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Opinión | Recibir y ser bien recibido: ¿Qué de lo humano se juega en la vida virtual?

¿Es posible mirarse el uno al otro en el mundo virtual? En las conferencias a distancia, ciertamente, vemos los ojos del otro. Pero ¿es eso una mirada? ¿Los ojos, en pantalla, se cruzan, se envuelven, se dan y reciben?
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Foto: gebakax / PxHere.

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En un artículo anterior me preguntaba qué tanto podríamos reducir nuestra vida social a puros intercambios virtuales, sin que dejara de ser satisfactoria. Partí de la idea extrema (quizás ficticia, aunque uno ya no sabe) de alguien que no tuviera ninguna relación presencial, pero pudiera seguir haciendo su vida solo con relaciones en línea. A partir de ahí, y de lo vacía que suena una  existencia así (de ser, de verdad, posible), me cuestioné qué cosas serían las mínimas para lograr cierta plenitud. Mis sesudas reflexiones me condujeron a tres conclusiones obvias: que tendríamos que mantener relaciones “en vivo” con nuestros afectos más cercanos, acotar las experiencias sexuales en línea, privilegiando lo compartido y lo presencial, y salir de vez en cuando de nuestra localidad para conocer otros entornos humanos y naturales y averiguar si lo que vemos en nuestros dispositivos electrónicos tiene algo que ver con la realidad.

Sabía que toda esa especulación mía, aunque divertida, era solo un juego, pues omitía la obligación de miles de millones de personas de salir de casa para ir a laborar. Aun así, el juego tenía algo de serio, porque estoy casi seguro de que, si algún día se hiciera posible prescindir de los trabajos presenciales, la mayoría renunciaría a ellos y con gusto se inclinaría por lo virtual, incluso más allá de los límites obvios que yo le encuentro.

No todos vivimos lo presencial como lo mejor para nosotros. Así que vuelvo a la pregunta sobre qué tanto podemos prescindir de ello en nuestra vida social.

Según yo, lograremos responder a esta cuestión —fundamental en nuestros días— si indagamos, primero, sobre lo esencial en nuestras relaciones con otras personas, y a partir de ahí tratamos de descubrir qué partes de ello podrían pasar a lo virtual sin detrimento.

Para mí, la respuesta se remonta al día de nuestro nacimiento, a nuestra llegada al mundo. En ese momento, y en las experiencias de vida más cercanas a él, se deja ver ya todo lo que después, a lo largo de la vida, buscaremos en nuestras relaciones con otros. Si entendemos lo que muestran esos primeros días, tal vez podamos vislumbrar lo que los seres humanos esperamos unos de otros, no en lo superficial sino de forma esencial, que es lo que de verdad importa para calcular el riesgo que corre nuestra vida al trasladarse a lo virtual.

Creo, sí, que los seres humanos llegamos a la vida, de alguna manera, ya equipados para establecer, con otros, relaciones trascendentes. Lo descubrimos si nos detenemos en las que, según mi fantasía filosófica, son las dos principales propensiones ya presentes en nuestro primer contacto con el mundo: la de darnos a los demás y la de recibir a quienes quieren dársenos. Este doble movimiento describe nuestro ser social más que ninguna otra cosa.

Lo de darnos a los demás lo hacemos a manos llenas, de inmediato, apenas nacidos, como portadores de un tesoro para nuestro entorno: “traemos torta”, como se dice, y solo necesitamos que alguien la tome y la disfrute. El tesoro somos nosotros mismos, por supuesto.

En cuanto a recibir, lo hacemos, sí, por supervivencia, pero no en su acepción egoísta, de seres centrados en sí mismos, sino como un estar por completo abiertos al mundo para recibirlo, para tomar los regalos que los demás, como tesoros que son también, quieren darnos.

