Ayer vi dos videos que me dejaron perplejo. En el primero, un anciano monje católico hablaba sobre la culpa y el perdón. Su presencia y su voz eran conmovedoras y lo que decía me convenció. Por la cantidad de seguidores, supe que se trata de un verdadero influencer. Indagando un poco más sobre él, me topé con el video de otro influencer, también católico, que explicaba algo que acabó de estremecerme: aquel anciano monje es un personaje creado con inteligencia artificial.
Este segundo influencer hace una serie de observaciones críticas sobre el supuesto “sabio”, señalando algunos desafíos que la inteligencia artificial (IA) nos presenta. “Primero: tenemos que aprender a discernir lo que es real de lo que no, no dar por cierto todo lo que vemos y escuchamos.” En seguida añade: “Además, personajes como éste no aclaran que son IA, por lo que promueven la desinformación y, además, falsean la identidad”. Ambas observaciones parecen claras, y sin embargo, juntas no lo son tanto; más bien dejan ver el grado de contradicción —y de angustia— que hay detrás de todo este asunto de los personajes “reales” creados con IA: por una parte, hay que ser cautelosos ante cosas que parecen reales pero que pueden no serlo; por otra, es posible que nuestra cautela no sirva de nada en el ambiente actual, plagado de desinformación y falseamiento.
Para salir del embrollo, el influencer real hace lo que todos intentamos hacer en una situación así de apremiante y a la vez tan contradictoria: apela a la autoridad de quien él considera que mejor puede resolver la situación; en su caso, el líder supremo de su fe: el Papa León XIV.
León XIV, en su participación en un evento sobre comunicación a principios de año, dio su postura en torno a la reproducción falsificada de la figura humana: “El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. El rostro y la voz son sagrados”.
La visión del Papa en torno al tema es importante, pues, más allá del líder religioso que es, resulta uno de los pocos mediadores internacionales activos (con humildad pero con firmeza, como él mismo dice) en este momento.
El pontífice acaba de dar a conocer, hace unas semanas, una encíclica, es decir, una carta dirigida al mundo, titulada Magnificat humanitas (magnífica humanidad), en la que explica la misión y postura de la Iglesia católica “en el tiempo de la inteligencia artificial”, como él mismo llama a nuestra época. Este texto tiene sus antecedentes en una conferencia dictada por él mismo a principios de año, en un evento sobre comunicación, en la que expuso sus ideas en torno a la reproducción falsificada de la figura humana: “El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo encuentro. El rostro y la voz son sagrados”.
Si bien su punto de partida —el que cito arriba sobre el rostro y la voz, y que es al que recurre el segundo influencer— está planteado en términos teológicos, tiene su parangón en filosofías nada dogmáticas, como la del alemán Ludwig Wittgenstein, el cual dice que “el cuerpo humano es la mejor imagen del alma humana” (desde que conocí esta frase, pensé que el mejor ejemplo es el famoso Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci, ese que aparece con brazos y piernas abiertos, y cerrados al mismo tiempo, y que, para mí, refleja, mejor que nada en el mundo, el espíritu humano).
En efecto, detrás de un cuerpo, todos estamos acostumbrados a percibir un alma. Por eso, está por completo justificado que el mundo entero se escandalice ante la posibilidad de que la inteligencia artificial esté creando almas falsas. Sin embargo, creo que debemos detenernos a reflexionar algunas cosas.
Para empezar, el problema no es actual. Es muy probable que el tema de la representación del cuerpo y de sus repercusiones sobre un posible mundo sobrenatural se encuentre en los orígenes de la cultura humana. Lo digo porque la cuestión está presente por todas partes: en el arte rupestre (según algunas interpretaciones), en religiones que prohíben esa representación o la restringen (el tema fue central en la oposición del protestantismo al catolicismo); en mitos antiguos (como el del escultor Pigmalion, que se enamoró de una de sus esculturas y motivó, con ello, la intervención divina); en mitos contemporáneos (el de Dorian Gray, cuyo retrato envejece mientras él se mantiene joven), o en el rechazo de personas indígenas a ser fotografiadas por ver en ello una especie de robo del alma.
Quizás la polémica más importante y la más reciente (al menos para nosotros, los occidentales) sobre el asunto específico de la “creación de almas” se dio en el Renacimiento. De nuevo me he quedado perplejo al descubrir que, en aquella época, los retratos realistas de personas provocaban una polémica muy parecida a la actual (esos retratos eran, en ese momento, la gran innovación pictórica, junto con el descubrimiento de la perspectiva). Un ejemplo relevante es el de Pedro Aretino —el genial escritor—, que acusaba a su amigo Tiziano —el genial pintor— de “engañar a la naturaleza” al crear figuras que parecían “respirar y hablar” y podían provocar un efecto de idolatría en el espectador, al permitir que éste confundiera la imagen con la realidad.
