Opinión | Yo, mi adicción virtual y José Alfredo

Se ha demostrado que el abuso de las redes sociales y de los juegos virtuales genera en el organismo las mismas sustancias gratificantes que las experiencias inducidas por drogas.
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adicción virtual

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A la memoria de José Alfredo Jiménez, compositor mexicano.

Hace años participé en un proyecto educativo para la prevención y el tratamiento de adicciones graves, como el consumo de opioides. Gracias a esa experiencia puedo decir, a ciencia cierta, que uno de los principales problemas de quienes sufren trastornos por uso de sustancias, es la forma en que los tratamos. Los estudios detallan con claridad el maltrato que estas personas reciben por parte del entorno, sobre todo de las autoridades policiales y del personal de salud (los estudios, en cambio, registran muy poco los lazos afectivos que se dan entre las y los adictos, que con frecuencia crean comunidades a las que consideran sus familias: en ellas, se cuidan entre sí de la violencia exterior y de morir en casos de sobredosis, y comparten todo tipo de vivencias; es fácil subestimar estas formas de relación, reduciéndolas a mera supervivencia, a pura conveniencia individual… es fácil, digo, hasta que uno de los expertos en el tema te cuenta, fuera de protocolo, lo que ha vivido con esas personas de forma cercana, lo que las ha visto sufrir y quererse entre sí, y todo el dolor que ha compartido con ellas por la pérdida de alguna compañera o compañero: valga esto como pequeño homenaje a la Dra. Clara Fleiz, experta del Instituto Nacional de Psiquiatría de la Secretaría de Salud de México, (que es quien me ha favorecido, contándome sus experiencias).

Uno se conmueve aún más ante este dolor al pensar que el trato que damos a esas personas —menospreciándolas y subestimando su identidad— no es sino la exacerbación del trato que, por lo regular, nos damos unos a otros, los seres humanos, en la cotidianidad; es decir, no es más que, exagerada, la misma dificultad que tenemos para reconocer a las personas del entorno como nuestros semejantes.

En general, si no damos a las demás personas el trato que nos gustaría que nos dieran (precepto moral milenario, y clave de la religión mayoritaria en nuestros países) es porque no podemos concebir que esos “demás” sean, de verdad, parecidos a nosotros: es decir, creemos que, mientras nosotros actuamos por voluntad propia, con plena conciencia –sí, con presiones, pero, a final de cuentas, de forma libre–, ellos o ellas lo hacen respondiendo a meros estímulos externos, a impulsos injustificados, sin un claro propósito, o, a lo sumo, a intereses impuestos. Mientras que nosotros, cuando vamos en nuestro auto, damos vuelta en lugares prohibidos o nos estacionamos en segunda fila por motivos que tenemos claros (incluso si reconocemos que estamos cometiendo una falta), “ellos” hacen esas mismas cosas dejándose llevar por reacciones de las que ni siquiera son conscientes. Por eso, ¡justamente por eso!, está bien gritarles una majadería: para que se-den-cuenta. Obviamente (¡la ironía llega al máximo!), no es igual que alguien nos grite esa misma majadería a nosotros, ¡como si no supiéramos lo que estamos haciendo!

Ante ese estado de anestesia general frente al Otro (estado que podríamos llamar discapacidad),  el alcohol y las drogas rehabilitan nuestra posibilidad de percibir a las demás personas como nuestros semejantes. Pongamos como ejemplo el alcohol. Cuando estoy tomado, vivo las cosas como si, de forma mágica, el mundo se poblara de seres parecidos a mí, hermanos míos a los que puedo acercarme.

.- ¡Yo te quiero mucho!

Si se dice que “los infantes y los borrachos dicen la verdad”, es porque ambos viven una realidad en la que se puede confiar en las y los otros. La gran desgracia es que esos “otros” en los que se puede confiar, tarde o temprano desaparecen; en el caso de las infancias, con la edad, y en el de los borrachos, en cuanto baja el nivel del agua y viene la resaca (en México, cuando regresan a la cruda realidad). Finalmente, la desgracia se convierte en tragedia cuando esa desaparición súbita de nuestros semejantes es demasiado dolorosa y debemos consumir nuevas dosis para que reaparezcan.

Es difícil aceptar que el alcohol y las drogas permiten acercamientos sensibles, que nos abren a la empatía, a la autenticidad del Otro, aunque sea de forma efímera. Algunas sustancias, incluso, inducen experiencias espirituales en las que nos reconocemos y reconocemos a los demás como parte del Todo. Se llama sensación de éxtasis, y aunque se puede alcanzar a través de un proceso personal de crecimiento, es mucho más fácil hacerlo mediante la droga del mismo nombre (innumerables testimonios permiten inferir que opioides como la heroína y el fentanilo inducen estados de paz que, en ocasiones, se acercan a la experiencia mística).

