Hace algunos años, la bloguera Tamara D., conocida como Plaqueta, caminaba por la calle cuando un taxista le gritó “¡Guapa!”. Plaqueta regresó sobre sus pasos y le reprochó su actitud: “¿Quién te pidió tu opinión?”, le dijo. Él evadió la inesperada reacción de la chica, con un dejo de burla. Entonces ella, al tanto de sus derechos, decidió denunciarlo ante las autoridades. Otra reacción inesperada: un juez le dio la razón a Plaqueta y dictó que, en efecto, de acuerdo con la ley, aquello sería considerado una falta administrativa y el taxista tendría que pagar una multa o pasar un día en detención. El hombre eligió esto último.
Muchos, hombres y mujeres, pensaron (pero estoy seguro que, sobre todo, sintieron) que aquello había sido una exageración sin sentido de parte de Plaqueta, y a final de cuentas, una injusticia, por lo que procedieron a llenarla de agresiones y amenazas en redes sociales y diversos medios. ¡Parecía —se quejaban— que el taxista le hubiera gritado una obscenidad, pero no había sido sino decirle guapa! ¿O sea que los hombres ya no podíamos expresarle nuestra admiración a una mujer, ni siquiera de esa forma? ¡Qué persona tan acomplejada —repetían—, que se molestaba de que alabaran su belleza! ¡Seguramente —era la conclusión— Plaqueta lo había hecho para llamar la atención y hacerse publicidad! Por otra parte —seguían—, ¡qué bárbaro aquel juez!: ¿de verdad empezaría la ley a calificar de “acoso”, no digamos ya de un manoseo o de un crimen, sino de un simple piropo? ¿No era el colmo de un feminismo pésimamente entendido el prohibirnos explicitar una pulsión natural tan simple como la de que alguien nos atraiga físicamente? Además, ¿podía alguien ofenderse de que se ponderara un don también tan natural y tan simple como su belleza?
La explicación de Tamara fue muy clara: incluso un piropo hace sentir a muchas mujeres un clima de acoso y vulnerabilidad al que no tienen por qué someterse. Si pueden reaccionar sin ponerse en peligro, deben hacerlo, recordemos que colocar a alguien en una situación de fragilidad puede ser el inicio de una violencia mayor.
Tan fácil como eso. Suficiente para que todos aplaudamos su decisión. A mí, además, me sirve para introducir un tema que considero de gran relevancia. Me parece que para darle a esta anécdota toda la importancia que tiene hay que empezar por darnos cuenta de que, con su acción, Plaqueta y aquel juez, hay que reconocerlo, fueron los primeros en llevar a los hechos, al menos de forma pública, algo que todos, en teoría, sabemos sobre la estructura patriarcal, pero que hasta ahora nos hemos inhibido de poner en práctica. Además de puntualizar aún más la protección que las mujeres necesitan por parte de todas y todos nosotros, se abre la oportunidad de advertir el daño que nos hace como comunidad el seguir guiando nuestras relaciones por los estereotipos de belleza.
No es fácil admitirlo. La atracción que provocan sobre nosotros el cuerpo y la apariencia de cierto tipo de personas está dictada por elementos sociales tan sutiles que pasan inadvertidos. Todos creemos que nuestra apreciación de lo que llamamos “la belleza física” es un hecho biológico, sin darnos cuenta de lo hondo que enraíza en nuestro sistema patriarcal. Esas raíces son una especie de algoritmo cultural que nos convence de que hay un reducido grupo de personas que, por su aspecto físico, son fuente de mayor placer que el resto, y que, por ello, debemos desear su atención, su compañía y, de ser posible, su correspondencia sexual. Esas expectativas son, en cambio, origen de mucho sufrimiento para todos (tanto para las personas deseadas como para las deseantes). Por desgracia, es un sufrimiento al que es prácticamente imposible renunciar pues, como digo, surge siempre acompañado de una cegadora y dulce esperanza de plenitud (es imposible pensar, por ejemplo, que la belleza física sea un problema para las personas que “gozan” de ella: todos presuponemos que es enorme la cantidad de beneficios que obtienen; las personas que no disfrutan al tener este don, son calificadas, en efecto, de acomplejadas, demasiado tímidas y, si su inconformidad es violenta, de locas e histéricas).
No sé si sea leyenda aquello de que un día le preguntaron a Aristóteles qué era la belleza y él contestó: “Esa es una pregunta que solo puede hacer una persona ciega”. Creo que es una respuesta demasiado simple para tantas cosas que hay que filosofar acerca de lo que es la belleza.
