos con todos (en la mesa, no en mi cama) y contribuir en el aseo del hogar. También salimos juntos, de vez en cuando, a restaurantes y al súper, por ejemplo, y visitamos a familiares y amigos, a los que también amo. Y si no hacemos mucho turismo, no es por seguir al filósofo surcoreano, quien se opone a la moda de “vivir experiencias”, sino porque no tenemos dinero para viajar con la frecuencia que nos gustaría.

En mi cama, para puntualizar un poco más, y entrar en materia, veo películas, series, videos cortos, chateo con amigos, tomo muy de vez en cuando un curso en línea, realizo operaciones bancarias, charlo largo y tendido (ja ja, tendido, literalmente) con mi hijo y con mi esposa, y converso por teléfono con mis hermanos y con mis amigos más cercanos (todo eso desde mi celular, que es también donde escribo; por cierto, le ruego al público lector que no se preocupe por mi salud: por el momento, a pesar de mi extremo sedentarismo, he encontrado la forma de mantenerme bien mediante continuos estiramientos, prácticas de relajación y cierta conciencia corporal que cultivé en mis tiempos de actor y maestro de teatro: ya veremos qué tan real, esto, me resulta).

Así, como algunos de mis lectores saben por mis textos anteriores, no solo disfruto de todos esos recursos de la vida virtual sino que defiendo su uso, incluyendo el que hacen los jóvenes, en apariencia excesivo, y pienso y escribo mucho sobre el tema y sobre las posibilidades reales de gozar de una vida de plenitud en una comunidad cada vez más electrónica.

El presente artículo tiene la intención de explorar un poco más a fondo las ideas que se me han ocurrido ante la pregunta de qué tanto es posible no solo soportar una vida apegada a la virtualidad sino, incluso, florecer humanamente dentro de ella. En los siguientes párrafos, intentaré, pues, brevemente, indagar sobre los alcances de nuestros intercambios no presenciales. En realidad, se trata de una especie de juego, una más de mis fantasías filosóficas, que, espero, entretenga también al lector.

¿Cómo es, para empezar, la vida virtual que imagino? En un enloquecido extremo (el de una digitalización total), sería una vida con nula comunicación presencial y con formas de producción de bienes y servicios por completo robotizadas (para abreviar, hasta la reproducción de la especie se haría a distancia). Sin embargo, dado que, de forma conservadora, me es imposible concebir la falta de encuentro presencial con mi esposa, hijos, hermanos y amigos, pienso que mi modelo debería conservar lo “en vivo” por lo menos en estos casos. De hecho, tendría que permitir encuentros con gente de todo el mundo, lo cual me lleva a incluir también el viajar de vez en cuando; y, esto, no solo por la necesidad de conocer otros lugares y convivir, sino también por la de constatar que lo que dicen las noticias es cierto; esto, por supuesto, incluye el contacto con la naturaleza y con las formas de vida animal y el trato que se da a ambas (está claro que si nuestra vida se reduce a lo digital, podremos ser por completo engañados, y vivir negando muchos terribles abusos).

Así pues, mi fantasía de una vida virtual se impone claros límites: se trataría de un aislamiento físico parcial y una inmersión en lo digital que no nos impidiera permanecer vigilantes y ser testigos presenciales de los hechos.

Y en cuanto a la producción de bienes y servicios, dado que su robotización borraría algo así como el noventa por ciento de la población mundial, sería obligado limitarla, al menos en el tiempo, es decir, vigilar que ocurra de forma paulatina sin producir injusticia.

Así, la vida virtual que fantaseo quedaría más o menos limitada a encuentros distantes de comunicación, convivencia, goce artístico, entretenimiento, formación académica, planeación y toma de decisiones laborales, trámites burocráticos, etcétera (exactamente todo lo que llevo a cabo desde mi cama). Será “virtual”, pues, un libro electrónico, un mensaje, una foto, un video, una película, un audio, una llamada telefónica, una charla en línea, el envío de documentos y todo tipo de encuentros por medios digitales, como un curso, una conferencia, una asesoría profesional o una consulta médica.

Una vez delimitado, así, lo virtual, podemos empezar a preguntarnos qué tanto, en realidad, nos aporta y qué perdemos con todo ello. ¿A qué, exactamente, renunciamos al reducir nuestros encuentros presenciales con la gente?

El otro día fui a la Ciudad de México y viajé en el metro. Ya llevaba esta pregunta en la cabeza, así que estuve, en especial, sensible al tema. Me acordé del gran Dr. Bolavski, que en su Manifiesto Neocursi afirma, con tanto humor como veracidad: “Si nos aglutinamos en las grandes urbes, en el transporte público, es para estar juntos, para tocarnos, para olernos, para sentirnos, para morir de nosotros mismos: morir de un exceso de amor”.

En efecto, la presencia, además de ser olor y tacto, de ser espacio compartido, es algo más, misterioso, que “circula”, por decirlo muy vagamente, de un cuerpo a otro, de un ser a otro, y que se hace consciente en especial cuando está ausente, cuando la extrañamos durante un encuentro virtual.