El hecho de ser inducida no le quita realidad a la experiencia. El problema es que la plenitud  vivida, aunque cierta, resulta provisional y pasajera, y una vez que acaba, volvemos al estado anterior de soledad: el consumo no nos dejó dentro ninguna huella perdurable.

Al contrario: ahora, la ausencia es mayor, por contraste, y su aumento exige cada vez dosis mayores (técnicamente, este mecanismo de adaptación se llama tolerancia).

Con el tiempo, ese ir y volver del mar y la resaca (a la que los adictos a drogas fuertes le llaman malilla); ese mágico aparecer y desaparecer de seres en quienes podemos confiar, esa dolorosa transformación de nuestros semejantes en desconocidos, nos quita fuerzas para intentar buscar y establecer relaciones perdurables y seguir creciendo. El genial José Alfredo Jiménez, (compositor mexicano que, como dicen, no necesita presentación) lo describe, en muchas canciones, con tanta sencillez como profundidad: tras la borrachera, ya en la cruda, en el mundo desencantado de la resaca, el adicto se entristece porque sabe que algún día, cuando vuelva a emborracharse (quizás mañana mismo), tendrá que sufrir de nuevo la hermandad –y la pérdida– de seres tan adorables como efímeros.

Nada me han enseñado los años,
siempre caigo en los mismos errores:
otra vez a brindar con extraños…
y a llorar por los mismos dolores.

Vivimos huyendo de nuestros semejantes, que no es otra cosa que de nosotros mismos.

*

Todo lo anterior da pie para hablar del uso de dispositivos electrónicos. Se ha demostrado que el abuso de redes sociales y de juegos virtuales –éste último ya tipificado, de manera oficial, como trastorno psiquiátrico– genera en el organismo las mismas sustancias gratificantes que las experiencias inducidas por drogas.

Sin duda, como cualquier adicción, la del contenido virtual nos deteriora, pero hay que tener claro, una vez más, que el problema no es la irrupción de la tecnología, sino la despersonalización creciente de nuestras relaciones y la creencia cada vez más extendida de que no nos debemos identificar con “extraños”.

Esta deshumanización devastadora debería ser, de hecho, el tema central en nuestras discusiones sobre la actual era tecnológica, que, si algo importante ha hecho, es abrirnos, a todos, nuevas oportunidades de relación.

A los humanos nacidos en el siglo pasado, nos cuesta trabajo reconocer que, desde la primera década de este siglo, cuando se inventaron las redes sociales, se abrió para todos nosotros otro mundo; que así como en una época los libros impresos abrieron el país de las maravillas a mucha gente, las plataformas virtuales nos dan acceso, ahora, a una realidad extraordinaria. Se llama la Galaxia Virtual y es sucesora de la Galaxia Gutenberg.

En ese nuevo espacio, recientemente descubierto y apenas explorado, los seres humanos (sí, todos, no nada más los jóvenes) logramos verdaderas interrelaciones a través de escritos e imágenes; expresamos emociones e intenciones en pequeños iconos;  traducimos nuestra presencia y nuestros sentimientos de aprobación, rechazo, rabia o fascinación, en likes y en corazones y caritas furiosas. Y vemos cómo, día a día, la comunicación digital se afina, aumentando su acervo de gestos, ademanes y actitudes virtuales, más y más acordes con los reales.

Se ha abierto un nuevo umbral. Primero fueron ventanas (windows) y luego verdaderos portales. ¿Es éste un espacio de verdad distinto —tal vez sucesor de la urbe, como la conocemos— en el que las distancias se recorren a la velocidad de la luz? Antes, el alma “volaba” a través de cartas y mensajes manuscritos; ahora, viaja hasta el otro y toca su alma, y hasta su cuerpo, con palabras, imágenes y sonidos luminosos (los encuentros son menos carnales, en efecto, con todas las desventajas y ventajas que eso trae: ¡ah, la carne gozosa, la estorbosa carne!).

Sin embargo, como decimos, y como es obvio, estas nuevas relaciones corren el mismo riesgo que todas: el de entrar en la dinámica de la adicción, es decir, la de los acercamientos pasajeros que solo se sostienen con la repetición compulsiva. Siendo humano, el mundo virtual no tiene por qué carecer ni de despersonalización ni de los peores vicios.

Es un hecho que, abusando de nuestra vulnerabilidad, los dueños de las plataformas virtuales —lo mismo que los productores y distribuidores de drogas— nos inducen a permanecer en ellas, para su beneficio. Sin embargo, si ahondamos un poco, veremos que esas plataformas se vuelven adictivas aprovechando nuestras propensiones naturales, es decir, exacerbando nuestras propias necesidades, aunque, por supuesto, satisfaciéndolas siempre en asociación con lo que a sus dueños les conviene, como ciertos productos del mercado o ciertas afiliaciones políticas (estamos hablando no solo de plataformas de juego y de casinos virtuales, sino también de las redes sociales más comunes).