Empecemos por cuestionar su naturaleza biológica. Quizás sea solo una idea mía, pero siempre he pensado que centrar el atractivo físico, sexual, en cierto tipo de personas, es un mecanismo social para ejercer control sobre el deseo sexual de las multitudes, señalando a algunos ejemplares de la especie con el estigma de la belleza. ¡Sacrifiquemos a algunas personas —nos decimos— para poner orden! ¡Hagamos que ellas se especialicen en manejar el asedio y lidien con él de una forma que articule el deseo, dejando suficiente espacio para que los demás atendamos los procesos productivos que convienen al grupo!
Foucault, el filósofo francés, explicó cómo funciona esto en cuanto a la regulación de otra intensa pulsión humana: el deseo de conocer. Según él, si la educación escolar resulta tediosa es por un motivo como el que he dicho: si no lo fuera, si todos pudiéramos explayar con libertad nuestra sed de saber, la sociedad entera acudiría ansiosa a sus aulas y aquello resultaría en un gran desorden. Por eso hay que articular un complicado modelo de selección académico que aleje a la mayoría de los aspirantes e imponga retos suficientemente desalentadores a los que insistan, para filtrarlos y jerarquizarlos de acuerdo con lo que la organización social requiere de ellos y puede ofrecerles.
Volviendo a las guapas y guapos, su función será articular el deseo de la multitud, lo cual, está claro, será para ellos una labor titánica. Esas personas recibirán atención y admiración continuas; serán señaladas e imitadas, seguidas y perseguidas, se convertirán en ejemplo, en patrón de conducta: cada uno de sus movimientos estará bajo custodia y será juzgado, para bien o para mal; sufrirán asedio constante, acoso, competencia sin igual; serán objeto de envidia y celos…
Está claro, pues, que hay que dotarlos de todas las herramientas que necesitan para cumplir con tal misión. ¡Rodeémoslos de cuanta seguridad requieran y llenémoslos de privilegios para compensar la carga que sufren! Para empezar, deben estar dotados con rasgos de autoridad, por lo que su físico habrá de evocar el de hombres y mujeres con una clara superioridad social. Así, serán arquetipos de belleza las fisonomías de personas que representen dominio, a saber (según las épocas): gobernantes, sacerdotes, militares, rebeldes, comerciantes, exploradores, maestros, empresarios, artistas, deportistas, tanto hombres como mujeres.
Además, dado que estos arquetipos tenderán a permear también la representación de las divinidades (en su versión antropomórfica, claro), las personas bellas acabarán siendo comparadas con dioses, semidioses, héroes mitológicos y ángeles, e incluso con demonios, cuando se trate de destacar el carácter amenazante de su autoridad.
Las personas bellas no solo son reinas, reyes, princesas y príncipes (azules, de preferencia), sino también dioses y diosas, con figuras que resultan angelicales.
Así, el algoritmo social de la belleza se proyecta y se nutre de imágenes que se repiten por todas partes, cruzando información de un medio de comunicación hacia todos los demás, para propiciar la admiración hacia unos cuantos. Cuando Jennifer López empezó a hacerse famosa, la belleza de su rostro, muy latina, no representaba un arquetipo internacional de belleza; pero, como todos sabemos, su difusión empezó a darle ese prestigio. Recuerdo que por aquellos tiempos yo viajaba en un avión en el que una chica muy parecida a la actriz se paseaba por los pasillos, y a mí me dio la impresión de que empezaba a regodearse con una admiración del entorno a la que ella no estaba acostumbrada, y que parecía haberle caído del cielo como una sorpresa; es decir, era inexperta en el arte de ser guapa.
Pero ¿para qué necesitan poder las personas bellas?
El deseo concentrado en arquetipos tiene la desventaja de que, si, de por sí, la competencia animal puede ser opresiva, cuando se da entre humanos que desean todos a la misma persona, para ésta (¡imagínenselo!) de seguro resulta insoportable. Esos cálculos dizque estadísticos que dicen que hay “tal cantidad de hombres por cada mujer”, o viceversa, no son más que una fantasía vana. La mayoría de la gente, en la mayoría de las situaciones, desea a la misma persona (o, a lo sumo, a dos o a tres). Así, el deseo humano, desde que somos muy chicos, se vuelve —además de muy enfocado en cierto tipo de personas— muy competitivo, apropiatorio hasta la compulsión: queremos que esa persona “sea nuestra”, confirmar que hemos vencido al resto. “Hacerla mía” es el sueño —consciente o no— de todo ser deseante.
El asedio, pues, debe encontrar un contrapeso para que las personas bellas puedan protegerse. Ese contrapeso es el aura de poder de la que las dotamos. Gracias a ella, el deseo se convierte en veneración, misma que interviene para marcar una distancia (Doncella, todos se abrirán a tu paso pues la belleza ahuyenta y el deseo hace dar marcha atrás, escribí hace muchos años, y creo que, aunque paradójico, es verdad).