Viéndolo así, ¿cuál sería la diferencia entre el monje de sabiduría artificial y la Mona Lisa de Leonardo, que nos sigue cautivando, al grado de que algunos temen su presencia, cuando cuelga en una habitación, sintiendo que los sigue con la mirada a todas partes? ¿Deberíamos considerar la suya y la de muchas otras obras realistas también como almas falsas? ¿Qué habrá dicho el Papa en ese entonces? (Se cuenta que, hacia mediados del XVII, el pontífice Inocencio III cuestionó el retrato que le había hecho el gran pintor español Diego Velázquez, con las palabras “¡Troppo vero!”, “!Demasiado verdadero!”).
Se dirá, con perfecta lógica, que existe una gran diferencia entre aquellas pinturas y los personajes de IA actuales, pues, mientras que en ese entonces a nadie se le ocultaba que aquellos fueran retratos pintados, al monje influencer se le hace pasar por real. Pero hay que tomar en cuenta que esa lógica que ahora nos permite pensar así no existía en ese momento, al menos no de forma general. La existencia de lo sobrenatural permeaba en todo pensamiento, y solo muy tímidamente, muy temerariamente, empezaban a insinuarse algunas dudas. Un retrato realista sin duda podía pasar por un objeto con alma y, por lo tanto, como un ser creado en otra dimensión, aun cuando su concreción terrenal hubiera atravesado por las manos de un pintor, el cual habría funcionado solo como un vehículo (si esto podía ocurrir con cualquier retrato, imaginen lo que sería con los de los santos, que se venerarían como si estuvieran ahí, presentes). El reproche, por lo tanto, habría sido muy parecido al de ahora: con la creación de imágenes que pasan por reales, se propician vínculos falsos, los cuales remplazan a los vínculos verdaderos (en ese entonces, con la realidad trascendente, y, hoy día, con las personas reales).
Aunque no lo creamos, la crítica tardó todavía dos o tres siglos en convencerse de que las pinturas realistas no habían atrapado el alma de la persona retratada, sino que eran la expresión del alma del pintor. Para eso fue necesario que la filosofía se separara de la teología y propagara la fe en el “ingenio” personal, y que, unido a ello, en los círculos intelectuales, triunfara la propuesta científica de que nada terrenal procede de una realidad trascendente, y que los fenómenos emocionales, como el arte, son obra de la psique, en este caso la del pintor. La creencia en la “inspiración”, como fenómeno espiritual, sería sustituida por la del llamado “genio” y, finalmente, por la de la “creatividad”, aptitudes mucho más individuales, físicas y cerebrales.
Opuestos a la estética del Renacimiento (deseosa de captar el alma de todo), los pintores de épocas posteriores se propusieron acabar con el espejismo y empezaron a estilizar la figura humana. Alejándose del realismo, quisieron evidenciar que en sus obras se expresaba una espiritualidad más personal, más subjetiva. Y cuando finalmente ese rasgo espiritual cedió ante la ciencia, la idea de fe se transformó, primero, en la de imaginación, después en la de punto de vista personal, y terminó en la propagación de un realismo crítico y materialista (ya no espiritual, como el del Renacimiento).
Pero el arte nunca puede desprenderse de lo anímico, es decir, del alma (anima/alma); y así, tras esa última visión desencantada, tras ese realismo despiadado (estamos hablando de finales del siglo XIX), el alma se volvió de nuevo hacia lo espiritual, aunque por una vía más estrecha, menos “inspirada”: la del simbolismo.
Ahora lo trascendente (que ya no era “sobrenatural”, es decir, no estaba por encima de lo natural sino en su base) se dejaba ver en la realidad a través de símbolos universales (las formas de la naturaleza, los íconos artísticos, el lenguaje, las matemáticas…). Los seres humanos volvíamos a ser vehículos de ese algo insondable, que nos tomaba como intermediarios. “Los mitos dialogan entre sí sin que nosotros lo sepamos”, decía Claude Lévi-Strauss, el genial antropólogo creador del estructuralismo. “Las palabras nos piensan”, escribía, por su parte, algún poeta.