Para poder explicarme bien, tendré que hacer un pequeño rodeo. Verán: en un área del conocimiento que está entre la psicología y la filosofía, existe un concepto que quiero usar para describir todo esto. Es el de “cenestesia”. En su vieja edición de 1984, el diccionario de la lengua española lo define de una manera deslumbrante: la cenestesia es una sensación general de la existencia y estado del propio cuerpo. “Sensación de existencia”, ¡wow! Versiones recientes, intentando quitarle ambigüedad, la han despojado de esta poética precisión, reduciéndola a “sensación general del estado del propio cuerpo”, eliminando lo de la sensación de existir, que es lo más importante. La cenestesia es eso que perdemos momentáneamente en momentos graves de angustia, cuando sentimos que nuestro cuerpo pierde existencia. Pues bien, a lo que quiero llegar aquí es a que la presencia de los demás, en nuestro entorno, produce en nosotros una especie de cenestesia, en este caso no autoperceptiva sino otra, que nos dice que ellos sí existen, sí están aquí (una alterestesia, si me permiten este bonito neologismo). Tal sensación sería la que nos permitiría percibirlos como reales y tomarlos en cuenta. Sin alterestesia seríamos incapaces de reconocerlos dentro de una circunstancia común, y, por lo tanto, perderían –y perderíamos con ellos– todo sentido: siempre recuerdo a aquella amiga sueca, rubia y de uno ochenta de estatura, que, en un pueblo de México, a pesar de hablar en un perfecto español, casi sin acento, no se podía dar a entender, recibiendo siempre la misma respuesta de mis paisanos, que la recibían pasmados, como a un espectro: “No inglich”, “No hablo inglés”. Igual que la cenestesia, la alterestesia se perdería en momentos de angustia.

Así, me atrevo a afirmar que es esa sensación la que más nos hace falta en las reuniones virtuales. Claro que uno se acostumbra, tal como se acostumbró la gente de la primera mitad del siglo XX a la existencia real de quien estaba al otro lado del teléfono. Quizás ocurre que, frente a los medios electrónicos, la alterestesia deja de ser una sensación y se convierte en una intelección; o sea, se resigna a prescindir de sus elementos sensibles y se conforma con aceptar intelectualmente que los demás de verdad están ahí (en este caso, el neologismo sería algo así como alternoesia, por el griego nosis: conciencia, entendimiento; por cierto, la alternoesia también se perdería en momentos de angustia: siempre recordaré el día en que, mientras estaba hablando por teléfono, mi mente me jugó la trastada de decirme que no había manera de comprobar que mi interlocutor, del otro lado de la línea, realmente existía: sentí que me convertía en aire).

Muchas veces, lo presencial es, todo lo contrario, un neutralizador, una barrera que dificulta el estar cerca, mientras que, paradójicamente, lo virtual resulta más íntimo y profundo. Podemos estar seguros de que más de una relación se ha salvado gracias al uso del WhatsApp, que permite espaciar los encuentros cara a cara, demostrando que es posible comunicarnos de forma virtual, al menos en el nivel verbal, y lograr un verdadero intercambio emotivo, intelectual y hasta físico y espiritual, esto último si tomamos en cuenta los estilos literarios.

Llegamos así a la pregunta de qué tantas cosas podemos compartir con otros a través de lo escrito. La respuesta, por supuesto, es ¡mucho! El alma es traducible en palabras, al menos en un grado muy alto (la prueba más elocuente de esto es la poesía, aunque María Zambrano considera que el género literario supremo es la confesión, como las famosas Confesiones de San Agustín y de Rousseau). Dice San Pablo: “La letra mata, pero el espíritu vivifica”, refiriéndose a la letra escrita, que puede ser fría o emocionalmente ambigua, pero que, inspirada en el espíritu correcto, es capaz de llevar, hasta el lector, la propia presencia.

Así, de todo lo dicho podemos concluir que existe una dimensión corporal que es irremplazable dentro de la vida virtual, y otra que se ve beneficiada por ésta, y que ambas hay que tomarlas en cuenta al revisar el tipo de equilibrio, entre ellas, que sería propicio para nuestro florecimiento.

Como ven, ya hemos hecho aquí un largo recorrido en ese análisis y aún no hemos abordado sino una mínima parte de sus múltiples ángulos. Por ejemplo, ni siquiera hemos mencionado a la que hoy es la herramienta más extendida y discutida de la vida virtual, la inteligencia artificial, ni la complejidad que añade a todo esto. Solo pensemos que algunos de sus atributos dejan, ya, muy atrás la pregunta que nos hemos estado haciendo, sobre la posibilidad de lograr encuentros virtuales profundos, y nos sumergen en una nueva crisis, está vez acerca de los efectos que puede tener el emular lo personal y fingir verdadera comunicación entre seres humanos y máquinas (en definitiva, la tecnología no es moralmente neutra, como nos ha recordado hace poco, de forma valiente, el Papa León XIV).

El asunto, pues, es inmenso y de tal importancia que me ha hecho fantasear con seguir escribiendo sobre él en artículos posteriores.

Veremos si es posible. Por lo pronto, termino aquí con una aclaración tajante. No creo que las dificultades que siempre ha sufrido lo presencial deban considerarse eternamente infranqueables, ni que, por lo tanto, se pueda pensar en medios virtuales de comunicación que merezcan mayor atención que el encuentro en vivo. Nunca habrá vivencia más valiosa que la que pueda lograrse con alguien que está frente a nosotros. Pero también acepto que, como humanidad, aún nos encontramos muy lejos de lograr el ideal de relación entre semejantes, al que aspiramos, y que la vía de la virtualidad puede ser  la forma en que, a través de los siglos, vayamos acercándonos a él. Por lo pronto, es un hecho que la vida virtual nos acerca a gente que de otra forma jamás habríamos conocido o vuelto a frecuentar, permitiéndonos fantasías de comunidad inéditas. Podemos cuestionar el valor real de esto último, pero no podemos negar la oportunidad vital que representa. Con esto termino, queridos lectores, invitándolos, siempre desde mi cama, a seguir encontrándonos por este medio.

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Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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