Eso no quiere decir que los simples mortales no podamos aspirar a las personas divinas. Después de todo, como nos han repetido hasta el cansancio en el sistema en que vivimos, cualquiera de nosotros puede aspirar a convertirse en un triunfador social e incluso a constituirse en un arquetipo de belleza. Pero —como bien sabemos—, conseguirlo implica aceptar que afrontaremos gran competencia.
Esa necesidad nuestra de poseerlos, actúa como ventaja inicial de las guapas y guapos. Como necesidad que es, juega como debilidad nuestra; convertida en necesidad irresistible, si es bien manejada por la persona deseada, puede llegar a hacer que el deseante se rinda a su servicio: que haga lo que se le pida, que dé regalos y compañía, e incluso que posponga la realización de su deseo mientras se le dé la esperanza de un día cumplirlo (estamos, por supuesto, hablando de lo que pasa en un entorno de relativa equidad, pues todos sabemos que, en condiciones de violencia programada, lo anterior no ocurre: ahí el deseante —que es por lo general un hombre— realiza su deseo a la fuerza).
Dado que, sobre todo para las mujeres, el riesgo de acoso puede crecer hasta el peligro, las estrategias que articulan ellas para protegerse, también tienen que ser múltiples y muy empoderantes: una es la de exacerbar su belleza. ¿Por qué algunas mujeres consideradas sumamente hermosas, se maquillan y arreglan, y aumentan su atractivo? En parte, para volverse aún más dominantes, y poder defenderse. Casi todos —guapos o no— hacemos eso, por motivos semejantes; es decir, no solo para resultar atractivos, sino, también, para fortalecernos y que no nos lastimen. Si alguien me atrae, puedo intentar, asimismo, atraerle, y, de esa forma, regular, yo también, el acercamiento. Si caigo, puedo tratar de que esa persona también caiga. Sin embargo, para la gente guapa este reto es permanente: vive afrontando demandas de encuentro por parte de otros, por lo que, más le vale tener la sartén por el mango, al menos en la gran mayoría de los casos.
Por fortuna para todos nosotros, existe un mecanismo que nos permite lograr que el deseo no sea algo que tenga que pasar por encima de los demás. Estoy hablando del proceso que llamamos sublimación. Para explicarme, pondré un ejemplo accesible para todos: el de un artista. Cuando veo a una hermosa bailarina que ejecuta una danza en la que expresa su riqueza interior (es decir, su complejidad humana), deja, de inmediato, de ser, para mí, solo un cuerpo, y, sobre todo, solo un algoritmo de belleza física sobre el cual mi deseo, entrenado, se desata. Surge, en cambio, dentro de mí, una especie de equilibrio entre mi impulso apropiatorio y la dignidad de esa persona, que se transparenta en su baile. Ahora, ella es igual a mí, es mi semejante. Puedo desearla, pero sin pretender que pierda su libertad; y lo mismo puedo esperar, para mí mismo, de este intercambio. Este espejeo de libertades es la magia del momento artístico. En él, el deseo de apropiación es “sublimado”, dando paso a la mucho más satisfactoria necesidad de que la otra persona conserve su libertad (que es también la mía propia).
Pero lo que ocurre en terreno artístico es solo, como digo, un ejemplo, pues la sublimación puede darse en todas partes y en cualquier momento: en todo sitio en que reconocemos la dignidad humana y con toda persona con quien sentimos equidad y de la que admiramos su libertad, que es la nuestra. Si bien las artes nos permiten sublimar el deseo, cualquier momento en que respetamos, cuidamos, conocemos y nos hacemos responsables de la libertad del otro, lo hace posible.
Si la pornografía no resulta sublime es porque en ella los seres humanos son como objetos expuestos a la apropiación: su carácter dañino no está en mostrar cuerpos desnudos ni una sexualidad desbordada —claro, siempre y cuando las escenas no representen abuso—, sino en impedirnos ver a las personas como seres completos, con un interior con el que podamos identificarnos humanamente.
Pues bien, lo mismo pasa con el deseo que se despierta en nosotros frente a algunas personas en la calle, a las que nos sentimos atraídos por una especie de algoritmo impuesto, por un impulso estereotipado. Pornografía de banqueta, podríamos llamarle, y es importante oponernos a ella.
Que un hombre le grite ¡Guapa! a una mujer, no es una forma libre de tratarnos. La libertad, claro, no está en reprimir el grito (aunque por ahí haya que empezar), sino en aprender a disfrutar de la dignidad del otro.
Reaccionar como Tamara lo hizo, de forma directa, es defenderse sin ocultamientos ni abusos de vuelta; es apelar a la equidad, incluso a través de la legalidad, si es necesario. Es desprenderse, de una vez por todas, de esa carga de la belleza estereotipada, que nos ha acostumbrado a algo terrible: nuestra fácil propensión a enaltecer, buscar e incluso agradecer las relaciones de dominio.