La noción de que la bebé y el bebé nacen privados de todo, hasta de sentido, no me parece mejor que la de que llegan, ya, con la capacidad de entregarse a los demás y la de recibirlos; de ser recibidos y de encontrar a alguien, afuera, que quiera dárseles. Alimentarse del pecho de mamá, por ejemplo, no es extraer algo de él sino abrir el propio cuerpo hacia ella, que también quiere dársenos. Tal vez esta imagen resulta más clara si comparamos el dar y el recibir con una jarra que se vierte en el exacto y mismo tiempo en que el vaso se va llenando, como una sola cosa que ocurre, a la vez, en dos cuerpos. En efecto, en el vientre de mamá, nuestra materia se prepara para buscar al mundo: cobijado en su oscuridad, el ojo, por ejemplo, se desarrolla, previendo la luz.

Ser recibidos y recibir es como el fluir del aire y la  respiración: dos movimientos naturales, uno centrífugo, hacia afuera, y otro centrípeto, hacia adentro. Si somos bien recibidos y si se confía en nosotros para darnos, floreceremos apenas nacidos, nos realizaremos con solo llegar. Pero hay que tener claro que ese fin puede perderse, lo mismo que se puede perder la natural función de respirar, y entonces tendremos que encontrar la forma de resarcirla.

Pocas cosas son tan dolorosas como que una persona se niegue a entrar con nosotros en esta especie de círculo del alma. La frustración puede ser grande, al grado de obligarnos a degradarnos ante nosotros mismos, entregándonos al exterior incluso cuando no haya nadie ahí para recibirnos; a someternos a un ser inexistente con tal de huir de nuestra propia historia. No otra es la tragedia del mundo contemporáneo: generaciones y generaciones entregándolo todo… sin saber a quién, trabajando sin saber quiénes serán los que reciban lo que hacemos, brindándose sin importar que alguien reciba, y recibiendo de quien preferiría no darnos. Producir, producir, producir… dando lo mejor de nosotros… a nadie: en el mejor de los casos, esta autoexplotación (como la llama Byung-Chul Han), este producir y producir solo para nosotros mismos, nos deja tristes, vacíos de sentido; en el peor, si tenemos éxito, la egolatría nos convierte en monstruos.

Siento que ahora empieza a quedar claro eso que entiendo como la magia de nuestra llegada al mundo, así como el riesgo de su incumplimiento. Ya podemos indagar en qué medida y en qué aspectos la vida virtual consigue recuperar y hacer florecer este ciclo de la mutua entrega y el mutuo recibimiento. Lo no presencial: ¿permite que otros me reciban y que yo los reciba? En una palabra: ¿es posible la hospitalidad virtual? Todo se centra en eso.

Empecemos, de nuevo, por la vida del bebé. Lo primero que me viene a la mente son esos dos tipos de unión tan importantes como indiscutiblemente presenciales: el amamantar y el abrazar. Como no hay versión “no presencial” de ellos, podemos pasarlos de largo e ir a lo siguiente. Llego así a una tercera forma de encuentro, que, ahora sí, remite a la posibilidad de lo virtual: el mirar, el mirarse mutuamente. Sabemos de su importancia, de cómo, en ello, el bebé y la madre se encuentran en el otro, vivencian el llevarse dentro. Y lo mismo pasa con el padre, y los hermanos… y con aquellos que se acercan con confianza y amor. Y ello se extiende a todos nosotros, sin importar la edad: cuando dos seres humanos se miran de verdad, son bien recibidos, incluso si en ello se anuncia un desafío o un debate, un enfrentarse “en buena lid”, como se dice (en cambio, las miradas torvas, “de reojo”, escrutadoras o analíticas, nunca son mutuas, no nos reciben bien ni son bien recibidas).

¿Es posible mirarse el uno al otro en el mundo virtual? En las conferencias a distancia, ciertamente, vemos los ojos del otro. Y él/ella ve los nuestros. Pero ¿es eso una mirada? ¿Los ojos, en pantalla, se cruzan, se envuelven, se dan y reciben?