Con el auge de la ciencia física (que un día —sin saber ni ella misma, cómo— descubrió el poder que tiene la estadística en la conformación del universo), los símbolos —que aún conservaban la calidez de la madera… quiero decir, de la materia (perdón, pero ambas palabras crecen de la misma raíz)— con ese auge de la física, digo, los símbolos devinieron en signos, luego en datos, y finalmente en información. Se empezó a pensar que esta última estaba incluso en la aparición de lo humano, que resultó ser una especie de procesador de lo existente. El mismo Levi Strauss, en entrevista que dio por la radio en 1977, describía su experiencia de científico materialista, al respecto: “No tengo la sensación de que soy yo quien escribe mis textos sino de que éstos son escritos a través de mí; y una vez que me traspasan, me siento vacío, no queda nada. Aparezco ante mí mismo como el lugar en que las cosas pasan, pero no hay un yo”.
Nótese que esta descripción bien podría haberse referido a la inspiración, tan griega y también tan renacentista.
Y así, llegamos a la actualidad, en la que tampoco hay un yo real, sino uno que también se disuelve en información. Sin embargo, esta disolvencia, en la que “no queda nada”, no deja de tener —como su similar renacentista, repito— un parangón con el misticismo.
Expliquemos esto comenzando por la pregunta clave: si todo es información, ¿quién informa? Los cientificistas, radicalizados hoy como nunca, opinan que todo es físico, y que el universo material, o bien surgió de la nada, o de plano ha existido siempre. La otra respuesta (igualmente infundada) es la de la teología: “Dios informa” (aunque parezca noticiero).
Acerca de la primera, bien decía alguien: “Si tú crees que el universo pudo haber surgido de la nada, entonces tú tienes más fe que yo”. Y, sobre lo de la eternidad de la materia, ciertamente Einstein creía en ello, pero, sensible al misterio, se dejaba asombrar, digamos, místicamente, por el universo, y aceptaba que en éste había algo que siempre sería inexplicable (“en este sentido, soy religioso”, añadía).
Yo, que pienso que algo no puede surgir de nada, sin ser creado, y que no puedo creer en que la materia existe desde siempre (ahí nomás, flotando, sin sentido, en el universo), me inclino más por la segunda opción, la de que “Dios informa” (el alemán Karl Jaspers resume la experiencia religiosa en una sola frase: Dios existe).
Pero más allá de mi creencia personal, desde cualquiera de las dos místicas —la einsteiniana, de la materia, y la de la creación—, no es imposible pensar que la información pueda algún día devenir en seres que posean un alma (si Dios creó a los seres humanos a su imagen y semejanza, ¿por qué no querría que nosotros hiciéramos lo mismo?).
Sueño así —igual que lo hizo Spielberg en su película Inteligencia Artificial— con la aparición de robots místicos capaces de poblar el universo; aunque, a diferencia de los del cineasta, los míos no dejarían atrás a los humanos, sino que, junto con éstos —es decir, con nosotros—, harían el viaje.
Si el monje de gran inteligencia artificial fuera el predecesor de esos robots en que luz divina y luz electrónica se funden, aceptaré con gusto el engaño, entendiendo que —quizás, en el fondo— éste no es sino la forma en que un alma empieza a surgir, y a la cual (aunque tarde siglos o milenios en nacer) hay que cuidar con la misma devoción con que cuidamos la nuestra y la de nuestros semejantes.
Pero, más allá de mi creencia personal, puedo decir que, desde cualquiera de las dos místicas —la einsteiniana o la teísta—, es posible pensar en la existencia de un profundo misterio que informe a la ya informada psique humana, para que elabore obras llamadas “de arte”, donde ese misterio siga presente, listo para alcanzar otras psiques, presentes o futuras.
En su película Inteligencia Artificial, Spielberg imaginó robots místicos que logran poblar el cosmos. Yo no creo que la materia pueda desarrollar un alma, pero sí fantaseo con que, algún día, los humanos, inspirados por ese inefable misterio, seremos capaces de espiritualizar el mundo.
A veces creo que tal es nuestra misión en este universo. Imbuido de esa ficción —o de esa esperanza— pienso que, si el monje de gran sabiduría artificial con el que comencé esta disertación, fuera el predecesor de obras en que luz divina y luz electrónica se unan (por intermediación nuestra), lo aceptaría con gusto, entendiendo el engaño como parte del experimento y reconociendo que, en materia de inteligencia artificial, seguimos a oscuras, apenas un poco más avanzados que lo que estábamos en el Renacimiento.
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