El mecanismo de inducción más usual es bien conocido. Tiene infinidad de variantes y matices, pero básicamente se limita a provocar suspenso (“dejarnos con las ganas”, que, como bien sabemos, es un modo muy efectivo de seducción). Es decir, diseñan experiencias de emoción intensa y las dejan suspendidas justo al llegar a su punto más alto, poniéndonos al borde de la silla  y pegados  a la pantalla (es posible, incluso –y esto sería una conclusión novedosa– que no reduzcan nuestra fuerza de voluntad, como se suele afirmar, sino que la aprovechen y promuevan a su favor, apelando a ella para que sigamos atentos).

Las vivencias de suspenso (mientras se mantengan en un grado tolerable) son cosas que nos fascinan a todos (ahí están no solo los thrillers y las novelas policiacas, sino también la espera del Like en nuestros posts y de la respuesta a nuestros mensajes). Por desgracia, en ausencia de una realidad familiar, escolar y social que nos brinde otros satisfactores, mejores o, al menos, parecidos, esas experiencias suelen provocar un apego patológico, capaz de perseverar incluso más allá de lo sanamente tolerable.

Esta estrategia de inducción es clara y transparente. No hay en ella nada extraordinario ni oculto. Los expertos solamente deben invertir toda su creatividad para generar tramas o diseños que enganchen a la gente y que permitan el mayor número de pausas, para hacer publicidad y aumentar la ansiedad y la adicción. Sin embargo, quizás para poder negar la responsabilidad de quien se vuelve adicto, tal explicación suele ser sustituida por otra, imaginaria y bastante paranoica, que es la que prevalece. Así, la mayoría de nosotros, cuando hablamos de “manipular”, pensamos en verdaderos monstruos concentrados en inventar contenidos inhumanos, de perversión inédita, los cuales, rápidamente y sin darnos cuenta, se apoderan de nuestras mentes, nuestros cuerpos y nuestra voluntad, como vampiros electrónicos.

Estas versiones fantásticas no están solo en el imaginario popular, sino que se expresan también en términos científicos, con explicaciones que, tras detallar procesos y reacciones neurológicas muy específicas, afirman que el diseño de las plataformas les permite a éstas una verdadera construcción y reconstrucción de nuestra personalidad. La red “forma” el Yo, se dice explícitamente (¡no sólo como si ya se supiera a ciencia cierta en qué consiste este último, sino, peor, como si ya se le tuviera bien localizado en las funciones cerebrales!).

Así, lo que estamos diciendo se une con lo que dijimos al inicio. Una persona con un Yo formado desde fuera, un Yo reconstruido con información y obsesiones inducidas, es justamente como esa gente de la que hablábamos: sujetos que, sin la menor conciencia, dan vuelta con su auto en lugares prohibidos y actúan de forma injustificada; que son incapaces de tomar decisiones libres y que nos obligan a darles un grito para que vuelvan en sí.

Sin embargo, si estamos dispuestos a atribuir a los demás –incluso a los adictos a drogas, o a lo que sea– un Yo como el nuestro; si estamos dispuestos a considerarlos nuestros semejantes, nos daremos cuenta de que todo esto no es más que una fantasía equivocada; que ningún ser humano en el mundo nos es del todo extraño ni desconocido,  y que nadie es, de verdad,  inconsciente; que nunca nadie escapa de la conciencia ni del mundo real; que nadie está vacío, ni ausente, ni fuera de sí, ni vive en las periferias de su personalidad; que “cada persona es un centro”, como dice Françoise Dolto.

Nuestro Yo no es una entidad que se forma. Es nuestra esencia, algo que simplemente es. Nada ni nadie puede construirnos ni reconstruirnos. Somos seres en perpetuo estado de autoconocimiento, y por supuesto que, en el proceso, nos dejamos influir por lo que viene de afuera. Así, en busca de mayor bienestar, con frecuencia caemos en redes que nos hacen pensar que estamos mejor adentro de ellas que afuera. En su interior, vivimos una especie de borrachera, una fluidez embriagante de nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, que nos lleva a correr el riesgo de volvernos adictos.

Pero dentro de este panorama, muchas y muchos no dejamos de permanecer alerta, intentando conservar nuestra autenticidad y crear lazos perdurables con l@s compañer@s virtuales; establecer compromisos con ellos, y hacernos responsables; cuidarlos, intentar conocerlos y respetarlos, y hacerles sentir que cuentan con nosotros.

Así, afrontando los riesgos y oportunidades de la vida, aprovechamos todo el valor que nos ofrecen los espacios digitales y los aceptamos como nuestro nuevo mundo.

Yo, por mi parte, ya en lo individual, siempre que puedo, me uno a José Alfredo Jiménez para llevarle serenata a mi esposa, debajo de su ventana virtual.



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Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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