Por el momento, la tecnología no ha llegado al punto de permitirnos cruzar nuestras miradas en el espacio y tiempo virtuales. El entrelazamiento “en vivo” de los ojos, que, como sabemos, puede ser tan profundo como el alma misma, es de las cosas que más extrañamos en nuestras charlas por videoconferencia. Si algún día se logra que las miradas se crucen (con algo así como nanocámaras que circulen dentro de la imagen de nuestras pupilas), entonces veremos si ese dar y recibir fluye también a distancia, a través de la red tecnológica.

Me encantaría seguir con la lista infinita del recibir/ser recibido desde que nacemos (compartir sonrisas, acariciarnos, besar, chocar narices), cosas que no sabemos si podrán migrar de forma íntegra a lo virtual (¿habrá tacto a distancia, en algún momento?). Pero el tiempo del lector se me acaba (ya hablaremos, un día, también, sobre la supuesta ley de la brevedad en la vida virtual actual). Así que pondré sólo un par de ejemplos más, concentrándome en dos tipos de encuentros fundamentales que, me imagino, todos sabemos que sí son posibles en la virtualidad: el llanto y la risa.

Llorar es posible en vivo o por teléfono, viendo una película o en el hombro de alguien (o ambas cosas). En nuestro dolor, podemos sentirnos recibidos por un amigo o por  el personaje de una serie, y lo mismo podemos recibir el dolor del otro de ambas formas. La compasión es un sentimiento que sí atraviesa la vía virtual y que incluso —para mucha gente— puede fluir mejor por ésta. Insisto en que no creo que el abrazo de alguien cercano pueda ser sustituido, pero sí sé que un abrazo sincero y profundo no es fácil de dar, y que a veces la distancia ayuda para sentir la presencia del otro.

Reír es otra de las cosas clave que sí se pueden compartir en la virtualidad; incluso hallan en esta un medio de expresión y de florecimiento extraordinario. Es claro que, desde su aparición con el cine, las pantallas se poblaron de genios cómicos, como si éstos hubieran hallado en ellas su medio natural, casi al grado de poder prescindir de cualquier otro. Un buen ejemplo es Charlie Chaplin.

¿Por qué el humor, siendo una de las formas más vitales de la comunicación humana, es extraordinariamente compatible con lo virtual? Importantes pensadores —como Henri Bergson y Edward de Bono— creen que reír y hacer reír están entre las más altas expresiones de la inteligencia humana. Bien sabemos que lo cómico se transmite, no tanto a través de la cercanía física como de los lenguajes oral y corporal, que, como todos los lenguajes, están constituidos por símbolos inteligibles: son símbolos las palabras, los gestos y ademanes conscientes, y todo ese tipo de comportamientos  que los cómicos usan, con clara intención, para burlar y sacudir nuestra inteligencia. A los símbolos les basta la corriente textual, visual o auditiva para compartirse. Lo virtual es un medio perfecto para reír juntos.

Antes de terminar, quiero volver al asunto del dar y recibir y confesar una idea que me llega de pronto, a la luz de todo lo que he dicho arriba. En su primera versión, este texto hablaba sobre el hecho de escribir y sobre las posibilidades que uno tiene de expresarse y comunicarse con sus lectores por este medio. Decidí quitar eso cuando, en apariencia, el enfoque posterior tomó otro rumbo, pero ahora entiendo por qué me lo planteaba así. Mi verdadera pregunta al reflexionar sobre mi labor como escritor nacía de lo mismo que he estado diciendo: ¿para quién escribo? Tan simple como eso. Este medio, sin duda virtual (no solo por hallarse en internet sino por estar hecho de símbolos que “me representan”),  ¿justifica que yo experimente un vivo sentimiento y agradezca por el contacto que tengo con usted, querido lector? O, en realidad, soy una persona escribiendo sola, a lo sumo como quien arroja un mensaje en una botella a las olas del mar, probablemente sin ningún destinatario.  

¿Hay alguien ahí?

Toc-toc.

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Andrés García Barrios

Escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura. Contacto: andresgarciabarrios@gmail.com

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