Tres preguntas para entender las carencias de la educación cívica mexicana

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Si queremos formar jóvenes con responsabilidad cívica necesitamos enseñarles más que historia y el culto a símbolos patrios.

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Todos sabemos quién es nuestro presidente en turno, nuestro gobernador, nuestro alcalde. Pero, ¿nuestros senadores? ¿Nuestros diputados? ¿Nuestros representantes y jefes de colonia?

Cuando vamos a las casillas en tiempo de elección, ¿conocemos a todos los candidatos por los que estamos votando? ¿Revisamos a fondo sus propuestas? ¿Hicimos más que solo ver un par de anuncios de temporada? ¿Estamos conscientes de cómo van a legislar los diputados que elegimos por ejemplo? ¿De su preparación? ¿De su perfil y trayectoria como servidores públicos?

Una de las motivaciones más grandes de la apatía cívica es la idea de que los servidores públicos no están capacitados para ocupar el puesto en el que los coloca nuestro voto. Esta tendencia perpetúa un círculo vicioso. El ciudadano promedio vota con apatía o no vota, y tras terminar la temporada de elecciones no se establece una relación entre votante y servidor público.

El reto más importante de la educación cívica es romper este ciclo, pero para descifrar cómo hacerlo, es esencial explorar las fuerzas y debilidades de esta área del conocimiento ciudadano.

¿Qué enseñamos en civismo?

En un principio, la educación cívica en México partía de la ideología que comenzó durante la Revolución Mexicana, su propósito principal era generar una identidad nacional basado en el orgullo de nuestro pasado indígena, los símbolos patrios y el voto como herramienta principal de la democracia.

La materia cívica se caracterizó por la transmisión de conocimientos teóricos, no contaba con instancias que reafirmaran lo aprendido por la práctica. Se trataba principalmente de una herramienta para conocer los valores mexicanos, pero no para entender nuestra participación dentro del ejercicio de estos valores a nivel ciudadano.

Dependiendo del programa y el docente, podrían incluirse discusiones sobre temas sociales de aquello que define nuestra mexicanidad y nuestras obligaciones ciudadanas, pero no era común promover una participación en las distintas esferas de la sociedad. La actitud estudiantil que se fomentaba en la enseñanza del civismo, era pasiva.

Esto ha tenido resultados negativos en la conciencia ciudadana de nuestro jóvenes. Al reducir lo que entendemos como civismo a solamente las reglas de convivencia básicas de nuestro país y el culto a los símbolos patrios, hemos creado el tipo de desinformación y apatía que inhabilita el sistema democrático desde dentro.

¿Cómo afecta a los jóvenes en edad escolar?

Las posturas políticas de los jóvenes mexicanos muestran una seria desconexión y falta de conocimiento acerca de cómo debe funcionar la relación gobierno-ciudadano.

Una encuesta realizada por la UNESCO en la que fueron consultados alumnos entre 13 y 14 años reveló que el 69 % de los jóvenes mexicanos en este rango de edad, estarían de acuerdo con un gobierno dictatorial si este trae orden y seguridad. El 53 % apoya la idea de que funcionarios públicos concedan puestos a sus amigos. Mientras que el 38 % declaró que para alcanzar la paz, el fin justifica los medios.

La realidad de nuestro país implica replantearnos la forma en que enseñamos y aprendemos civismo. Los altos niveles de criminalidad y violencia dentro de un contexto de corrupción política y una efectividad reducida por parte de las instituciones generan un ambiente en la que la educación cívica no puede quedarse tan solo en historia y teoría, como recomienda la UNESCO.

Es necesario, para empezar, conocer cómo funcionan las instancias gubernamentales, además de las agendas y calidad de trabajo de las personas que ocupan puestos públicos.

¿Qué necesitamos cambiar en materia de educación cívica?

Pablo Latapí Sarre, uno de los investigadores y filósofos educativos más importantes del siglo XX, escribió para la revista Proceso una semblanza de las problemáticas que debe solucionar la educación cívica, 20 años después, sigue tan vigente como el primer día que se publicó.

So pena de hacernos tontos a nosotros mismos, no podemos plantear la educación cívica de las siguientes generaciones de espaldas a la realidad (...) Es en esta realidad, ante ella y necesariamente a partir de ella, como hay que formar ciudadanos hoy; como bien dice el programa de estudios oficial, los estudiantes deberán aprender a considerar y asumir su entorno social como un ambiente propicio para el ejercicio de actitudes comunitarias y cívicas

El programa de civismo escolar necesita tener en cuenta las realidades sociales del país y el papel del ciudadano para ayudar a resolverlas, no solamente a través del voto, sino de la participación cívica, el cuestionamiento, el diálogo y sobre todo, el conocimiento acerca de quién los representa.